Octubre
Octubre es mi mes favorito del año y en parte se lo debo a una chica. En esos entonces, cuando estábamos juntos y cuando la vida era en cierto sentido más simple y un poco mejor, ella se ponía toda romanticona y querendona en este mes, achacandoselo a "las lunas de octubre". Y es que sí, la luna en este mes es algo espectacular de ver. Borges, en el prólogo increíble que escribió para la edición en español de Crónicas Marcianas, nos cuenta sobre la luna:
A principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos
Creo que, ante eso, es poco lo que podemos agregar.
Además de la luna, octubre representa el mes de lo oscuro, de lo sobrenatural. De los espantos, pues. Soy un fan consumado de esas ondas y un creyente, como muchos de ustedes saben. Me encantan el Halloween y en Día de Muertos. Me encanta la atmosfera tan particular que tienen dichas festividades, tan diferentes de las del invierno y la primavera (en verano no se celebra nada, otra razón por la que el verano apesta). Nunca he visto un fantasma, pero tengo muy presente ciertos momentos en el cine y la literatura en los que los aparecidos tienen un lugar preponderante. Me viene a la mente la escena de la niña secuestrada y muerta, quién se le aparece a su papá y lo hace reír con el chiste más cruel que recuerdo, en Sympathy for Mr. Vengeance. Dos fantasmas patéticos y favoritos personales aparecen en el capítulo conocido como “Circe” de Ulises (sólo “conocido como”; Joyce nunca tituló los capítulos de Ulises). En este alucinante episodio, el número 15, Stephen y Bloom bajan a una especie de submundo donde, además de embriagarse, tienen toda clase de visiones esquizoides y sobrenaturales. Stephen, el joven dublinés, se encuentra con el fantasma de su madre, el cual lo insulta; el encuentro de Bloom es mucho más estremecedor: sabemos que Leopold Bloom, el protagonista de la novela, alguna vez tuvo un hijo con Molly, su esposa, al cual bautizaron como Rudy. El bebé, sin embargo, murió a los 11 días de nacido. Rudy Bloom se aparece en los últimos momentos del capítulo “Circe” como un puberto de 11 años de edad (la edad que tendría de no haber muerto), vestido con un traje Eton y leyendo un libro. Es un fantasma mudo, y su figura contiene el terror de un padre viendo el fantasma de un hijo muerto. Pero también es un momento dulce, o al menos agridulce. En la última línea del capítulo, Rudy Bloom observa a su padre a los ojos y, extrañamente, un corderito se asoma por el bolsillo de su abrigo:
(Silent, thoughtful, alert, he stands on guard, his fingers at his lips in the attitude of secret master. Against the dark wall a figure appears slowly, a fairy boy of eleven, a changeling, kidnapped, dressed in an Eton suit with glass shoes and a little bronze helmet, holding a book in his hand. He reads from right to left inaudibly, smiling, kissing the page.)
BLOOM (Wonderstruck, calls inaudibly.) Rudy!
RUDY (Gazes unseeing into Bloom’s eyes and goes on reading, kissing, smiling. He has a delicate mauveface. On his suit he has diamond and ruby buttons. In his free left hand he holds a slim ivory cane with a violet howknot. A white lambkin peeps out of his waistcoat pocket.)
Y así, Joyce nos enseña que los fantasmas pueden ser algo hermoso.
Pero octubre es algo más también. Octubre es otoño. El otoño, que es "cuando todo empieza a morir", según palabras del maese George Carlin. Es en esta época del año en la que las hojas son de diferente color (bueh, no aquí en la ciudad; o al menos no tanto), en el que la luz es menos y los días son un poco más fríos y un poco más melancólicos. Mucha de mi inspiración personal viene en este mes y con estos climas. Me recuerda, no sé, me recuerda la bruma sobre un bosque inglés en una película de 1964 filmada en tecnicolor. Me recuerda el color del whisky barato que compraba en mis primeras pedas. Me recuerda el horrible suéter de los Osos de Chicago que me regaló mi padre a los cinco años y que solo usé una vez, en una excursión a Michoacán. Me recuerda el Dark Side of the Moon y la vez que lo escuché completo cuando una novia me botó. Me recuerda el Clásico de Otoño; mi familia y yo viendo los 12 minutos más grandes de la historia deportiva del H. estado de Arizona, extasiados. Me recuerda a Truman Capote y esa obra maestra llamada Breakfast at Tiffany´s y aquélla parte en la que el narrador (del que nunca sabemos su nombre) y Holly Golightly van a su cabalgata de despedida en Nueva York y la luz se filtra por las hojas moribundas que forman un velo entre la tierra y el cielo y el momento es tan increíble que se olvida la tristeza de la despedida:
“See?” She shouted. “It´s great!” And suddenly it was. Suddenly, watching the tangled colors of Holly´s hair flash in the red-yellow leaf light, I loved her enough to forget myself, myself pitying despair, and be content that something she thought happy was going to happen. Very gently the horses began to trot, waves of wind splashed us, spanked our faces, we plunged in an out of sun and shadows pools, and joy, and glad-to-be-alive exhilaration, jolted, through me like a jigger of nitrogen. That was one minute…
Es un libro maravilloso. La versión cinematográfica, fuera del estilo, la dirección y Audrey Hepburn, siempre me ha parecido, cuando mucho, bastante inferior.
Octubre es mucho más que el décimo mes del año. Más que el nombre de un disco de U2. Octubre significa muchas cosas en mi vida. Octubre me pone en el mud de muchas cosas. Octubre destila aroma a madera quemada y a lluvia para mí. Octubre es futbol americano. Octubre es películas de terror, orientales y occidentales. Octubre es maravilloso.
Xoder, amo este puto mes.