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El Escobazo y El Final

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Gracias a Dios la gran mayoría de las Series Mundiales no terminan en barrida. Y es que cuando un Clásico de Otoño se termina en 4 juegos, no podemos evitar sentirnos un poquito estafados y un mucho insatisfechos. Ayer los Gigantes de San Francisco le aplicaron el proverbial escobazo a los Tigres de Detroit. En Detroit. En extra-innings y en un gran juego y todo, pero aún así sentenciaron una Serie Mundial de solo 4 juegos en los cuales lucieron muy, muy superiores.

Las hostilidades comenzaron el pasado miércoles, como dijimos aquí. El primer juego en la bahía fue una auténtica paliza por parte de los Gigantes. 8 a 3 lucio el score final, destacándose claramente la figura del venezolano Pablo Sandoval, a.k.a. el Kung-Fu Panda (soy fan del mote), quién nada más conectó 3 cuadrangulares, uno de ellos de dos carreras y dos de ellos frente a Justin Verlander, considerado por muchos como el mejor pitcher en la actualidad. Como sea, los Gigantes se presentaron al Juego 2 con la moral alta y terminaron blanqueando a los Tigres en un juego de 2-0, cerrado, emocionante, pero donde quedó de manifiesto que los de Detroit tenían la pólvora completamente mojada.

Y eso quedó más que establecido en el Juego 3, en la Ciudad Motor. Los Tigres nada más no podían dar el batazo a la hora buena. Con hombres en primera y en segunda y un out rolaban para doble play. Y eso lo hicieron dos veces, así como dejar la casa llena y fallar de manera casi ridícula cosas tan elementales como el fildeo o el toque de pelota. Los de la bahía, por otro lado, jugaban con la suerte de su lado, sin errores, contundentes y con un pitcheo más que dominador. Al final el marcador fue el mismo que en el juego anterior (2-0) y San Francisco se colocó a 27 outs de proclamarse Campeón Mundial por segunda vez en 3 años.

El Juego 4 fue, por mucho, el mejor de la serie. Un excelente duelo de pitcheo, pero también de volteretas. Los Gigantes comenzaron ganando 0-1, carrera producida por un doble seguido de un triple. Pero el Tigre ganador de la Triple Corona de bateo este año (esto es: mejor porcentaje de bateo, más cuadrangulares y más carreras producidas en la temporada), Miguel Cabrera, apagado la mayor parte de la Serie, dio una película de largo metraje que trajo la voltereta, 2-1. Fue hasta la sexta entrada, con un homerun de dos carreras conectado por Buster Posey (quién me cae muy bien, por cierto), que San Francisco recuperó la ventaja. Pero en la parte baja del mismo inning, un cuadrangular solitario conectado por un tipo de cuyo nombre no me acuerdo, le dio a Detroit la igualada. Y así nos mantuvimos y pitchers iban y venían y solamente se colgaban argollas. Hasta que en la décima entrada una carrera de San Francisco trabajada con el librito y como dictan los cánones (hombre en primera, sin out, avanza a segunda con un sacrificio y anota con un sencillo), coronada por una actuación grandiosa del cerrador suplente de los Gigantes, Sergio Romo (reemplazo de Brian Wilson, quién también me cae muy bien), les trajo el séptimo título en su historia.

Y así se dio cerrojazo final a una temporada más dentro del mejor beisbol del mundo. Una que fue bastante buena, hay que decir. Y es que aunque normalmente no sigo mucho beisbol durante la temporada regular, esta vez fue la excepción, ya que sí vi muchos juegos, entre otros el Juego Perfecto de Matt Cain. De hecho, hubo 3 Juegos Perfectos este año y los dos que no vi completos, sí vi los últimos 3 outs en vivo gracias al interné, mi lic. También alguien por ahí completo El Ciclo y días más tarde lo hizo otro compadre (El Ciclo es batear, en un mismo juego, sencillo, doble, triple y cuadrangular). Este año me toco emocionarme con los juegos de los Athletics, de los Padres y de Seattle, cuyo pitcher estelar tiró un Juego Perfecto un sábado memorable, para mí. Me toco  ver la lucha de los Medias Blancas, los Dodgers y del Boston por el ansiado boleto que al final no consiguieron. Me toco ver cómo se desinflaron los Piratas de Pittsburg, el fracaso de los Rangers y la sorpresa de los Nacionales, quienes ganaron más partidos que nadie en el año. Y, claro, me toco ser testigo de las penurias de mi equipo del alma, los Yankees de Nueva York, quienes sufrieron más lesiones que la Resistencia Polaca, pero aún así seguían dando batallas que rayaban en lo épico y por ahí de agosto dieron un juegazo de casi 6 horas de duración, que se vieron en una carrera parejera con Baltimore y ganaron su División y llegaron hasta la Serie de Campeonato, en donde fueron barridos por Detroit, pero al menos en cada juego dieron batalla.

Y sí, así se acabo el mejor beisbol del mundo por este año. El equipo del destino, que se levantó de un 3-1 en contra en la Serie de Campeonato de la Nacional, se corona merecidamente y no nos queda más que reconocerlo. Y aunque sí desearíamos más juegos, al final las quejas suenan débiles y patéticas. Igual todavía nos queda, claro, la mejor parte de la Temporada de la NFL y la Liguilla del futbol mexicano (inserte aquí risas grabadas). El aire ya huele a copal, hay muchas flores amarillas por doquier (y bien caras, mi lic) y los lepes ya tienen o buscan su disfraz. Octubre esta punto de terminar. Y yo no tengo quejas contra él.