Peyton doesn't live here anymore
Como todo mundo sabía (pero a la vez, todo fan de los Colts prefería no creer), ayer se dio el adiós de Peyton Manning, quarterback oriundo de Nueva Orleans, quién durante los últimos 14 años se encargó de dirigir los ataques del equipo de Indianápolis. Manning, próximo a cumplir 36 años, se ha convertido en el agente libre más codiciado de los últimos años, después de que la gerencia general de su antiguo equipo prefirió no arriesgarse a otra temporada desastrosa y optar por la reconstrucción completa. Así se ha acabo una historia que durante el último año pareció estar llena de drama y hasta de vestigios de ingratitud. Una despedida largamente anunciada, que por un momento nos ha hecho recordar la salida por la puerta de atrás de figuras legendarias como Joe Montana o Brett Favre, quienes a pesar de marcar una época dentro de sus equipos, se han visto en la penosa necesidad de retirarse con otros colores, a veces de manera por demás lastimera.
Claro, Peyton Manning no es Joe Montana. Ni mucho menos. La verdad es que Manning representa todo lo que es un atleta en los tiempos actuales: alguien con soberbias capacidades físicas, pero sin un gramo de carisma en el cuerpo. Si, el Síndrome de Roger Federer. Los que hemos visto jugar a Peyton en sus mejores años no podemos negar la potencia y precisión de sus lanzamientos, así como su capacidad de liderazgo, que aunque tardo en desarrollarse, es innegable. Pero a la vez el tipo tiene una personalidad sumamente parca, durante mucho tiempo solamente era un regañón recalcitrante más que un líder y cuando las cosas no salían, era el primero en perder la calma. Los fans de los Colts seguro le agradecen el haber sacado al equipo de la mediocridad y convertirlo en un contendiente eterno, siempre en lo más alto de su División y siempre peleando playoffs o finales de Conferencia. Pero a la vez seguro que la gran mayoría de ellos, de manera interna, lo ven como alguien que durante toda su carrera sufrió de “la maldición de la post temporada”. Nunca importaron su récord de yardas por aire en temporada regular, sus múltiples premiaciones como MVP de la Liga, sus campañas cuasi perfectas y sus triunfos aplastantes, o mucho menos los comentarios de expertos y villamelones que antes de comenzar unos playoffs siempre daban como favoritos a los Potros que él comandaba; casi siempre no había nada más que decepción a la hora buena. Manning solo ganó un Super Bowl en los 14 años que jugó en Indianápolis, lo cual para alguien con su talento y considerando la clase de jugadores que lo acompañaban, es muy poco si me preguntan.
Peyton Manning es el Dan Marino actual, si consideramos la historia de Tom Brady como la del Joe Montana actual. Peyton y Tom nos regalaron partidos increíbles durante la década pasada, y en ellos casi siempre salió avante el QB de Nueva Inglaterra, lo cual es bueno pero nunca fue fácil. Creo que mucho del mérito que han tenido los triunfos en Super Bowl de los Pats es que para conseguirlos tuvieron que dejar tendidos en el pasto a un equipazo como los Colts. Si, Indianápolis es el gran perdedor de la década pasada, quizá mereciendo más títulos, pero al final quedándose eclipsado por el triunfo de los rivales. Ayer, cuando veía la conferencia de prensa y a Peyton diciendo adiós con lágrimas en los ojos, no pude dejar de pensar en el tipo con el jersey 18 de los Potros que dejó el Gillette Stadium derrotado, madreado y humillado por los Patriotas, quienes le ganaron la Final de Conferencia de la campaña del 2003 con un marcado de 24-14. En dicha temporada, Peyton había sido nombrado por primera vez en su carrera como MVP de la Liga y su equipo era el favorito de propios y extraños para llegar al Juego Grande, después de hacer pomada en los playoffs a Denver y a Kansas City; pero en la mentada final, la defensiva de los Pats lo maltrató de fea forma, interceptándolo 4 veces y capturándolo otras tantas. Esa fue la primera gran humillación de Manning. Y lo peor del caso es que no fue la última.
Sí, siempre eran los Patriotas los que se interponían en su camino hacia el título. Y si no eran ellos, eran los Acereros del muchachote Roethlisberger los que los dejaban en el camino. Y en los últimos años, su coco era nada menos que los Jets del “mexicanísimo” Mark Sanches. Chale. El punto era que Manning parecía ser el perdedor eterno por excelencia, cuyo único consuelo parecía ser el hecho de que jugaba mejor que Philip Rivers. Sin embargo, su hora llegó en la temporada del 2006, cuando de nueva cuenta se enfrentaban en una Final de Conferencia con los Patriotas, solo que esta vez la jugaron en casa y esta vez el buen Manning decidió jugar un playoff como si fuera un partido de temporada regular: con huevos. Al final se le hizo a Peyton dejar en el camino a Tom, con un juegazo en el que lo que más recuerdo era su forma de rezarle a la Virgen de Guadalupe para que las cosas le salieran mal a Brady en la última serie del partido Y así fue (ignoro si ya cumplió su manda de peregrinar la Villa de rodillas) y Peyton llegó a un Super Bowl por fin y, ¿qué creen?, hasta lo ganó. A los Osos de Chicago, en uno de los Súper Tazones más chafas de los últimos años. Pero al menos ganó su anillo.
Y… eso fue todo. Después, claro, vinieron más triunfos en campaña regular, más designaciones como MVP, más viajes al playoff y sí, más decepciones. Los Colts solamente pudieron llegar a otro Super Bowl, pero ahí se toparon de frente con los Santos de Drew Brees y se quedaron otra vez con las ganas. Poco a poco el equipo de Indianapolis se fue haciendo cada vez más viejo y más dependiente de la calidad de Peyton, la cual poco a poco se fue diluyendo, como es normal. Ya lucía lejano el año de 1998 (¡hey, el mismo del Mundial!) en el que habías llegado al equipo en una primera selección de draft. Y las lecciones poco a poco comenzaron a cobrarte factura, al grado que en la campaña anterior ni siquiera apareciste y tus Colts solo pudieron ganar 2 miserables juegos y se convirtieron en el hazmerreir de la Liga. Y ahora: bye bye Peyton. Ya no hay lugar para ti, sobre todo por el presupuesto y eso. La sangre nueva (más barata y llena de ilusiones) viene en camino, en la persona de un lepe próximo a cumplir 23 años que se hace llamar Adrew Luck y que tendrá, primero que nada, ganarse la confianza de una afición que te tiene muy presente. Porque es tu afición, Peyton. Todavía lo es. Digo, hasta el número 18 va a ser retirado. Es como un buen homenaje o algo.
Indianápolis es un lugar frio, como nos pudimos dar cuenta por los pornoreportajes de Inés Sainz previos al pasado Super Bowl (snif). Y la afición de Indianápolis no está muy acostumbrada a los grandes logros de sus equipos deportivos. De hecho, es una ciudad sin equipo de la MLB (beisbol, pues) y cuyos Pacers hace mucho que no dan una en la NBA. Solo tienen su automovilismo (sí, las 500 millas de Indianápolis se realizan en Indianápolis). Ah, y a sus Colts. Y hasta ahora, la gran figura de sus Colts es Peyton Manning, aquél que vino a cambiarlo todo, para bien. Solo basta recordar que la gran leyenda de los Potros, el Inmortal Johnny Unitas, jugaba en el equipo cuando todavía eran de Baltimore. Por eso alguien incluso tan parco como Peyton fue capaz de ganarse el corazón de sus fanáticos, quienes no querían dejarlo ir. Pero al final la decisión se tomó en una sombría oficina impecablemente decorada. Cerrojazo final a la época de Manning, el eterno perdedor que por otro lado le hizo saber a la gente de Indianápolis que sí se puede y los acostumbro a ganar. Y ahora la afición va a exigir ganar. Espero que el tal Andrew Luck venga con el apellido a todo lo que da, porque va a necesitar toda la suerte del mundo para regresar a los Colts a los primeros planos.
Mientras tanto, el buen Peyton prepara las maletas y tiene su vista puesta en pastos más verdes. No esta tan viejo como se ve (al menos para un QB) y en una de esas todavía puede dar unas dos buenas campañas como mariscal de campo. Chance y hasta tres. La cuestión ahora es, ¿dónde? Los rumores apuntan a Washington y a Miami, equipos que parecen tener lo necesario para cobijar a un QB experimentado, el cual parece ser el único ingrediente faltante para ser competitivos. Hay muchos que lo pinta de Cardenal de Arizona, incluso hasta de Vikingo de Minnesota. Y por ahí me corrieron el rumor de que hasta los Burros Blanco de Politécnico levantaron la mano para traerlo a México, donde seria cobijado por las purristas de guinda y blanco y el mambo del maese Pérez Prado. Pero creo que los más necesitados de un QB de las características de Peyton son los Jets y los Cowboys, equipos que lo tienen todo (y lo han demostrado) excepto un Mariscal capaz de dar el siguiente paso. Claro que para llegar ahí, tendría que sentar en la banca a 2 cabroncitos de dizque sangre mexicana y no muchas ganas de ser eclipsados, pero eso es lo de menos. Digo, si los Niners corrieron a Montana, los Packers corrieron a Favre y hasta los Colts corrieron a Manning, ¿qué le impide a los Cowboys correr a Romo? Más bien, ¿por qué no correr a Romo?
Como sea, es claro que este no es el final de la carrera de Peyton Manning, por lo que este no es, ya saben, “el adiós a un grande”. Vamos a ver a Peyton en la próxima campaña y en una de esas va a ser como una de sus buenas campañas. Y en una de esas y hasta se deja de mamadas en postemporada y vuelve a ganar un Super Bowl. Y es que quizá la máxima humillación de Peyton está por llegar. Será el próximo Día de Acción de Gracias, en la casa de la señora Manning, cuando la atención recaiga en Eli, el hermano menor, quién de niño heredaba los apestosos tenis de Peyton y los pantalones rotos de Peyton y las sudaderas viejas de Peyton, pero que ahora (¡oh, ironías de la vida!) tiene más de anillos de campeón que Peyton. El doble, para ser exactos. Y eso tiene que doler.
Es hora de acallar las voces, mi buen Manning. Te esperamos en Foxboro en enero, por si se te antoja una paliza más.
La canción, por cierto, no tiene nada que ver. Es solo que la escuché esta mañana y no la puedo sacar de mi cabeza.