Más apuntes sobre la realidad
La realidad es una perra, pero es una perra maravillosa porque solo dice la verdad. Uff. La verdad se siente taaaan bien. “No hay nada que deteste más que la peste de las mentiras”, dice muy dramáticamente el locuaz coronel Walter E. Kurtz en Apocalypse Now (en la foto, el PBR en el que Willard se transporta para encontrarse con Kurtz –esta es particularmente la escena en la que le roban la tabla de surf a Kilgore). Pero no hay que tomarse tan en serio a Kurtz: tiende al melodrama, y eso no puede ser cosa buena.
La realidad es como es: terrible o maravillosa, aburrida, neutral, apesumbrada, liviana o eufórica. Pero nunca nos dice mentiras. Nuestra mente, al contrario, pasa mucho tiempo evadiendo las verdades de la realidad, elucubrando con fantasías, especulando, entreteniéndose, distrayéndose con cualquier ruido que escucha por ahí, revolviendo el pasado y el futuro como el agua de uno de esos escusados –que seguro han visto– que por más que le jalas nunca acaba de irse… Hay quien dice que esa es la naturaleza de la mente (distraerse y pedorrear con lo que sea menos con el aquí y el ahora), y hay quien dice que desde jóvenes aprendemos a distraernos y entreternos y especular incesantemente porque la realidad es, valga la expresión, demasiado real para ponerle atención. Si es así (soy más de la idea de que nuestra mente simplemente se ha malacostumbrado, al igual que uno pierde una buena postura al caminar o sentarse), esta mente de chango, esta Monkeymind® se convierte en un lastre invisible, en una chinga diaria. Olvidamos cosas. Tenemos 200 tabs abiertas en el Chrome o Firefox y no acabamos de leer ni ver nada. Perdemos la capacidad de poner verdadera atención. Siempre he dicho que la propia sociedad y los entornos laborales fomentan esta Monkeymind al proponer formas de trabajo en el que el multitasking es visto como algo “productivo”. Nuestro ego o nuestra idea fantasiosa de nuestro ego (esa “cosa” invisible que nos da “identidad”) enloquece elucubrando con un viaje próximo, con un auto nuevo, con un chisme del estúpido de tu jefe, con un pleito que, 72 horas después, nomás no se acaba. Uno puede planear su vida, sí (y tener metas, por qué no), pero sobre todo debe ejecutar su vida: comprar tiquetes para el viaje, decidir qué lugares visitar, dar un enganche y escoger el color del coche, escuchar el chisme y arrojarlo casi de inmediato al bote de basura de los chismes (porque los chismes deben tratarse como material radiactivo), resolver el pleito y usar más productivamente el tiempo con el ser amado, con actividades como a) comer noodles juntos, b) coger, c) ver películas spoonchareando en cama. El problema no es planear, sino sobreplanear al grado de que la especulación se vuelve un fin en sí mismo, una cosa insoportable que consume recursos, energía, tiempo mental, ciclos en nuestros delicados procesadores neuronales. La ejecución debería ser igual de importante que la planeación, pero muchas veces el 95% del tiempo se va en esta idea aberrante de planear (que es equivalente a fantasear… y para muchos en quejarse) y 5% en ejecutar. Y vuelvo a la realidad: cuando te conectas con el momento presente, tienes poco tiempo para pensar estupideces que no sirven absolutamente de nada >>> “Deberían pagarme tal cantidad”, “si tan solo me escribiera un mail disculpándose”, “si el Peje hubiera ganado en 2006…”, “how I wish you were here”. Cuando te conectas con la realidad, no hay grandes sorpresas. Lo que está siendo está siendo. Una persona adulta muy bien puede formularse las siguientes preguntas: dónde estoy sentado ahora, qué debo hacer hoy, cuáles son mis tareas, cuáles son mis pendientes, cómo se siente mi cuerpo, tengo comezón, frío, hambre, aburrimiento. Ese es tu spot. Reconoce tu spot. Lo demás es vivirle tantito. En tu spot.
La meditación te permite entrenar tu mente en la atención plena. Este momento, right fucking here, right fucking now. Estás sentado en tu spot. Y solo estás respirando. O escuchando. O viendo. A lo que decidas ponerle atención. Si la Monkeymind te lleva a otros lados, devuélvela gentilmente. Eso se llama mindfulness. Últimamente hago el siguiente ejercicio durante mi meditación: con toda amabilidad (no tengo por qué tratarme mal) me digo “no estás en una junta, aquí no están tus pendientes, ahora no vas a hacer un pago ni una llamada telefónica, ahora no estás con esa chica que tanto te gusta o enviándote gifs idiotas con tus amigos por Gtalk. Ahora estás aquí, sentado. Y nada más”. Después de 30 minutos, las cosas no son mejores ni peores. Solo son más reales. Repetir eso todos los malditos días me ha hecho avanzar en el conocimiento de cómo funcionan las cosas. Puedo empezar a evocar el mindfulness en el tráfico, en reuniones con personas estresadas o agresivas, mientras escribo mi novela, en la fila del banco, hasta en la regadera –que era mi némesis, el sitio donde más ensoñaba y perdía el tiempo fantaseando. Pero aún canto en el baño. Mejor: aún silbo en el baño. Soy un gran silbador.
La realidad es como es: terrible o maravillosa, aburrida, neutral, apesumbrada, liviana o eufórica. Pero nunca nos dice mentiras. Nuestra mente, al contrario, pasa mucho tiempo evadiendo las verdades de la realidad, elucubrando con fantasías, especulando, entreteniéndose, distrayéndose con cualquier ruido que escucha por ahí, revolviendo el pasado y el futuro como el agua de uno de esos escusados –que seguro han visto– que por más que le jalas nunca acaba de irse… Hay quien dice que esa es la naturaleza de la mente (distraerse y pedorrear con lo que sea menos con el aquí y el ahora), y hay quien dice que desde jóvenes aprendemos a distraernos y entreternos y especular incesantemente porque la realidad es, valga la expresión, demasiado real para ponerle atención. Si es así (soy más de la idea de que nuestra mente simplemente se ha malacostumbrado, al igual que uno pierde una buena postura al caminar o sentarse), esta mente de chango, esta Monkeymind® se convierte en un lastre invisible, en una chinga diaria. Olvidamos cosas. Tenemos 200 tabs abiertas en el Chrome o Firefox y no acabamos de leer ni ver nada. Perdemos la capacidad de poner verdadera atención. Siempre he dicho que la propia sociedad y los entornos laborales fomentan esta Monkeymind al proponer formas de trabajo en el que el multitasking es visto como algo “productivo”. Nuestro ego o nuestra idea fantasiosa de nuestro ego (esa “cosa” invisible que nos da “identidad”) enloquece elucubrando con un viaje próximo, con un auto nuevo, con un chisme del estúpido de tu jefe, con un pleito que, 72 horas después, nomás no se acaba. Uno puede planear su vida, sí (y tener metas, por qué no), pero sobre todo debe ejecutar su vida: comprar tiquetes para el viaje, decidir qué lugares visitar, dar un enganche y escoger el color del coche, escuchar el chisme y arrojarlo casi de inmediato al bote de basura de los chismes (porque los chismes deben tratarse como material radiactivo), resolver el pleito y usar más productivamente el tiempo con el ser amado, con actividades como a) comer noodles juntos, b) coger, c) ver películas spoonchareando en cama. El problema no es planear, sino sobreplanear al grado de que la especulación se vuelve un fin en sí mismo, una cosa insoportable que consume recursos, energía, tiempo mental, ciclos en nuestros delicados procesadores neuronales. La ejecución debería ser igual de importante que la planeación, pero muchas veces el 95% del tiempo se va en esta idea aberrante de planear (que es equivalente a fantasear… y para muchos en quejarse) y 5% en ejecutar. Y vuelvo a la realidad: cuando te conectas con el momento presente, tienes poco tiempo para pensar estupideces que no sirven absolutamente de nada >>> “Deberían pagarme tal cantidad”, “si tan solo me escribiera un mail disculpándose”, “si el Peje hubiera ganado en 2006…”, “how I wish you were here”. Cuando te conectas con la realidad, no hay grandes sorpresas. Lo que está siendo está siendo. Una persona adulta muy bien puede formularse las siguientes preguntas: dónde estoy sentado ahora, qué debo hacer hoy, cuáles son mis tareas, cuáles son mis pendientes, cómo se siente mi cuerpo, tengo comezón, frío, hambre, aburrimiento. Ese es tu spot. Reconoce tu spot. Lo demás es vivirle tantito. En tu spot.
La meditación te permite entrenar tu mente en la atención plena. Este momento, right fucking here, right fucking now. Estás sentado en tu spot. Y solo estás respirando. O escuchando. O viendo. A lo que decidas ponerle atención. Si la Monkeymind te lleva a otros lados, devuélvela gentilmente. Eso se llama mindfulness. Últimamente hago el siguiente ejercicio durante mi meditación: con toda amabilidad (no tengo por qué tratarme mal) me digo “no estás en una junta, aquí no están tus pendientes, ahora no vas a hacer un pago ni una llamada telefónica, ahora no estás con esa chica que tanto te gusta o enviándote gifs idiotas con tus amigos por Gtalk. Ahora estás aquí, sentado. Y nada más”. Después de 30 minutos, las cosas no son mejores ni peores. Solo son más reales. Repetir eso todos los malditos días me ha hecho avanzar en el conocimiento de cómo funcionan las cosas. Puedo empezar a evocar el mindfulness en el tráfico, en reuniones con personas estresadas o agresivas, mientras escribo mi novela, en la fila del banco, hasta en la regadera –que era mi némesis, el sitio donde más ensoñaba y perdía el tiempo fantaseando. Pero aún canto en el baño. Mejor: aún silbo en el baño. Soy un gran silbador.