Midnight in Paris

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Es un lugar común decir que David Bowie puede hacer lo que se le dé la gana. Por qué? Porque es David Bowie, dah. Pero en un mundo en el que las referencias musicales quedan superadas por las cinematográficas (léase, en las platicas de borrachos de mis panas y moi) es más claro decir que Woody Allen bien puede hacer lo que quiera en sus películas e incluso fuera de ellas. Por qué? Porque es Woody Allen, dah. Y es que no me imagino a ningún otro director que haya podido hacer esta película sin ser inmediatamente bombardeado por todos los frentes. Pero al parecer esta fantasía sumamente romántica (que me imagino lleva en la mente del maese neoyorquino bastante tiempo) ha caído bien en general. Sobretodo a la generación del propio director. Y es que sí, la verdad es una película de viejitos. Bueh, y también para ellos que tengan referencias de la década de los veinte del siglo pasado. Categoría en la que me incluyo. Para los nostálgicos, ya sea porque hayan tenido su época gloriosa en el pasado o porque piensen que el pasado era la época gloriosa, esta película es una delicia de principio a fin.
 
Hay que recordar primeramente que esta, al igual que todas las películas europeas de Allen, trata a la ciudad en la que se desarrolla (en este caso París) con el aire de evocación e idealización de los turistas. Es evidente que Allen no conoce esta ciudad de la misma manera que conoce Nueva York y eso está bien. Lo que vemos por sus ojos es lo que nos gustaría ver cuando las visitamos, tanto por las portadas de revistas o pasajes literarios que hayamos visto y leído, así como por cada fotograma cliché con el que hayamos crecido. Y, repito, eso está bien. Los protagonistas de la cinta son una pareja norteamericana comprometida que está de visita en la ciudad mientras planean su boda y la vida afther. Ella, Inez (Rachel McAdams) es la típica gringa a quién le encanta Paría por las compras y lo "exótico" y "romántico" del extranjero. Le interesa la historia, claro, pero solo la historia oficial y resumida. Su prometido, Gil (Owen Wilson), simplemente ama la ciudad. La ama por lo que fue, por lo que representa, por la idealización de sus libros y sus fantasías puramente personales. Le interesa la historia, claro, pero lo que más quisiera es haber vivido en la historia. Inez esta fascinada con París, pero para ella es ideal solo por un mes, más o menos. Su máxima aspiración parece ser llegar a vivir con su esposo en algún suburbio de clase alta de Malibu, decorando su casa con sus muebles franceses de $18,000, igual que sus padres. El sueño de Gil es escribir una novela, una buena novela de ser posible (hasta ahora se gana la vida escribiendo guiones de cine), y vivir en Paris y llegar a ser parte de ella como ella es parte de él.
 
La convivencia entre los dos, además de con los padres de ella y los amigos (también de ella), termina por fastidiar a Gil, quién una noche se descubre un poco borracho caminando por las calles anónimas de la ciudad que ama. En eso se sienta en unas escaleras de piedra, esperando un taxi, mientras un reloj distante toca la medianoche y un Peugeot antiguo y enorme se detiene frente a él. El coche está lleno de fiesteros, quienes lo invitan a sumarse y lo llevan a una fiesta en la que toca Cole Porter y en la que conoce a Zelda y Scott Fitzgerald, además de intercambiar unas palabras con Ernest Hemingway. Allen nunca explica esto y no hace falta. No hace falta saber si es solo un sueño o fantasia, o si es real. La verdad es que no nos importa, mientras miramos a Gil, quién noche tras noche es levantado por el mismo coche, que lo lleva, si no a una fiesta de los Fitzgerald, si a la casa de Gertrude Stein (!!!), en donde noche a noche conoce y convive con Picasso, T. S. Eliot, Dalí, Buñuel y otras figuras del París de los años 20 del siglo pasado. Noche a noche él habla con estas leyendas, quienes ignorando lo que serán en un futuro o quizá sin importarles, tratan a un aspirante a escritor norteamericano ambicioso como un igual. Uno más. Y esto es... encantador. Gil, tímido, no puede creer su buena suerte. Y mientras noche a noche sus más personales fantasías son cumplidas (porque su deseo de escribir una novela es nacido de su deseo de ser, algún día, parte de las leyendas que idolatra), va conociendo a Adriana (Marion Cotillard), una musa, quién llegó a París para estudiar moda, pero termino enamorada de la ciudad y de su vida. Ella ha sido amante de pintores como Braque y Modigliani, y actualmente es la nalguita de Picasso. Pero Gil espera (y nosotros también) que en un futuro ella deje de ver a los gigantes y se enamore de él. Y eso genuinamente puede ser posible. Gil no es una leyenda, pero encarna genuinamente la humildad encantadora. Y mientras esto ocurre noche a noche, día a día Gil se va dando cuenta de que su vida presenta no es tan perfecta como él hubiera querido imaginar. Se da cuenta de las diferencias entre él y su prometida, de lo irritantes que son los amigos de ella y de lo mal que le caen sus suegros (y de lo mal que les cae él). Se da cuenta de lo ideal que es la idealización.
 
Woody Allen es el único que hubiera podido hacer una película como esta. O al menos, creo yo, es el único que la hubiera podido hacer para que pareciera tan honesta como lo es Midnight in Paris. Y es que él es un romántico. Gil es Allen (en todas sus películas hay alguien que lo encarna) y este es un guión lleno de sueños personales. Es una historia sencilla, sumamente romántica, pero a la vez muy realista. No condena para nada el pasado y la nostalgia, pero tampoco termina diciendo que todo tiempo pasado fue mejor. En realidad la época dorada es el presente. Es el aquí y el ahora. Y si nuestro aquí o ahora es el año 2011, por qué no aprovecharlo? Cierto que quizá no tenga el encanto de otros años, pero es lo único que tenemos. Y los demás? Oh, bueno, son adorables. Cada personaje histórico es como lo imaginamos. Vemos el loco loco amor de los Fitzgerald, la testosterona de Hemingway, el surrealismo 24/7 de Dalí y todas aquellas características que sí, son casi un lugar común, pero no aquí. Y es que Allen es alguien a quién sin pedos podemos colocar allí, junto a ellos. Porque él ya es una leyenda. Es como la escena de Castillo del Limbo de La Divina Comedia, el lugar donde están los hombres ilustres de la antigüedad, quienes no disfrutan del Paraíso simplemente porque nunca conocieron la verdadera fe. En ese lugar, Dante coloca a muchos de sus héroes personales y sentimos que tal lugar (tal como lo dijo Borges) es el único de todo el poema que realmente proviene de un sueño. Este es un sueño de Dante. Y por tal no sabemos lo que se habla ahí. No conocemos el diálogo, lo cual es al mismo tiempo bello y aterrador. Pero aquí sí, lo cual es sumamente hermoso.
 
Esta no es una película para todos, y eso está bien. Siento que es una cinta no solo para nostálgicos, sino una que solamente los nostálgicos llegarán a comprender y disfrutar en su totalidad. Es una delicia, llena de momentos inolvidable. El favorito personal: Gil y Adriana están en una fiesta de la que deciden irse para platicar en un lugar más íntimo, cuando, de camino a la puerta, encuentran a Buñuel. Gil le dice que tienen una idea genial para una película, la de un grupo de personas en una cena formal quienes de repente se dan cuenta de que no pueden dejar el lugar. "Pero, por qué no pueden salir?", pregunta Buñuel fascinado e intrigado. "Simplemente no pueden". Estoy seguro de que muchos de ustedes sonrieron con ese diálogo. Yo lo hice, así como por un momento recordé el terror que esa misma idea me causo cuando era niño. Es un momento grandioso. Por un momento, incluso, me gutaría pensar en mi como una especie de Gil. Pero bueh, supongo que todos queremos ser como Gil. ese ya es un lugar común.
 
Es una película encantadora. Y Woody Allen es un genio que puede hacer lo que quiera, como colocar a la Primera Dama de Francia como guía de turistas de su película. Por qué? Pues nada más porque es Woody Allen y se ha ganado ese derecho.

Dah.