Lo que me enseñó Maurice Sendak

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Maurice Sendak, el autor estadounidense que hoy murió prematuramente a la edad de 83 años (casi 84, los iba a cumplir el próximo junio 10), me enseñó, entre muchas otras cosas, que el juego es cosa seria.

Claro, yo conocí su obra gracias a Where the Wild Things Are, la película de Spike Jonze basada en su libro homónimo. Dicha cinta, claro está, me voló la tapa de los sesos, al grado de verla tres veces en el cine y otras tantas en formato casero, hacerme de la playera, el soundtrack, algunos juguetes. Después leí el libro (lo compré en una edición especial con portada hecha de peluche que no les voy a prestar) y lamenté no haberlo leído de niño, aunque igual lo amé profundamente. Claro, sus libros no son fáciles, pero ese es un lugar común. Y después de leer más de su obra, me quedó claro por qué ese otro genio llamado Andrey Tarkovskiy solía mencionar que los niños podían entender sus películas mejor que los adultos. El que tenga oídos, que oiga.

(Sé que vi el libro de Donde viven los Monstruos en algún momento de la primaria)

La primera vez que lo leí, la terrible seriedad del juego infantil, con sus miedos, libertades, leyes severas y maravillas, extrajeron cual pinza para escargots algunos recuerdos que se encontraban perdidos. O que había escondido. ¿Quién no construyó su propia cueva de 1.50 x 0.50 metros… sin fondo?

El barco de papel se perdió en alta mar a 2 cm de la almohada, una noche de sábanas infinitas.

Descanse en paz, maestro.