Sobre la lluvia

Scarlett

Las tardes de los últimos días han estado llenas de esa clase de lluvia que, dice Forrest Gump, es pesada y gorda. El sistema de drenaje siendo puesto a prueba por los nubarrones provenientes de… ejem, no sé donde. Es agua que viene del mar, nos dijeron en la escuela al explicarlos el ciclo del agua. Es extraño pensar de dónde viene la lluvia. Y también un poco inútil, lo cual hace inexplicable que sea tan apasionante. Bueno, no tan inexplicable.

Hay algo en la lluvia que nos recuerda el pasado, aunque no queramos. Quizá es un pasado inconsciente, creado a partir de imágenes del cinematógrafo. Viejas estaciones de trenes. Despedidas. O aquella escena en Four Weddings and A Funeral, donde la chica y el chico deciden no casarse. Ya saben quienes son los protagonistas, ¿no? Otra escena sustancial es aquella en la que Spidy salva a la chica en aquél callejón lleno de rufiancillos. La escena de la blusa mojada de Kirsten y del beso de nuestro amable vecino arácnido colgado de cabeza. Una escena que nos marcó en el 2002 y que ocasionó un dizque escándalo, ya saben por qué. O que me dicen de la escena de cantando bajo la lluvia en… Cantando Bajo la Lluvia. Una que todos conocemos, incluso los que no han visto la película. Una vez vi a una chica bailar bajo la lluvia… una escena que terminó con su cara estrellándose contra el pavimento. Si, no todos tenemos la gracia de Genne Kelly.

Supongo que hay más escenas, pero ocuparía mucho espacio enumerarlas todas. La lluvia tiene cierto encanto en el cine. Es como el auto lavado moral que muchos personajes esperan para redimirse, al final. Es como las lágrimas extralimitadas en la no tan dichosa escena del rompimiento o la despedida. Supongo que ustedes saben cómo es. La lluvia nos recuerda nuestro pasado, aunque no queramos. Muchos recuerdos están recubiertos con una cortina de agua, con lluvia, aunque cuando pasaron no estuviera lloviendo. La conversación sombría en la habitación de los padres, mientras nosotros escuchamos detrás de la puerta. En la tele se ve a Raúl Velasco. Afuera esta lloviendo.

La casa de padre y Madre tenía un techo de lámina de fibra de vidrio sobre el patio. La lluvia pesada y gorda de los últimos días sonaba como la caída de los sapos en Magnolia. Sonaba como los pianos en A Day in the Life. Un sonido que podría definir el fin del mundo. Es la lluvia que arruina las tardes nubladas y frescas y perfectas. Es la lluvia que trae el caos a la ciudad. El drenaje es puesto a prueba y casi siempre falla. El tráfico desquiciante, el Metro tardándose una hora en avanzar 12 estaciones, las fallas de energía eléctrica, las inundaciones en Ecatepec o algo. Siempre me he preguntado  cómo vive esa gente, sintiendo la angustia cuando las nubes se acumulan en el horizonte, como Sarah Connor al final de Terminator. ¿Por qué no se van? ¿Por qué siguen viviendo en un lugar en donde saben que sus cosas están destinadas a la destrucción, sus calles inevitablemente se convertirán en pantanos insalubres la tarde menos pensada? ¿Por qué quedarse? Bueh, supongo que hay un montón de razones, pero yo no las conozco. Espero que ellos sí.

La lluvia que se disfruta más es la que Forrest Gump define como la pequeña y molesta. La lluvia delgada, chiquita, que nuestras madres decían que mojaba más. La lluvia persistente, que en un techo de lámina de fibra de vidrio suena casi como un canto, un susurro de cosas buenas que han pasado o que están pasando. Es la clase de lluvia que ahuyenta a los compradores en los tianguis, a los paseantes en los parques. Lluvia espantapendejos, le llaman los comerciantes, ya que es casi una ley universal que se quitará pronto y que no será seguida por la otra, la torrencial y pesada. La lluvia pequeña y delgada es la lluvia que limpia los autos, las casas. La lluvia que hace relucir el pavimento, que invita a deslizarse por las resbalosas baldosas de la banqueta. La lluvia que invita dejarse empapar mientras caminamos a ninguna parte, con un libro en la mochila y los audífonos del iPod bien insertados en los oidos. Oyendo algo de The Zombies. O de algún soundtrack.

Esa lluvia es grandiosa, pero es arruinada por la visión de hombres con paraguas. Un hombre que se respete no debe usar paraguas. La visión de las jevas bajo el amparo de la umbrela es otra cosa. Es Scarlett Johansson en Lost in Translation. Es Catherine Deneuve en Los Paraguas de Cherburgo, la película más adorable sobre paraguas y lluvia y chicas francesas enamoradas de un ausente. Es una cinta cuyos diálogos son completamente cantados, que se volvió de culto, que ganó la Palma de Oro en Cannes y que es xodidamente melancólica. Ahí vemos las desventuras acaecidas a la dependiente de una tienda de paraguas y a su hermosa hija, durante la Francia de los 50, en un suburbio parisino. Después de ver dicha cinta, pensé que nunca había comprado un paraguas en mi vida. Es gracioso que podemos encontrar paraguas a la venta en los más diversos establecimientos. En una miscelánea perdida entre calles anónimas para los no residentes. En la dichosa tienda del mol que vende de todo. En un puesto ambulante afuera del metro, en el que también encontramos cancros sueltos, chicles y Doritos Nachos. Una tienda enteramente dedicada a vender paraguas… es una idea grandiosa lo pensamos bien. Aunque supongo que impráctica, pero es se compensa con el factor vintage de la mercancía en cuestión. Las tardes de la lluvia pequeña y delgada invitan a planear poner un local enteramente dedicado a vender paraguas, probablemente dentro de un aeropuerto. En donde trabaje una dependiente cumshotera y güerita y adorable y donde todo el día suenen, sin parar, el score de Los Paraguas de Cherburgo. Y seguramente la dependiente terminaría atendiendo a los clientes usando solamente versos en francés.

Ya saben, la lluvia nos hace pensar así.

Así las tardes últimamente en la ciudad. Me gusta pensar que, en algún lugar, alguna carita cumshotera observa la lluvia por la ventana, con una taza de café en las manos y la idea de un gran libro en la mente. Las tardes de lluvia torrencial tienen el don de inspirar. Inspirar un cuento corto, una postal, una llamada de disculpa. Las tardes de lluvia torrencial nos hacen sentir agradecidos de tener un techo sobre nosotros, un lugar al cual podemos llamar hogar, al cual podemos llegar a calentar nuestros huesos junto al fuego, junto a ella. Esas cosas en la que casi nunca pensamos, pero que están ahí. Las que nos hacen creer genuinamente que somos afortunados por estar acompañados.

Creo que aquí le paramos. Ya es tarde y se está nublando. Y seguro va a llover igual de fuerte que en los últimos días. Y en una de esas y se va la luz. Lo cual no esta nada bien. Lo peor que le puede pasar a alguien es que se le vaya la luz en su casa. En el trabajo es otra cosa. La lluvia vista desde el 12° piso de un edifico es algo que vale la pena ver. Aunque sea unos momentos, mientras nos preparamos un café.