Mudanzas

Me gustan los cambios Siempre supe que no me gustaba quedarme en el mismo sitio, siempre pensé que moverse es bueno. Moverse es pura sopa de pollo para el alma. Establecer las mudanzas que necesita el espíritu para seguir adelante. Poner las cosas en una caja. Cerrar la caja. Mover la caja. Abrir la caja en un sitio nuevo. Son las mismas cosas en una caja. Pero se han movido. El cambio ha sucedido. Las cosas son diferentes. Y eso nos enseña, en el mejor tono cukiesco, que el pedo es relativo. Aquel disco de tus veintitantos significa otra cosa a tus treinta y tantos. Aquella rola de aquel disco en el CD player de tu primer auto significa otra cosa en el iPod ahora, apareciendo en el shuffle un domingo en la mañana. Letting go is freedom. Avanzar a la siguiente casilla. Matar a un boss y pasar al siguiente nivel. Dejar que salgan las canas. Dejar por la paz a tu ex. Dejar por la paz al jefe que te corrió, si no en Facebook o en vivo y a todo color, sí en tu mente. Dejar por la paz la música que frecuentas, las películas que frecuentas, los libros que frecuentas. Buscar lo nuevo, buscar ser siempre un contemporáneo. Siempre un CONTEMPORÁNEO. No se debe escuchar siempre la misma música del mismo modo que no se debe leer siempre el mismo periódico. Se vale volver a lo antiguo, pero desde una perspectiva nueva, fresca, desde una perspectiva contemporánea. Cambiar y moverse de lugar renueva nuestra mente, alivia nuestra alma. Le da alas a nuestros ojos. Vemos ángulos insospechados, colores nuevos. El cambio no es sólo entretenimiento: es la sustancia de la que están hechas las búsquedas en la vida. Así nos lo dice el budismo. El principio de la impermanencia: todo pasa. Todo pasa. Lo que creemos que va a durar para siempre no va a durar para siempre. Me divirtió esta semana pensar en todas nuestras preocupaciones humanas: pasar al cajero para sacar dinero para el súper, narcos vs policías en las noticias, el bache que lleva mes y medio sin arreglarse en la avenida, hacer el trámite de la verificación. Y pensé en este lugar en diez años, en cincuenta, en doscientos, en mil, en un millón. Nada de lo que está aquí va a estar en un millón de años. Quizá la cerámica. Y algún proyecto mamón de la NASA. Pero eso también se irá. Porque nada se sostiene para siempre. Todo muere, todo acaba. Tu puta relación codependiente. Tu jefe y sus bromas mamonas. El caldo de camarón de que tu madre prepara en los domingos familiares. Tus miles de followers en Twitter. Todo se va, todos nos vamos. Lo cual es chingón. Nada va a permanecer y, al mismo tiempo, estar presente es la pasta. De nuevo, ser tu propio contemporáneo. Digo, es noble y necesario ahorrar y planear el pedo, pero no se puede perder la vida en eso. Tampoco en ensoñaciones idiotas, claro. Ya ven lo que dice el maestro Yoda: “All his life has he looked away… to the future, to the horizon. Never his mind on where he was. Hmm? What he was doing”. Estar presente. Aquí. Ahora. La presencia, sí, la presencia es la materia prima del cambio.