The Artist

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¿Es posible ver The Artist olvidando que es una película muda y en blanco y negro, y simplemente centrarnos en ella como cualquier otra, ejem, película? En mi opinión, no. Y por lo que he visto y leído sobre la cinta, me parece que esto es precisamente en lo que más se centra la audiencia. Muchos no se imaginan viendo tal cosa. En una proyección de preestreno para la prensa, un colega literalmente se paró y se salió del cine emputado, diciendo que a él no le gustaban esas mamada. Es como cuando alguien te pregunta sobre una película de Tarkovskiy o de Bergman y respondes que, en tu opinión, es una obra maestra. Seguramente entonces la persona que te preguntó no verá la película, simplemente porque no suena a nada que pudiera gustarle. Por mi parte, yo nunca fui un gran fanático del cine mudo, aunque si vi bastante en mi tiempo. La última cinta muda que vi antes de El Artista fue La Pasión de Juana de Arco, dirigida por Dreyer y una película a la que si le queda perfecta el prostituido adjetivo de “obra maestra”. Pero eso ya fue hace un tiempo.

Sin embargo, The Artist es una de las películas más entretenidas que he visto en mucho tiempo. Una película que encanta por su historia, sus actuaciones y la forma astuta de jugar con su silencio y con el blanco y negro. La cinta respeta la pre concepción con la que la mayor parte de la audiencia va a verla y también sabe que hay niños que la están viendo: no es para nada aburrida, ni tediosa. Además, no es completamente una película en silencio, por supuesto; al igual que todas las películas mudas viejas está acompañada de música incidental. Ya saben: ¿como aquellas pocas escenas de Misión: Imposible 4 en las que nadie habla y solo suena la partitura? Ustedes entienden.

La película, inspirada sin duda en Singin´in the Rain, cuenta la historia de George Valentin (genialmente interpretado por Jean Dujardin, ganado en Cannes y en los Oscar del premio al Mejor Actor), una estrella del cine mudo que, de golpe y porrazo, queda a la deriva por la incursión del sonido en las películas. Valentin, como tantas otras estrellas mudas reales, era más un mimo con una capacidad asombrosa para contar historias con su rostro y sus ojos, que un actor teatral. Y en el nuevo mundo del cine, la gente ya no quiere ver mimos, sino quiere oír diálogos. Valentin, pues, es dejado de lado cuando las imágenes comienzan a hablar y termina recluido en su apartamento, solamente con su fiel perro Uggi como compañía. Y este era un hombre que lo tenía todo.  

La médula del film son sin duda las actuaciones, sobretodo la del protagonista. Dujardin, quién parece una mezcla entre Genne Kelly (estrella de la ya mencionada Cantando Bajo la Lluvia) y Sean Connery, tinene tal dominio para el lenguaje corporal que bien puede transmitir humor que drama, que bien pudo haber sido una estrella del cine mudo. Bueh, si nos ponemos locos, el tipo es una gran estrella del cine mudo. Solo basta recordar que The Artist ya es oficialmente la película muda más taquillera de la historia. Después de 97 años, pudo destronar a The Birth of a Nation, de D.W. Griffith.

The Artist es una hermosa fabula de la obsolescencia. ¿Qué pasa con todos aquellos que ya no tiene  cabida en el nuevo orden? Claro que no es un tema muy nuevo. El genial Billy Wilder hizo una de sus mejores películas con este tema de fondo. Sunset Boulevard es una cinta trágica que cuenta la historia de una ex diva del cine mudo que quedó en el olvido cuando llegó la revolución de las imágenes con voz. Norma Desmond (la antigua estrella interpretada de manera estupenda por Gloria Swanson; quién por cierto no ganó un Oscar con dicho papel) vivía entonces recluida en su alguna vez majestuosa mansión sin más compañía que un servicial mayordomo y un mono que pronto murió, pero seguía siendo orgullosa, sobre todo cuando recordaba su época de gloria, en aquellos tiempos (y vaya que fueron buenos) cuando “no necesitábamos el diálogo, teníamos la cara”. George Valentin no vive una historia tan trágica como la de Norma Desmond, pero es evidente que la está pasando del nabo. A través de anécdotas, vemos su lucha por tratar de encajar en un mundo en el que, al parecer, ya no tiene cabida. Hasta a su eterna enamorada, la encantadora groupie convertida en estrella Peppy Miller (Bérénice Bejo), le va mejor en el nuevo mundo.

Michel Hazanavicious ha hecho una auténtica joya del cine, usando solamente recursos básicos, una gama de actuaciones portentosas (por ahí podemos ver haciendo un gran trabajo a John Goodman, Penelope Ann Miller y James Cromwell, entre otros) y una técnica de filmar que parecería una locura en nuestros tiempos de CGI y cintas en 3-D. Creo que, en ese sentido, son sus productores los que merecen un aplauso aún más sonoro, porque se arriesgaron a financiar un proyecto que sonaba más a capricho inocente destinado al fracaso que a una cinta medianamente redituable. La historia encantadora ha hecho llorar a más de uno en las salas y para el amante del cine es sin duda una experiencia sumamente enternecedora ver una cinta de esta manufactura (seguro de ahí vienen la mayoría de sus premios, aunque no es algo que le reste valor). No es nostalgia, o al menos no una nostalgia puramente personal, sino más bien un buen recuerdo de la inocencia infantil (presente en el inconsciente colectivo) con la que nos tragábamos las historias que nos contaban de niños o que veíamos en la tele. No es que las cintas mudas y en blanco y negro sean 100% mejores que las de ahora, es solo que eran más sencillas, menos contaminadas y, hasta cierto punto, más contundentes en su momento. Como las historias de nuestra niñez. Hazanavicious tiene razón: su película es genuinamente “una carta de amor al cine”.

He visto The Artist tres veces y en cada una de ellas la audiencia se ha dedicado a aplaudirle al final. Nunca había visto algo así. Y aún ahora tengo la teoría de que tal acción es, en parte, por la sorpresa que a ellos mismos les causa que una película muda y en blanco y negro les guste tanto. Y sí, es algo raro. Pero no podemos negar que también es encantador.