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Lincoln

Lincoln

Steven Spielberg y su Lincoln tienen el gran mérito de mostrar al sagrado Abraham Lincoln como lo que en realidad fue: un gran hombre. Un gran hombre sin pelos en la lengua, practico, con los pies en la tierra, conocedor de su época y de su papel.

(Lo primero que pensé al abandonar la sala con la música de créditos finales de John Williams de fondo, fue: “mierda, ya no hay líderes así”.)

Quizá a Lincoln le faltaba pulirse socialmente, pero poseía una gran inteligencia y un profundo conocimiento de la naturaleza humana. La característica distintiva de este gran hombre, surgido de la poderosa interpretación de Daniel Day-Lewis, es su tranquila confianza en sí mismo, la paciencia y la voluntad de hacer política de forma realista. La película se centra en los últimos meses de vida de Lincoln, e incluye el histórico triunfo de la 13ava. Enmienda en la Cámara de Representantes (ajá, la que termina con la esclavitud), el fin de la Guerra Civil y su asesinato.

(Lo segundo que pensé al abandonar la sala con la música de créditos finales de John Williams de fondo, fue: “mierda, nunca había visto una película que cuida tantos los detalles de la vida política”.)

Lincoln creía que la esclavitud era inmoral, pero también consideraba a la 13ava. Enmienda como el headshot que acabaría con las bases económicas de la Confederación. En la película, la aprobación de la enmienda es guiada por William Seward (David Strathairn), su Secretario de estado, y por el congresista Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones), el abolicionista más poderoso de la Cámara. Ni dichas interpretaciones, ni ninguna otra de la película de hecho, dependen de un histrionismo auto-consiente, lo cual se aprecia y agradece tratándose de esta clase de películas. Jones, por ejemplo, retrata a un estarrio ladino con algunos lugares secretos ocultos en su corazón.

Lincoln es una película de técnica perfecta, en la que la ciudad de Washington, más que retratada con una precisión histórica, se nos muestra mediante los trazos de la gente que vive ahí y, más importante, trabaja ahí. Janus Kaminshki (director de fotografía de cabecera de Spielberg), usa tonos terrosos y una silenciosa iluminación de interiores. Para muestra, la Casa Blanca, que más que lucir como un templo del estado, es un punto de reunión para los negociadores y proveedores (wheelers y dealers, en inglés) Este ambiente refleja las descripciones políticas hechas por Gore Vidal en su novela histórica llamada Lincoln, aunque los detalles políticos y personales que constituyen el revelador scrip de Tony Kushner se basan en Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goodwin. Un libro, por cierto, endemoniadamente bien titulado. Esta película no se trata de un ícono de la historia, intocable  e inmaculado, sino de un presidente que fue despreciado por muchos de sus adversarios políticos como un simple salvaje salido de alguna selva inexplorada.

(Creo que en ese tiempo todavía había partes en blanco en los mapas.)

Lincoln no está por encima de la compra de votos que se da en la vida política de cualquier democracia, digamos, sana. Para lograr que la enmienda pase, se necesitan votos de miembros del partido opositor y no se duda en ofrecer puestos de trabajo, ascensos, títulos y gastos pagados con tal de conseguirlos. En cierto punto se da a entender que el presidente aprueba, incluso, el uso de la mano dura, cuyos ejecutores son su trio de tres negociadores (Tim Blake Nelson, James Spader y John Hawkes). Así se juega el juego, mi lic.

Daniel Day-Lewis, el flamante nominado al Oscar por su interpretación, modula a su Lincoln. Un Lincoln de voz suave, un poco encorvado, exhausto después de los años de guerra. Le preocupa que las tropas, tanto suyas como enemigas, sigan masacrándose como hasta ahora. Se comunica a través de historias y parábolas. A su lado esta su esposa, Mary Todd Lincoln (Sally Field, extraordinaria). Ella ya ha perdido un hijo, Willie, fallecido a los 11 y considerada una baja de guerra, aunque claro, no era soldado. Y ahora esta aterrada ante la posibilidad de perder otro: un cabroncito llamado Robert Todd Lincoln (Joseph Gordon-Levitt, quién luce un bigote de homosexual), quién rechaza los privilegios de la familia, Harvard y la chingada, y solo quiere ponerse un uniforme y salir a partir madres. Hacer algo.

Por cierto, hay una gran escena de batalla en Lincoln, pero es solo la apertura sangrienta, cuando las palabras del discurso de Gettysburg resuenan con el mayor impacto posible. Y ni siquiera son dichas por Lincoln. El impecable guión de Tony Kushner teje sin pedos la redacción y el paso de la 13ava. Enmienda sin que parezca una lección de historia obligatoria, sino el clímax de una lucha de poderes increíblemente tensa. Lo repito: nunca había visto una película sobre política como esta.

La película termina poco después del asesinato de Lincoln, que mucho público esperaba ver en primer plano, supongo. Hay una toma anterior, cuando vemos al presidente marchar al encuentro de su esposa, alejándose victorioso después de que su enmienda ha triunfado, en el que bien podría haber terminado la cinta. Todo lo demás me pareció innecesario. Un final “a la Spielberg”, lo que casi nunca significa nada bueno.  

(Lo tercero que pensé al abandonar la sala con la música de créditos finales de John Williams de fondo, fue un: “mierda, ese final apesta, pero como dicen: ya pertenece a la historia”.)

Lincoln es una bio-pic impecablemente realizada, escrita con maestría y dirigida como solo un cabrón como Steven Spilberg podría haberla dirigido. Y merece todos y cada uno de los Oscar que los Honorables estarrios de la Academia quieran darle. Que, supongo, serán muy pocos. Pero no importa. A mí me encantó.

Y ya.

El frío

Frio

En mi conjunto particular de creencias, el frío no es “mal tiempo”, y los días grises no son “días feos”. Cuando hace frío se me enfrían (en este orden) los brazos, las orejas, las rodillas y los tobillos. Quienes me conocen saben que soy más una persona que prefiere el frío, pero no por eso odio el calor (bueno, solo un poco). Cuando el frío arremete, en mi conjunto particular de creencias simplemente pienso “hace frío” y caigo en cuenta del frío y reconozco el frío. No le miento la madre, o procuro no mentarle la madre. Me cubro, me tapo, me tomo mi bebida caliente. Durante un tiempo me ponía un estúpido gorro peruano. No sirve de nada andar por la vida juzgando la cualidad natural del clima frío que es, ajá, ser frío. La mente nos juega esos trucos: qué frío hace, cómo quisiera estar CALIENTITO en un lugar playero. Qué calor hace, no soporto este clima bananero que me hace SANGRAR la nariz. Estoy aburrido, vale madres, no me gusta estar aburrido, quisiera estar en otro lado DIVIRTIÉNDOME. Estoy excitadísimo con este concierto, vale madres, no quiero que se acabe NUNCA. Y así, uno lee en esos message boards masivos que son Twitter y Facebook e Instagram, cómo la gente pasa los días del año quejándose del estúpido clima y de su estúpida suerte de estar en medio de tal o cual clima, en vez de pasar unos segundos solo reconociendo lo que está pasando y permitiendo, como dice el maestro Trungpa, que las capas más bondadosas de nuestra mente y nuestro corazón “trabajen con la situación”. Es difícil, lo sé: porque aunque en Montreal y UK y en el primoroso Albany, NY, los fríos sean una cosa horrenda que te hacen sentir como si te arrancaran la nariz, nuestro país no está preparado para heladas, nevadas –como las registradas en los estados del norte desde diciembre– e inesperadas lluvias pedorras en este frío del periodo enero/febrero. Son rarísimas las casas con calefacción, muchas oficinas son una tortura de microclimas extremos, y ciudades como el honorable DF no fueron pensadas para el bienestar del peatón, que debe cruzar sitios azarosos como el desierto de Ocarina of Time para tomar el transporte público. Además, dicen los apocalípticos que el calentamiento global nos tiene tan jodidos que cada vez hace más frío en nuestras antes benévolas latitudes tropicales.

Pronto terminará el invierno. Vendrán las quejas contra el calor, la temporada de lluvias, la tragicómica política nacional y la mala red celular (esa queja es todo el año). Luego será otoño y luego invierno otra vez. Mis mejores deseos para que sus mentes estén más tranquilas y menos neuróticas. Más productivas y menos quejicas.

Igual ni hace tanto frio. La foto de arriba fue tomada en Foxborough, Massachusetts. LOL.

 

An Epic Of Epic Epicness

Epic

Agregarle adjetivos al pasado fin de semana de Juegos Divisionales sería completamente innecesario. Creo que un par de juegos se quedará en nuestra memoria por un largo, largo (largo) tiempo. Y los otros dos sirvieron para que viéramos el poderío de los protagonistas del próximo Super Bowl. Pero vamos por partes.

El sábado por la tarde admiramos “The Epic in Coloradou”, en la Broncos y Ravens se partieron la madre durante más de 76 minutos de juego activo (poco más de 4 horas de transmisión y doble tiempo extra, ¡ea!). Fue uno de esos juegos soberbios que tienen todos los ingredientes para ser uno de los grandes clásicos de todos los tiempos: jugado a temperaturas congelantes (-10° C), con muchos puntos anotados, jugadas inverosímiles, errores, volteretas, Ray Lewis llorando como nena y Peyton otra vez derrotado en playoffs. Fue un juego muy físico, muy cabrón, pero creo que los Broncos debieron ganar. Y no es que le reste merito a lo hecho por Baltimore, pero es que fueron los errores de la Yeguada los que al final terminaron pesando más: aquél balón revotado en las manos de Decker que fue recuperado por la defensiva y regresado para anotación, las pendejadas de Champ Bailey particular y de toda la secundaria  en general, la postura conservadora de John Fox y aquella intercepción a Peyton Manning que preparó el escenario para el gol de campo de la victoria, conectado por un novato.

Sí, otra vez… pinche Peyton.

Ya hemos hablado del mayor de los Manning en este blog; un mariscal de campo de cualidades extraordinarias, pero con poco carisma y que sufre la Maldición de los Playoffs. Peyton no sabe ganar los partidos grandes, y eso que ya ha llegado a dos Super Bowls, pero no tienen esa mística, ese temple y esa habilidad que te hace ser grande justo cuando se necesita que lo seas. Peyton fue golpeado, se congeló, le falló el toque y al final lanzó un pase que no debía lanzar y fue interceptado. Peyton ahora es criticado, crucificado, sus logros en temporada regular han sido olvidados. Y es que perdió el juego que no debía perder.

Como antes. Como (casi) siempre.

Yo admiro al tipo, como lo he dicho antes. Y me parece que la derrota no es, ni mucho menos, enteramente su culpa. Pero a él le interceptaron. Peyton, Peyto, Peyton… ¿es que nunca llegará el día? Y digo, aunque tenga contrato por otros 4 años, dudo que la siguiente temporada sea tan buena como esta. Igual puede ser, pero yo lo dudo. El sábado recordé a Montana con Kansas City, a Favre con Minnesota; ambos había sido poco menos que leyendas vivientes con sus primeros equipos y se quedaron a las puertas de un nuevo Super Bowl con su nuevo equipo. Parece que el sábado Peyton luchaba contra otra maldición, aparte de la propia. Y fue vencido.

Pero bueno, ya por la noche llegó el Green Bay en San Francisco. Fue un juego fantástico, muy peleado durante tres cuartos del juego y en donde nació la figura de Colin Kaepernick (de Wisconsin para el mundo) como un QB elite. El número, 7, el suplente, del que todo el mundo dudaba, se encargó de volver loca a una de las mejores defensivas de la Liga, se recuperó de una intercepción tempranera, corrió para más yardas que cualquier otro mariscal de campo en cualquier juego en la historia y se aventó 4 anotaciones (dos por tierra y dos por aire). Los Cabezas de Queso aguantaron hasta donde pudieron, pero simplemente terminaron doblándose: fue un marcador abultado porque así lo trabajaron los Gambusinos. Fue un juego grandioso y el nivel mostrado por los Niners es de campeones, al igual que el de la primera mitad de su juego contra los Pats en la campaña. Veremos si lo mantienen.

Ya en domingo, a mediodía, los Seahawks se enfrentaban a unos Falcons que más que buscar ganar un juego, deseaban ganar respeto. Y al principio parecían tenerlo todo controlado. Jugando por nota, llegaron a estar ganado 20 a 0 al terminar la primera mitad. Y después, ya avanzado el tercer cuarto, ganaban 27 a 7. Todo parecía decidido. Pero Seattle demostró yarbles, unos pinches yarbles que no cabían en el Georgia Dome. Russell Wilson guió a sus muchachos a una remontada histórica, el partido cómodo de Atlanta de pronto se convirtió en una tragedia griega y a 30 segundos de terminar el partido, Seattle ya ganaba 28 a 27. Un silencio sepulcral se había instalado en el nido de los Falcons, los fantasmas de no haber ganado un juego de playoffs en mucho, mucho tiempo. Pero Matt Ryan aún tenía 30 segundos. Y con sendos pases perfectos puso el escenario para que su tocayo, el veterano Matt Bryant colocara por el centro el gol de campo del triunfo cuando ya solo quedaban 12 segundos en el reloj. Y otra vez, la locura. Pero también regresó el drama, porque los Falcons, en una jugada sumamente pendeja, patearon corto y le dejaron el balón a Wilson atrasito de medio campo, con 9 segundos. Y el juego terminó como terminan los grandes juegos: con un Hail Mary! Con los ganadores sudando sangre hasta el último segundo y los derrotados cayendo con la cara al sol. Seattle perdió como pierden los grandes, me pongo de pie ante ellos. Y Atlanta ganó, por primera vez en mucho, mucho tiempo, un juego de playoffs. Pero más que nada ganó respeto. No será fácil para San Francisco ganar en el nido.

Y para cerrar vimos a los gloriosos y poderosos Patriotas en contra de los Texanos. Yo esperaba que por primera vez en la jornada le atinara a algún pronóstico, pero no esperaba que el resultado fuera cercano a la paliza que Nueva Inglaterra le metió a Houston en temporada regular. Pero casi lo fue. Los Texanos compitieron bien durante los primeros minutos, pero esto se debió más a la falta de ritmo de la ofensiva de Brady que a meritos propios. Cuando Brady prendió los motores, fueron imparables. Houston es un buen equipo, pero esta un nivel más abajo. Al final sí le atiné a un resultado, el juego más predecible de los 4 resultó como se esperaba, Brady superó a Montana como el QB con más triunfos en postemporada y el Gillette Stadium recibirá una nueva Final de la AFC. No será fácil doblegar a los motivados Cuervos, pero si algún equipo puede pararlos a estas alturas, son los Patriotas. A huevo que sí.

Como verán, fue un fin de semana lleno de imágenes y momentos para recordar en mucho tiempo. De juegos de hombres y no pedazos. De ver a los grandes ser grandes y a los vencidos caer con la cara al sol. Creo que desde que soy aficionado a este deporte nunca había visto Juegos Divisionales de este calibre. Y me siento privilegiado de haberlos visto. Porque yo sé que en unos años diré con orgullo que vi en vivo “The Epic in Coloradou”, a Colin Kaepernick desmadrando física y mentalmente a los Packers, a Matt Ryan ganado por fin en playoffs, a Russell Wilson surgiendo como una estrella, y a Tom Brady ser el mejor Tom Brady. En mejor QB que estos ojos (que algún día se comerán los gusanos) han visto jugar.

Hoy me siento feliz. Y privilegiado. Enero rockea. El futbol es grandioso.

 

Lunes de: back to office!

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Lunes de: back to office!

Lunes de volver a ver The Office en la mañana, mientras se prepara el café y se calienta el agua del boiler. Lunes de neblina, de no querer salir de la calientita cama (de hecho, yo solo me levanté porque tenía que mear; de otra forma no hubiera venido a trabajar). Sin embargo, creo que la vista valía la pena.

Hoy fue lunes de estrenar mi flamante nueva chamarra de los Pats. Y de recordar, por un momento, aquella chamarra de los Yankees que me encantaba. Recuerdo sobretodo aquel diciembre en que salía con cierta chica cuyo padre era distribuidor de cd´s (ya saben, esas cosas llamadas discos que sus hermanos mayores coleccionaban compulsivamente. Los bolsillos de aquella chamarra se llenaban de compactos mientras mi chica se alegraba para ir a una posada o el cine, a ver por enésima vez Harry Potter y el Cáliz de Fuego. Muchos de aquellos discos ni siquiera los escuche. Aquello era simplemente una manifestación de mí ya legendaria cleptomanía musical, que en su día sufrieron mis primos y una estación de radio donde trabajé un verano. O quizá, simplemente, buscaba pretextos para que ella me cortara. Creo que no fue una buena relación.

Como sea, hoy también es lunes de análisis de playoffs. Creo que ninguno de los juegos cumplió mis expectativas. Esperaba más de los Texanos. Esperaba más de los Vikingos (aunque jugar sin el QB titular sí pesa, quieran o no, sobre todo cuando el suplente es un pendejo). Esperaba mucho más de los Potros (Andresito Suerte le partió toditita la madre a mi quiniela). Y aunque admiré los yarbles de RGIII, esperaba más de ese juego en el que fueron masacrados por los Seahawks. Como sea, ya solo quedan 16 equipos y el próxima fin de semana se presume grandioso. Pero ya hablaremos de eso más adelante.

Y es que, para muchos, hoy fue lunes de: back to school! Recuerdo muchas mañanas de lunes de: back to school! Recuerdo que la ventana de mi salón de secundaria tenia vista a la calle. Recuerdo ponerme a divagar sobre la gente que se apoderaba de las mañanas, para ir por café, cancros, huevo, you name it… Recuerdo verlos correr, verlos hacer un poco de calistenia en un parquecito cercano. Recuerdo verlos esperando la combi, onda 9 de la mañana (a esa hora yo ya estaba hasta la madre de las clases). Creo que en esos momentos lo que más quería era ser uno de aquellos tipos que tenían libre la mañana, cuando yo tenía que sufrir la putiza de la clase de 7. Una putiza que sufrí durante toda la prepa y la uni. Pero ahora ya son otros tiempos. Ahora ya entro más tarde al trabajo. Ya soy uno de aquellos que se levantan a las 7:15 a.m. y van todos lagañosos por jugo o leche al Oxxo. Ya soy uno de aquellos que a las 9 apenas inicia el largo camino a la chamba, mi lic.      

Y ahora envidio con toda el alma a los mocosos que están en la escuela. Pero así son las cosas, supongo. 

De Hombres, payasos y Juegos de Comodines...

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Se acabó la temporada regular. Y el sabadito futbolero inician los playoffs. Y ahora que cada uno de los 32 equipos jugó sus 16 partidos de rigor, solamente nos quedamos con 12, los cuales van a despedazarse en busca de la gloria que solo da levantar el Lombardi, el próximo 3 de febrero.

Ahora que han pasado 17 semanas, bien podemos hablar de héroes y villanos, sorpresas agradable y decepciones. En este departamento, creo que los Giants de New York son la gran decepción del año. Los flamantes Campeones del Super Bowl pasado, dieron una temporada para el olvido, en la que no pueden culpar a lesiones de jugadores clave u otros factores, más que una evidente apatía que resultaba casi vergonzosa. Eli Manning contó con equipo completo, un equipazo, de hecho, pero nada más no pudo meterse a la fiesta, dejando ir juegos de manera casi ridícula y perdiendo varios que, hasta ellos mismos, daban por ganados antes de comenzar. Otra decepción vino de parte de los Lions de Detroit. El equipo de la Ciudad Motor fue el gran animador de la temporada pasada, cuenta con estrellas en casi todas las posiciones, tiene un QB que se avienta unas 350 yardas en un mal día y un WR que nada más se quedó a 36 de llegar a las 2000 yardas en una temporada. Y sin embargo no ganan juegos, por mala suerte, por errores o porque los contrarios se encontraron con la victoria de manera casi casual, pero ellos siempre se quedan con la miel en los labios. Los Leones son un caso muy raro, me cae. Nueva Orleans, por otro lado, sufrió de la Maldición del Local (aquella que dicta que los equipos que reciben el Super Bowl en su casa generalmente tienen un año del caraxo) y terminó una temporada terrible, por derrotas, por escándalos y porque nada más no tenían el corazón que habían mostrado antes; sin embargo, la temporada que viene estarán de vuelta. Los Bears se fueron desinflando como globos dejados al sol y al final los Vikingos les aplicaron la juvenil y los dejaron en el camino; y eso que dieron una gran primera parte de temporada. Qué decir de Filadelfia y su temporada para el olvido; pero al menos ya corrieron a Andy Red. O los Chargers, que nada más dieron pena ajena; ahí creo que el coach todavía permanece, lo cual ya es hasta humillante para él.

Supongo que para la gran afición en México, el que Pittsburg y Dallas no estén en el playoff es decepcionante, pero yo no lo creo. Los Steelers son, desde hace un par de temporadas, un auténtico hospital disfrazado de equipo de americano. Las lesiones de sus jugadores clave ya son el pan de cada día para su afición y además están en la División más perra de la Conferencia Americana; la verdad era poco menos que un milagro que en la penúltima semana todavía tuvieran esperanza. Digo, hasta eso que los de negro y amarillo siempre dan lo mejor de sí mismos y juegan con todos los yarbles del mundo, pero hay veces en las que nada más no se puede. ¿Y los Cowboys, apá? Pues creo que el que no se hayan metido estando en una de las Divisiones más flojas de la Conferencia Nacional, habla de lo mal que está en equipo. Y no en calidad, oh no. Dallas cuenta con una defensiva más que decente, con el mejor defensivo de la Liga, con un par de WR que ya los quisiera Tom Brady, con un corredor que, aunque se lesiona demasiado, tiene cualidades de estrella, y un QB que tiene un gran brazo y un gran problema de actitud. Romo es un atleta increíble, pero como líder es un gran astronauta. Y los Vaqueros necesitan un líder. Son un equipo que está a un paso de ser un gran contendiente al título, pero que nada más se aferra a un mariscal que ya demostró que el jersey, el estadio y la historia de su equipo le quedan ridículamente grandes. Los Vaqueros no son una decepción, son una telenovela tremendamente interesante.  

Pero este fuel el año de los regresos heroicos y vaya que los tuvimos. Peyton Manning demostró que la calidad no tiene edad, que no importan las 4 operaciones de cuello ni un año de inactividad cuando eres alguien excepcional; el cabrón nada más metió a los Broncos como sembrados 1 y los tiene bien aceitaditos y con un hambre terrible. Adrian Peterson, en Minnesota, regreso de una lesión que a cualquier hombre mortal le hubiera costado la movilidad para el resto de su vida y nada más corrió para más de 2000 yardas y se quedó a 9 (¡9 yardas!) de superar la marca histórica en una sola temporada. Y sí, Vikingos y Broncos no estarían ni en sueños en donde están de no ser por este par de cabrones que regresaron del inframundo para demostrar de lo que se trata el amor por este juego.

Este también fue el año de los QB novatos. Russell Wilson y sus Seahawks hicieron del terruño de Frasier Crane un territorio inexpugnable; no perdieron ni un juego como local y siempre dieron pelea de visitantes. Wilson tiene un gran brazo, buena movilidad y el apoyo de Lynch, uno de los mejores Rb de la Liga; aguas con Seattle. Por otro lado, RGIII y sus Pieles Rojas agarraron barco y se hicieron con el título de la División más mediocre de la NFL; me parece que tanto el equipo como el mariscal de las rastas están un tanto sobrevaluados, aunque hay que concederle al tipo que es muy seguro (solo 5 intercepciones en la temporada) y que corre como Vick en sus mejores años. Y qué decir de los Colts y Andresito Suerte. El tipo no luce como novato, oh no. El tipo es un líder, tienen un brazo privilegiado, una lectura de juego digna de un QB elite y un cuerpo de receptores veterano, pero envidiable, y novato, pero con huevos. Indianápolis demostró que puede ganar los juegos importantes, que pueden meterse al tiroteo con cualquiera y que, con un marcador favorable, su defensiva maneja marcadores como pocas. Aguas con los Potros.

Y pues sí, se acabó una temporada regular más de la mejor Liga de esta galaxia y sus alrededores. Grandes golpes, grandes momentos, grandes juegos, cáncer vencido, Sanches en la banca, sin #tebowtime, pero con mucha, mucha cerveza. Todo pasó, como la lluvia en las montañas, dirían algunos, pero aún queda lo mejor. Los Juegos de Comodines inician el sábado. Y aquí están mis pics:

Ø  Cincinnati en Houston: por muy mal que estén los Texanos, le van a partir su madre a los Bengalíes. En una de esas y hasta por paliza.

 

Ø  Minnesota en Green Bay: pinta para muchas cosas. En una de esas y hasta es una paliza de los Cabezas de Queso, o una victoria apretada de cualquiera, todo depende de cómo se comporte la defensiva de los Packers contra Peterson. Creo que los Empacadores van a ganar; el factor local puede pesar.

 

Ø  Indianápolis en Baltimore: creo que este puede ser el mejor juego de los 4. Y creo que los Colts tienen grandes posibilidades de partirle se madre a los Cuervos, y de visita. Esta podría ser la entrada de Andresito Suerte en la Grandes Ligas, papá. Voy Colts. Y espero un juegazo.

 

Ø  Seattle en Washington: más allá del duelo Russell Wilson-RGIII, me parece que Seattle va a ganar en la capital gringa. No porque Wilson sea un mejor QB que Griffin, sino porque los Seahawks son un mejor equipo que los Redskins. Así de simple.

Pero bueno, ese soy yo. Cada uno tiene sus favoritos y cualquier cosa puede pasar. Eso es algo de lo hermosos de este deporte. Y algo por lo que enero, a pesar de la cuesta y la resaca de 31 días, es uno de los mejores meses del año.       

Ahi viene 2013...

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Le quedan unos minutos al año y todo mundo se pone meditabundo. Supongo que tiene que ver con el Año Nuevo ha desplazado, lentamente pero con seguridad, a la Navidad como nuestro momento de reflexión. Las nuevas generaciones somos más proclives, claro, a dejar atrás los paradigmas del pasado como la Navidad (un momento religioso-familiar) y adoptar los del presente, como el Año Nuevo (un momento social, práctico e inmediato). Sin quererlo o buscarlo, adoptamos posiciones que antes –en el contexto de las fiestas decembrinas– eran exclusivas de la religiosidad, como desearle lo mejor a nuestro prójimo y dar gracias por el periodo que recién terminó. Supongo que en el fondo tenemos miedo del porvenir: no sabemos lo que viene, el futuro es confuso y, si lo ponemos en términos de nuestras expectativas de las cosas, suele ser traicionero y poco cumplidor. Pero no importa. Hoy brindaremos y nos abrazaremos y nos desearemos, de corazón, que 2013 sea mejor que 2012. Algunos habrán tenido un año espectacular y desean que el próximo sea igual o mejor. Otros querrán olvidarlo y están, al menos, conformes de que ya acabó. Para algunos quizá fue un año más, ni fu, ni fa. El ritual, sin embargo, es provechoso para adentrarse aunque sean dos minutos en lo que nos hizo mejores, lo que nos hizo sentirnos xodidos y lo que esperamos para los próximos meses. En 2013, mucha gente permanecerá en sus lugares, otros tantos (¡muchos!) nacerán y algunos personajes también se irán al inevitable Valle de los Muertos. Hoy recuerdo particularmente las partidas de este año (especialmente una), pero también me quedo con lo bueno que llegó, con lo bueno que pasó (porque sí pasaron cosas buenas en 2012).

Sin embargo, este post tiene por finalidad darles las gracias por sus clics en el año que ya se termina. Por leer, por comentar, por enriquecer, mediante tuits o likes, este espacio que hago para ustedes.  Mi evidente deseo es que permanezcan con nosotros, el espíritu de esta comunidad crezca y, claro, todos como individuos logren lo que se propongan. Son puros buenos deseos, ya sabemos que la realidad muerde. Pero no duele nada hacerles saber que Ronin los quiere en el tuétano y les desea un enoooooooooorme año 2013. ¡Felicidades a todos!

De mantras... y Santa Closita Von Teese

Dita

La expresión “olvidé mi mantra” tiene su historia (chiquita, pero la tiene): su origen es la película Annie Hall del grandioso Woody Allen. Cuando nuestros héroes pasan una californiana Navidad en la mansión de Tony Lacey, hace un pequeño cameo el mismísimo Jeff Goldblum (el tipo se haría famoso años más tarde por su papel de insecto mutante en La mosca y de científico contreras en Jurassic Park) quien, con cara de haberse metido una caja de antidepresivos en tiempo récord, habla con alguien por teléfono, presumiblemente su guru, y le dice: “Olvidé mi mantra”. Un mantra, de acuerdo con la confiable Enciclopedia Británica, es “un rezo sagrado (silábico, en prosa o verso) que se considera posee una eficacia mística o espiritual. Varios mantras son dichos en voz alta o recitados internamente en el pensamiento”. Mi madre, en su etapa hindú me hizo cargar en la billetera el gayatri mantra, una especie de rezo con esteroides (o sea, superpoderoso) que se repite hasta ponerte en un estado bien groovy (el mantra, verán ustedes, tiene una extraña aunque efectiva correlación con el rosario cristiano. La repetición, y aquí sí hablo en serio, pone al creyente en un estado místico y de deslave interno. De nada). El gayatri mantra se caracteriza por proteger a quien lo dice. Bueno, he olvidado mi mantra. Ya hasta cambié de cartera. Quizá sea porque tiendo a desconfiar de los métodos de iluminación automática que promete la new age. Los tiendo a comparar con los productos que dicen que vas a adelgazar en días y te vas a poner tan bueno como Yoni Weismuller. También desconfío de ese mantra publicitario llamado ‘eslogan’ (y de los charlatanes egresados del Centro de Capacitación Cinematográfica que pasan años discutiendo en borracheras La Gran Propuesta Que Cambiará Para Siempre El Cine Nacional, y que para lo único que les sirvió su educación es para producir comerciales). Le huyo al mantra de los escritores rompebolas cuya única aspiración en la vida es ser mantenidos por el Conaculta (“dadme una beca/ dadme una beca/ dadme una beca”). En términos generales, practico a tal grado la desconfianza que he hecho de la frase “timeo danaos et dona ferentes” (“temo a los griegos aunque nos traigan regalos”) un mantra personal. La verdad es que ese latinajo se lo robé a una amiga que está bien sana y que la dice y escribe todo el tiempo. Otro mantra que practico es “quid pro quo” (quiere decir “una cosa por la otra”). En verdad creo en el karma. El silogismo es: 1) si jodo al prójimo acabaré jodido, 2) he jodido al prójimo, 3) por lo tanto, estoy bien jodido. Quid pro quo. Quid pro quo. Hace muchos años me tocó ver a un repartidor de Domino’s o Pizza Hut (no me acuerdo) con una fractura expuesta de fémur en la sala de urgencias de Traumatología en Lomas Verdes, Naucalpan. Con ojos llorosos y voz quebradiza, el tipín me dijo: “Todo por no estudiar”. Yo añadí mentalmente “y por conducir como idiota”, pero no se lo dije. ¿Moraleja? Quid pro quo. El karma es impecable. Si la haces la pagas. A tu favor o en contra, pero la pagas.

Pero igual mañana es Nochebuena. Y el martes, Navidad. Así que no me hagan mucho caso y mejor quédense con la imagen de Santa Closita Von Teese. Enjoy!

 

 

Moonrise Kingdom

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El mundo de Wes Anderson es uno lleno de detalles: libretas artesanales, props ilustrados a mano y ex profeso para una escena, tenis Adidas manufacturados para un personaje, artículos bordados, letreros públicos escritos con tipografía Futura, portadas falsas de libros, iconografía retro, objetos y costumbres olvidadas: tocadiscos de 45 rpm, padres que fuman en la misma habitación de sus hijos… para apreciar el cine de Wes Anderson hay que apreciar también su obsesión por los detalles. Habrá quien llame a esos detalles pura melcocha hipster, pero la verdad es que lo “hipster” es tan relativo y está tan quemado, que dicho adjetivo se queda corto. Pero eso ustedes ya lo saben. Moonrise Kingdom, una historia clásica de dos “star crossed lovers” en plena euforia hormonal, sucede en un 1965 que podría ser 2012 en un lugar construido, una isla en las costas de Nueva Inglaterra. Esta isla, de nombre New Penzance, funciona como una casa de muñecas donde Wes Anderson coloca sus obsesiones estéticas al lado de sus personajes extravagantes: objetos y personas aderezados con una peculiar selección musical –que como es tradición en sus filmes, siempre extraña y sorprende, aunque no siempre para bien–: Leonard Bernstein, Hank Williams y un score original de Alexander Desplat. 

Luego de su muy personal adaptación del relato de Roald Dahl, Fantastic Mr. Fox, Anderson volvió al terreno de los guiones originales. He pensado que no sé cuánto tiempo pueda sostenerse su estilo de hacer cine sin que el público y los reseñistas le caigan encima con todo el peso de la aburrición. Habrá quienes lo odien por esquemático, repetitivo y, duh, hipster. Pero hay que reconocerle que tiene una forma de hacer las cosas como no muchos narradores pueden presumir: a su manera. Que es otra manera de decir “original”.

Su Moonrise Kingdom es más “Tenenbaum” que “Darjeeling”. La isla de New Penzance está retacada de gente con problemas para comunicarse con otras personas, gente neurótica con vidas simples, quizá mediocres; los dos enamorados, sin embargo, están lejos de perseguir una existencia mediocre. Luego de un flechazo instantáneo (¿no es maravilloso el amor a primera vista?) coronado por un glorioso “No… I said… what kind of bird ARE YOU” que le propina el chamaco a la chamaca, los dos amantes planean fugarse, y lo hacen epistolarmente. Con cada carta, el amor crece y el plan se concreta. Finalmente lo logran, y sus, no sé, 24 o 48 horas de locura, se traducen en una especie de tour de force adolescente al Reino de la Salida de la Luna del título. Lo cual es muy bello, muy personal, muy romántico. Tiene que llegar la última escena de la película para entender qué diablos es el Moonrise Kingdom, o al menos darse una idea… quizá solo para sentir algo en el estómago. Ese es el trabajo de Wes Anderson: hacerte sentir eso en el estómago en el momento en el que caen los créditos finales.

O quizá ese sea el trabajo de cualquier director de cine que cuenta historias humanas.

Sobre escribir (2)

Este post versará sobre los hechos circundantes al hecho de escribir. Sitios. Contextos. Situaciones. Herramientas. Disciplina. Verdades.

Tan importante como tener algo de qué escribir es escribir en las condiciones que hagan sentir mejor al autor. Por supuesto, no hay reglas escritas en mármol, pero sí una serie de ideas básicas que tienen que ver con el ejercicio básico de imaginar una historia y desarrollar las habilidades esenciales para ejercer esa habilidad de manera artificiosa y eficiente en una hoja de papel (o en una hoja electrónica, para el caso).

El cuerpo humano es una masa ordenada de músculos, grasa, líquidos (unos más viscosos que otros), huesos, pelos y otros tejidos. A pesar de que los documentales de la televisión y la “sabiduría popular” (whatever that means) nos recuerda que se trata de una “máquina perfecta”, debemos alimentarla, cuidarla y aceitarla. El hecho de escribir implica ser mindful del cuerpo y estar conscientes del momento presente en el que estamos tecleando o dibujando garabatos en una libreta. No es igual sentar las nalgas en un piso frío y húmedo que en una silla cómoda y seca. No es lo mismo escribir en un cuartucho supuestamente “bohemio” que en una habitación propiamente iluminada y ventilada. El cuerpo del escritor resiente o asiente el sitio en el que se coloca a imaginar sus historias. Leer es un ejercicio mental, como decía Nabokov, y escribir también; sin embargo, no hay mente lúcida detrás de un cuerpo idiota.

No estoy diciendo que el escritor deba ejercitarse o mantenerse en excelente forma física. Ejemplos sobran de escritores ebrios, panzones y farmacodependientes, alejados por completo de cualquier indicador de salud de la OMS. Existen algunos ejemplos de escritores deportistas, por supuesto, el más notable el del egregio Haruki Murakami, quien además de novelista es corredor de ultramaratones. Pero son los menos. Son eso: caso notables.

Yo me refiero a mantener el cuerpo en una situación idónea para escribir. Habrá quien me diga que el piso frío y húmedo es ideal para él; quizá se trate de un faquir. Los demás escritores necesitamos una serie de condiciones importantes, a saber:

1) Una silla cómoda, 2) Una habitación bien iluminada y ventilada, 3) Una hidratación constante, 4) Un procesador de texto poco intrusivo, 5) Un método de “capitulación” interna, 6) Tiempo para concentrarse.

Las dos primeras, creo, no necesitan mayor explicación. De la tercera condición se puede apropiar el agua, el licor, la cerveza o el café, pero debo decir que, aunque soy bebedor de cerveza al momento de escribir, que una buena sesión no se puede completar sin al menos dos litros de agua. Combinen su whiskey o su absinthe con agua, si quieren, pero agreguen agua a la mezcla. Su cuerpo lo agradecerá.

El procesador de texto es importante. Hace las veces de máquina de escribir de nuestros tiempos, es la página en blanco electrónica y donde todo sucede. Software horrible como Word, lleno de barras de herramientas, distrae y complica. El escritor no necesita acomodar márgenes, elegir tipografías o interlineados de párrafos a la hora de crear un mundo imaginario. Las únicas herramientas esenciales son las que se tienen en el teclado. El uso de bold, itálicas, versales o subrayados son lujos, son add-ons. Cuando los escritores escribían en máquinas de escribir golpeaban una página con las teclas y cada tecla representaba un valor, una letra, un signo, una máyúscula. La edición se hacía más tarde. Es igual con el procesador de textos actual. No necesitas más que poner atención en lo que estás escribiendo. Esto incluye el uso del navegador web a la hora de escribir. Celebro que se use con fines enciclopédicos, como un diccionario de mano, no como una distracción pedorra. ¿Por qué querrías leer tuits idiotas de alguien que no conoces cuando en tu página está naciendo la alquimia peculiar de un mundo creado, imaginario, rico y vivo y tan real como tú desees que sea? Deja los tuits idiotas para otro momento del día. No para el momento de escribir.

En mi experiencia, hay que desconfiar de las aplicaciones que prometen “notas”, capitulación sofisticada o que supuestamente estén hechos a la medida para novelistas. No sirven para nada. A mí me sirve Pages de Mac OS X porque es muy simple. Google Docs es ideal para cuentos cortos; para relatos de más de 100 cuartillas, dificulta la navegación entre páginas porque hay que ir página por página para hallar algo que se escribió uno o dos meses antes.

Ahora, el método de capitulación interna. Es mucho más simple de lo que suena: se trata de cualquier artilugio que permita hacer pausas en el flujo de escritura. Funciona porque proporciona ritmo, un vaivén, da la sensación de movimiento, de picos y valles, de subidas y bajadas. Ejemplos: un cigarro, una chaqueta, una canción, algo en la tele, un libro. Se trata de una pausa ex profeso, un alto voluntario e intencional.

Un cigarro adentro de la página perpetua el momento de escritura. No lo condeno, simplemente no sirve para este propósito porque le da continuum al vuelo. Un cigarro afuera de la página, salir, voltearse, mirar hacia adentro, mirar lo que hay en la calle, y fumar, fumar, fumar, ayuda a romper el ritmo pero de una manera educada. Volver a la página es simple siempre y cuando esa fumareda no se convierta en una peda y la pausa no dure demasiado. La masturbación sirve el mismo propósito; parar y jugar videojuegos treinta minutos, práctica que he hecho en sesiones de más de doce horas de escrituras, revitalizan el ritmo del escritor. Leer tiene el mismo efecto. Poner una película. Cambiar la canción. Muchos escritores escriben con música, y la razón es simple: provee ritmo. Nada más que eso. Olviden el “sabor emocional” de una canción en un capítulo, es más un asunto de ritmo. Yo suelo escuchar 20 o 25 o 30 veces la misma canción. Y luego la cambio. He ahí mi corte. Mi cue. Tiempo de cambiar el ritmo. Escribir es como bailar. Aunque yo quisiera bailar tan bien como escribo. :P

Finalmente, tiempo para concentrarse. El ejercicio de escribir puede ser agotador. Para mí, una sesión de escritura solo puede valer la pena si dura al menos 8 horas. Para concentrarse necesitas el tiempo. La soledad. Difícilmente podrás escribir algo si tienes la casa llena de gente interrumpiendo e irrumpiendo con ruido, ruido que no es el tuyo. Socialmente, esta es la parte más complicada de ser escritor. Nadie en su sano juicio va a entender por qué quieres estar solo frente a una página de papel en blanco que vas llenando poco a poco con letras. Con mundos imaginarios. Con gente que no existe. Y si no lo haces constantemente, diligentemente, se te va a escapar. Tienes que estar ahí, de preferencia a diario, en ese mundo. Ahí, ahí. Tienes que estar ahí. Existe el anhelo oculto de que existiera una fórmula menos dolorosa, que una novela surgiera rápidamente, como meter palomitas de maíz industriales en el horno de microondas. Pero no es así. Escribir es naturalmente lento porque hay que describir personajes, lugares y situaciones. Todo es mental. Y porque hacerlo con las manos cuesta trabajo. Y es pachorrudo. Esa es la verdad. Esa es la naturaleza del oficio. Si has decidido escribir es porque la energía de crear esos mundos imaginarios es más fuerte que tú. Esa es la verdad. Esa es la belleza de todo esto. Pero es un mundo solitario. No me puedo imaginar escribir acompañado. Escribir es un acto de soledad. De ver el mundo interior y ver el mundo exterior, es “juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata”, parafraseando a Paz. “Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo.”

Sobre el lungta y escribir

Tantas cosas que disfruto en la vida: los dos minutos finales de un partido apretado de la NFL, las nalgas femeninas, la cerveza fría en la tarde, el olor de las revistas recién llegadas de la imprenta, el olor a perro de los perros, el dorado momento en que encuentras un billete arrugado en una chamarra. Así podría pasar horas, enumerando pequeños goces que me harán extrañar este mundo cuando me toque largarme, pero prefiero concentrarme en algo que disfruto y que hago todo el tiempo: escribir. Por mi trabajo y por la época en la que vivo, escribo todo el tiempo. En el móvil. En el Gtalk. En el mail de la oficina. En libretas. En el Twitter y el Facebook –aunque esos pequeños impulsos de escritura duran poco y no producen tanto placer. También de repente escribo posts como este para mi blog u otros blogs por ahí. Y también escribo ficción. Me gusta producir comedia y un tipo de “ficción especulativa” que no he acabado de definir muy bien. Antes me gustaba mucho el cuento, y luego moví mi energía a la novela. Mis esfuerzos se trasladaron del énfasis en el estilo (un estilo adolescente y arrebatado e irresponsable con el que escribía desde fines de los noventa) al disfrute lento y sabroso de la estructura. El gozo irremediable de montar el andamiaje y sobre eso ver crecer la historia, los personajes, a dónde se dirige la acción, observar escenas que la musa te susurró meses o años atrás.

En la construcción de una novela, la proximidad emocional es clave. Sentirte cercano y familiar con una historia y un setting en el que pasarás mucho tiempo es tan importante como sentirte cercano y familiar con una persona con la que compartes una casa. Proximidad emocional, que no devoción (no creo que el apego escriba buenas historias), pero tampoco neutralidad (si desaparecen las ganas de cogerte tu propio libro deberías ponerte a buscar otra historia).

En el proceso de escritura, sin embargo, se entremezclan decisiones frías. Algunos días lejos del manuscrito o una opinión de un tercero ayudan a ver las cosas desde otro ángulo. Con la cabeza fría se juzgan mejor escenas demasiado largas, chistes no tan graciosos, personajes irrelevantes, situaciones que taponean el avance de la historia. Todo esto tiene que ver con la parte de “montar el andamiaje”: estructurar una historia y súbitamente mirar cómo se desenvuelve con fluidez. Esa parte es bella. Casi un xodido milagro, como mirar asombrado que el Frankenstein en el que trabajaste tanto tiempo sí logró levantarse y caminar. It’s alive, dude.

Pero todo esto implica adelantarme a los trucos del tejido de una historia, del oficio artesanal que consiste en lograr que un relato funcione. Estoy dando por hecho que dicho relato tiene un pelo de originalidad, de espontaneidad, de inspiración.

Hace unos días leí por qué el exceso emocional es esencial para escribir. La premisa básica es: el gran arte se nutre de las emociones más intensas, del terror, del amor desencajado, de la soledad, de las pérdidas. Tiene sentido: la fuerza emocional de escribir bajo la influencia de una mujer que nos rompió el corazón es más poderosa que, no sé, salir a comprar cigarros (o el pan, para el caso). Sin embargo, algo intenso, un exceso puede venir de la anécdota simple de salir a comprar cigarros. Es la energía con la que fabulamos una experiencia. Anaïs Nin, la divina autora francesa, dice que no hay que tener miedo de sentir fullness, pues se trata de una fuerza natural que nos arrastra a las experiencias y después a escribir. Sí: uno puede escribir sobre una o muchas experiencias fantásticas o cotidianas, o solo fabular sobre ellas. Pero lo importante es hacerlo lleno. Pleno. Sin miedo de liberar el fullness.

En el contexto del budismo Shambhala, el fullness de Anaïs bien podría cruzarse con el llamado lungta, una palabra tibetana que quiere decir “caballo de viento”, windhorse, una energía vital que nos conecta con nuestra bondad básica, y que puede cabalgarse y dominarse. El maestro Trungpa escribió: “La experiencia personal de este viento es un sentimiento de sentirse completa y poderosamente en el momento presente”. No he hallado mejor definición de arribar a ese lugar a donde el escritor puede llegar, y llegar solo, completamente lleno de windhorse, ese lugar al que se accede normalmente después de un buen tiempo de experimentar soledad. Y cuando se está ahí, hay que escribir sin ser “miserable con tus pensamientos y sentimientos”, como dice Anaïs.

Lo que un escritor necesita es escribir. Escribir, escribir y escribir. A pesar de que todos te digan que no pierdas el tiempo. O a pesar de que no tengas tiempo. A pesar de que las palabras salgan rancias al principio, o en muchos principios. Escribir da oficio, disciplina y crea hábitos y habilidades esenciales para domar el windhorse. Escribir libera, aniquila el miedo, cura la gripe, el acné, la alopecia, enaltece, es un fin en sí mismo, da “conocimiento, salvación, poder, abandono”, parafraseando a Paz, y “revela este mundo; crea otro”.