Música para levantarte. Y escribir
Hoy, como todos los jueves, tuve que levantarme temprano para intentar llegar a mi clase de siete. A quién caraxos le interesa eso? podrían preguntarse con razón. A nadie. Somos la Generación de la Importancia: le damos importancia a todo, ya sea el calentamiento global, los volcanes activos de Islandia que desquician a Europa o la crónica de un pendejete que fue al concierto de Muse al que nosotros no pudimos ir. Todo es importante porque está escrito, y está escrito porque es importante. Y déjenme decirle que esas son glumamadas. El hecho de que lo vean publicado en un blog de mierda (como este) no es sinónimo de que sea realmente importante. Créanme, o no lo hagan si no quieren y tomen al pie de la letra las estúpidas especulaciones sobre el fin del mundo hechas por el cabrón cuya página de wordpress esta recatada de publicidad google gracias a sus cientos de visitas diarias y cadenas de comments que llegan al millar. El arrastre no es sinónimo de calidad cuando se trata de la literatura on line, o eso es lo que me dice mi autoestima desde hace 4 años, más o menos, que es el tiempo que llevo en esto de los blogs. Y eso es algo sin importancia también.
Hoy amanecí de mal humor y no solo por tener que levantarme temprano, desvelado y crudo y de mal humor para intentar llegar a mi clase de siete. Ya estoy más o menos acostumbrado a esas vesches. Verán, aquella mierdecilla de que uno se acostumbra a todo es cierta. Ahora, si eso es bueno o malo, depende de ustedes, creo. Y levantarme temprano no me molesta tanto si sé que es para intentar llegar a mi clase de siete, en la que incluso puede que aprenda un par de cosas o algo. En fin, que sienta que no es un desperdicio, como alguien podría pensarlo de quedarse en cama, echándote mientras contemplas si el alivio de orinar compensa la molestia de levantarte y caminar hacia el baño. Ahora bien, envidio a los que no se preguntan eso y lo hacen. Punto. Envidio a esa clase de tipos que se levantan un miércoles a las 11 de la mañana con el cabello alborotado y el aliento putrefacto y los boxers de 3 días y que solo se sientan en un sillón a comer cheerios y a ver el mismo pendejo programa de talk-show filmado en Miami una y otra vez. Y eso no lo hacen solo un miércoles, sino cientos de ellos, quizá miles. Envidio (y mucho) a los paikis. Yo probé la pakiedad algunas veces, no es para mí. Eso no quiere decir que yo sea Mr. Productivo, la clase de güey que te aburre con su cantaleta de que "NO PUEDO VIVIR SI NO SIENTO QUE ESTOY HACIENDO ALGO, APROVECHANDO MI VIDA Y MI TIEMPO AL MÁXIMO!" Y que se cagan sobre los pobre paikis como las personas nos cagamos sobre el inodoro. No, me encanta la hueva. Pero me falta lo necesario para hacer de ella un estilo de vida. Puedo pasarme un fin se semana encerrado en mi queo, pidiendo pizzas y 4 six-packs de Miller Higt Life a domicilio y jugar en mi Xbox hasta que mis pulgares se quejen en voz alta o ver las mismas trilogías fílmicas una y otra vez o hacer maratones de The Wire o The Sopranos o Medium. Puedo hacer esto 2 fines de semana seguidos, quizá 3 o incluso 4 días cuando estoy de vacaciones, pero siempre considero eso como mi límite de paikiedad. Después de eso tengo que bañarme, comer sano en algún pendejillo restaurante, ver a alguien, ir a la universidad o a la fuente de ingresos como los antiguos aqueos al Oráculo de Delfos. Tratar de engallarme con aquello de aprovechar el día. Tratar de bajarle al alcohol y al café, para después volver a ellos con singular alegría porque la vida productiva y sana es una hueva total, una completa guacarada en la xeta de nuestras aspiraciones infantiles. Porque al final del día te das cuenta de que es inútil, de que no hay una xodida olla de oro al final del arcoíris, de que las clases son una mierda y de que no existen los amigos, de que eres un náufrago urbano, invisibles para todos de la misma manera de que todos son invisibles para ti, de que vivir solo no es tan chingón como te lo habías pintado, de que la rutina no te llena sino solo te vacía, de que la masturbación no ayuda tanto como pensabas a los 15 años, de que quisieras conocer "a alguien", de que ese alguien no existe. Y vuelves a la pakiedad de la misma manera que las cebras vuelven a beber al mismo lugar del rio donde vieron como un cocodrilo pescó a uno de sus compas la semana pasada o el día anterior. La paikiedad es un alivio tanto como una maldición. Si vives con tus padres o (Dios te libre) con tu cónyuge cuando decides abrazar la paikiedad como forma de vida, siempre te despertarás con la cantaleta matutina que comienza con "huevon de mierda" y así seguirá hasta que salgas disparado de ahí. Pero si vives solo, a lo único que debes temerle es a la soledad. O a la rutina, porque aquello de no hacer nada también cansa.
