Un pequeño post sobre Los Juegos Olímpicos

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Al buen Barón de Coubertin le debemos aquello de que lo importante no es ganar, sino competir. Y también le debemos el concepto de los Juegos Olímpicos actuales, competiciones atléticas inspiradas en aquellas que se realizaban en la ciudad griega de Olimpia durante la antigüedad y que eran dedicados a Zeus y que, dice la leyenda, fueron creados por el buen Heracles. Dichas competencias, igual que las actuales, tenían como objetivo principal averiguar quién era el más rápido, el más hábil y el más fuerte atleta, todo en un espíritu de camaradería y compañerismo. O algo así.

Heracles fue a su vez el que dictamino el espíritu amateur de los juegos, ya que de él fue la idea de no dar a los atletas ganadores premios monetarios o joyas o siquiera alguna exuberante griega para pasar un buen rato, sino simplemente premiar con una humilde corona de olivo a los ganadores. Esto gracias a que él no tuvo ninguna recompensa por los doce trabajos que tuvo que realizar para un mortal cuyo nombre se me ha olvidado y los cuales probaron su valía (más tarde, Heracles se convirtió en el portero del Olimpo, un honor nunca antes concedido a un semi-dios). Coubertin, por tanto, concibió sus juegos como una hermandad de atletas que se reunían cada cuatro años para probar quién era el mejor entre ellos, solamente por amor a la libre competencia y eso. Nada de incentivos económicos que pudieran contaminar el concepto y, por supuesto, nada de atletas profesionales que contradijeran la esencia amateur. No fuera a pasar lo de las Series Mundiales en los años 20 del siglo pasado. O algo.

Claro, Heracles vivió en un tiempo que no se puede medir en siglos, sino en historias contadas al calor de una fogata. Y aunque los ideales son hermosos, vivimos en un mundo cínico, parafraseando a Jerry Maguire. El Barón de Coubertain quizá nunca imaginó una apertura de los Juegos tan fastuosa como la de Beijing 2008, pero estoy seguro de que hasta a él le habría gustado, así como hubiera disfrutado como cualquier otro mortal viendo jugar al Dream Team en Barcelona 92, quizá los profesionales más ilustres que se hayan parado en un podio olímpico. Pero ahora me pregunto qué habría pensando viendo a su querida creación usada como un vil instrumento político más durante la Guerra Fría, viendo los asesinatos de Múnich 72, viendo a los ilustres tramposos del esgrima, viendo los casos de dopaje cada vez más comunes. Y es que aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, parece no aplicar a nuestro mundo cínico. Ya hay mucho dinero de por medio en las competencias olímpicas. Ya no se trata solo de competir, muchas veces ni siquiera se trata de ganar. El sueño se terminó hace mucho tiempo, tanto que no se puedo medir en décadas, sino en tratos cerrados en oscuras oficinas con fuerte olor a puros cubanos y sillones de cuero.

Pero supongo que aún hay algo ahí. Un atleta cuyo nombre no recuerdo en este momento dijo que los Juegos Olímpicos son un mundo feliz, donde todos se conocen, donde no hay hipocresía y donde son todos iguales. Me gustaría pensar en las historias de amor que han florecido en las villas olímpicas. Me gustaría pensar en un humilde morro de algún remoto país africano ganado, años después, una prueba de fondo enfundado en un jersey de Puma y con la bandera de su país portada como la capa de un superhéroe. Yo no estoy en contra de que se les pague a los atletas olímpicos; me parece lo más justo del mundo. Ser un atleta de alto rendimiento es un trabajo y requiere tanto o más dedicación y preparación que ser abogado o doctor. ¿Por qué no pagarles por su esfuerzo? Sin embargo, el que sean amateurs en teoría los hace, quizá, más empáticos, más humanos, que las superestrellas. Solo recordemos que tipos como Roger Federer o la selección de futbol olímpica de Brasil no se quedarán en la villa olímpica. Es solo un pequeño detalle que crece si le prestamos atención.

Los Juegos Olímpicos, quizá por su historia mitológica, quizá por los elevados ideales con los que fueron refundados, quizá por aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, juegan en una liga propia. No compiten con el Mundial, con el Super Bowl, con la Serie Mundial de Beisbol o con la Champions League. Los juegos Olímpicos están más allá de eso. Sus ceremonias de apertura desde siempre han sido más fastuosas que las de cualquier otro evento. Históricamente, han servido a otros propósitos más allá del simple deporte, algunos de estos nobles y otros no tanto. Son instrumento político, son armas de propaganda, son hervidero de rumores, sor armas de doble filo para la economía de los países que los organizan y también son un mundo feliz. Los Juegos Olímpicos han tenido momentos de gloria, de vergüenza. Han visto pelear al mejor peso completo de la historia, aquél humilde muchacho de Alabama quién, a su regreso después de ganar el oro, no fue admitido en un restaurante debido a su color de piel, por lo cual tiró la medalla conseguida a un rio. Son las canchas de futbol olímpicas las que nunca han visto ganar a los brasileños, los amos y señores del futbol profesional. Fue aquél podio en México 68 el que vio una manifestación del Black Power mientras se entonaba el himno de los Unites. Los Juegos acogieron la rutina de 10 de Nadia Comaneci y el surgimiento del “Tema de Nadia”, canción favorita de las quinceañeras en los ochenta y que ni siquiera se llamaba así. Fue al final de unos Juegos Olímpicos  cuando se vio llorar a Misha.

Tantas historias, tantas leyendas urbanas, tantos momentos memorables.

Los Juegos Olímpicos han cambiado, claro. Los récords actuales no son obra de la casualidad. La tecnología ha entrado de lleno, como en cualquier otra competencia profesional. Pero la inmensa mayoría de los atletas olímpicos, incluso los medallistas, siguen con un perfil bajo durante los cuatro años que pasan entre competencia y competencia. Y es que, seamos sinceros, ¿quién ve un Mundial de Atletismo, o de Natación, o de Gimnasia? ¿O es que alguno de ustedes me puede decir, sin consultar internet, quién es el gran favorito para ganar el próximo maratón? Y eso está bien, en mi opinión. Un atleta olímpico sabe que solo tiene 2 o máximo tres Juegos Olímpicos para inscribir su nombre en la historia, para dejar huella. Muchas veces solo tienen una oportunidad, muchas veces tienen más, pero eso nadie lo sabe. Por eso se brindan al máximo, por eso lo dejan todo. Porque no son Messi, que igual puede hacer el ridículo en la Copa América, pero que meses después ganará la Champions y todos felices. Los Juegos Olímpicos suelen ser injustos, el camino que conduce a ellos es traicionero, porque aunque no sigamos sus competencias, estas existen y son exigentes y en cualquiera se puede presentar una lesión que acabe con el sueño de manera cruel. Los atletas de alto rendimiento comienzan desde niños, uno que otro más tarde, pero todos saben de levantarse en la madrugada, de entrenamientos extenuantes, de recuperaciones, de fracasos, de victorias. Es por eso que no hay hipocresía en una villa olímpica, porque ¿qué puedes contar que sea nuevo para tus compañeros? Es por eso que los Juegos Olímpicos siguen siendo un mundo feliz, porque no importa cómo te llames tienes que hacer grandes sacrificios para ganar. Y siendo como son, todos miembros de una ilustre estirpe, saben reconocer mejor la grandeza de sus compañeros. Porque en los últimos tiempos se ha demostrado que lo importante no es ganar, sino ser patrocinado.

Claro que, en la inmensa mayoría de los casos, solo a los ganadores se les patrocina, pero se han dado casos, ya saben.

Mañana inician oficialmente otros Juegos Olímpicos. Por tercera vez en Londres. Se ha especulado tanto sobre la ceremonia de apertura, pero lo único claro es que no será como la de Beijing (aunque también es seguro que no decepcionará). Y es que aquella sirvió para algo más que dar la bienvenida a los atletas, pero ustedes ya saben eso. Estos serán los Juegos de  la austeridad, del sentido común. Pero no por ello serán humildes, claro que no. Hasta donde sé, Danny Boyle, el otrora enfant terrible del cine británico y ganador del Oscar, es la mente detrás de la ceremonia de apertura, en la que se presume estará Sir Paul McCartney. Hay grandes atletas que vienen con todo. Se esperan grandes duelos en atletismo, en natación, en gimnasia, en vóley bol, en tenis. Y también se esperan sorpresas, aquellas que siempre se roban la cámara y acaparan nuestra memoria. México, no nos engañemos, tendrá suerte si repite la actuación de hace cuatro años, pero esa es otra historia. En los Juegos Olímpicos no importa tanto el orgullo nacionalista, sino simplemente celebrar la grandeza, no importa de donde venga.

Se nos vienen dos semanas más un fin de semana en la que ellos, los atletas de alto rendimiento, casi anónimos durante los últimos cuatro años, volverán a las portadas de los diarios, volverán a estar en todas las conversaciones. Serán nuevamente las estrellas. Solo por eso vale la pena celebrar. Porque se lo merecen.