The King's Speech

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Hay una escena devastadora en The King's Speech que me hizo un nudo en la garganta. Es aquella en la que el buen Albert (Colin Firth), quien desde temprana edad sufre de un tartamudeo doloroso, se ve obligado por su par de hijas a contarles un cuento. Entonces vemos el esfuerzo que hace para contar una pequeña historia sobre un pingüino y su peregrinaje hasta el palacio de Buckingham. Es una escena muy simple, muy bella, pero terrible emocionalmente. Es cuando percibimos que, más que el impedimento que su mal acarrea a la hora de hablar en público, su tartamudez le ha destruido esos pequeños placeres de la vida en los que nunca reparamos. Debe ser terrible vivir con un problema así.
 
La película de Tom Hooper nos cuenta la lucha del duque de York, Albert Frederick Arthur George, en contra del tartamudeo que, a los ojos del pueblo, lo hacían lucir tímido y estúpido a la hora de dirigirles la palabra en un evento cualquiera, como en la eposición de 1925, que es donde abre la cinta. En realidad el tipo tenía mucho carácter y era más inteligente que su hermano, el duque de Windsor, Edward Albert Christian George Andrew Patrick David (Guy Pearce), primer heredero al trono; pero hasta en el ambiente familiar su defecto pesaba demasiado, lo cual siempre lo acomplejó. Era su esposa Elizabeth (Helena Bonham Carter) quien más trataba de ayudarlo con su problema y quién, en su búsqueda de especialistas, llegó de una manera no tan clara a los dominios de Lionel Logue (Geoffrey Rush), un actor australiano fracasado pero que se consideraba un experto para tratar impedimentos del habla. Aquí es donde inicia la historia.
 
A través de locaciones cerradas y estrechas, mostrando una predilección por filmar en interiores, el director nos muestra el arduo y bastante raro tratamiento del duque Albert a manos de Logue, quién lo llama Bertie, nombre que solo usaba la familia real para dirigirse a él. Logue combina tratamientos correctivos físicos con una terapia de psicoanálisis en busca de tratar las causas mentales que causaron el problema desde un principio; sabe muy bien que antes de ser el terapeuta del rey, debe ser considerado su amigo. Y es cuando encuentra el miedo que carcome a Bertie desde el principio, quizá provocado por su padre el rey George V (Michael Gambon), de personalidad férrea. Él siempre ha considerado a Albert como alguien superior a su hermano mayor, pero también entiende que la monarquía a llegado a un punto en el que ya no solo importa la forma en la que el rey se ve a caballo, sino que con la radio, un rey con el problema de su hijo menor sería un desastre. Y es que una sobra crece en el Oriente. La Alemania nazi se fortalece y todo mundo sabe que una guerra contra ellos es inevitable. Es en esos momentos cuando el pueblo va a necesitar un rey que les transmita seguridad con sus discursos. Albert es incapaz de esto.
 
La película es la historia de un tipo que nunca quiso ser rey. A Bertie le importaba más el hecho de que Logue lo ayudara a ser capaz de contarle un cuento a sus hijas sin sonar patético, que el hecho de que el tratamiento lo ayudara a dar un discurso que inspirara a una nación, pero la historia siempre nos juega malas pasadas. Al morir George V, es el duque de Windsor quién sube al trono bajo el nombre de Edward VIII. Pero éste esta encaprichado con Wallis Simpson (Eve Best) una mujer gringa divorciado varias veces a quién a huevo quiere hacer su esposa y por la que descuida varias de sus obligaciones como monarca en esos tiempos tan peligrosos. Así que el tipo, un poco por voluntad, un poco obligado a ello, abdica al trono (es la única ocasión en la historia en la que ha ocurrido esto) y Bertie se convierte en George VI y es lanzado al ruedo para competir en motivación contra Adolf Hitler, nada más uno de los más grandes oradores del siglo pasado.
 
Esta cinta es un drama histórico que se mueve en un crescendo bastante claro y perceptible. Poco a poco nos va metiendo en cuestiones tales como preguntarnos cuál es la verdadera función de la realeza británica en los tiempos modernos. También nos metemos de lleno al estudio de la sociedad inglesa, que cree y venera a su monarquía, pero que tampoco se toca el corazón al exigirle que haga lo que juró hacer, y esto es, vivir por y para el pueblo. Es algo idílico, pero se lo creemos a George VI. La actuación de Firth es poderosa, logrando crear un personaje que aunque sintamos distante (al fin y al cabo es miembro de la realeza) igual nos es empático por las broncas en las que esta metido en su nuevo puesto. Solo hay que prestar atención a la forma en la que su labio superior tiembla al acercarse a un micrófono para notar su fragilidad. Si, esta es la clase de actuación por la que dan el Oscar. El otro gran personaje es Logue y uno de los temas de la cinta es su actitud hacia la realeza, que sospecho no es atípica del pueblo australiano hacia esa institución. Rush actúa de manera larga y expansiva, por momentos él es la única válvula humorística que nos saca de la atmosfera ceremoniosa y asfixiante en la que están metidos todos los demás personajes. Helena Bonham Carter, como la reina Elizabeth (a quién la mayoría de nosotros conocimos solamente como la reina Madre que murió a los 101 años), representa junto con sus hijas el otro oasis, aquí totalmente lleno por el cariño y la admiración sincera hacia su esposo y padre. Carter nos regala una actuación ciento por ciento adorable y simpática, un tanto diferente a sus anteriores papeles, pero que le queda sumamente natural. Los demás miembros del cast cumplen con su papel satisfactoriamente, pero creo que la verdadera estrella es el director. Toda la cinta, como el título lo indica, es una preparación para el discurso del rey. En discurso terrible en el que anunciará a sus ciudadanos que se avecinan tiempos difíciles ocasionados por una nueva guerra. Toda la construcción de esta escena es extraordinaria, desde la forma en la que el rey camina por aquellos estrechos pasillos (que bien pueden representar su estrecha garganta por la que a duras penas logran salir las palabras), viendo personas que lo miran con esperanza, y también viendo los ojos de su familia que lo mira como supongo se mira al condenado que camina al micrófono como si éste fuera una guillotina. La preparación de la atmósfera, cortesía de Logue, quién solamente le dice que le diga su discurso a él, como amigo. Y entonces las diferentes radios que transmiten el trascendental discurso a todas las partes del Imperio (en esos tiempos George VI gobernaba a un poco más de un cuarto de la población mundial). Y es cuando frecuencias históricas inundan el aire de todo el mundo. Una secuencia impecable y sumamente poderosa.
 
La película es en verdad muy disfrutable, muy bien realizada, con tres actuaciones impresionantes y con una dirección precisa que por momentos se torna magistral. Es de esas cintas que te ponen de buenas y te levantan el ánimo a la Forret Gump. Y por tanto, a menos de que la Academia decida volver a robarse a si misma (como ocurrió hace un año con lo de Avatar), The King's Speech será la gran ganadora la noche del próximo domingo. Si lo merece o no ya dependerá de sus juicios personales. Igual, la cinta no pierde nada con eso.