To Rome with Love

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Supongo que podemos hacer caso a las declaraciones de The New Yorker con respecto a To Rome with Love, la más reciente película de nuestro apreciado Woody Allen: “who claims to be uneasy after a night away from home here sets his fourth recent film in a European capital, treating Rome like a besotted tourist.” Bueh, con todo hay que ser justos y decir que esta película no genera sorpresa o entusiasmo en el gran público; vamos, ya no decir el morbo por un beso entre Penelope Cruz y Scarlett Johansson. Sin embargo, creo que es una gran verdad aquello de que hasta lo más mediano de Allen es mejor que el 90% de las cintas con las que comparten la marquesina.

En esta ocasión, nos presenta cuatro historias que se intercalan, pero no se entrelazan. En hilo conductor de todas es, claro, Roma, La Ciudad Eterna, cerca del lugar donde los romanos crucificaron a San pedro de cabeza (o eso dicen). Tres de las historias son sumamente graciosas, particularmente en la que el buen Woody interpreta a Jerry, un dubitativo y retirado director de ópera que siempre fue más adelantado a su tiempo (o eso dice), que viaja a Roma con su esposa para conocer al prometido de su hija (ella, la típica gringa que conoce y se enamora del guapo italiano). El italiano es un abogado de los pobres, izquierdista hasta la médula, con el que el padre de la chica no se lleva nada bien. La relación empeora (o mejora), cuando Jerry conoce al padre de su futuro yerno, quién dirige una casa funeraria, pero que canta como los ángeles  cuando esta en la ducha. Jerry se queda prendado e incluso le consigue una audición con empresarios de la industria musical, pero todo sale mal. Parece que el buen empresario de pompas fúnebres solo canta bien estando en la ducha. Y he aquí donde surge la idea para una obra progresista, surreal y muy adelantada a su tiempo, como las que distinguen a Jerry.

En otra historia conocemos a Jack (Jesse Eisenberg), un aspirante a arquitecto que vive en Roma con su novia Sally (Greta Gerwin). Un buen día, Jack conoce a un arquitecto famoso, a quién admira y con el que sorpresivamente tiene varias cosas en común (Alec Baldwin). También nos enteramos que una amiga de Sally llamada Monica (Ellen Page) viene a Roma a pasar el trago amargo de una separación. Sally le ofrece quedarse con ellos, lo que Baldwin (en un papel de mentor omnipresente, muy presente en el cine de Allen, quizá definido como su “realismo mágico”) interpreta como peligroso. Y es que, aunque a primera vista la tal Monica no sea nada del otro mundo, se nos revela paulatinamente como una seductora.

Quizá mi historia favorita sea la de Antonio y Milly, una pareja de recién casados, originarios de un pueblito anónimo de Italia, que van a Roma de luna de miel. Además, Antonio va a entrevistarse con sus tíos residentes de la capital y, si todo sale bien, puede conseguir un trabajo con ellos y quedarse a vivir en la Ciudad Eterna y, con el tiempo, tener una villa en el campo, como los ricos. Ergo, la pareja esta nerviosa (él más que ella), por lo que Milly sugiere ir al salón de belleza a perder el look a maestra de pueblo que tiene, pero resulta que ella es la que termina del todo perdida, tragada por la inmensa ciudad y su esposo, sin saber muy bien por qué, termina presentando como su esposa a una exuberante prostituta que llega por error a su cuarto de hotel. Milly, sin celular y sin una puta idea de dónde está ni de cómo regresar al hotel (que ya ni se acuerda cómo se llamaba), termina en una locación, conociendo a su actor favorito, quién la invita a almorzar y le coquetea todo el tiempo. ¡A ella! ¡A una humilde maestra de astronomía!       

La última historia trata de la fama y de cómo ciertas personas son famosas solo porque sí. Roberto Benigni interpreta a un italiano cualquiera, con esposa, dos hijos y un trabajo aburrido en el que lo pueden remplazar en una hora. Sin embargo, cierta mañana, se topa con la novedad de que es famoso, una celebridad tan grande que incluso lo más simple de su día (como su desayuno o el hecho de si usa boxers o calzoncillos) causan expectación y son motivo de análisis exhaustivos e idiotas. Su caminar es interrumpido por una nube de reporteros, fotógrafos y fans que lo siguen a todos lados. Cualquier mujer esta dispuesta a abrirle las piernas y no tiene que hacer fila ni reservación en ningún lado: siempre hay lugar para él. El lugar de honor, de hecho.  

Como les digo, To Rome with Love es divertida, pero nada del otro mundo. Lo cual esta bien. Woody Allen esta más allá del bien y del mal desde hace mucho. A él no le importan lo que digan de sus películas o de él mismo. Simplemente cuenta historias de la mejor manera que sabe hacerlo: con una cámara. Su trabajo ya es garantía desde antes de que nosotros siquiera fuéramos engendrados. Será por algo.

Deben verla.