Noche azul... Y Lampard rifa
Como la gran mayoría de ustedes saben, mi equipo de futbol favorito de esta galaxia y sus alrededores es el Manchester United (aunque del cómo me convertí en un red devil de por vida es mejor hablar en otro post). Debido a mi amor por los diablos rojos (los de a de veras), es que he seguido con más atención la Premier League británica que, por ejemplo, la Serie A italiana o la propia LFP española, lo que me ha permitido apreciar muchos juegos del Chelsea, el equipo que nos ocupa este día. El equipo que me alegro el día.
Gracias a mi afición por la Premier, desde hace mucho me he inclinado por los equipos ingleses en las competiciones europeas, lo que me ha hecho gozar más las victorias de estos últimos, como aquella épica coronación del Liverpool en contra del Milán de Kaká (quizá el mejor partido de futbol que he visto en mi vida). Y también, claro, sufrí como propias las derrotas del Arsenal, un equipo con un juego grandioso, pero que siempre ha tenido muy mala suerte. Por lo cual, se puede adivinar que la victoria del Chelsea sobre el Bayern Munich en la Final de la Champions League de este día tuvo ese sabor especial de todas las coronaciones inglesas. Pero además, aquí hay que agregar otro factor: la consagración de uno de mis jugadores favoritos de siempre. Y estoy hablando de Frank Lampard.
Lampard es de esos jugadores que nacen, si acaso, cada generación. Uno de los mediocampistas más aguerridos, pero a la vez más elegantes a la hora de jugar. Con un toque privilegiado, una técnica exquisita y una capacidad de liderazgo innata, el tipo estaba llamado a ser uno de los grandes ganadores del futbol actual. Sin embargo, tomó su decisión: se quedó en el Chelsea y ahí de ha mantenido, un tanto a la sombra del panorama mundial y hasta del panorama local: hay que recordar que el gran capitán del equipo es John Terry y la figura indiscutible es Didier Drogba. Sin embargo, Lampard es eterno. Siendo ya un veterano, su calidad no ha disminuido ni un ápice, así como su nivel de entrega para con el equipo de sus amores. Él podrá no ser la estrella, pero es el que más corre, es que más participa y el que más sobresale en los momentos difíciles. Estamos hablando de un tipo que sin tener los reflectores de un Xavi Hernández o la fama de un Ozil, se lleva a los 2 de calle y por mucho.
Frank Lampard es el integrante más talentoso de la llamada Generación de Oro inglesa, aunque nunca pudo ganar nada con su selección. Y esa maldición parecía acompañarlo en su club, donde parecía que nunca iba a dar el gran paso. Pero al final se hizo justicia y hoy levantó la Orejona. Y pocos lo han merecido tanto como él.
Pero el Chelsea no es un puñado de individualidades. Hoy nos dieron un ejemplo de un juego de conjunto casi perfecto… tanto que es difícil decidir quién fue el protagonista del encuentro. Lampard, como siempre, se mató en el terreno de juego. Ashley Cole estuvo impasable en la defensa. Chec, el eterno guardamenta de indumentaria tan identificable, dio el partido de su vida, sobretodo en la ronda de penales. Y claro, Didier. Didie, a quién tanto le debía el futbol. Drogba es un crak en toda la extensión de la palabra, pero tenía el problema de que siempre fallaba en los momentos importantes. Recordemos aquella final de Champions del 2008, contra el ManU, cuando se fue expulsado de una manera casi infantil, estúpida. O la lesión que lo marginó del pasado Mundial. Sin embargó, Didie cobró lo que le debían el día de hoy. Fue gracias a su insistencia incisiva y siempre peligrosa que el Bayern no se agregó nunca alegremente al ataque. Fue un gol suyo el que revivió al equipo a 4 minutos del final, cuando estaban más que muertos. Y fueron sus pies los que anotaron el penal definitivo. Didier hoy vivió una noche mágica de redención al estilo Ronaldo en el 2002. Y eso también me alegró.
Y claro, hay que decir que quizá más allá de los jugadores, quién disfrutó más de este titulo fue aquél tipo impecablemente vestido a quién Didie le pasó la Copa en el paroxismo de la celebración. Ese es Roman Abramóvich, un multimillonario ruso que un buen día, por allá del 2003, decidió comprar un equipo de futbol solamente porque le encantó su estadio. A partir de que llegó al Chelsea, Abramóvich ha convertido al humilde equipo londinense con una historia más que nada perdedora en un protagonista de la Premier y un contendiente serio en Europa. Y todo esto lo ha logrado poniendo mucho, pero mucho dinero en el equipo (¡saludos a Jorge Vergara!). Y con esto, Abramóvich no solo ha creado a un gigante europeo prácticamente de la nada, sino que también ha cambiado para siempre el concepto en el que se comercializa el futbol moderno. Las contrataciones millonarias, los estadios de primer mundo, los derechos de transmisión de las Ligas, el impacto global de la Champions, el pagar cifras escandalosas por poner una marca en la playera de un equipo… bueh, todo eso comenzó en Stanford Bridge. Y ya dio resultado. El sueño de Abramóvich era ganar la Champions y ya lo logró. Y solo él nos puede decir si pagar 500 millones de euros es poco por cumplir un sueño. Déjenme preguntárselo cuando lo vea.
Hoy el día fue azul. Y la noche pinta bien. Albricias por el Chelsea.