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La tristeza de Cristiano Ronaldo y las cosas realmente importantes

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¿Por qué esta triste Cristiano Ronaldo?

Desde el pasado fin de semana, la prensa deportiva ibérica y mundial ha tenido esta interrogante en sus primeras planas (o, al menos, en sus artículos principales). Y sí, es exagerado. Mucho. Dedicarle tanta tinta y tanto espacio a la tristeza de un solo ser humano, cuando hay tantos otros que sufren más que él y cuyas quejas son mucho más genuinas y de las que no nos enteramos. Pero bueno, dirán algunos, ellos no son famosos. Enciendan un fuego en el patio de sus casas y nadie les hará caso, salvo alguno que otro vecino metiche. Ahora que si encienden el mismo fuego dentro de la Capilla Sixtina… bueh, eso ya es otra cosa.

Aun así, la tristeza del 7 del Real Madrid da para mucho material. No dudo que haya personas genuinamente preocupadas por la infelicidad del jugador, que para ellos es casi un familiar. O al menos el responsable directo de muchas de sus alegrías dentro de un estadio o frente a un televisor. Y claro que hay más, mucha más gente que se burla indiscriminadamente de la depresión de la Barbie, como le llaman. Muchas veces aquella canción de La Banda Machos (ajá, la de La Niña Fresa) ha adornado las notas televisivas que hablan sobre el tema. Aquellas en las que vemos las imágenes de un Cristianos que no festeja sus goles, que camina hacia el centro del campo con una expresión de molestia, de desagrado, como si alguien cercano a él se acabara de tirara un gas particularmente apestoso. Y es que la noticia corrió como pólvora: Cristiano no es feliz. Cristiano se puede marchar. No dudo que más de un aficionado madridista haya perdido el sueño pensando en que CR7 los puede dejar. Otra vez, piensan, regresará la hegemonía del Barcelona. Otra vez la puta Era Blaugrana.

A mi, tengo que ser sincero, la idea me preocupa un poco.

Pero quizá la nota ha generado tanto escándalo y ha tenido tanta difusión por otra razón, quizá más más compleja y rocambolesca que nada, pero no por ello puede estar totalmente equivocada. ¿Por qué Cristiano Ronaldo es infeliz cuando lo tiene todo? O al menos, pensamos, tiene todo lo que la sociedad nos dice que nos hará felices. Nuestra cultura nos manda en post de ciertas cosas que, nos promete, nos darán felicidad. Y de esas Cristiano tiene en demasía: un cuerpo perfecto, popularidad, un trabajo fantástico, una novia joven y hermosa y rubia, fama y dinero suficiente para vivir con lujo unas 5 vidas. Y aun así no es feliz. ¿Es qué la sociedad nos ha mentido? Y sí es así, entonces, ¿cuál es el verdadero camino de la felicidad? No dudo que esta idea sea, hasta cierto punto, aterradora para mucha gente que pone su fe en el sistema. Y es que hay que ponerla en algo. La religión católica nos decía que el mundo es un valle de lágrimas, pero que si salimos de él con algo de dignidad, podemos llegar a un estado de felicidad perfecta… cuando estemos muertos. Es por eso que mucha gente dejó de lado a Jesucristo y adapto las reglas de la sociedad, las cuales nos hablan de una vida feliz mientras respiramos. Pero, no siempre. La cara de Cristiano es la de un hombre que lo tiene todo… y nada, como dicen en Iron Man.

Si Cristiano Ronaldo no es feliz, ¿quién puede serlo?

O igual, no sé, ¿por qué Cristiano no aparenta que es feliz, como, ejem, Tony Stark en Iron Man? Digo, el tipo no es el primer deportista profesional que no esta contento. Vaya, no es el único en circulación ahora, seguro. Después de que se destapó la bomba, los dirigentes del Barcelona se apresuraron a decirle a todo el mundo que los jugadores blaugranas sí son felices. Lo cual no es más que un eufemismo para aclarar que son lo bastante machines para guardarse las cosas que los molestan.  Y es que ese es el punto para que la infelicidad de CR7 sea un toppic mundial: todo es un argot publicitario. Y es que, al parecer, la respuesta es más banal de lo que imaginamos, pero también es la primera que se nos viene a la mente cuando es cuchamos la pregunta: ¿por qué Cristiano esta triste? Porque quiere más.  

He ahí el camino de la felicidad, señores.

Y es que Cristiano ya habló y aclaró que su tristeza no tiene nada que ver con el dinero, sino más bien es una cuestión de falta de cariño, reconocimiento y apoyo, cosas en las que creíamos también era millonario. Al parecer Cristiano esperaba recibir el premio que Andrés Iniesta recibió con toda justicia en esta semana (el de Mejor Jugador de Europa, por parte de la UEFA) y, al no tenerlo, se destapó todo: que si el club no le hace la debida promoción, que si sus compañeros no le son incondicionales… Y bla, bla, bla. La verdad es que no podemos decir si a Cristiano Ronaldo le falla la cabeza o le falta madurez, pero esta claro como el agua que sus asesores no sirven ni para ser destazados por narcos mexicanos. Quienes debían ser sus consejeros, actúan solamente como paleros, según parece solo en post de una comisión generosa en lugar de preocuparse por el bienestar de su cliente.  La comparación con Lionel Messi no es periodística, es personal (y yo diría que hasta obsesiva). Cristiano y su entorno persiguen a Messi tan encarnizadamente, que han terminado por creer que la diferencia entre ambos, es una simple cuestión de marketing. Yo una vez leí que a Salieri, eminente compositor de la corte de Viena, le ocurría exactamente lo mismo cuando hablaban de Mozart.

No, esperen, creo que eso lo vi en una película.

Supongo que aquí cabría muy bien la pregunta: ¿usted es feliz, amable lector? Pero por suerte no soy tan predecible (a veces). En realidad, la felicidad es tan personal y conseguirla depende tanto de uno, que la pregunta es muchas veces tan idiota como aquella sobre cuál es nuestra película favorita. Cristiano, con sus caprichos y berrinches, parece habernos mostrado el camino de la felicidad: las cosas que no podemos comprar. Estar rodeados, no de hipócritas, sino de gente que nos quiere y que nos apoya incondicionalmente. Yo lo tengo. Y sí, quizá no me veo como Cristiano, no juego como él y no podría juntar el dinero que él tiene ni siquiera rencarnado 10 veces, pero creo que soy feliz, o intento serlo. O al menos, por el momento, no estoy deprimido. Lo cual no lo puede decir él, supongo. Recuerdo particularmente que aquel gol de campo del gane, obra de Vinatieri, en los últimos segundos del Super Bowl del 2002 contra los Rams me hizo muy feliz. Igual que aquella tarde, con aquella chica. Aquél abrazo, aquél beso, aquél simplemente estar juntos por el placer de estarlo. Ese cumpleaños que no se arruinó. Aquella navidad que no apestó tanto. Esos son los momentos que valen la pena, los que recordamos en nuestro lecho de muerte. Los que nos hace felices. Supongo que todos hemos aprendido a las malas lo que nos decían nuestros padres: aquello de que el dinero no trae la felicidad (aunque ayuda un chíngo, no podemos negarlo). Cristiano, al parecer, ya es parte del club.

Sí, es humano.           

Pero también es futbolista profesional. Los futbolistas de hoy ocupan el lugar que antes tenían las estrellas de cine o los dioses del rock. La llegada de un equipo de elite a una ciudad no se diferencia mucho de lo que en su día fueron los arribos de The Beatles antes de un concierto: admiración, desmayos y un cordón de policías para protegerse del mundo real.

Lo demás viene de corrido.

Hay tanta gente que se cree más de lo que es sin que nadie se lo diga, que debe ser casi imposible no perder el norte cuando cada domingo te aclaman mil o cien mil personas. No es tan extraño por tanto, que Cristiano diga que esta triste. El chico es una flor de invernadero, y es fácil que confunda el viento con la infelicidad. Lo raro, lo verdaderamente extraordinario, es lo de Andrés Iniesta. Su posición, entre los mejores jugadores del mundo, le expone a los mismos peligros que otros compañeros de profesión. No es solo ser rico (que ya debe ser difícil), sino que lo tienes todo pagado. En esas condiciones, contener la vanidad debe ser más difícil que ganar el Balón de Oro. No hagamos, pues, leña con los caprichos de Cristiano, ya que quizá a nosotros nos bastara con una novia rusa para ir por la vida reventando espejos. Quedémonos con los tipos felices, con Iniesta, humilde hasta desarmar; o Cazorla, triunfador en la Premier y entusiasta vocacional. Alguien dijo por ahí que si amas la vida, ella te corresponderá, y para comprobar que la fórmula funciona solo tenemos que ver los Juegos Paralímpicos, repletos de gente que ama la vida.

Al margen de la competición, de la exigencia y el cansancio, son felices. O intenta serlo. Y de eso se trata.

Hoy inicia la Temporada de la NFL, por cierto. Eso me ha hecho muy feliz esta tarde.   

México, campeón

Mexico

En Wembley. Final de futbol. Brasil contra México.

Y al final, México gana.

Supongo que muchos de ustedes lo soñaron. Dios sabe que yo lo soñé. Claro que en mi sueño (y en el de muchos de ustedes, creo), éramos nosotros quienes anotábamos los goles. Y en el sueño, supongo, éramos un poquito menos feos que Oribe Peralta. Pero eso no importa. Lo importante es que era un sueño. Y, como tal, sabíamos que nunca iba a suceder.

Pero, ya saben, eso es algo raro de lo mucho que tienen los sueños. A veces, se cumplen.

Hoy la Selección Olímpica Mexicana de Futbol Varonil saltó a la cancha para enfrentar a su similar de Brasil por la medalla de oro, dentro de los Juegos de la XXX Olimpiada que, como saben, se realizan en Londres. En Wembley. Una final. Frente a Brasil. Como en el sueño. Solo que, a diferencia del sueño, esta vez el uniforme de México era francamente espantoso, pero eso al final tendió a no importar. Si los uniformes hubieran valido goles, el Tri (que pendejada) habría saltado a la cancha con dos goles en contra.

Por suerte no fue así.

Pero este no es el post del optimismo, del festejo fácil. Tengo que reconocer que nunca creí mucho en esta selección, más allá de lo realizado desde hace poco más de un año. Sí, se habían obtenido títulos y se había jugado bien, pero de ahí a pensar que si quiera pudieran toserle a esta Selección Brasileña (que es la materia prima de lo que veremos en su Mundial del 2014), para nada. Y menos en una final. Y menos en Wembley. Pero bueno, como todo buen villamelón, ahí estaba, desde las nueve de la mañana, pegado al televisor. Y sí, emocionado. Pensando que, en una de esas, y se podía ganar. Porque Brasil no solo jugaba contra México. Jugaba contra sus fantasmas, contra su propia y particular maldición.

Y al final los demonios cariocas volvieron a hacer de las suyas.

Y es que ni en el más loco sueño del más optimista fanático del Tri hubiéramos tenido un gol a favor a los 30 segundos de juego. Pero aquí ocurrió. Y eso condicionó todo. Y es que Brasil de pronto se topó de frente contra su peor pesadilla y solo pudo crear, pensar y hacer a una velocidad. Una que a ellos no les conviene. Los cariocas querían anotar el tercer gol antes de marcar el del empate. Los grandes, los virtuosos, nunca se encontraron. Este ha sido sin duda uno de los peores partidos de Neymar ever. Y vaya que Neymar ha tenido malos partidos. Pero no solo él. Todos los brasileños de mitad del campo para adelante tuvieron, al menos, una oportunidad de gol. Y solo Hulk pudo meter la suya, hasta el minuto 91. México jugó bien, claro, pero también contó con una suerte cabrona.

En este blog he hablado de España y sus 4 años maravillosos en lo que a futbol se refiere. Y si bien admiro su forma de juego, pero me cagan porque son españoles (algo malo tendrían que tener), lo que más me gusta de esa selección es que le han demostrado al mundo y (aún más importante) a ellos mismos que se puede llegar a ser grande. Que se puede conquistar a la Fortuna, esa caprichosa seductora que se ha decidido acostar con ellos desde hace un buen rato. Ellos han ganado con gran futbol, sí, pero también con mucha suerte. Así como los grandes. Y aquí quiero recordar esa maravillosa frase que habla acerca del maravilloso deporte que es el futbol, en donde juegan 11 contra 11 y al final siempre termina ganando Alemania. Desde hace un buen rato ya no es así, pero la esencia se mantiene. Siempre hay un equipo bendecido. Esta vez, en este torneo y más que nada en esta final, ese equipo fue México.

Y es que Brasil no pudo jugar peor. Y es que Brasil se murió de nada. Y es que ahora, en las mentes cariocas, más que el hexacampeonato en su Mundial, lo que más se vislumbra es otra tragedia inevitable. Piensan que se dirigen en un tren sin frenos a otro Maracanazo. Algunos piensan que el único ser humano que podría evitar eso, cual Peter Parker en Spidy Deux, es Pep Guardiola. Pero ese es otro tema.

Háiga sido como háiga sido, México terminó ganado. Con el rosario en la mano y el Jesús en la boca, pero ganado. Y entonces la alegría, pero también los comentarios en contra. Pero esas son cosas inevitables. Son cosas que se valen y que pasan, como el que repitan tres veces el puto partido en la tele, Como ir al Ángel, como reírnos de los que fueron al Ángel, como que le salga lo naquito al Presidente mientras habla con Luis Fernando Tena (a quién ya van a canonizar, o algo). Y es que aunque esto sea el opio del pueblo (más presente que la religión y con mejor sabor), la alegría efímera, la adoración al Becerro de Oro, la verdad es que al final tiende a no importar. Es alegría y ya. Es unidad. De esa que nos hace mucha falta. Es trabajo en equipo de un grupo de cabroncitos que sí se la creyeron. Que tuvieron el mismo sueño que muchos de nosotros, pero que ellos sí cumplieron.

¿Qué hay de negativo en eso?

Como sea, hoy se vale que el futbol se repita ad nauseam. Que se haya quedado en el casi olvido el tercer oro de Usain Bolt, quién junto con Blake y otros dos jamaicanos (o jamaiquinos), ganó el relevo 4X100 m. implantando récord mundial de 36.84 segundos. Corriendo, en promedio, 100 m. en 9.2 segundos. Una bestialidad. O qué decir de la actuación de María del Rosario Espinoza, quién hoy se fue a dormir como la mejor atleta mexicana olímpica de la historia. Casi nada.

Pero hoy se vale, porque esto nunca había sucedido. Quizá los que tenemos menos de 30 hemos visto a la Selección Mexicana ganar cosas que antes eran impensables, pero también sabemos de dolor en Mundiales. También crecimos con aquello de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Es por eso que esto sabe tan bien. Tanto que ni siquiera podemos dimensionarlo aún. Porque por ahora solo es alegría. Felicidad. Y sí, esto no va cambiar a México, no va a quitar la pobreza, no va a ayudar en la cuestión de la violencia ni va a solucionar los problemas de la educación. Pero esas no son tareas del futbol.

Hoy se vale celebrar. Y mañana también, ¿por qué no? Y quizá el lunes vayamos más contentos a la chamba. Y un poquito más optimistas. Lo cual sería grandioso. Y válido. Porque así es el deporte. Y por primera vez nos muestra su cara bonita en una instancia importante. Los que no creíamos nos hemos quedado mudos y sonrientes. Porque ganamos en un juego raro, pero ganamos. Porque hoy puedo titular este post con un México, campeón. Porque hoy fue un día de clima perfecto y pude ver The Dark Knight Rises en una sala IMAX semidesierta. Solo por cosas como esas vale la pena celebrar.   

Ganamos la final. En Wembley. Contra Brasil.

El futbol es maravilloso.

Marley & Bolt

Marley

Usain Bolt nunca tendrá las 25 medallas olímpicas de Phelps, pero ayer inscribió su nombre con letras doradas en la Historia del Olimpismo: es el primer ser humano en el atletismo moderno en ganar el oro en los 100 y 200 metros planos en dos Juegos Olímpicos consecutivos. Nada más.

 

Arriba de las leyendas y de los nombres que evocan con respeto los pueblos, viene este enorme atleta jamaiquino (o jamaicano) de grandes zancadas, de electrizantes piernas y de personalidad arrebatadora, que congela al mundo cuando corre. Que nos hace sentir más cerca del sueño, más cerca de ganar la batalla contra Cronos. Porque de eso se trata todo esto.

 

Bob Marley (que fue de mi gusto durante aproximadamente 17 minutos, durante el primer año de secundaria) estaría orgullos de su paisano y del hecho de ver un podio completo de jamaicanos (o jamaiquinos) en una prueba élite de velocidad en donde demostraron, simplemente, de qué lado masca la iguana en la actualidad.

Un futbolero como Marley lo entendería.