Post de domingo por la tarde
Domingo por la tarde. Dizque lluviosa, aunque pronto se calmó. Todavía con la resaca del futbol olímpico y una noche (tarde en México) de sábado dorada para el atletismo británico. Primero ganado en el heptatlón femenil con Jessica Ennis, uno de los estandartes publicitarios de los Juegos cuya imagen se podía encontrar en todos lados. Una medalla esperada y que no decepcionó. Después vino otro atleta británico a ganarse el metal áureo en salto, una presea sí del todo inesperada, pero alegre. Pero nada comparado con el casi épico triunfo en los 10,000 m. del británico Mohamed Farah, nació en la Somalia Británica y que hizo estallar a un repleto Estadio Olímpico que estaba viviendo una jornada mágica. Una como aquellas que soñaban tener cuando se les designaron como anfitriones de estos Juegos pero que, por lo mismo, creían que nunca pasarían. Pero estaban pasando.
Por cierto, un jamaiquina (o jamaicana) chaparrita y guapilla ganó los 100 m. planos. Primer round para Jamaica en pruebas de velocidad.
En el Centro Acuático, momentos antes, Michael Phelps se subía por última vez a un podio olímpico, esta vez en el relevo 4X100 m. Estilos. Phelps se encargó de tomar la delantera con el estilo mariposa, que hizo suyo a lo largo de su carrera. Al final el saldo fue de 22 medallas olímpicas, 18 de oro. Creo que queda claro qué clase de atleta fue y lo afortunados que fuimos por verlo en acción, en vivo. Los argumentos que muchos periodistas latinoamericanos dicen en su contra, más que irritantes, son patéticamente jocosos. El tipo es gringo, sí, pero es el mejor.
México, por cierto, sufrió en un partido de futbol matutino (vespertino en Londres), pero al final pudo despachar a una enjundiosa Senegal, que representó como nadie las cualidades y defectos del futbol africano. Como sea, el Tri (que pendejada) pasó a semifinales del torneo olímpico (aquél que los ardidos españoles se encargaron de vilipendiar, después de su ridículo), donde se verá las caras con Japón. En la otra llave, la eterna Brasil esperaba a la Gran Bretaña. Pero como una jornada no podía ser completamente dorada para ellos, después de lo del Estadio Olímpico, jugando en la capital de Gales, Gran Bretaña fue despachada por Corea del Sur. Otra vez en cuartos de final. Otra vez en los putos penales. Lo cual ya no sorprende a nadie. Los británicos (y sobre todo los ingleses) tienen el drama en las venas. Para ellos su selección de futbol y sus equipos siempre son favoritos. En todo (Mundiales, Eurocopas, Juegos Olímpicos, Champions League). Pero cuando pierden (y ellos saben que siempre van a perder… muy en el fondo, pero lo saben), son los primeros en criticarlos y en decir: “claro que tenían que perder, somos un fracaso”. Y bla, bla, bla. Esta propensión casi genética para el drama es la que los ha hecho grandiosos en muchas cosas y la que hace que vivan con las emociones a flor de piel. Pero las controlan. La fachada inglesa que históricamente les hemos dado, gracias a Dickens y eso, no es por una ausencia de emociones, sino por un esfuerzo sobrehumano por controlarlas en cada momento.
Así son ellos. Lo cual me parece grandioso.
Domingo. Maratón femenil (pueden ver quién ganó en la red) y Federer por una cita con la historia. La última oportunidad para ganar el único torneo que no ha ganado, la presea que le falta. Enfrentaba a un casi famélico Murray, quién se ve como uno de esos ingleses que siempre imaginamos, aunque el tipo es escocés. La victoria de Federer no era cantada, pero se esperaba. Y nada. Murray lo barrió en tres sets, en los que lució más que dominante, para terminar el match en menos de 2 horas. Federer, humillado, se despidió del último tren que le quedaba para ganar una medalla de oro en Juegos Olímpicos. Sigue siendo, en mi particular punto de vista, el mejor tenista que alguna vez se haya parado en cancha alguna, pero su falta de carisma y su ausencia de la presea dorada lo ponen detrás de otras leyendas que quizá, siempre estén encima de él.
Lo cual es muy triste, la verdad.
Como sea, México ganó una medalla más en clavados (esta vez de bronce), una china ganó el oro en levantamiento de pesas (categoría de peso completo) y un irlandés le partió su madre a un enjundioso mexicano en boxeo. La pista aguardaba, mientras se llevaba a cabo la final del Lanzamiento de Martillo, de los 3000 m. Steeplechase y de los 400 m. planos para mujeres. Pero todo era un preámbulo. Durante la tarde moribunda londinense (mediodía en México) habíamos visto las semifinales de los 100 m. planos para hombres. Nada de sorpresas. En la final estaban los que debían estar. Siete de los ocho competidores habían pasado a la final bajándole a los 10 segundos. Histórico. Pero el repleto Estadio Olímpico solo tenía ojos para el jamaicano (o jamaiquino) que correría en el carril 7.
Su nombre es Usain Bolt.
Este no es el espacio para poner su biografía, que seguramente ya deben haber leído en wikipedia con tal de impactar a esa compañera de trabajo que no sabe nada de deportes, pero que está bien chula, la condenada. El punto es simplemente reconocer la grandeza del morenazo que en Beijing hizo historia y que hoy volvió a repetir. Nueva medalla de oro y nuevo récord olímpico. Algo que hasta ahora solo había hecho Carl Lewis. Y Bolt es incluso más simpático que el hijo del viento. Recordamos su sonrisa casi tanto como sus zancadas, sus bailes previos como los del festejo posterior. Bolt es humano, lo hemos visto frustrarse, enojarse, fracasar estrepitosamente. Pero siempre regresa. Hoy tenía una cita para pasar una prueba que lo elevaría de inmediato al recinto de los Inmortales. Y cumplió como los grandes. Jamaica ganó el segundo round en pruebas de velocidad.
Bolt podrá ser todo lo humano que quieran, pero es el cabrón más rápido de la historia.
Usain todavía tiene cuerda en estos Juegos. Hemos dejado la alberca, pero continúa la acción en la pista. Pronto vendrán más pruebas en gimnasia, en taekwondo, en atletismo, claro. Inicia la segunda semana de los Juegos de la XXX Olimpiada. Más rápido de lo que cualquiera desearía, y es que es muy fácil acostumbrarse al deporte de este nivel, a tantas pruebas, a tantas disciplinas misteriosas y apasionantes. Pero tiene que terminar, aunque no es momento para pensar en eso. Todavía queda tiempo, todavía vendrán más historias, más momentos, más medallas. Hay que disfrutar mientras se pueda.
Los dejo con esto:
Yo voy a ver Brave. Ya les cuento.
