Stallone le hace al Homero

Y no precisamente Simpsom, a pesar de lo que se juzgue por la imagen.


Instalé Netflix en mi PS3 porque traía un icono GIGANTE y una promoción de un mes gratis. En términos generales, la selección de películas me pareció apestosa, la interfaz es horrible, la calidad es muy cuestionable, pero, una noche, de hace un par de semanas me permitió ver Rocky, una de esas películas que me encantan, pero que nunca he tenido en formato casero. Hace un par de semanas, cuando me encontré a mi mismo deprimido, un sábado en la madrugada, con un bote de helado en las manos y un montón de pensamientos en la cabeza, cual chica Gilmore. Entonces, por alguna extraña razón, empecé a ver Rocky de otra forma, y de ahí salió la idea general de este post.

Primero hablemos de Homero (“o de esos griegos que llamamos Homero”, como solía decir Borges) y de su opus magna llamada La Ilíada. Alguna vez leí que la escena perfecta de risas y lágrimas entremezcladas es aquella de La Ilíada, en la que Héctor, el héroe trágico por excelencia, se despide de su esposa Andrómaca y de su pequeño hijo Escamandro (acaparando nombre ridículos de infantes desde el año 300 a.c.), en las bases de las murallas de Troya, antes de que Héctor salga de nuevo al combate. Él sabe que va a morir, siempre lo ha sabido. Ella, de hecho, lo llora por muerto, mientras le recrimina su inconsciencia. ÉL no puede escapar a su deber, pero ella no lo entiende. Ella, incluso, tiene momentos de pitonisa (no es lo que están pensando) y le cuenta lo que le depara el futuro a su familia y lo que será de su pueblo y su estirpe. La escena podría ser triste en extremo, sino fuera por el lepe, de escasos tres años (a quién más tarde los aqueos arrojarían desde la parte alta de la ciudad, en el paroxismo de la quema de la eterna Ilión), quién siente miedo por los arreos militares con los que está adornado su padre y se esconde tras las faldas del otro personaje silencioso que ronda la escena: la nodriza. La llorosa Andrómaca ríe por esto y nosotros también. Héctor, entonces, se quita el casco, besa a su hijo y a su mujer, y parte a la batalla. Una escena sencilla y en muchos sentidos perfecta.

Y entonces Rocky. Siempre me ha gustado esta película. Me recuerda mi infancia, viendo películas del Cinco (Cine Permanencia Voluntaria) en mi tele de catorce pulgadas que estaba a siglos de aquello llamado control remoto. Me recuerda la época en la que entré a un club de boxeo, debido a mi obsesión después de haber visto Fight Club (soy impresionable, lo sé). La vida del boxeador tienen el encanto de lo duro, del que se gana la vida literalmente a madrazos. Rocky, el boxeador trágico por excelencia, famoso por su habilidad sobrehumana para bloquear los jabs con la cara, es una tipo duro, tonto, pero de buen corazón. Hace de cobrador para un gangster de poca monta porque tiene que hacer algo, ¿no? Pero parece castigarse a sí mismo en el viejo club de boxeo en el que soporta madrizas extremas por cuarenta dólares (sí gana). De repente conoce a una chica que es como su soulmate. Y de repente recibe una oportunidad. Lo poco que tiene, su chica y su oportunidad, lo defiende con todo.

La cinta es un canto heroico dirigido a una sociedad americana que en ese momento estaba sumida en el desempleo y en la desilusión por lo acontecido en Vietnam. Para todos ellos se muestra una grieta del sueño americano. La cosa no puede estar tan mal cuando vives en América. Rocky sabe que no puede ganar la pelea, no espera un milagro. Sabe que el milagro en sí es pelear. Solamente quiere aguantar, hacer lo que nadie ha hecho, llegar hasta el final del quintoagecimo round frente al campeón mundial de los pesos pesados. Rocky es el típico americano que tiene que matarse por su sueño. América te da las herramientas, te da la oportunidad, pero el trabajo de fabricarte un futuro recae exclusivamente en ti. En ese sentido, la película es perfecta.

Los meritos de la cinta se han venido discutiendo desde que se estrenó. En los Oscar de ese año le tocó competir contra tres pesos pesados de la historia del cine: Taxi Driver, Network y All The President´s Men. Nada más. Rocky, el peleador sin esperanza que solo pelea porque no sabe bailar o cantar (o porque sus tortugas no saben bailar o cantar), se llevó la estatuilla a la mejor película. Pero eso no solo fue por sus méritos extra cinematográficos. Rocky es una historia sumamente sencilla, que en ningún momento quiere tomarle el pelo al espectador. Esta dirigida con toda la mano de un hombre que gustaba de hacer este tipo de películas (John G. Advilsen, el Miguel Ángel Cornejo del cine) y contiene algunas secuencias que, aún en ese momento, se sabría que se quedarían en el inconsciente colectivo de ahí hasta que las cucarachas dominaran la tierra. La imagen de Balboa, agitando los brazos en señal de triunfo, en la cima de las escaleras que conducen a la biblioteca Pública de Filadelfia, es un desafío a la pobreza, a la desesperanza, a las crisis, a la miseria y también a los miembros de la industria hollywoodense que habían rechazado el guion escrito por un actor semidesconocido que un buen día se dio cuenta de que si nadie iba a escribir una historia para él, él mismo tendría que hacerlo. La cinta fue un knock-out en el país. La gente en las salas de cine aclamaba al Semental Italiano como si ellos mismos se encontraran en el Spectrum de Filadelfia, viendo en vivo la más grande demostración de estámina y valor en la historia del pugilismo en la noche del Bicentenario de la Independencia de los Unites. Y la película no ha perdido nada de esa fuerza con el paso del tiempo.

Entonces, lo paralelo. En la odisea heroica que supone la pelea final por el título, llega a su punto máximo en el round 14, cuando Apollo Creed (el campeón), más cansado de lo que jamás ha estado en su vida, golpea y golpea a un Rocky que no se cae. Hasta que finalmente lo derriba. La música de Bill Conti acompaña al Italian Stallion luchando por levantarse, cuando hasta su entrenador le dice que se quede abajo, que ya fue suficiente. Pero no, él tiene que llegar hasta el final. Se pone de pie y aún reta al campeón, quién, para citar al comentarista, "no puede creerlo". Al final termina madreando a Creed de una forma brutal, pero pierde la pelea por decisión dividida y polémica que originó toda una saga de cintas que poco a poco fueron perdiendo calidad cinematográfica y ganado litros y litros de sangre falsa. El momento en el que se da el anunció casi no es perceptible, pero se entiende. Se sabía de antemano casi, casi. La escena muestra un pandemónium de reporteros y aficionados invadiendo el ring, cuestionando a un Rocky, quién no se distinguía precisamente por su habilidad frente a un micrófono, sobre si habrá o no revancha. Él grita desesperado, llamando a su chica. La chica corre desesperada hacia el ring. Luchando contra la corriente. Los reporteros preguntan. Él acaba de perder la pelea más importante de su vida, pero ganó algo más grande: auto respeto. Y el respeto de todo el país de paso. La escena, hasta ese momento es triste. Mucho. Sin embargo la chica esquiva a todo mundo y a empujones se abre pasó hasta llegar junto a su novio. Ella lo mira completamente desfigurado. Él la mira completamente angustiada. Y aunque esta más golpeado que un pobre diablo originario de Nueva York que no sabe pagar sus deudas, él solamente atina a preguntarle dónde está su sombrero. El sombrero rojo que perdió en su camino hacia el ring. El sombrero rojo que la hacía verse hermosa en los vestuarios, donde se había visto por última vez. Ella no responde, con eso acaba de reconocer al hombre que ama, al hombre que la hace reír, aún ahora. Ella ríe y llora (y nosotros también) y abraza a Rocky y le dice que lo ama, a lo que él responde de la misma manera. Una escena sencilla y en muchos sentidos perfecta.


Bueh, hay que recordar que esa noche estaba deprimido. Y desvelado. Pero me la pase muy bien viendo Rocky. Siempre puedes pasártela bien viendo Rocky. Como sea, voy a cancelar el Netflix después del mes gratis. Creo que no estamos lo suficientemente preparados para tanto poder, mi lic.