Silver Linings Playbook
Pat es un ex profesor de educación física que luce extrañamente confiado y optimista para ser un desempleado que acaba de salir de un hospital psiquiátrico y que cuenta con una flamante orden de restricción de su esposa. Sin embargo, la actitud del tipo es la de alguien completamente decidido a reparar todo el daño que ha hecho en su vida, siguiendo hacia adelante y hacia arriba. Siempre. Su lema es “Excelsior!” Y supongo que todos saben en qué fase de su trastorno bipolar se encuentra.
En la parte superior de su lista de prioridades se encuentra la reconstrucción de su matrimonio, el cual se desmoronó cuando casi mata a golpes al amante de su esposa. Pero ya lo pasado, pasado, como diría El Principe. Pat (Bradley Cooper) asegura a sus padres, Pat Sr. Y Dolores (Robert De Niro y Weaver Jacki), que todo estará bien. Ellos no están tan seguros. Uno de los muchos encantos de Silver Linings Playbook (dirigida por David O. Russell) es el personaje de la madre. Dolores es una mujer sensata y cariñosa, quién además cuenta con una larga experiencia en lo referente a lidiar con la conducta compulsiva de un ser querido. Su marido es un obsesionado fan de los Eagles (ajá, los de Filadelfia), quién después de haber sido expulsado de por vida del estadio debido a numerosos altercados violentos, centra toda su atención dominguera en el televisor y en sus ridículas apuestas y en sus numerosos amuletos y mantras y rutinas de la suerte. Está completamente convencido de que las Águilas solo ganarán si sus varias supersticiones se cumplen al pie de la letra.
(Vaya, no sé por qué esto me suena familiar.)
Sin embargo, la nueva vida de Pat no va tan bien como él lo hubiera imaginado: la orden judicial hace casi completamente imposible cualquier intento de reconciliación con su esposa, lo deprimen los libros de Hemingway, no consigue empleo, cualquier pequeña discusión es exagerada por la policía local y tiende a volverse completamente irracional y violento cuando escucha My Cherie Amour, by Steve Wonder (bueh, yo lo entiendo; esa canción puede volver loco a cualquiera). Inmerso en su desesperación, se encuentra con Tiffany (Jennifer No Somos Dignos Lawrence), una joven viuda del barrio. Lawrence aparece aquí muy transformada de como la recuerdo en Winter´s Bone Y Los Juegos del Fiambre (¿así se llamaba? creo…). Con solo 22 añitos (que le sientan muuuuuy bien), se ve más suave, más dulce y, de alguna manera que escapa completamente a mi entendimiento, más hermosa que antes; sin embargo, interpreta a Tiffany con todos los bordes que son requeridos en una persona que puede entender a Pat solamente porque esta tan loca como él. La gente la considera una zorra y ella concuerda, Se ríe de Pat debido a su enfermiza obsesión con su esposa y también por el hecho de que sea precisamente ella (con quién está en contacto) la razón que la hace valiosa a los ojos del bipolar.
Tiffany piensa que ella y Pat deberían coger inmediatamente después de ser presentados, pero el bipolar objeta sobre fidelidad y la cala (y es ahí cuando nos damos cuenta de que está completamente loco). Tiffany lo mira con curiosidad, como se mira a un perro que toca el piano. Y nos damos cuenta de que Pat está completamente enfermo. Y todo esto da como resultado la situación excéntrica omnipresente en cada comedía romántica clásica, en la que se involucra un juego Giants-Eagles y un concurso de baile en el que Tiffany obliga a Pat a participar, como forma de chantaje emocional.
La trama se va desarrollando entre música de esa que le encanta a tu chica y que a ti, extrañamente, no te molesta, entre ensayos de baile y muchas discusiones sobre futbol, domingos familiares frente al televisor y un jersey de DeSean Jackson (vaya, no sé por qué esto me suena familiar). Sin embargo, pronto Pat termina arruinando la situación del Giants-Eagles, siguiendo con la tradición familiar de madrearse en los estadios (¡qué chingón es compartir esa clase de cosas con tu familia!). Pero la trama no se detiene, se profundiza. Ahora involucra el resultado del mentando concurso y el clásico Cowboys-Eagles de final de temporada.
Los actores me encantan. No solo los dos protagonistas, sino ver a un De Niro tan cercano. He crecido con las películas del tipo en formato casero y en mis frecuentes visitas a la pantallota y he llegado a esta muy familiarizado con él como actor (no como persona, porque no lo conozco, en caso de que se lo pregunten). Aquí su trabajo es discreto, pero lleno de encanto. Interpreta con maestría a un hombre obsesionado en mandarle buena vibra al equipo de sus amores, lleno de amorosa gratitud hacia su esposa y orgulloso de su hijo-no-loco (ah, porque Pat tiene un hermano abogánster). Sin embargo, también ama profundamente a su hijo bipolar. A su manera trata de ayudarlo, de tener buenos momentos con él mediante discusiones interminables sobre aquella jugada en la que DeSean Jackson fumbleó en la yarda uno (jugada que usa como referencia de una forma magistral) y sesiones de deportes en la pequeña sala familiar. Un hombre de pocas palabras y un cálido corazón.
Vaya, no sé por qué esto me suena familiar.
Uno de los ingeniosos logros del sencillo y genial guión de Russell (inspirado en una novela de Matthew Quick) está en mostrarnos la forma en la que padre e hijo se necesitan mutuamente para enfrentar y resolver sus problemas mentales. Y contra todo pronóstico, los dos están juntos en pos de la misma meta, la misma noche del concurso de baile y del mentado juego de las Águilas contra los Vaqueros. Somos plenamente conscientes de lo convencional de la trama, claro; casi podemos ver los engranes y mecanismos moviéndose dentro de la mente del guionista. Pero es el extraordinario trabajo de todos los actores, la velocidad y la economía oblicua del diálogo, lo que nos muestra que esta cinta está en un nivel superior al promedio de cintas de su género. Entiendo y celebro la nominación a Mejor Película. Silver Linings Playbook es tan buena, que en una de esas y se podría convertir en un clásico instantáneo. Y no creo estar exagerando.