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Ahi viene 2013...

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Le quedan unos minutos al año y todo mundo se pone meditabundo. Supongo que tiene que ver con el Año Nuevo ha desplazado, lentamente pero con seguridad, a la Navidad como nuestro momento de reflexión. Las nuevas generaciones somos más proclives, claro, a dejar atrás los paradigmas del pasado como la Navidad (un momento religioso-familiar) y adoptar los del presente, como el Año Nuevo (un momento social, práctico e inmediato). Sin quererlo o buscarlo, adoptamos posiciones que antes –en el contexto de las fiestas decembrinas– eran exclusivas de la religiosidad, como desearle lo mejor a nuestro prójimo y dar gracias por el periodo que recién terminó. Supongo que en el fondo tenemos miedo del porvenir: no sabemos lo que viene, el futuro es confuso y, si lo ponemos en términos de nuestras expectativas de las cosas, suele ser traicionero y poco cumplidor. Pero no importa. Hoy brindaremos y nos abrazaremos y nos desearemos, de corazón, que 2013 sea mejor que 2012. Algunos habrán tenido un año espectacular y desean que el próximo sea igual o mejor. Otros querrán olvidarlo y están, al menos, conformes de que ya acabó. Para algunos quizá fue un año más, ni fu, ni fa. El ritual, sin embargo, es provechoso para adentrarse aunque sean dos minutos en lo que nos hizo mejores, lo que nos hizo sentirnos xodidos y lo que esperamos para los próximos meses. En 2013, mucha gente permanecerá en sus lugares, otros tantos (¡muchos!) nacerán y algunos personajes también se irán al inevitable Valle de los Muertos. Hoy recuerdo particularmente las partidas de este año (especialmente una), pero también me quedo con lo bueno que llegó, con lo bueno que pasó (porque sí pasaron cosas buenas en 2012).

Sin embargo, este post tiene por finalidad darles las gracias por sus clics en el año que ya se termina. Por leer, por comentar, por enriquecer, mediante tuits o likes, este espacio que hago para ustedes.  Mi evidente deseo es que permanezcan con nosotros, el espíritu de esta comunidad crezca y, claro, todos como individuos logren lo que se propongan. Son puros buenos deseos, ya sabemos que la realidad muerde. Pero no duele nada hacerles saber que Ronin los quiere en el tuétano y les desea un enoooooooooorme año 2013. ¡Felicidades a todos!

De mantras... y Santa Closita Von Teese

Dita

La expresión “olvidé mi mantra” tiene su historia (chiquita, pero la tiene): su origen es la película Annie Hall del grandioso Woody Allen. Cuando nuestros héroes pasan una californiana Navidad en la mansión de Tony Lacey, hace un pequeño cameo el mismísimo Jeff Goldblum (el tipo se haría famoso años más tarde por su papel de insecto mutante en La mosca y de científico contreras en Jurassic Park) quien, con cara de haberse metido una caja de antidepresivos en tiempo récord, habla con alguien por teléfono, presumiblemente su guru, y le dice: “Olvidé mi mantra”. Un mantra, de acuerdo con la confiable Enciclopedia Británica, es “un rezo sagrado (silábico, en prosa o verso) que se considera posee una eficacia mística o espiritual. Varios mantras son dichos en voz alta o recitados internamente en el pensamiento”. Mi madre, en su etapa hindú me hizo cargar en la billetera el gayatri mantra, una especie de rezo con esteroides (o sea, superpoderoso) que se repite hasta ponerte en un estado bien groovy (el mantra, verán ustedes, tiene una extraña aunque efectiva correlación con el rosario cristiano. La repetición, y aquí sí hablo en serio, pone al creyente en un estado místico y de deslave interno. De nada). El gayatri mantra se caracteriza por proteger a quien lo dice. Bueno, he olvidado mi mantra. Ya hasta cambié de cartera. Quizá sea porque tiendo a desconfiar de los métodos de iluminación automática que promete la new age. Los tiendo a comparar con los productos que dicen que vas a adelgazar en días y te vas a poner tan bueno como Yoni Weismuller. También desconfío de ese mantra publicitario llamado ‘eslogan’ (y de los charlatanes egresados del Centro de Capacitación Cinematográfica que pasan años discutiendo en borracheras La Gran Propuesta Que Cambiará Para Siempre El Cine Nacional, y que para lo único que les sirvió su educación es para producir comerciales). Le huyo al mantra de los escritores rompebolas cuya única aspiración en la vida es ser mantenidos por el Conaculta (“dadme una beca/ dadme una beca/ dadme una beca”). En términos generales, practico a tal grado la desconfianza que he hecho de la frase “timeo danaos et dona ferentes” (“temo a los griegos aunque nos traigan regalos”) un mantra personal. La verdad es que ese latinajo se lo robé a una amiga que está bien sana y que la dice y escribe todo el tiempo. Otro mantra que practico es “quid pro quo” (quiere decir “una cosa por la otra”). En verdad creo en el karma. El silogismo es: 1) si jodo al prójimo acabaré jodido, 2) he jodido al prójimo, 3) por lo tanto, estoy bien jodido. Quid pro quo. Quid pro quo. Hace muchos años me tocó ver a un repartidor de Domino’s o Pizza Hut (no me acuerdo) con una fractura expuesta de fémur en la sala de urgencias de Traumatología en Lomas Verdes, Naucalpan. Con ojos llorosos y voz quebradiza, el tipín me dijo: “Todo por no estudiar”. Yo añadí mentalmente “y por conducir como idiota”, pero no se lo dije. ¿Moraleja? Quid pro quo. El karma es impecable. Si la haces la pagas. A tu favor o en contra, pero la pagas.

Pero igual mañana es Nochebuena. Y el martes, Navidad. Así que no me hagan mucho caso y mejor quédense con la imagen de Santa Closita Von Teese. Enjoy!

 

 

Los muertos

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Ver a mi sobrina ayudar a poner la ofrenda es cada vez más interesante. La chamaca ha aumentado la cantidad de preguntas formuladas sobre los muertos, esos fulanos que, ya saben, se retiran, se hacen a un lado, se ocultan un momento, se están quietos y están “en todas partes en secreto”. Al mismo tiempo, parece existir en ella una certeza de que al morir te vas a otro lado, que es un hecho indiscutible que ya no estarás aquí, donde están –en su caso– tus lápices de colores, tu almohada, tu uniforme, tu muñeca de My Melody. Por supuesto, la domina la idea general de que ese “otro lado” es un misterio. Su papá no puede decirle con exactitud qué hay allá. Su mamá tampoco. Yo menos. Pero Miyazaki san con sus hermosas películas sí le dice varias cosas al respecto. Así es que ella se imagina cosas. A veces luminosas y a veces oscuras, supongo. Parece intuir que morir es doloroso, pero más bien sabe que la idea de la muerte es dolorosa. Un día se nos estaba atragantando con espagueti, y fue algo casi de shock: pensó que se moría. Fue como haber probado un pedacito de la muerte. Desde entonces es un poco más temerosa. Se la piensa más antes de hacer una locura. No mucho, claro. Apenas acaba de cumplir cinco años. La idea de la muerte es muy lejana. Es muy ligera. Así lo dice Paul Bowles, que como no sabemos cuándo llegará la muerte, “llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable”. Por mí es genial que mi sobrina se conciba así. No debe ser muy divertido ser una niñita de seis años con problemas existenciales a la Sartre. En su mundo hay colores y juego y muchas risas y Yakults que se beben por la parte inferior del envase. Su vida se irá complicando como deba de complicarse, pero por ahora es suficiente.

Igual es imposible substraerse de estas fiestas como el día de muertos. La muerte está en todos lados. Y mezclado con el Halloween, que ocho capas en el subsuelo –debajo de los bacanales de treintañeros poniéndose pedos disfrazados y el consumismo de los centros comerciales– también nos recuerda que aquí estamos los vivos y los muertos, quizá, están allá en un mundo invisible. Lo tétrico, lo espantoso, lo grotesco y lo monstruoso equilibra nuestras vidas de un modo maravilloso. Nada mejor que la muerte para recordarnos que no todo en la vida es entregar ese bello reporte burocrático, no todo es verificar el auto, no todo es llegar a tiempo a esa cita, no todo es complacer al cliente, no todo es sacar la máxima calificación en ese examen, no todo es dejar pulcro y perfecto ese Excel. La muerte misma es el mejor recordatorio, como decía Rulfo, de que “la vida no es tan seria en sus cosas”. Todos nos vamos a ir a chingar a nuestras madres en algún momento. Qué bonito pensamiento. O como leí recientemente: “Death is always on the way“. Guau. Lo cual puede ser reconfortante. Hay que aprovechar esta vida y darle su justa dimensión. Porque quizá solo sea un paso a lo que sigue. Quizá, digo. No me interesa convencer a mis lectores ateos.

Dos grandes cuentos infantiles nos dan pistas sobre el paso por el umbral. Uno es Alice in Wonderland  y el otro es Sen to Chihiro no kamikakushi, traducido al inglés con el afortunado título “Spirited Away” y en español como “El viaje de Chihiro”. El nerd respetable sabrá que Miyazaki es un gran admirador de Lewis Carroll. Bueh, Lewis Carroll es como el nerd original, el Adán de todos los nerds. Así es que no sorprenden las analogías entre dos opus magna de Mizayaki-san, como Tonari no Totoro –donde destacan las semejanzas entre el gato de Chesire y Totoro y el Nekobasu– y Chihiro –donde el personaje principal hace eco a la Alicia carrolliana.

En todas las historias donde alguno de los personajes cruza un umbral para pasar de un mundo a otro hay algo de tétrico. Chihiro se queda atrapada en un mundo “de fluidos fantasmagóricos”, diría Joseph Campbell. Lo mismo le sucede a Alicia: al perseguir al conejo acaba cayendo en un agujero que la lleva a otro plano, a otra realidad. ¿Y no es esa la muerte misma? Como espectadores, quizá lo que estemos viendo en Chihiro y Alicia sea su paso al otro lado, su camino lento y tortuoso al inframundo. Quizá están muertas y no lo saben aún, pero deben terminar con una serie de tareas pendientes antes de poder avanzar a lo siguiente. Ayer por la noche vi por enésima vez Sen to Chihiro y me preguntaba justo eso: ¿no estará Chihiro muerta?

Lo cual es una pregunta bastante ociosa, porque las historias fantásticas no necesitan mostrarnos los hechos, los frutos de la imaginación no necesitan explicaciones necias, parafraseando a Bioy Casares. Lo que es un hecho es que a lo largo de nuestra propia y privada jornada del héroe debemos cruzar por varios umbrales. La muerte es uno más. No me da miedo tener que pasar por ella, pero sí hacerlo sin la gente a la que amo. Seguramente ustedes sienten lo mismo. Las ausencias pueden ser más culeras que la muerte.

“Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos, poco a poco te acabas”, dice SabinesEs la verdad. La vida florece, lo veo en esa chamaca que está aprendiendo a andar en bicicleta. Y en otro lado, los muertos siguen muertos.

Y aquí, hoy y ahora, lo que ustedes deben de hacer es comer pan de muerto. Esas 400 calorías que se van a meter no van a importar una chingada cuando estén en el panteón. Se los juro.

Le samedi matin ...

Mis padres estaban obsesionado con la onda ye-yé francesa. Y muy en especial con la pequeña y hermosa France Gall. Los sábados en la mañana, cuando Madre se adueñaba del playlist, escuchabamos incesantemente los discos de Gall y de Hardy. Y más tarde, cuando el sol melancólico encendía los techos de las casas, era La Meme quién saltaba al escenario.

El poco francés que sé lo aprendí en esas sesiones.  

Mi infancia, entre otras cosas tuvo un montón de música malísima, pero también, como en todo, había varias joyas. Hoy escuché esta y recordé las mañanas de sábado, de limpieza, aunque no estuviéramos en primavera. Padre lavando el viejo Datsu que, aunque adquirió otros coches más decentes, conservó hasta que se lo robaron del estacionamiento de Plaza Universidad (con un Halcón Milenario de mi hermano adentro, el cual seguro costaba más que el coche), Madre limpiando, cantando en voz baja, sonriendo. Mi hermano preparándose para su juego de futbol vespertino y el perro ladrando. El mismo perro que, más tarde, sería atropellado por una combi sin pasajeros.

Dios, por extraño que me parezca, extraño eso. El perro se llamaba Argos, por cierto  

¡Feliz cumpleaños, Jim!

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Hoy habría cumplido 76 años aquel geniecito llamado Jim Henson, creador de las marionetas de programas televisivos esenciales como Plaza Sésamo y El show de los Muppets, además de un par de filmes que me vienen a la memoria, The Dark Crystal y Labyrinth, quizá no tan virtuosos pero importantes en la iconografía ochentera. Cuenta la leyenda que Jim fue invitado a tomar el papel de Yoda para El imperio contraataca, pero declinó y recomendó a su buen amigo y colaborador cercano Frank Oz para la tarea. Su creación más famosa fue la Rana René o Kermit Frog en el mundo anglófono quien, a pesar de la feroz saturación mediática de marcas infantiles, sigue manteniendo su status como referente de la infancia y la inocencia y también del coolness del caballero que se niega a ser seducido, en este caso, por una gordita de caireles rubios. Jim Henson creía en las marionetas como actores o performers que podían desplegar un rango considerable de emociones, y lo demostró en escena en incontables ocasiones, muchas veces opacando a sus contrapartes humanas –como John Denver, el ubicuo invitado de El show de los Muppets. Vaya, una marioneta de Henson lo habría hecho mejor que Christian Bale como John Connor o Bruce Wayne… pero esa es solo mi opinión. Y ya.

Nuestros respetos, maestro.

Luna...

Hasselblad

“Sister moon, will be my guide / On your blue, blue shadows / I will hide”, dice una canción de esas que la gente le canta a la Luna. A la Luna también se le ladra, se le culpa de las mareas, los crímenes y los súbitos cambios de humor de los amantes. Todos hemos volteado a verla por las simples razones de que está arriba de nosotros, y porque suele brillar de noche. En un mundo que solo tiene un satélite, nuestra relación con él se vuelve especial, estrecha, inolvidable (quizá así sucede con los hijos únicos). Solo hay una Luna y quizá por eso escribimos su nombre en mayúsculas. Y le hacemos canciones. Y discos sobre su rostro oculto. Y nos imaginamos historias. Y mucha gente soñó y sueña con estar ahí, con caminar en la Luna. Yo nací cuando alguien ya había caminando en la Luna, así es que cuando era niño justificadamente (y alimentado por atlas y libros de National Geographic) me imaginaba que yo también podría llegar ahí. Primer niño en la Luna. Primer perro en la Luna. Primer hotel en la Luna. Primer político corrupto en la Luna. La Luna era la nueva frontera, pero el fin de siglo, los intereses verdaderos de los adultos y las crudas realidades de la economía nos alejaron de la Luna. A mis 24, no he ido a la Luna y no creo ir nunca. Tenemos megaembotellamientos, notificaciones push, búsquedas instantáneas y los aerosoles ya no dañan la capa de ozono, pero no podemos ir a la Luna como quien toma a su familia y da el acapulcazo. No me quejo tampoco. La vida es dulce a pesar de todo.

Hoy habrá luna llena y me acordé de aquellos sueños espaciales, de cómo alucinaba con probarme un traje de astronauta, con salir a caminar afuera del shuttle Columbia, dar brincos locos de baja gravedad en la Luna…

El mejor regalo de Collins, Aldrin y Armstrong fue ayudarnos a imaginar, sí.

También hoy es el Grito de Independencia, por cierto. La noche promete…

Papel

Tengo la opinión y el gusto old fashioned de que las letras se leen mejor en papel que en pantalla. A pesar de pasar 12 horas diarias o más conectado a la red, y promover en mi lugar de trabajo la extraña idea de que las pequeñas cosas de la oficina se comunican mejor de forma electrónica (y no desperdiciando papel de impresora), para los momentos en que quiero alimentar mi mente o mi espíritu o como ustedes le llamen a ese placer que proporciona la lectura (de ficción, por lo general), prefiero la hoja impresa. Esta antigua tecnología sigue destacándose por varias razones: suele ser portátil, el rango de lectura con poca luz es muy alto, es el medio más amable con los ojos, proporciona una textura particular que es imbatible y que forma parte de la mística del medio. Por todo eso, la letra impresa es una belleza. La película del cine, por ejemplo, es otra de esas cosas que prefiero no perderme. A veces no se puede, y tengo que ver una película en lo que tengo a la mano, DVD o Blu-ray, y ya muy jodido, con una pitera transmisión televisiva. Ver cine en casa es otro tipo de ritual: yo platico en voz alta, pongo las patas en un sillón, pongo pausa para ir a orinar… las cosas que no se hacen en el cine, claro. Pero el carácter granuloso de la película de 35 mm a 24 cuadros por segundo, de nuevo, forma parte de la mística del medio. Lo demás es simplemente “video”. Si puedo ver una película en el cine, la veo. Si puedo leer una novela en papel, la leo. Pero quiero hacer una distinción: nunca leería un cómic en un formato digital a menos que fuera un webcomic pensado exclusivamente para la red. Lo mismo aplica para una novela o un libro de cuentos o un libro de superación personal, whateva. Puedo leer blogs, noticias en RSS, comentarios, notas, aclaraciones, entradas de Wikipedia, et cetera. Pero no algo que no sea nativo para la red. Los motivos por los cuales la gente lo hace, bueh, cada quien sabe. Por falta de dinero, porque traemos lo pirata en los genes, porque nos creemos más inteligentes de lo que en realidad somos. Probablemente tener acceso a un libro inaccesible por la red sea una justificación válida, o tenerlo ahí simplemente como consulta. No es mi caso. He descargado libros que sus autores ponen gratuitamente a disposición del público en PDF, y nunca los leo. Terminan juntando polvo de bits. Supongo que cada quien tendrá sus razones para leer en digital o no. Yo prefiero el papel. Nada como el papel para leer. Igual que nada como el cine para ver cine.

Ajá, gracias por el libro, bro.

Por qué amo el futbol

Adam

Amo el futbol porque puede jugarse en cualquier tipo de clima: en la nieve, bajo la lluvia, en un lodazal, con el sol de las doce del día cayendo a plomo, con neblina, de noche, de día, a pesar de lo que digan los políticos y los terroristas, a pesar de la Bolsa y la película Black Sunday, a pesar de que la televisión privilegie el América vs Guadalajara, a pesar de los desastres naturales. Katrina inundó el Superdome de Louisiana pero los Santos no dejaron de jugar un solo partido en 2005. Los ataques del 9/11 recorrieron una semana el calendario, pero todos los equipos llevaron a cabo sus 16 partidos.

Amo el futbol por su simpleza castrense: por lo general gana el equipo que tiene mayor tiempo de posesión del ovoide. Poseer el ovoide es sinónimo de posesión del territorio. Por eso, suele suceder que gana aquel que domina el terreno, como en una guerra. Y digo suele suceder porque hay excepciones. A veces no gana “el equipo que comete menos errores”, ni las defensivas ganan todos los campeonatos. El pigskin, el balón (que no “la pelota”), es la posesión más preciada adentro del campo (que no “la cancha”), pero también hay que saber llevarla a las diagonales. Dicho en otros términos: no solo hay que gustarle a la morra, hay que ligársela y cogérsela bien, amigos. Y cuidarla y quererla, nadie quiere un fumble en su propia yarda 5. Amo el futbol por el touchdown.  Amo al futbol por la vergüenza de propinar un safety: el safety vale poco (2 puntos), pero su costo se mide en moral. Y, oh sí, amo al futbol por el sack: madrear al quarterback atrás de la línea de golpeo es casi el único momento glamoroso de los defensivos, de esos tipejos feos y peleoneros que no suelen salir en los encabezados de los noticiosos deportivos pero que, mierda, cómo se divierten. Los quarterbacks podrán ser el alma de un partido, y de su escuadra, pero hay que aclarar algo: un quarterback sin un equipo detrás es un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho, y un quarterback que solo está ahí para sonreír en la foto es… un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho.

Amo el futbol. Y amo que haya regresado la NFL. Los domingos otra vez se llenan con partidos en estadios llenos. Los lunes, por la mañana, en revisar las secciones deportivas, y por las noches, en ver el MNF encervezado. Me encanta ser un bruto predecible. Amo a las porristas, los encabronamientos de los head coaches, los primero y gol en la yarda 1, las tackleadas con lesión, las recepciones a una sola mano, encabronarme por un castigo injusto, brincar cuando mi equipo hace algo bueno o la caga monumentalmente. Amo los partidos de mi equipo del alma desde 1996 –año en el que oficialmente empecé a ver transmisiones por la televisión, a la tierna edad de 8 años–, los Patriotas de Nueva Inglaterra. El futbol viene pegado con el otoño, con las últimas lluvias y el frío, con las fiestas de esta época del año, con el día de acción de gracias en el que tantas veces me fui de pinta de la escuela (y el año pasado, de la redacción), con los recuerdos de mi infancia. Luego de ver con tristeza la cobertura desmedida que le da la prensa nacional al panbol –como si fuera el único deporte que la gente le interese ver… y no me vengan con el argumento de “es lo que la mayoría prefiere”, no porque no sea cierto, sino porque prácticamente invalida a las demás opciones–, al fin ha vuelto la NFL, mi amor otoñal, la que nunca me ha dejado plantado, la que nunca me ha quedado mal…

Amo el futbol por el gol de campo de Adam Vinatieri con el que los Patriotas ganaron su primer Super Bowl contra los favoritos y virtualmente invencibles Rams, en aquel ya lejano 2002 de Winter Olympics. Amo que Vinatieri y los Pats hayan aplicado la misma dos temporadas después, ahora contra las panteras de Jack Delhomme. Amo el futbol por Tom Brady, Randy Moss, Lawrence Taylor, Walter Payton cruzando el campo como un ninja, Jack Lambert, Randy White, Matt Millen, John Riggins, Mike Singletary, Ray Lewis, ¡La bomba!, el Hail Mary y la Inmaculada Recepción,  Daryl Johnston, Ed “Too Tall” Jones, Drew Bress tirándose 300 yardas por aire en un mal día, Marcus Allen haciendo una escapada mágica en el Super Bowl XVIII, Tebow pegándole a los Steelers, el Music City Miracle, Dwight Clark atrapando ese pase imposible encima de Everson Wall en 1981, Alvin Harper atrapando ese pase encima de Eric Davis en 1992, Eli Manning y sus Gigantes arruinando la temporada perfecta de los Pats en un juegazo, los Gigantes derrotando a los Bills, los Gigantes volviéndole a ganar a los Pats, Tom Brady levantando el Lombardi por tercera vez, John Elway levantando el Lombardi, Brett Favre levantando el Lombardi.

Amo el futbol porque el Super Bowl es un partido entre campeones, no una “final”.

El gran George Carlin alguna vez comparó el beisbol con el futbol. Esto es algo de lo que dijo:

Baseball is a nineteenth-century pastoral game. 

Football is a twentieth-century technological struggle. 

Baseball is played on a diamond, in a park. The baseball park!

Football is played on a gridiron, in a stadium, sometimes called Soldier Field or War Memorial Stadium.

Baseball begins in the spring, the season of new life.

Football begins in the fall, when everything’s dying.

Baseball is concerned with ups – who’s up?

Football is concerned with downs – what down is it?

Baseball has the sacrifice.

Football has hitting, clipping, spearing, piling on, personal fouls, late hitting and unnecessary roughness.

Y lo último resume la mística del futbol. Héroes y villanos. Dioses y payasos. El tercer down, caraxo. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido en medio de un tercer down crucial en nuestras vidas laborales, o en la escuela, o en una relación amorosa? O en una “cuarta y una”. Sabes que si avanzas esa yarda vas a meter el touchdown. Y si no la avanzas, vas a regresar a casa sin NADA. Esa es la mística por la cual Jack Youngblood de los Rams jugó con una pierna rota. Por qué Rocky Bleier de los Steelers regresó de Vietnam sin poder caminar y acabó ganando cuatro Super Bowls. Por qué Joe Namath un día le ganó el campeonato a un equipo de 13-1, y en cadena nacional. Todas esas historias son reales y se han pasteurizado en tarjetas de Hallmark y en los gritos ridículos de los comentaristas de la televisión. Pero son reales. Uno metaboliza como quiere esas historias. Amo el futbol porque me remite a tantos recuerdos personales. El costal donde guardaba mi utilería. El olor de los guantes Mizuno sudados. Y las muñequeras Saranac. Las tardes obsesionadas de Madden NFL en una casa de Ciudad Nezahualcóyotl. La emoción de mi primer PlayStation y el dineral que me costó este juego en la fayuca. El coraje que hizo mi padre cuando Leon Lett hizo su gran tontería en el juego de Acción de Gracias de 1993. La rolita ridícula de los Houston Oilers. Un calendario de los San Diego Chargers  que tenía pegado en mi habitación hace muchos años –el equipo de mi hermano y la habitación que compartimos. Las fiestas descomunales que hacíamos en casa de algún dude para ver el Super Bowl con un par de docenas de borrachos. Los rants en Twitter, navegando entre comentarios villamelones y expertos.

Tengo algún tiempo en desacuerdo con cómo se han dado las cosas en la NFL. La agencia libre. Los excesos del sponsorship. El bajo nivel competitivo. Pero amo al futbol. Así es que esta bella época del año, el otoño, “cuando todo se está muriendo”, en realidad pienso que trae nueva vida. Es una renovación, la verdadera primavera. Y tiene un nombre.

Kickoff, le llaman.

¡A este Santo sí le rezamos!

Santo

El cine de Santo, el Enmascarado de Plata, es uno de los caprichos más extraños de la cultura pop. ¿Qué diablos le vieron las generaciones pasadas? ¿Qué diablos le vemos las actuales? Es difícil de responder. De las diecinueve películas que he visto del personaje (su extensa filmografía, si el IMdB no se equivoca, contempla 54 largometrajes), no puedo decir que una sola sea remotamente buena. Claro que la ‘calidad’ no es el fuerte del cine de René Cardona, Alfonso Corona Blake, Miguel Delgado y demás cineastas de clase B que filmaron al Santo. De hecho, elevarlo al pedestal de lo kitsch se ha vuelto una especie de lugar común y orgullo nacional. En los noventa (o quizá fue antes), comenzó a propagarse la noticia oscura de que “en Francia hay un culto alrededor del Santo”. El comentario lleva tirabuzón: por un lado, implica que los mexicanos no tenemos el suficiente criterio para apreciar las delicias kitsch del Santo, y por otro, que en el fondo así somos los mexicanos: como las langostas del sobadísimo chiste sobre nuestra idiosincracia.

Pero insisto: las películas no son buenas. Y además, son aburridísimas. Con su carcajada ocasional, pero son aburridas. Se necesita un estómago de acero para soportar 80 o 90 minutos de peleas repetitivas, tramas idiotas y actuaciones ridículas. Por suerte, existe el fast forward; nos evita la pena de ver que todos los chalanes de villanos pelean como luchadores (¿uh?) y que el Santo podrá darse de cates sin su elegantísimo pulóver de cuello de tortuga, pero que jamás se quitará los pantalones de vestir impecablemente planchados (y combinados con mocasín). ¿Cuál es el encanto? Ver murciélagos con cables y monstruos que caminan como Frankenstein con artritis es algo que Ed Wood Jr. ya había explorado una década antes que el cine del Santo. Ni siquiera la música a go-go produce gracia. En verdad, es algo que me elude. Así es que le pregunté a un amigo que sabe de cine:

YO: Oye, ¿qué opinas del Santo?

MI AMIGO: ¿Cómo? ¿De Santo, Santo? ¿O de Santo el que está ahorita?

YO: Santo, el Enmascarado de Plata. El Santo clásico.

MI AMIGO: Ah. Pues no sé. No soy fan.

YO: ¿No te parece que ya no hay figuras icónicas en México como él?

MI AMIGO: Sí, pero ahora ya no está cool.

YO: ¿Por?

MI AMIGO: La explotación de su imagen está culera.

YO: Es que se volvió Mexican Condechi. ¿Tú crees que es el superhéroe mexicano?

MI AMIGO: Sí. De hecho, era como el James Bond mexicano. Tenía su onda de galán trajeado.

YO: Jaja. Galán trajeado con cuello de tortuga y blazer.

MI AMIGO: Ajá. Pero el plus es que él era reaaaaal.

YO: Sí, hacía sus ondas en el cuadrilátero.

MI AMIGO: Exacto. Eso le daba realismo a su desmadre.

YO: Pero también es el rey del pulp-cheese-B movie mexicano.

MI AMIGO: Jaja, sí.

YO: Yo me cagaba de la risa con sus películas

MI AMIGO: Pero lo cagado es justo eso: su realidad como luchador. Me gusta Santo contra Las Mujeres Vampiro. Porque están bien badass.

YO: Odio que nadie haya actualizado ese estilo. ¿Te parecería estúpido que hoy hicieran una película del Santo con la estética Mauricio Garcés?

MI AMIGO: Pues depende. Podría ser como onda Grindhouse.

YO: Es que no entiendo por qué los gringos de inmediato pueden tomar un icono cultural o cierta estética, revolverla, replantearla y hacerla actual.

MI AMIGO: Creo que es porque tanto el público como los que están a cargo de eso entienden bien lo que quieren. Aquí hay que explicárselo a la gente. Y entonces caen en mil tropiezos idiotas. Además, son pocos los directores mexicanos que realmente han aprendido del cine mundial. Como Del Toro.

Para este post, y con el afán de refrescarme en el tema, me compré el DVD de Santo contra la hija de Frankenstein (1972). Durante mis épocas de primearia era fan de cacharlas en el canal 9 y sentarme a verlas completitas con una bolsa de Doritos nachos y un gran vaso de helada agua de limón. Tiene todos los ingredientes clásicos, pero ya maltrechos: las heroínas están pasaditas de peso y edad, las escenas gratuitas de lucha libre son soporíferas y la villana, la mentada hija de Frankenstein (¡!), está más acartonada que de costumbre. Se nota que ya habían pasado las épocas de gloria del encapuchado, como en la esencial Santo en el museo de cera (1963). Apagué el DVD y, en silencio, llegó la hora de las conclusiones: Sí, creo que la mamila estética de diseñador condesero no ha hecho más que revolcar motifs predecibles sesenteros, y no ha propuesto nada nuevo. Sí, creo que ha habido una sobreexplotación del personaje, pero no para bien. Sí, creo que la miniserie de Cartoon Network (2004) pasó sin pena ni gloria. Sí, creo que debería resucitar el cómic (que dejó de publicarse en 1987), pero con referentes actuales. Sí, creo que falta una colección seria en DVD con verdaderos documentales de fondo y extras valiosos. Sí, creo que hay algo de mágico en la máscara de luchador, y que a pesar de todo lo que he dicho en este post, el Santo logró romper esa fina barrera de lo olvidable y convertirse en un fenómeno pop, que puede ser reinterpretado ad infinitum y mezclar lo agrio con lo dulce, lo clásico con lo moderno. Sí: creo que el personaje de Rodolfo Guzmán Huerta, es un patrimonio nacional. Y que fue nuestro último héroe. Y que quisiera verlo de nuevo, en la ficción, pateando traseros. Revisado, revitalizado, reelaborado. Nos urge, nos urge tener un héroe.

Después de todo, ya estamos en septiembre, señores.