Un pequeño post sobre El Diablo
Me obsesioné por el Príncipe de las Tinieblas por culpa de unas revistas Geografía Universal, el copycat de National Geographic que llegaba mensualmente a mi casa (para no perder el pedigrí editorial: también llegaba National Geographic a casa, no se preocupen). Recuerdo este artículo sobre las brujas, ilustrado con pinturas de Francisco de Goya. El texto (alucinante, al menos en mi infancia) comenzaba con la supuesta transcripción del juicio a una bruja en el Salem oscurantista de la Nueva Inglaterra. El meollo era hallarle a la bruja un nexo con el diablo, una marca, una evidencia de que había participado en un aquelarre. Y ahí comenzó mi larga y aún inconclusa búsqueda por entender la figura del diablo. Me obsesioné con la religión católica, luego la abandoné y estudié (siempre de forma autodidacta) y las religiones del mundo y lo que llaman la “religión comparada”. Entendí que “el mal” no es el mismo en todas las latitudes, pero es más divertido en el ámbito judeocristiano. Cuando en el budismo los demonios distraen al hombre del fin ulterior que es el nirvana, en el cristianismo lo pervierten a su perdición total. Llegué a Baudelaire y a su frase legendaria (que jamás dijo en serio), a los rituales católicos del exorcismo, a la ética liviana de Shiva y su danza de la destrucción y a La divina comedia. La obra maestra de Dante es uno de los amores de mi vida. Estos son los versos de la puerta del infierno:
Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’etterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mio alto fattore:
fecemi la divina podestate,
la somma sapienza e ‘l primo amore.
Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate
Una novia que hablaba italiano me traducía pasajes. Leí que Borges leyó la Commedia en inglés, italiano y español, así es que la tomé y la leí entera en italiano y español, aunque del italiano sólo entendí lo que fonéticamente me sonaba similar. “E caddi come corpo morto cade“, decía Borges del pasaje de Paolo y Francesca en lengua italiana, “escuchas el cuerpo caer”. Y cae como cae un cuerpo muerto. La belleza del inframundo. Satanás me estaba dando belleza. Mi obsesión con el diablo había cobrado otra dimensión.
El diablo es terrorífico. Por si se lo preguntan (y por si no): durante muchos años creí firmemente en la existencia de Satanás, Lucifer, el mal llamado “Príncipe de este mundo”. El mal encarnado, como una entidad externa e independiente a nosotros. Sí creía en eso. Luego ya no creí en él.
Pero un segundo. Sí creo en el mal. El mal como en El corazón de las tinieblas. Joseph Conrad escribió ese libro pensando en el río Támesis, y luego lo trasladó al corazón de al menos un hombre en el río Congo. Coppola lo tradujo como Apocalypse Now en la guerra de Vietnam:
“Because there’s a conflict in every human heart, between the rational and the irrational, between good and evil. And good does not always triumph. Sometimes the dark side overcomes what Lincoln called ‘the better angels of our nature’. Every man has got a breaking point. You and I have one. Walter Kurtz has reached his. And very obviously, he has gone insane.”
Y en eso se convirtió para mí el diablo. Esa cosa que surge cuando los mejores ángeles de nuestra naturaleza son rebasados por el lado oscuro.