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Lincoln

Lincoln

Steven Spielberg y su Lincoln tienen el gran mérito de mostrar al sagrado Abraham Lincoln como lo que en realidad fue: un gran hombre. Un gran hombre sin pelos en la lengua, practico, con los pies en la tierra, conocedor de su época y de su papel.

(Lo primero que pensé al abandonar la sala con la música de créditos finales de John Williams de fondo, fue: “mierda, ya no hay líderes así”.)

Quizá a Lincoln le faltaba pulirse socialmente, pero poseía una gran inteligencia y un profundo conocimiento de la naturaleza humana. La característica distintiva de este gran hombre, surgido de la poderosa interpretación de Daniel Day-Lewis, es su tranquila confianza en sí mismo, la paciencia y la voluntad de hacer política de forma realista. La película se centra en los últimos meses de vida de Lincoln, e incluye el histórico triunfo de la 13ava. Enmienda en la Cámara de Representantes (ajá, la que termina con la esclavitud), el fin de la Guerra Civil y su asesinato.

(Lo segundo que pensé al abandonar la sala con la música de créditos finales de John Williams de fondo, fue: “mierda, nunca había visto una película que cuida tantos los detalles de la vida política”.)

Lincoln creía que la esclavitud era inmoral, pero también consideraba a la 13ava. Enmienda como el headshot que acabaría con las bases económicas de la Confederación. En la película, la aprobación de la enmienda es guiada por William Seward (David Strathairn), su Secretario de estado, y por el congresista Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones), el abolicionista más poderoso de la Cámara. Ni dichas interpretaciones, ni ninguna otra de la película de hecho, dependen de un histrionismo auto-consiente, lo cual se aprecia y agradece tratándose de esta clase de películas. Jones, por ejemplo, retrata a un estarrio ladino con algunos lugares secretos ocultos en su corazón.

Lincoln es una película de técnica perfecta, en la que la ciudad de Washington, más que retratada con una precisión histórica, se nos muestra mediante los trazos de la gente que vive ahí y, más importante, trabaja ahí. Janus Kaminshki (director de fotografía de cabecera de Spielberg), usa tonos terrosos y una silenciosa iluminación de interiores. Para muestra, la Casa Blanca, que más que lucir como un templo del estado, es un punto de reunión para los negociadores y proveedores (wheelers y dealers, en inglés) Este ambiente refleja las descripciones políticas hechas por Gore Vidal en su novela histórica llamada Lincoln, aunque los detalles políticos y personales que constituyen el revelador scrip de Tony Kushner se basan en Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goodwin. Un libro, por cierto, endemoniadamente bien titulado. Esta película no se trata de un ícono de la historia, intocable  e inmaculado, sino de un presidente que fue despreciado por muchos de sus adversarios políticos como un simple salvaje salido de alguna selva inexplorada.

(Creo que en ese tiempo todavía había partes en blanco en los mapas.)

Lincoln no está por encima de la compra de votos que se da en la vida política de cualquier democracia, digamos, sana. Para lograr que la enmienda pase, se necesitan votos de miembros del partido opositor y no se duda en ofrecer puestos de trabajo, ascensos, títulos y gastos pagados con tal de conseguirlos. En cierto punto se da a entender que el presidente aprueba, incluso, el uso de la mano dura, cuyos ejecutores son su trio de tres negociadores (Tim Blake Nelson, James Spader y John Hawkes). Así se juega el juego, mi lic.

Daniel Day-Lewis, el flamante nominado al Oscar por su interpretación, modula a su Lincoln. Un Lincoln de voz suave, un poco encorvado, exhausto después de los años de guerra. Le preocupa que las tropas, tanto suyas como enemigas, sigan masacrándose como hasta ahora. Se comunica a través de historias y parábolas. A su lado esta su esposa, Mary Todd Lincoln (Sally Field, extraordinaria). Ella ya ha perdido un hijo, Willie, fallecido a los 11 y considerada una baja de guerra, aunque claro, no era soldado. Y ahora esta aterrada ante la posibilidad de perder otro: un cabroncito llamado Robert Todd Lincoln (Joseph Gordon-Levitt, quién luce un bigote de homosexual), quién rechaza los privilegios de la familia, Harvard y la chingada, y solo quiere ponerse un uniforme y salir a partir madres. Hacer algo.

Por cierto, hay una gran escena de batalla en Lincoln, pero es solo la apertura sangrienta, cuando las palabras del discurso de Gettysburg resuenan con el mayor impacto posible. Y ni siquiera son dichas por Lincoln. El impecable guión de Tony Kushner teje sin pedos la redacción y el paso de la 13ava. Enmienda sin que parezca una lección de historia obligatoria, sino el clímax de una lucha de poderes increíblemente tensa. Lo repito: nunca había visto una película sobre política como esta.

La película termina poco después del asesinato de Lincoln, que mucho público esperaba ver en primer plano, supongo. Hay una toma anterior, cuando vemos al presidente marchar al encuentro de su esposa, alejándose victorioso después de que su enmienda ha triunfado, en el que bien podría haber terminado la cinta. Todo lo demás me pareció innecesario. Un final “a la Spielberg”, lo que casi nunca significa nada bueno.  

(Lo tercero que pensé al abandonar la sala con la música de créditos finales de John Williams de fondo, fue un: “mierda, ese final apesta, pero como dicen: ya pertenece a la historia”.)

Lincoln es una bio-pic impecablemente realizada, escrita con maestría y dirigida como solo un cabrón como Steven Spilberg podría haberla dirigido. Y merece todos y cada uno de los Oscar que los Honorables estarrios de la Academia quieran darle. Que, supongo, serán muy pocos. Pero no importa. A mí me encantó.

Y ya.

Django Unchained

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Alguna vez Quentin Tarantino tenía que filmar un western. Era inevitable.  Y es que aunque nunca hubiera dirigido una película del oeste per se, sus cintas estaban recatadas del lenguaje. Y no solo por la música de Morricone, sino también por la naturaleza de sus personajes femeninos, por contener siempre algún mexican standoff, por el huso del flashback elemental y, sobretodo, porque en las películas de Tarantino, como en las de Sergio Leone, no existe el tiempo.

Django Unchained es un acoplado geek que raya en la genialidad alcanzada con Inglourious Basterds. Aunque creo que Tarantino le tiene más cariño a su western (no en balde aquí si tiene un pequeño papel). La película en sí es la odisea de un esclavo afroamericano liberado llamado Django (Jamie Foxx) para recuperar a su esposa y, de paso, convertirse en un cazarrecompensas de la mano de su mentor, el genial Dr. King Schultz (Christoph Waltz). Y… nada. Ejem, la cinta transcurre en los estados del Sur de la Unión Americana, dos años antes del inicio de la Guerra Civil. En un tiempo en el que la vida no valía nada, pero la muerte, a veces, tenía un precio. En un tiempo en el que los afroamericanos valían menos que los caballos (y se les consideraba infinitamente menos útiles); así que ya se imaginarán la clase de desmadre que se arma cuando uno de aquellos de pronto va montado encima de un dichoso jamelgo y se dedica a matar blancos por dinero.

Pero más allá de la historia, están las cosas al marguen, las cosas que hacen que cada cinta de Tarantino sea un deleite para el cinéfilo. Porque, aceptémoslo, esta clase de películas no están hechas para todo el mundo. Lo cual es genial. Hace mucho que Hollywood dejó de tomar riesgos (sí es que alguna vez lo hizo), y es bueno que aún existan cabrones como Tarantino, que crea películas para aquellos que disfrutan quedarse hasta que los créditos finales se terminan. Y sus trabajos tienen trasfondos ocultos que los geeks aman descubrir y desmenuzar hasta el hartazgo (y más si en el análisis se mezcla cerveza y el soundtrack de Death Proof). Django Unchained es un homenaje tras otro, desde el mismo titulo, hasta los acentos de los personajes secundarios. Hay cameos geniales por doquier, tenemos actores rescatados del Limbo (kudos por Don Johnson) y cientos de referencias a los spaguetti westerns. Y es que aquí el homenajeado es Leone, y no John Ford. Aunque, claro, no existiría Leone sin John Ford.

En términos generales, la película es una vaclayada histórica llena de violencia, sangre, caballos muertos, racismo y malas palabras. En términos generales la película es el retrato preciso de las obsesiones personales de un tipo que ha visto demasiadas películas. Django Unchained no va a ganar toneladas de premios o a cambiar la vida de nadie, como Reservoir Dogs o Pulp Fiction, pero esperar que eso ocurriera en este 2013 sería un tanto ingenuo. Tarantino ha estado tanto tiempo con nosotros que ya es un viejo pana que siempre nos hace pasar un rato agradable. Su película tiene el valor de hacer que casi tres horas de proyección se pasen como si fueran 30 de los más agradables minutos del día. Hay mucho humor aquí, y no solo humor negro, sino humor inteligente. Para muestra, la escena en la que los jinetes precursores del Ku Klux Klan discuten sobre el uso de las capuchas. Dios, se podrían escribir ensayos sobre eso.

La verdad es que no sé hasta qué punto les puedo recomendar verla. Si conocen el trabajo del director y les gusta, seguro ya la vieron más de una vez (como yo). Pero si están acostumbrados al nicho de cintas de Michael Bay y los Bichir, creo que pueden dejarla pasar. En mi reseña de Inglourious Basterds (léanla aquí), dije que aquella era la cinta más sergioleonesca de Tarantino. Y creo que, aunque esta sea un western, la afirmación se mantiene. A mí me gustó más Basterds (su escena climática –la de la pelea en el bar del sótano- no fue superada aquí), aunque reconozco que Django en más pareja en su narrativa y su trama esta mejor estructurada. Como en cada cinta del oriundo de Tennessee, cada cuadro de película es digno de enmarcarse y colgarse en la sala, y cada one liner memorable se sabe vender a la perfección. Aquí tenemos muertes ingeniosas, muertes sorpresivas, muertes por orgullo, muertes por amor, muertes por venganza. Aquí tenemos los elementos imprescindibles de los grandes westerns –la amistad entre un viejo y un joven, las puestas de sol, los enfrentamientos climáticos-, pero remixados y conviviendo con música de RZA y la jerga de los barrios bajos del Bronx. Leonardo Di Caprio como un gentleman sureño sádico, racista de clase olímpica y frenólogo, esta pocamadre. Samuel L. Jackson representando a lo peor de su raza esta pocamadre. Y sale Franco fucking Nero, por dios ¿Qué más quieren?

Django Unchained, sorprendentemente, llegó con un gran número de copias a México. Deben de correr a verla porque les aseguro que no van a durar mucho exhibiéndola. Esta es, ya saben, otra inmortal gran perdedora de los Oscar. Pero a mí me encantó. Más no puedo decir.     

The Hobbit: An Unexpected Journey

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Le entré a la versión hypeada de The Hobbit: An Unexpected Journey de Peter Jackson, con la dicha de recordar muy poco del libro original, de hecho, solo las generalidades: el rechoncho Bilbo Bolsón se une a una banda de enanos en una cruzada para recuperar un reino montañés que ha sido desolado por un dragón, el hijuepú Smaug. Creo que la razón del olvido es que en mi adolescencia fui muy fan de El señor de los anillos, pero no tan fan de El hobbit.

Esto no quiere decir que cuando old Bilbo (Ian Holm) dice la línea inmortal “en un agujero en el suelo vivía un hobbit” no se me haya puesto la piel de gallina. Esa frase está incrustada en nuestra cultura de una manera excepcional: a la distancia de 75 años de la primera publicación de El hobbit, queda claro que J.R.R. Tolkien consolidó (involuntariamente) el género de la fantasía —en mi opinión, una rama del fanatismo nerdigeek más pulida y fina que la ciencia ficción— y puso los cimientos para una subcultura, un legendarium complejísimo que obsesionó a millones y produjo cientos de entramados como Harry Potter o Dungeons & Dragons.

Tolkien escribió un libro sobre duendes y dragones echando mano de elementos mitológicos que vienen por default en nuestra psique. En la contratapa de la edición de Minotauro a El señor de los anillos, el propio autor lo explica: “Historias semejantes no nacen de la observación de las hojas de los árboles ni de la botánica o la ciencia del suelo; crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído, y que fue olvidado hace tiempo”. O lo que es lo mismo: símbolos y personajes literarios remixados en la mente de un profesor sudafricano de filología. El setting fantástico tolkeniano tiene que ver con su amor por las palabras, con su amor por el griego, el latín y las lenguas escandinavas y anglosajonas. Nada mejor que la Tierra Media para que el buen profesor Tolkien debrayara con la casa real de los Númenor y las andanzas de los medianos de la Comarca. Tolkien primero inventó las palabras, y luego todo lo demás.

En los setenta, el Concise Oxford Dictionary agregó a su edición la palabra hobbit, que se define como “one of an imaginary race of half-sized persons in stories by J.R.R. Tolkien — invented by Tolkien in his book The Hobbit, and said by him to mean ‘hole-dweller’”. El hobbit ha vendido al menos 35 millones de copias (aunque unas recientes cartas del autor revelan que las ventas inicialmente no fueron muy buenas) y la Wikipedia enumera 87 traducciones diferentes. 

El hobbit es sagrado, amado y respetado. Y ese mismo volumen, con una extensión de unas 300 páginas que tienen menos la forma de una novela y más la de un brevísimo serial de aventuras cuyo pretexto es el reclamo del tesoro apañado por Smaug —su muerte en el libro ni siquiera es el episodio climático—, ahora recibe el tratamiento de la trilogía en tres navidades consecutivas. ¿Cuál es la ventaja? Peter Jackson es el hombre indicado para hacer el trabajo. ¿Qué esperar? Dos palabras: “Reacciones mixtas”.

Con una primera cinta (de tres) que dura 2 horas con 50 minutos, las primeras críticas han girado en torno al alargamiento del libro original. ¿En verdad es necesario lanzar tres filmes que en conjunto duran casi 9 horas? Si eres la cabeza de marketing de New Line Cinema y ves una oportunidad para hypear tres navidades al hilo… tiene sentido. Según cuentan, Peter Jackson se vio en serios problemas con la entrega del filme para salir en diciembre: la mano dura del marketing y las realidades del negocio del cine, ni hablar. También he leído a quienes se quejan de “los malos” efectos visuales, o de que “esto ya no es cine, sino puro videojuego” por el exceso de CGI. Otro cúmulo de críticas van hacia la médula de la historia: se ha dicho que El hobbit de Jackson no es la aventura de un héroe improbable (chaparro, bohemio y bonachón), sino solo otro espectáculo hollywoodense decadente.

Sobre las dos primeras quejas (el lanzamiento apresurado por decisiones de negocios y los VFX), me temo que no estoy de acuerdo; sobre la tercera, bueno, respetaré al conocedor y al fan, pero debo decir, retomando el principio del post, que yo llegué poco hypeado y poco informado a ver este Unexpected Journey, y para mí la experiencia fue muy buena. Young Bilbo (Martin Freeman) es más cálido pero a la vez menos homoerótico que aquellos filthy-little-hobbitses de LOTR, los enanos son una compañía agradable de desmadrosos, y el fan-service incluye cameos de Galadriel, Saruman y Elrond pre-LOTR (con los actores originales), los ya clásicos temas musicales de Howard Shore, la aparición y logradísima escena de Gollum y el anillo, el encantador carácter unidimensional de Azog el trasgo, el cinismo del Gran Trasgo Papadón… no pueden negar que es un espectáculo ligero pero maravilloso. Y también decadente, por qué no.

Vuelvo a los fans: respeto y entiendo esa sensación inconclusa con El hobbit. A su favor debo decir que ahora no se siente ese estremecimiento como con La comunidad del anillo, esa excitación de estar viendo algo histórico, la fókin trilogía sagrada de Tolkien cobrando vida en el cine… lo cierto es que ya no es el año 2001, y ya no somos unos turistas en la Tierra Media. Peter Jackson ha regresado a sitios familiares para adaptar un material original de Tolkien, pero ahora lo acechan los fantasmas del marketing y de sus éxitos previos. Difícilmente El hobbit será la feria de premios Oscar como sucedió con LOTR, prueba de ello es que el encuentro con reseñistas no resultó muy positivo para Jackson (alcanzó apenas 65% de frescura en Rotten Tomatoes). ¿Si los fans, además, cuestionan su adaptación, que nos queda para las siguientes dos películas?

Yo digo que echarnos un poco para atrás y disfrutar. Nuestra generación vio a Tolkien adaptado en el cine de manera por demás exitosa. Ello ya debería ser suficiente acción de gracias.

Moonrise Kingdom

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El mundo de Wes Anderson es uno lleno de detalles: libretas artesanales, props ilustrados a mano y ex profeso para una escena, tenis Adidas manufacturados para un personaje, artículos bordados, letreros públicos escritos con tipografía Futura, portadas falsas de libros, iconografía retro, objetos y costumbres olvidadas: tocadiscos de 45 rpm, padres que fuman en la misma habitación de sus hijos… para apreciar el cine de Wes Anderson hay que apreciar también su obsesión por los detalles. Habrá quien llame a esos detalles pura melcocha hipster, pero la verdad es que lo “hipster” es tan relativo y está tan quemado, que dicho adjetivo se queda corto. Pero eso ustedes ya lo saben. Moonrise Kingdom, una historia clásica de dos “star crossed lovers” en plena euforia hormonal, sucede en un 1965 que podría ser 2012 en un lugar construido, una isla en las costas de Nueva Inglaterra. Esta isla, de nombre New Penzance, funciona como una casa de muñecas donde Wes Anderson coloca sus obsesiones estéticas al lado de sus personajes extravagantes: objetos y personas aderezados con una peculiar selección musical –que como es tradición en sus filmes, siempre extraña y sorprende, aunque no siempre para bien–: Leonard Bernstein, Hank Williams y un score original de Alexander Desplat. 

Luego de su muy personal adaptación del relato de Roald Dahl, Fantastic Mr. Fox, Anderson volvió al terreno de los guiones originales. He pensado que no sé cuánto tiempo pueda sostenerse su estilo de hacer cine sin que el público y los reseñistas le caigan encima con todo el peso de la aburrición. Habrá quienes lo odien por esquemático, repetitivo y, duh, hipster. Pero hay que reconocerle que tiene una forma de hacer las cosas como no muchos narradores pueden presumir: a su manera. Que es otra manera de decir “original”.

Su Moonrise Kingdom es más “Tenenbaum” que “Darjeeling”. La isla de New Penzance está retacada de gente con problemas para comunicarse con otras personas, gente neurótica con vidas simples, quizá mediocres; los dos enamorados, sin embargo, están lejos de perseguir una existencia mediocre. Luego de un flechazo instantáneo (¿no es maravilloso el amor a primera vista?) coronado por un glorioso “No… I said… what kind of bird ARE YOU” que le propina el chamaco a la chamaca, los dos amantes planean fugarse, y lo hacen epistolarmente. Con cada carta, el amor crece y el plan se concreta. Finalmente lo logran, y sus, no sé, 24 o 48 horas de locura, se traducen en una especie de tour de force adolescente al Reino de la Salida de la Luna del título. Lo cual es muy bello, muy personal, muy romántico. Tiene que llegar la última escena de la película para entender qué diablos es el Moonrise Kingdom, o al menos darse una idea… quizá solo para sentir algo en el estómago. Ese es el trabajo de Wes Anderson: hacerte sentir eso en el estómago en el momento en el que caen los créditos finales.

O quizá ese sea el trabajo de cualquier director de cine que cuenta historias humanas.

Argo

Argo

Todo parece indicar que Ben Affleck, una suerte de Robert Redford de los años 2010 (“actor carita” convertido en director), tiene mucho talento como cineasta. En 2010 The Town lo puso en el ojo de buena parte de la audiencia como, ejem, un director de cine en serio (no he visto su debut, Gone Baby Gone, del cual he leído también tiene lo suyo). The Town, basada en una novela, es una épica bostoniana sobre un ladrón de bancos que además roba corazones (búrlense de mi frase, anden), y en ella Ben Affleck, que al parecer tendrá la mala costumbre de autodirigirse, es el clásico Ben Affleck de mirada a la Zoolander y abdomen de lavadero. Pero la película funciona, y de qué manera: es muy dramática y muy emocional. 

Ahora, Affleck se lanza evi-den-te-men-te a la carrera por los Oscar con otra adaptación, pero esta de corte histórico: el rescate de seis ciudadanos gringos que se quedaron varados en Irán cuando el Ayatolá Jomeini derrocó al Shá y sus huestes se lanzaron en modalidad berserker contra la embajada de Estados Unidos. Con ese colorido setentero que me recordó tanto al Munich de Spielberg (sobre el asesinato de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 y su ulterior venganza), pero sin la seriedad y el acento sombrío, Affleck saca a relucir su espíritu geek (recordemos que el tipo es un aficionado al cómic) y nos relata con un montón de recursos la “extracción” de los seis gringos gracias a un plan genial, tan genial que parece de ficción.

Argo, a cosmic conflagration Argo, a cosmic conflagration se lee en el póster del filme falso que monta la CIA para hacer creer al nuevo gobierno iraní que un crú hollywoodense quiere hacer un scouting de locaciones en Teherán. Affleck, en su papel de Tony Mendez, operativo de la CIA, se hace pasar por el productor de la cinta y arma en tiempo récord un montaje de pre-producción con auténticos trabajadores de la industria (Alan Arkin y John Goodman, maravillosos en sus papeles) para darle credibilidad al asunto. Claro: van a filmar Argo y necesitan actores, locaciones, prensa… todo el numerito. El único que parece creer en su estúpidamente genial idea es un godínez de la CIA encarnado por Bryan Cranston, el químico canceroso de Breaking Bad. Bueno, algunos altos oficiales del gobierno también creyeron en él pues le dieron luz verde al proyecto. Y sí: Argo está INSPIRADA EN HECHOS REALES, así es que… caraxo, más o menos así sucedieron las cosas. Los seis gringos fueron rescatados (se escondían en la casa del embajador canadiense en Irán), medallas fueron entregadas… todo es felicidad al final.

Esa es mi primera objeción: el final es azucarado. Demasiado azucarado. Ya saben: musiquita de piano, sentimientos exacerbados de paternidad, reencuentros, el texto de “qué pasó con los personajes” asomándose en lentos fade-ins. Después de ver The Town, uno pensaría que Ben Affleck no haría un final lacrimógeno a la Spielberg en sus películas, pero lo hizo. No me gustó.

Mi segunda objeción es:

Un asunto de verosimilitud que tiene que ver con unos boletos de avión. Inverosímil, tratándose de 1980. Pero eso no lo voy a explicar.

Mi tercera objeción es la más fuerte: Ben Affleck es un costal de papas en Argo. Tengo la sospecha de que el tipo está tan acostumbrado a verse así, y a sonreír así, que en este descarado intento por competir por un Oscar concluyó que tenía que verse así. Con un personaje poco o nada carismático, sin sentido del humor, sin mucho poder de convencimiento. El resultado: Argo carece de un sólido personaje principal, el cual (por cierto), es devorado escénicamente cada vez que Mr. Breakingbad aparece en escena. No solo porque Bryan Cranston es un chingón, sino porque parece una persona viva que gesticula, se alegra, se enoja, parpadea… si a alguien pueden nominar es a Cranston. Pienso.

El desenlace de Argo es muy tenso. La chica con la que la vi y yo nos devorábamos las uñas en las escenas finales, puro nerviosismo cinematográfico de aeropuerto como no se veía desde Expreso de medianoche. Lo cual es maravilloso, y confirma, al menos para mí, que Affleck es un buen director de cine. Solo esperemos que para su próxima película contrate a otro actor para el rol principal.

Y ojalá no sea Matt Damon…

Bond 23

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Al parecer, Bond 23, comercialmente titulada Skyfall (u “Operación Skyfall”, titulada en México por alguien que quizá no vio la película) ha sido ampliamente aceptada por cinéfilos, espectadores casuales y fans from hell del 007. La sencilla pero efectiva campaña de la familia Broccoli a propósito de los 50 años de la serie debió funcionar: maratones de Bond en la tele, celebraciones y homenajes, alfombras rojas, el hermoso arte de la nueva película diseñado por Empire Design

Cuando Pierce Brosnan (el primer Bond que no fuma), parecía haber inclinado demasiado al personaje hacia un tipo de glamur ñoño que apelaba a tías y milfs, la controversial selección de Daniel Craig (el primer Bond rubio) y un guión pensado en darle reboot al 007 desde el peligroso terreno de las “precuelas”, reinstaló al agente británico en nuestras imaginaciones y lo presentó a las nuevas generaciones con un estilo más sucio y sin tantos gadgets, pero también sin perder su status de hombre internacional de misterio, elegante y jetsetero. Con Casino Royale,  el nuevo cine de Bond maduró también en su factura: más ágil, más contemporáneo, más violento. Personalmente, pienso que ese filme es el mejor en los 50 años del 007 en el cine. Quantum of Solace nos quedó a deber, pero tampoco fue un retroceso a algo horrible como Tomorrow Never Dies.

Tengo algunos años quejándome de que el problema de Daniel Craig es su pésimo sentido del humor: le escriben los one-liners pero el pobre tipo no los sabe actuar con gracia. Su fuerte, evidentemente, son las escenas de acción –y para damas y público gay, mostrar el abdomen con cara de “te voy a coger”. Habrá que recordar, sin embargo, que el carácter esencial del 007 lo estableció hace 50 años un tal Sean Connery: rudo aunque romántico, siempre al servicio de Su Majestad aunque nunca le dice que no a una escapada sexual con una jeva. Así podemos resumir a James Bond, pero para ser justos, hay dos formas de interpretar esta visión: la de Sean Connery y la de Roger Moore. Craig es como Connery —Brosnan es como Moore (de Timothy Dalton mejor no hablamos).

La sutil diferencia entre Connery y Craig es que el primero era un cabrón más elegante: miren esta escena de Dr. No donde inaugura su tradicional coqueteo con Moneypenny.

La justificación del Bond cavernícola de Craig debe venir, me parece, del ambiente precueloso de sus tres primeras películas.

Un Bond arrebatado, sin tanta experiencia, y con una especie de “Edipo reprimido” por M (Judi Dench). Skyfall me pareció innecesariamente larga, con chicas Bond mediocres y un villano memorable con un plan estúpido (¿para qué tomarse la molestia de hacer un plan elaboradísimo para matar a M cuando puedes meterle un balazo en la fila del cajero automático?). Además, la ñoñería de Bond en Skyfall es brutal: escenas inverosímiles e innecesarias, situaciones de peligro ridículas y dragones de Komodo. 

Pero extrañamente funciona. El secreto deSkyfall radica en cómo se cierra el círculo del Bond de Craig y lo conecta con el Bond de Connery. Conocemos a la nueva Moneypenny y al nuevo Q (ausentes en filmes pasados), y Ralph Fiennes es simplemente perfecto como M. Según Empire Magazine, Daniel Craig volverá en Bond 24 para 2014. Y ya se confirmó que filmará Bond 25. Así es que la mesa está puesta.

La última escena de Skyfall hace un descarado guiño al filme original de 1962 y nos lleva a preguntarnos: ¿acaso James Bond ahora se enfrentará al Satánico Dr. No del siglo XXI?

Lo cual, para el nerd que escribe, sería pura y total felicidad cinematográfica.

La Chispa de la Vida

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La Chispa de la Vida es la película más reciente de Alex de la Iglesia, quién en su día fue llamado el nuevo niño prodigio del cine español. Pero creo que eso quedo atrás, o al menos las aguas se volvieron más calmadas. Como sea, su filmografía siempre ha estado salpicada de buen humor negro, una edición veloz y tramas que se salen un poco del sistema español Post-Franco. Aunque no mucho ni siempre, pero ya saben. La Chispa de la Vida es un buen ejemplo de su trabajo en general, bastante aceptable para el gran público mundial, acostumbrado al cine gringo, pero con la calidad suficiente y la trama no tan estúpida para encantar a la gente de los festivales.

La película nos sitúa en la España del paro (¡Al BatiNoticiero, Robin!), poniéndonos en la piel de Roberto Gómez (José Mota), un publicista desempleado, con una deuda personal que crece a niveles alarmantes y con el orgullo por los suelos. Aún así, su esposa Luisa (Salma Hayek) no lo deja perder del todo las esperanzas, aunque después de ser humillado en la enésima entrevista de trabajo fallada, decide reencontrarse con su pasado y volver a visitar el hotel donde él y Luisa pasaron su luna de miel. Pero resulta que el hotel ya no existe; en el lugar se realizaron excavaciones y ahora es un coliseo romano antiguo, en espera de ser anunciado al mundo con bombo y platillo. Y aquí que nuestro protagonista queda, sin saber muy bien cómo, en el centro del coliseo, con una varilla de acero clavada en el cráneo y con todas las televisoras de España reproduciendo su imagen. Y puede que él no sepa muy bien cómo pasó todo esto, pero si sabe lo que puede hacer en su situación.

La cinta se trata de una época en la que desgracia y golpe de suerte se confunden. Son casi sinónimos. Roberto, a pesar de su situación, se encuentra bastante bien y dado su anterior trabajo, sabe el provecho que puede sacar de todo esto. Todos lo están viendo, por el morbo, por el atractivo de la tragedia humana, por la cobertura asfixiante de los medios que prácticamente no pasan otra cosa. Por lo que sea, pero lo están viendo. El sueño de cualquier madmen. Así que Roberto no se lo piensa dos veces y trata de sacar el mayor provecho de su tragedia/suerte. Contrata un agente sin escrúpulos, quién le pone una caja de cerveza cerca y le dice que está a punto de cerrar una entrevista por varios cientos de miles de euros. El único inconveniente es Luisa, quien no está de acuerdo con ponerle precio a la dignidad de su esposo, pero él sabe la verdad: ya no le queda dignidad.

La película se mueve veloz entre escenas de teatro y conversaciones por celular, entre el coliseo romano que poco a poco se va poniendo pletórico y charlas privadas en rincones oscuros del mismo. Los personajes que rodean a la pareja son excéntricos a su manera, como la encargada del proyecto del coliseo, obsesionada con evitar que el trabajo de su vida se destruya por culpa de un idiota. O el alcalde de la ciudad, quién es un inútil que solo sirve a intereses más elevados que lo controlan como al más patético de los títeres políticos. Todos tiene su motivación. Por más xodida que etsa la situación, todos tienen algo por lo que seguir adelante, algo por lo que vivir, una esperanza de que todo mejorara. En este contexto, la integridad moral de Luisa sirve como medida para darnos cuenta de lo corrompidos que están los demás personajes, incluyendo a su propio esposo, por más que sus intenciones sean buenas. Los hijos de la pareja, son personajes arquetipos que en este mundo encajan perfecto. Esta película se trata de una época en la que al parecer ya no existe el bien o el mal.

O algo sí.

La verdad es que La Chispa de la Vida es solo un buen ejercicio de humor negro y de jugar con la tragedia y con la cobertura morbosa de los medios de comunicación. Tiene simbolismos, claro, y supongo que también tiene otras lecturas, pero eso al final no importa tanto como ciertos críticos serios pueden hacernos creer. Solo hay que ver esta cinta para pasar un buen rato, y para comentar que igual todavía hay cosas en este mundo cínico que no tienen precio. Y si quieren reflexionar, lo cual no está de más, hay varios libros que pueden ayudarlos a entender mejor el tema de las coberturas informativas actuales.

Libros, ya saben. Esas cosas raras que venden en las librerías.        

Frankenweenie

Fran

 

Cuenta la leyenda que en 1984 corrieron a Tim Burton de Disney porque su corto en live-action llamado Frankenweenie (donde salen la mamá del The Shining y una muchachita conocida en ese entonces como Domino, quién resultaba ser Sofia Coppola) era demasiado sombrío para los parámetros de la empresa. Bueh, en realidad a Burton lo corrieron de Disney por otras razones, incluso más oscuras, pero de eso no hablaremos en este post. Este post se trata de la cinta en stop-motion de este 2012 llamada Frankenweenie.

La cual, por cierto, dirigió Burton bajo el amparo de Disney.

Y bueno, yo vi el corto original solo una vez, hace ya un buen rato (me robaron el DVD donde venia), y aunque me gustó, no se me hizo nada especial. Y creo que eso mismo me pasó con la película en cuestión, la cual trata principalmente de la relación entre un niño y su perro. Y bueno, a esta altura sabrá lo importantes que son los perros dentro de la filmografía de Burton, pero creo que Sparky, el canino de esta cinta, no es de los más memorables, ni mucho menos de los más complejos. No es tan inteligente ni se da a querer tanto como, no sé, el perro de The Artist o la perra de I am Legend, sino que es un canino que se esfuerza demasiado por ser adorable. Aún así lo es y es la única compañía para su amo, un morrillo de elementary school llamado Victor. Los primeros minutos de la cinta son una perfecta introducción a la relación entre ambos, hasta que llega el momento trágico en que Sparky encuentra la muerte por atropellamiento. Victor, devastado, descubre gracias a un profesor de ciencias que se parece a Vincent Price, que puede que haya una forma de hacer que su amigo regrese. Y a eso se pone.

Frankenweenie dura hora y media, y en este tiempo no tiene ningún punto muerto, pero creo que se siente apresurada por momentos. El mundo de la cinta es extrañamente familiar, lleno de personajes de ojos saltones, caras alargadas y facciones exageradas; el mundo visto por los ojos de una persona que se fija demasiado en los detalles. Victor es retraído, pero no es ni por mucho el personaje más excéntrico de su salón de clases. Aquí creo que la cinta hubiera podido explotar esto mucho más, así como darnos más material con la gente del pueblo y así. Como sea, la historia es lineal: Victor utiliza la ciencia para devolver la vida a su amigo, quién aunque luce cicatrices que envidiaría cualquier personaje de Broadwalk Empire y a veces pierde su cola o una oreja por la efusividad, es el mismo que era en vida. Sin embargo y como es de esperarse, el acto del niño trae consecuencias. Su secreto no se mantiene a salvo por mucho tiempo y pronto varios de sus compañeros de escuela se encuentran dando vida a unas criaturas que rinden homenaje a muchos movimientos del cine de terror a través de la historia.

La película es divertida, aunque creo que le faltaría otra media hora para llegar a ser genial. Los personajes son simpáticos, pero les falta profundidad; creo que tanto el maestro de ciencia, como los padres tenían mucho más que dar, pero ninguno termina siendo memorable (salvo los protagonistas y un poco la chica emo obligada a hacer el ridículo enfrente del pueblo). Siento que el blanco y negro le da el mud perfecto, pero también es la causa de que mucho morrillos de 9 o 10 años la descarten desde el primer shot. Y es que en muchos sentidos, la cinta tiene problemas para definir a qué público quiere dirigirse: ¿niños o adultos? Al final creo que se queda en un medio que no complace por completo a ninguno de los dos: demasiado densa para los escuincles y un poco ñoña para los padres.

Pero bueno, más allá de eso, Frankenweenie es una cinta que bien vale el boleto. Esta llena de referencias al cine que ama Burton y que nosotros conocemos de toda la vida. Y en una de esas y se convierte en una película de culto, de esas que son estudiadas con obsesión, cuadro por cuadro. Dios sabe que tiene el material que lo justifica. No sé que tanto les guste a los niños. No creo que los perturbe (cual era el temor de Disney por el corto de 1984), pero si creo que simplemente los aburrirá y los obligará a hacer un escándalo que terminará por sacarlos de la sala, junto con sus padres. Pero así son las cosas en esto días.

Intouchables

Intouchables

Intouchables es la película francesa que, actualmente, la está rompiendo en eso de meter muchos dólares en taquilla y hacer llorar a las viejitas que van a las funciones matutinas de entre semana. También, seguro, será de esos DVD que la gente ama regalar en la época navideña, la clase de película que la gente se siente bien de ver, no solo por la trama, sino porque es “de arte”.

En otras palabras, una hueva total sumamente sobrevaluada.

“Amigos” (el predecible título en español…) cuenta la historia de Philippe, un acaudalado francés que está paralizado del cuello hacia abajo debido a un accidente de paragliding. Entonces, amargado, inaguantable y completamente dependiente, inmerso en la tarea de encontrar un cuidador, conoce a Driss, un inmigrante africano, recién desempacado de prisión, que solo busca llenar su cuota de entrevistas de empleo fracasadas para que pueda calificar para la ayuda del estado. Philippe le da el empleo, junto con la confianza que nadie le da en el mundo (por aquello de los estereotipos, verán). Driss lo llena de nueva vitalidad, alegría venia de música funky y de nuestra vieja amiga: la cannabis.

Creo que ustedes pueden imaginar el resto.

La cinta está llena de situaciones comunes y errores predecibles en esta clase de cine. Su éxito (porque vaya que lo ha tenido) radica en la vieja fórmula de hacernos sentir afecto por los personajes: entonces, cuando ellos son felices, nosotros lo somos. Esto se logra gracias a las magníficas actuaciones de los dos protagonistas. Francois Cluzet, que comunica sus sentimientos usando solamente su rostro y su voz; y Omar Sy, quien es desparpajado a su manera, sumamente alegre para un personaje con un duro pasado.    

Y es que, a pesar de sus errores, la cinta cumple con lo que se espera. Cuenta la historia de dos hombres y la creciente confianza que surge entre ellos de una manera relajada, nada pretenciosa y natural. Además, maneja de buena manera la esencia del trabajo del cuidador, quién no solo es la persona que ayuda y da medicamentos, sino que llega a una relación a la que llegan pocos médicos.: la cercanía con una persona que lo ha perdido todo (incluyendo su capacidad de pararse e ir a mera cuando tiene ganas). Philippe, a pesar de su estatus de millonario poeta y conocedor del arte, está completamente solo: su esposa ha muerto, su hija es una mocosa inverbe y su personal tiene una vida propia. Driss viene de otra realidad y aún conserva algo de alegría y alma y lo trata diferente.

El truco está hecho cuando caemos en la cuenta de que nos sentimos bien. Atrapados en la empatía por los personajes, pasamos por alto muchos supuestos sin respuesta. Los directores y escritores Oliver Nakache y Eric Toledano se muestran alegremente dispuestos a ir por los grandes gags y su estilo es insinuante. Pero, al final, si miramos de cerca, no tenemos nada más que una reducción simplista de los estereotipos raciales. Una fantasía simplista.

Pero bueno, a tu madre seguro le encantara recibirla en Navidad.   

Seeking a Friend for the End of the World

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Alguien famoso dijo que, de saber que el mundo se acabaría al día siguiente, plantaría un árbol. No recuerdo quién fue (búsquenlo en google), pero es un pensamiento fantástico. La verdad yo no tengo ni puta idea de qué haría si en un proverbial breaking news dijeran que el mundo se va a acabar mañana. Lo único que tengo claro es que no me gustaría estar solo.

Seeking a Friend for the End of the World se trata de un hombre que nunca fue bueno para hacer amigos y que cometio muchos errores porque temía estar solo y que de golpe y porrazo se queda abandonado en el peor momento de la humanidad. Dodge (Steve Carrell) es un proveedor de seguros de vida cuya vida es la comodidad de la rutina: su trabajo no es muy demandante ni divertido, pero le provee de un escritorio con su nombre, su relación con su esposa no es apasionada pero al menos es sólida, sus amigos son idiotas pero al menos son idiotas que pueden hacer interesantes las tardes de domingo. Quizá su vida pudo haber sido diferente, en una de esas y hasta mejor, pero tampoco está del todo mal. Al menos no hasta que se entera que un asteroide se dirige hacia la Tierra y acabará con todo rastro de vida en unas pocas semanas. No hay esperanza, el Apocalipsis está aquí.

Y entonces todo pasa: su esposa lo abandona inmediatamente (literal). Que mierda pasar sus últimas semanas de vida deprimido. Y, para agregar más leña al fuego, su rutina desaparece. Dodge está perdido entre los suicidios masivos, los bautizos masivos, las orgias masivas. Entre la licenciosa libertad en la que viven sus idiotas amigos y la música del fin del mundo que programan en el radio (que no está nada mal, vaya).

¿Qué hacer cuando se acerca el fin del mundo?   

Dodge no tiene ganas de nada, ni de probar drogas nuevas, coger con sus amigas o con desconocidas, robarse un plasma del tamaño de un closet, matar a alguien en los disturbios de las calles, anotar un touchdown en el Candlestic Park… Dodge quiere se rutina de regreso. Pero la ausencia de tal le hace ver lo falsa que era, lo poco feliz que ha vivido en su etapa adulta. El fin del mundo le trae una revelación: en una realidad alterna, pudo ser más feliz. La chica con la que debió casarse le escribió una carta diciendo que nunca lo había olvidado. Lo malo es que la carta llegó hace meses, una vecina la recibió por error y no se la dio hasta ahora, a unos cuantos días del final. Pero igual se da cuenta de que puede que no pase el fin del mundo solo. En una serie de eventos que serían raros en un contexto que no incluyera el próximo Día del Juicio, Dodge se ve de pronto en la carretera, con un perro llamado Sorry y con la vecina (quién es inglesa y se llama Penny), camino a su felicidad. Al menos, la vida ya es un poco más interesante.

Esta es la primera película de Lorene Scafaria (de quién postee una canción, hace tiempo), por lo cual la técnica usada es bastante básica, valiéndose de nuestra imaginación para poner las imágenes de desastre (tal cual un programa de radio) y concentrándose en mostrar la nostalgia de las cosas cuando están muriendo. Penny (Keira Knightley) , quién perdió el vuelo que la llevaría de regreso con su familia, acompaña a Dodge porque “la culpa es un sentimiento que no le gusta” y porque él le ha dicho que conoce a alguien con un avión. Ambos, comienzan a conocerse mientras conocen gente en el camino, como un camionero desahuciado que contrato a un hitman para poner fin a su vida, el último policía de tráfico que se toma en serio su trabajo y los empleados de un restaurante que le dan un nuevo significado a aquello del trato amistoso a los clientes. Penny y Dodge, poco a poco, se hace amigos, se ríen juntos, se divierten, se cuentan cosas personales, se pelean y todo. Se enamoran.

Seeking a Friend for the End of the World es una road-movie de hermosos y solitarios parajes, de una tristeza omnipresente y de una belleza hipnótica. Es un poco cursi, claro, pero no es nada empalagosa. Le encantará a tu chica tanto como seguro te gustará a ti. Y es que es la historia de todos, aunque pasa cierto tiempo para que nos demos cuenta de eso. Nunca hay suficiente tiempo para estar con quienes amamos, así como tampoco hay un límite de cosas con las que arruinamos nuestras vidas. Y sí, estar solo es una mierda. No solamente en el fin del mundo, sino en una tarde en la que quisiéramos estar con alguien, pero resulta que no hay nadie a la mano. En esos momentos nos damos cuenta de lo miserables o afortunados que somos.

Es un must. Deben verla.