RONIN 浪人 http://technoir.posterous.com Good for Health, Bad for Education posterous.com Sun, 09 Sep 2012 16:11:41 -0700 Por qué amo el futbol http://technoir.posterous.com/por-que-amo-el-futbol http://technoir.posterous.com/por-que-amo-el-futbol
Adam

Amo el futbol porque puede jugarse en cualquier tipo de clima: en la nieve, bajo la lluvia, en un lodazal, con el sol de las doce del día cayendo a plomo, con neblina, de noche, de día, a pesar de lo que digan los políticos y los terroristas, a pesar de la Bolsa y la película Black Sunday, a pesar de que la televisión privilegie el América vs Guadalajara, a pesar de los desastres naturales. Katrina inundó el Superdome de Louisiana pero los Santos no dejaron de jugar un solo partido en 2005. Los ataques del 9/11 recorrieron una semana el calendario, pero todos los equipos llevaron a cabo sus 16 partidos.

Amo el futbol por su simpleza castrense: por lo general gana el equipo que tiene mayor tiempo de posesión del ovoide. Poseer el ovoide es sinónimo de posesión del territorio. Por eso, suele suceder que gana aquel que domina el terreno, como en una guerra. Y digo suele suceder porque hay excepciones. A veces no gana “el equipo que comete menos errores”, ni las defensivas ganan todos los campeonatos. El pigskin, el balón (que no “la pelota”), es la posesión más preciada adentro del campo (que no “la cancha”), pero también hay que saber llevarla a las diagonales. Dicho en otros términos: no solo hay que gustarle a la morra, hay que ligársela y cogérsela bien, amigos. Y cuidarla y quererla, nadie quiere un fumble en su propia yarda 5. Amo el futbol por el touchdown.  Amo al futbol por la vergüenza de propinar un safety: el safety vale poco (2 puntos), pero su costo se mide en moral. Y, oh sí, amo al futbol por el sack: madrear al quarterback atrás de la línea de golpeo es casi el único momento glamoroso de los defensivos, de esos tipejos feos y peleoneros que no suelen salir en los encabezados de los noticiosos deportivos pero que, mierda, cómo se divierten. Los quarterbacks podrán ser el alma de un partido, y de su escuadra, pero hay que aclarar algo: un quarterback sin un equipo detrás es un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho, y un quarterback que solo está ahí para sonreír en la foto es… un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho.

Amo el futbol. Y amo que haya regresado la NFL. Los domingos otra vez se llenan con partidos en estadios llenos. Los lunes, por la mañana, en revisar las secciones deportivas, y por las noches, en ver el MNF encervezado. Me encanta ser un bruto predecible. Amo a las porristas, los encabronamientos de los head coaches, los primero y gol en la yarda 1, las tackleadas con lesión, las recepciones a una sola mano, encabronarme por un castigo injusto, brincar cuando mi equipo hace algo bueno o la caga monumentalmente. Amo los partidos de mi equipo del alma desde 1996 –año en el que oficialmente empecé a ver transmisiones por la televisión, a la tierna edad de 8 años–, los Patriotas de Nueva Inglaterra. El futbol viene pegado con el otoño, con las últimas lluvias y el frío, con las fiestas de esta época del año, con el día de acción de gracias en el que tantas veces me fui de pinta de la escuela (y el año pasado, de la redacción), con los recuerdos de mi infancia. Luego de ver con tristeza la cobertura desmedida que le da la prensa nacional al panbol –como si fuera el único deporte que la gente le interese ver… y no me vengan con el argumento de “es lo que la mayoría prefiere”, no porque no sea cierto, sino porque prácticamente invalida a las demás opciones–, al fin ha vuelto la NFL, mi amor otoñal, la que nunca me ha dejado plantado, la que nunca me ha quedado mal…

Amo el futbol por el gol de campo de Adam Vinatieri con el que los Patriotas ganaron su primer Super Bowl contra los favoritos y virtualmente invencibles Rams, en aquel ya lejano 2002 de Winter Olympics. Amo que Vinatieri y los Pats hayan aplicado la misma dos temporadas después, ahora contra las panteras de Jack Delhomme. Amo el futbol por Tom Brady, Randy Moss, Lawrence Taylor, Walter Payton cruzando el campo como un ninja, Jack Lambert, Randy White, Matt Millen, John Riggins, Mike Singletary, Ray Lewis, ¡La bomba!, el Hail Mary y la Inmaculada Recepción,  Daryl Johnston, Ed “Too Tall” Jones, Drew Bress tirándose 300 yardas por aire en un mal día, Marcus Allen haciendo una escapada mágica en el Super Bowl XVIII, Tebow pegándole a los Steelers, el Music City Miracle, Dwight Clark atrapando ese pase imposible encima de Everson Wall en 1981, Alvin Harper atrapando ese pase encima de Eric Davis en 1992, Eli Manning y sus Gigantes arruinando la temporada perfecta de los Pats en un juegazo, los Gigantes derrotando a los Bills, los Gigantes volviéndole a ganar a los Pats, Tom Brady levantando el Lombardi por tercera vez, John Elway levantando el Lombardi, Brett Favre levantando el Lombardi.

Amo el futbol porque el Super Bowl es un partido entre campeones, no una “final”.

El gran George Carlin alguna vez comparó el beisbol con el futbol. Esto es algo de lo que dijo:

Baseball is a nineteenth-century pastoral game. 

Football is a twentieth-century technological struggle. 

Baseball is played on a diamond, in a park. The baseball park!

Football is played on a gridiron, in a stadium, sometimes called Soldier Field or War Memorial Stadium.

Baseball begins in the spring, the season of new life.

Football begins in the fall, when everything’s dying.

Baseball is concerned with ups – who’s up?

Football is concerned with downs – what down is it?

Baseball has the sacrifice.

Football has hitting, clipping, spearing, piling on, personal fouls, late hitting and unnecessary roughness.

Y lo último resume la mística del futbol. Héroes y villanos. Dioses y payasos. El tercer down, caraxo. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido en medio de un tercer down crucial en nuestras vidas laborales, o en la escuela, o en una relación amorosa? O en una “cuarta y una”. Sabes que si avanzas esa yarda vas a meter el touchdown. Y si no la avanzas, vas a regresar a casa sin NADA. Esa es la mística por la cual Jack Youngblood de los Rams jugó con una pierna rota. Por qué Rocky Bleier de los Steelers regresó de Vietnam sin poder caminar y acabó ganando cuatro Super Bowls. Por qué Joe Namath un día le ganó el campeonato a un equipo de 13-1, y en cadena nacional. Todas esas historias son reales y se han pasteurizado en tarjetas de Hallmark y en los gritos ridículos de los comentaristas de la televisión. Pero son reales. Uno metaboliza como quiere esas historias. Amo el futbol porque me remite a tantos recuerdos personales. El costal donde guardaba mi utilería. El olor de los guantes Mizuno sudados. Y las muñequeras Saranac. Las tardes obsesionadas de Madden NFL en una casa de Ciudad Nezahualcóyotl. La emoción de mi primer PlayStation y el dineral que me costó este juego en la fayuca. El coraje que hizo mi padre cuando Leon Lett hizo su gran tontería en el juego de Acción de Gracias de 1993. La rolita ridícula de los Houston Oilers. Un calendario de los San Diego Chargers  que tenía pegado en mi habitación hace muchos años –el equipo de mi hermano y la habitación que compartimos. Las fiestas descomunales que hacíamos en casa de algún dude para ver el Super Bowl con un par de docenas de borrachos. Los rants en Twitter, navegando entre comentarios villamelones y expertos.

Tengo algún tiempo en desacuerdo con cómo se han dado las cosas en la NFL. La agencia libre. Los excesos del sponsorship. El bajo nivel competitivo. Pero amo al futbol. Así es que esta bella época del año, el otoño, “cuando todo se está muriendo”, en realidad pienso que trae nueva vida. Es una renovación, la verdadera primavera. Y tiene un nombre.

Kickoff, le llaman.

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Tue, 31 Jul 2012 16:10:12 -0700 Prepotencia justificada http://technoir.posterous.com/prepotencia-justificada http://technoir.posterous.com/prepotencia-justificada
Phepls

Los gringos, con la prepotencia que los caracteriza, pueden decir que tienen entre sus filas al mejor deportista olímpico de la historia. Y nadie se los puede cuestionar.

Cierto que Michael Phelps no ha estado tan fino últimamente. El día de hoy iba por dos medallas de oro, una de ellas en su competencia por excelencia, los 200 m. Estilo Mariposa, en la que había ganado cada competencia oficial realizada desde el 2001 (lo cual se dice muy fácil, pero nadie más ha logrado; ni en la natación, ni en ningún otro deporte). Phelps dominaba la prueba desde el principio, lo cual no es común en él. Se le notaba ansioso. Y pagó por ello. En el último instante, la desesperación le ganó: quiso tocar bajo el agua y un sudafricano avivado de 20 años le robó el toque y la medalla. Por primera vez en más de 10 años no se subía a lo más alto del podio en su prueba.

Las pruebas de nado en estos Juegos no nos han dado a una gran figura en lo poco que llevamos de competencia, pero eso es lo normal. Lo normal es que la gloria se reparta entre varios. Lo raro, lo extraordinario, es que algún atleta arrase. Phelps ganó ocho medallas de oro en la alberca olímpica de Beijing hace cuatro años. Y quién sabe cuánto pasará para que podamos ver algo siquiera semejante. Pero supongo que la gente esperaba ver algo parecido esta vez, sino con Michael, sí con la supuesta nueva promesa gringa llamada Ryan Lochte. Pero han pasado sorpresas en la alberca: los franceses, los australianos, los chinos y hasta los sudafricanos se han encargado de que el himno gabacho no suene como se esperaba en el Centro Acuático de Londres. Pero hoy todo cambió. Bueh, desde ayer, pero esa noticia quedó eclipsada por un escándalo de supuesto dopaje que más sonó a reclamo de ardidos, pero así son esas cosas.

Michael Phelps recogió su medalla de plata con un gesto desencajado que se esforzaba por hacer pasar por una sonrisa. Era evidente que estaba sufriendo y que quizá, ni siquiera, se había dado cuenta de que había empatado la marca de más medallas ganadas por un solo deportista en la historia (una tal Larisa Latynina había ganado 18 medallas en su carrera, cuando todavía existía la Unión Soviética y eso). Él solo se preguntaba por qué había cometido un error en el último momento. El único que había cometido en más de 10 años de dominio absoluto en su prueba, lo que se dice fácil pero que, insisto, es totalmente inaudito en cualquier disciplina deportiva. Sin embargo, posaba para las cámaras, mostraba su metal plateado, le lazó su ramo a su familia y seguía tratando de sonreír, a la vez que abrazaba al lepe sudafricano mundialmente desconocido hace apenas una hora, pero que le había robado la Gloria, cual San Dimas. ¡Con cuantas ganas le hubiera partido su madre a ese pinche chamaco! Pero, ya saben, el espíritu olímpico, los ideales y eso. Hay que ser un buen perdedor y Phepls aparentó como los grandes.

Escasos 15 minutos después, llegó la siguiente cita con la Historia (así, con mayúsculas). Esta vez por equipos, en un revelo 4X200 m. Estilo Libre. Lochte, aquél que había perdido el oro en el último segundo contra los franceses (en el relevo 4X100 m. Estilo Libre) y que se había convertido de esperanza a fracaso en solo unas décimas de segundo, abría la competencia. Lo hizo bien, entregando una ventaja que los otros dos competidores gabachos (de cuyos nombres no puedo acordarme) agrandaron. En el último revelo, el de Phelps, la ventaja era evidente: casi un cuerpo y medio, más de dos segundos de tiempo. Una barbaridad. Michael Phelps se sacudió todo: las estadísticas, la Historia (así, con mayúsculas), los TT en twitter, los reportajes, la reciente derrota. Absolutamente todo. Él solo nadó su relevo y entregó, por fin, su primer oro en estos Juegos Olímpicos. Y, pequeño detalle, su medalla Olímpica número 19, lo cual se dice muy fácil, pero es algo que ningún otro ser humano en la historia del deporte moderno puede decir.

Los gringos, con es prepotencia que los caracteriza, pueden decir con una mano en la cintura que cuentan con el mejor atleta olímpico de todos los tiempos. Y nadie se los puede cuestionar.

Y es que aunque en los Olímpicos no hay claros favoritos, sino que los héroes y los villanos van saliendo en el camino, es un lugar común ir contra los estadounidenses. Sin embargo, quizá eso se deba al ardor que nos provoca ver lo buenos que son, los hijos de la chingada. Tanta grandeza en tantas disciplinas distintas… la verdad no parece justo, pero así es. Y tampoco es gratuito o simple cosa del azar. Y aunque han estado perdiendo oros que antes se consideraban seguros y aunque es casi un hecho que China se llevará estos Juegos como líder del medallero, los gringos nos pueden presumir, con una sonrisa presuntuosa en los labios, a un cabroncito de 27 años, oriundo de Baltimore, que nada más ha ganado 19 medallas olímpicas, 15 de ellas de oro. Y las que le faltan, dirán

Es suficiente para casi no aguantarlos, pero así las cosas. Grande, Phelps.    

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Thu, 26 Jul 2012 13:18:31 -0700 Un pequeño post sobre Los Juegos Olímpicos http://technoir.posterous.com/un-pequeno-post-sobre-los-juegos-olimpicos http://technoir.posterous.com/un-pequeno-post-sobre-los-juegos-olimpicos
Olympics-london-2012

Al buen Barón de Coubertin le debemos aquello de que lo importante no es ganar, sino competir. Y también le debemos el concepto de los Juegos Olímpicos actuales, competiciones atléticas inspiradas en aquellas que se realizaban en la ciudad griega de Olimpia durante la antigüedad y que eran dedicados a Zeus y que, dice la leyenda, fueron creados por el buen Heracles. Dichas competencias, igual que las actuales, tenían como objetivo principal averiguar quién era el más rápido, el más hábil y el más fuerte atleta, todo en un espíritu de camaradería y compañerismo. O algo así.

Heracles fue a su vez el que dictamino el espíritu amateur de los juegos, ya que de él fue la idea de no dar a los atletas ganadores premios monetarios o joyas o siquiera alguna exuberante griega para pasar un buen rato, sino simplemente premiar con una humilde corona de olivo a los ganadores. Esto gracias a que él no tuvo ninguna recompensa por los doce trabajos que tuvo que realizar para un mortal cuyo nombre se me ha olvidado y los cuales probaron su valía (más tarde, Heracles se convirtió en el portero del Olimpo, un honor nunca antes concedido a un semi-dios). Coubertin, por tanto, concibió sus juegos como una hermandad de atletas que se reunían cada cuatro años para probar quién era el mejor entre ellos, solamente por amor a la libre competencia y eso. Nada de incentivos económicos que pudieran contaminar el concepto y, por supuesto, nada de atletas profesionales que contradijeran la esencia amateur. No fuera a pasar lo de las Series Mundiales en los años 20 del siglo pasado. O algo.

Claro, Heracles vivió en un tiempo que no se puede medir en siglos, sino en historias contadas al calor de una fogata. Y aunque los ideales son hermosos, vivimos en un mundo cínico, parafraseando a Jerry Maguire. El Barón de Coubertain quizá nunca imaginó una apertura de los Juegos tan fastuosa como la de Beijing 2008, pero estoy seguro de que hasta a él le habría gustado, así como hubiera disfrutado como cualquier otro mortal viendo jugar al Dream Team en Barcelona 92, quizá los profesionales más ilustres que se hayan parado en un podio olímpico. Pero ahora me pregunto qué habría pensando viendo a su querida creación usada como un vil instrumento político más durante la Guerra Fría, viendo los asesinatos de Múnich 72, viendo a los ilustres tramposos del esgrima, viendo los casos de dopaje cada vez más comunes. Y es que aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, parece no aplicar a nuestro mundo cínico. Ya hay mucho dinero de por medio en las competencias olímpicas. Ya no se trata solo de competir, muchas veces ni siquiera se trata de ganar. El sueño se terminó hace mucho tiempo, tanto que no se puedo medir en décadas, sino en tratos cerrados en oscuras oficinas con fuerte olor a puros cubanos y sillones de cuero.

Pero supongo que aún hay algo ahí. Un atleta cuyo nombre no recuerdo en este momento dijo que los Juegos Olímpicos son un mundo feliz, donde todos se conocen, donde no hay hipocresía y donde son todos iguales. Me gustaría pensar en las historias de amor que han florecido en las villas olímpicas. Me gustaría pensar en un humilde morro de algún remoto país africano ganado, años después, una prueba de fondo enfundado en un jersey de Puma y con la bandera de su país portada como la capa de un superhéroe. Yo no estoy en contra de que se les pague a los atletas olímpicos; me parece lo más justo del mundo. Ser un atleta de alto rendimiento es un trabajo y requiere tanto o más dedicación y preparación que ser abogado o doctor. ¿Por qué no pagarles por su esfuerzo? Sin embargo, el que sean amateurs en teoría los hace, quizá, más empáticos, más humanos, que las superestrellas. Solo recordemos que tipos como Roger Federer o la selección de futbol olímpica de Brasil no se quedarán en la villa olímpica. Es solo un pequeño detalle que crece si le prestamos atención.

Los Juegos Olímpicos, quizá por su historia mitológica, quizá por los elevados ideales con los que fueron refundados, quizá por aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, juegan en una liga propia. No compiten con el Mundial, con el Super Bowl, con la Serie Mundial de Beisbol o con la Champions League. Los juegos Olímpicos están más allá de eso. Sus ceremonias de apertura desde siempre han sido más fastuosas que las de cualquier otro evento. Históricamente, han servido a otros propósitos más allá del simple deporte, algunos de estos nobles y otros no tanto. Son instrumento político, son armas de propaganda, son hervidero de rumores, sor armas de doble filo para la economía de los países que los organizan y también son un mundo feliz. Los Juegos Olímpicos han tenido momentos de gloria, de vergüenza. Han visto pelear al mejor peso completo de la historia, aquél humilde muchacho de Alabama quién, a su regreso después de ganar el oro, no fue admitido en un restaurante debido a su color de piel, por lo cual tiró la medalla conseguida a un rio. Son las canchas de futbol olímpicas las que nunca han visto ganar a los brasileños, los amos y señores del futbol profesional. Fue aquél podio en México 68 el que vio una manifestación del Black Power mientras se entonaba el himno de los Unites. Los Juegos acogieron la rutina de 10 de Nadia Comaneci y el surgimiento del “Tema de Nadia”, canción favorita de las quinceañeras en los ochenta y que ni siquiera se llamaba así. Fue al final de unos Juegos Olímpicos  cuando se vio llorar a Misha.

Tantas historias, tantas leyendas urbanas, tantos momentos memorables.

Los Juegos Olímpicos han cambiado, claro. Los récords actuales no son obra de la casualidad. La tecnología ha entrado de lleno, como en cualquier otra competencia profesional. Pero la inmensa mayoría de los atletas olímpicos, incluso los medallistas, siguen con un perfil bajo durante los cuatro años que pasan entre competencia y competencia. Y es que, seamos sinceros, ¿quién ve un Mundial de Atletismo, o de Natación, o de Gimnasia? ¿O es que alguno de ustedes me puede decir, sin consultar internet, quién es el gran favorito para ganar el próximo maratón? Y eso está bien, en mi opinión. Un atleta olímpico sabe que solo tiene 2 o máximo tres Juegos Olímpicos para inscribir su nombre en la historia, para dejar huella. Muchas veces solo tienen una oportunidad, muchas veces tienen más, pero eso nadie lo sabe. Por eso se brindan al máximo, por eso lo dejan todo. Porque no son Messi, que igual puede hacer el ridículo en la Copa América, pero que meses después ganará la Champions y todos felices. Los Juegos Olímpicos suelen ser injustos, el camino que conduce a ellos es traicionero, porque aunque no sigamos sus competencias, estas existen y son exigentes y en cualquiera se puede presentar una lesión que acabe con el sueño de manera cruel. Los atletas de alto rendimiento comienzan desde niños, uno que otro más tarde, pero todos saben de levantarse en la madrugada, de entrenamientos extenuantes, de recuperaciones, de fracasos, de victorias. Es por eso que no hay hipocresía en una villa olímpica, porque ¿qué puedes contar que sea nuevo para tus compañeros? Es por eso que los Juegos Olímpicos siguen siendo un mundo feliz, porque no importa cómo te llames tienes que hacer grandes sacrificios para ganar. Y siendo como son, todos miembros de una ilustre estirpe, saben reconocer mejor la grandeza de sus compañeros. Porque en los últimos tiempos se ha demostrado que lo importante no es ganar, sino ser patrocinado.

Claro que, en la inmensa mayoría de los casos, solo a los ganadores se les patrocina, pero se han dado casos, ya saben.

Mañana inician oficialmente otros Juegos Olímpicos. Por tercera vez en Londres. Se ha especulado tanto sobre la ceremonia de apertura, pero lo único claro es que no será como la de Beijing (aunque también es seguro que no decepcionará). Y es que aquella sirvió para algo más que dar la bienvenida a los atletas, pero ustedes ya saben eso. Estos serán los Juegos de  la austeridad, del sentido común. Pero no por ello serán humildes, claro que no. Hasta donde sé, Danny Boyle, el otrora enfant terrible del cine británico y ganador del Oscar, es la mente detrás de la ceremonia de apertura, en la que se presume estará Sir Paul McCartney. Hay grandes atletas que vienen con todo. Se esperan grandes duelos en atletismo, en natación, en gimnasia, en vóley bol, en tenis. Y también se esperan sorpresas, aquellas que siempre se roban la cámara y acaparan nuestra memoria. México, no nos engañemos, tendrá suerte si repite la actuación de hace cuatro años, pero esa es otra historia. En los Juegos Olímpicos no importa tanto el orgullo nacionalista, sino simplemente celebrar la grandeza, no importa de donde venga.

Se nos vienen dos semanas más un fin de semana en la que ellos, los atletas de alto rendimiento, casi anónimos durante los últimos cuatro años, volverán a las portadas de los diarios, volverán a estar en todas las conversaciones. Serán nuevamente las estrellas. Solo por eso vale la pena celebrar. Porque se lo merecen.

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