The Dictator

Dictator

The Dictator es una de las películas más divertidas que he visto este año. Y, claro, también es obscena, repugnante, vulgar, escatológica, lépera, de mal gusto, etcétera, etcétera, etcétera. Etcétera. Es todo lo que podíamos imaginar que sería después de ver la publicidad de Sacha Baron Cohen en incontables entrevistas, menos un deja vu. Porque no lo es. Cohen se adaptó bien y no solo no se volvió predecible, sino que se establece con absoluto derecho como el mejor cómico cinematográfico trabajando actualmente, gracias a este discurso sobre las dictaduras en donde practica una sátira política tan inteligente como despiadada.

En comparación con sus alegres trasgresiones llamadas Borat y Bruno, esta es la película más convencional de Cohen. Tiene una trama, un romance, se apega a la historia. No es una cinta de mainstream, aunque a juzgar por las risas de la audiencia, ¿eso qué caraxo importa, la verdad? El espectador, sabiamente, entra en la sala, se ríe bastante, y después se va. La película se queda corta en 90 minutos, sobre todo si consideramos que comedias de mucho menos calidad parecen durar eternamente.

Sacha Baron Cohen interpreta al General Admiral Aladeen, dictador de la república norafricana de Wadiya, que parece estar entre Egipto y Sudan y más o menos a un escupitajo de distancia de Arabia Saudita. Allí hace lo que se le hinchan los yarbles, ejecuta civiles, científicos y militares por menos que una mirada de odio, vive en un palacio enorme y lujoso, desde donde da discursos a una multitud de admiradores y acarreados (¿les suena familiar?) y en cuyo interior tiene relaciones con Megan Fox… a cambio de joyas y eso, claro (aunque no es suficiente para convencerla de pasar la noche abrazados de cucharita).  Claro que no solo con ella: cómo podemos averiguar por su Celebrity Wall de Polaroids, el Almirante General tiene gustos variables, que van desde Arnold Schwarzengger hasta Oprah.

El premier de Aladeen es Tahir (Ben Kingsley, grandioso), quién no solo es el tío del Almirante General, sino que resulta ser el legítimo heredero al trono. Ah, y además está conspirando para derrocarlo. Como sea, después de un fallido asesinato, Tahir anima a Aladeen a viajar a la cede de las Naciones Unidas en Nueva York, supuestamente para justificar sus acciones ante la escoria occidental, pero en realidad esperando matarlo ahí. El plan tiene más o menos éxito: Aladeen es secuestrado por un elemento de seguridad gringo (John C. Reilly), quién le corta la barba, dejándolo irreconocible ante el mundo y condenándolo a vagar sin esperanza por las calles de Manhattan, en tanto que Tahir lo suplanta en público con un doble amante de las cabras y sumamente pendejo.

El peregrinaje del verdadero Almirante General lo lleva a una tienda de extrema izquierda (donde se venden identidades ideológicas y alimentos orgánicos), a cargo de Zoey (Anna Faris), chica de fuertes convicciones (aunque algo raras) y poseedora de un no-se-qué-que-qué-se-yo de la que Aladeen termina enamorándose, muy a su pesar. Eso establece la sátira acerca de las feministas, vegetarianos y amantes de los inmigrantes. Mientras, el Dictador Sin Barba vaga por Little Waadeya, un barrio de Manhattan cuyo restaurante emblemático parece estar lleno de las personas que él había mandado ejecutar en el pasado.

La película se mueve con libertad entre la trama, el romance y las interacciones con personas reales que ya son un clásico. Posee la atmosfera de los Hermanos Marx (vean Duck Soup) y un guiño a la comedia física de Buster Keaton, ambos elementos manejados con mesura y maestría, demostrando que requieren de mucha inteligencia para sacarles el máximo provecho. Para muestra: la escena en la que Aladeen quiere ingresar al Hotel donde se encuentra el impostor deslizándose por un cable.

El material de ataque de Cohen es de libre circulación, su actitud es anarquista y, sin embargo, luce ligeramente más jovial que en Borat y Bruno. Espero que esto no se deba a una secreta ambición por volverse querido y popular. Yo esperaba que esta película fuera la más ofensiva de las tres y aunque no podemos negar que es ofensiva (especialmente en las escenas en las que se usa la cabeza decapitada de un luchado por los derechos civiles), es… de cierta manera, más nicer, si saben a lo que me refiero.

Pero esta es solo la queja melindrosa de un fan de corazón. The Dictator vale cada centavo del boleto y, con suerte, los pondrá a reflexionar sobre esa extraña cosa llamada democracia mejor que todos esos programas de la CNN que nadie ve pero que todos nos sentimos bien al citar. Ah, y además se reían mucho. Garantizado.