Un pequeño post sobre la identidad y los queridos X-Men

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Creo que lo que siempre me ha llamado la atención de la serie X-Men, y por lo que quizá sea mi propiedad favorita de Marvel, es el tema de la identidad y los problemas internos que surgen en la búsqueda de esa identidad. Más allá de las piruetas y el espectáculo visual, los hombres X son personas solas con problemas de autoestima, devaluados por la sociedad y con grandes dificultades para aceptarse tal como son. La salida simplona sería decir que es una metáfora sobre la adolescencia o alguna tontería por el estilo –y no tenemos por qué no imaginarnos que Lee y Kirby no pensaron en ese demográfico cuando crearon a los primeros personajes en los 60–, pero me temo que es más complicado. El proceso, el arco por el que debe pasar una persona para formar su identidad y su personalidad es algo realmente macabro. En un mundo dominado por esterotipos mediáticos es difícil mantener la compostura cuando tu panza es demasiado abultada, tu nariz demasiado aguileña, tu pelo demasiado oscuro, tus chichis demasiado pequeñas (o demasiado grandes), tu cuerpo demasiado delgado (y sin curvas) o eres demasiado gordito. O demasiado “listo” (¡nerd!). O demasiado “burro” (¡estúpido!). El concepto de lo “gordibueno” es una defensa de la gente cárnica ante el ataque de las putasflacasdelatelevisión. Las gordas odian a las flacas, las flacas odian a las “buenas”, los feos odian a los jetita y se escudan detrás del “soy un feo con onda”. La vida bien puede irse en esto, y no solo es un caso de estereotipos físicos sino mentales, de pose, de estilo, de status: como decir “yo soy geek” para refugiarme en un cliché que me da identidad automática, me conecta con otras personas y me hace sentir menos mal con todo eso que he conceptualizado como mis “deficiencias”. En verdad, nuestras conexiones sociales son mucho más simples de lo que parecen. Chica fresa ama a Mirrey. Mirrey le rompe el corazón. Chica fresa voltea (hacia abajo) a ver al nerd. Nerd y chica fresa descubren que para el amor no hay estereotipos. Consuman su amor [rolling credits]. Con esa historia fantasea mucha gente 24 x 7. Todo mundo juega un papel en su contexto social, y muchas veces más de un papel: en un día podemos ser doce personajes distintos, depende (por lo general) qué deseamos obtener y a quién deseamos chantajear. Cuántas veces no he escuchado “ese guey me caga” solo por leer durante 45 segundos su timeline en Twitter. Habrá quien diga que no necesitamos más para conectar o no socialmente, y en ese caso yo soy un romántico. Conocer a alguien como realmente es lleva un poco más que seguirlo en Twitter durante unos días. Conocer a la gente, aceptar y ser aceptado, eso lleva tiempo y un duro trabajo, parafraseando a aquel Somerset de Seven. El problema es que el largo tramo de la aceptación puede ser un poco terrorífico: voltearte a ver y admitir que no eres tan guapo, ni tan geek (o tan conservador como tus padres quisieran, para el caso), ni tan gracioso, y tampoco tan feo y despreciable, y que aunque no tengas los 13.3 kg de nalgas ni chichis –eso va para las lectoras– que exigen las revistas para caballeros, puedes ser un bello ser humano. Si han leído hasta aquí, intuirán que estos temas no son exclusivamente para adolescentes: el problema de la aceptación, de dejar de fingir algo que NO somos y comenzar a ser LO que somos, es cosa que nos acompañará toda la vida. Porque así está configurada nuestra sociedad. Nuestro mundo. La muerte social hoy equivale a la muerte física de nuestros ancestros los cavernícolas –y hay quien dice que, entre nuestros ancestros, el que moría socialmente en el clan (por feo, tonto, deforme, lento, poco hábil, etc) efectivamente tenía pocas probabilidades de sobrevivir. Digamos que hace 20 mil años yo era (lo sé) parte del clan del los lobos, sí, mi tótem era el lobo: y quien se metiera conmigo tenía que meterse con mis hermanos los lobo, también. De esa manera fantasiosa justificamos nuestra mente gregaria, nuestra ansia por ser aceptados, nuestro terror a morir, a la no-existencia. Y de eso se trata X-Men en términos muy generales. Nuestros problemas de identidad desde la perspectiva de un mutante que no es aceptado por la mayoría. El enfoque suele ser menos sociológico y más naif: Mystique romanceando con Beast y discutiendo sobre lo culero que es el mundo con los meta-humanos cuando en realidad lo que quieren es encuerarse y darle gusto al cuerpo. Magneto, el mutante primus inter pares (“primero entre los iguales”), viene de un mundo donde quien es diferente es perseguido y exterminado (El Holocausto). Charles Xavier es el desagregado social por excelencia de nuestros tiempos, el minusválido. Y así, X-Men está lleno de felices imágenes patéticas que reflejan nuestros incansables conflictos sociales. Sí, incansables. Nunca habrá mujer satisfecha con su cuerpo, eso lo asumimos ya como un hecho. Y nunca habrá un hombre que admita que otro hombre puede ser bello o más bello que él. Así es la competencia social. Amo X-Men porque refleja este intrígulis. Habla tanto de nosotros: cómo nos hacemos a un lado, cómo tenemos miedo, cómo (quizá) en el fondo no deseamos ser descubiertos por los demás. Una bella frase de Hellboy, recuerdo, es aquella que dice (en boca de Abraham Sapien): “If there’s trouble, all we freaks have is each other”. Los pobres frikis siempre solos, siempre alienados. El friki es un rebelde, mutante o no, cuestiona y cambia, modifica las estructuras. Los paradigmas, que le llaman. Y no debe sorprendernos que el friki rebelde sea tema dominante en las artes, y en el cine (que hoy nos ocupa): desde The Outsiders hasta esta X-Men: First Class. El rebelde nunca es comprendido cabalmente (muchas veces pierde la vida en el proceso), pero inevitablemente provoca el cambio. El buen rebelde, sin embargo, puede ser también alguien vulnerable: con el corazón a flor de piel. Vale la pena. Si algo he aprendido todos estos años gracias a X-Men es que ser vulnerable en las relaciones personales es un riesgo, pero paga. Y paga bien. 

Yo fui un híbrido social: lo suficientemente rarito como para juntarme con otros raritos, y lo suficientemente seguro de mí mismo para tener mi propia bandita. Siempre fue así. Sigue siendo así, de alguna forma. Hoy día que los temas de los “raritos” dominan en buena parte lo que la gente oye, ve en el cine y en la tele, y tiene en sus teléfonos, hoy día en que ya no es tan extraño ver una sala de cine VIP (a 133 pesos el boleto) llena de gente dispuesta a ver una película de superhéroes (eso qué), uno pensaría que ser rarito ya no es tan raro. Y sí: ya no es tan raro. Pero sí sigue siendo raro: la mayoría prefiere a Luis Miguel sobre Pixies. A Adal Ramones sobre Monty Python.

Así las cosas.