Una escena perfecta
En muchos sentidos, E.T. The Extra-Terrestrial es una película perfecta. Es un filme de ciencia ficción con trazos de Peter Pan cuyo guión, dirección y actuaciones son impecables. El tratamiento del mundo adulto (durante gran parte de la película en tomas cerradas y con voz afuera de cámara, con excepción de la madre) versus el mundo de los niños es brillante. Simplemente, tomemos la licencia del director en el curioso detalle de que la madre de Elliot, Gerty y Michael nunca ve a E.T. (la subyacente idea peterpanesca es, culeramente, que los adultos no pueden ver lo que los niños ven), nunca hasta que un escuadrón biohazard toma su casa (en una escena muy atemorizante, sobre todo cuando la ves a los 9 años de edad, como yo). Están las escenas inmortales que se han convertido en cliché, la música sinfónica de John Williams y las referencias cruzadas. Y además es una película proxémica, que depende de movimientos, efectos sonoros, tomas oscuras para hablar con la audiencia. No podría ser un filme mudo, pero sí casi sin diálogos. Claro que tiene algunos one-liners clásicos. Corte a: mi sobrina, de dos años y medio se sintió completamente empática con E.T. cuando lo escuchó decir por primera vez “iii-tii-fon-joooom”. A pesar de la carraspera, es una fonética clara y directa. Pero de todo, hay una escena que siempre me ha impactado. Es una escena perfecta. Me refiero a aquella en que Elliot, medio borracho y ya casi crudo por la conexión “psíquica” con E.T., arma un desmadre en la clase de disección de las ranas. Toda la construcción, desde las chelas que toma el cuellolargo, hasta el detape de las ranas, es un tesoro cinematográfico. El momento climático es cuando E.T. mira en la tele la escena del beso de The Quiet Man, en la que John Wayne le para la trompa a Maureen O’Hara. Elliot hace lo mismo con la chica bonita del salón (la futura playmate noventera y chica Baywatch, Erika Eleniak). El instante toma la banda sonora de The Quiet Man, donde el sonido de un ventarrón es lo único audible. El beso en el salón de clases tiene un gag y un desenlace musical. Los niños dejan escapar a las ranas por la ventana. A Elliot se lo llevan regañado a la dirección, y la chica recién besada tuerce su pie coquetamente:
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Cada vez que veo esta escena se me hace un nudo en la garganta. Creo que Spielberg no ha la superado en 30 años. Ni lo hará, mi lic.