Les Misérables
Les Misérables no es la enésima adaptación fílmica de la obra de Victor Hugo, sino más bien la película del musical estrenado en 1980, obra de Alain Boublil y Claude-Michel Schonberg. Y es que aunque podría dar lo mismo ser lo uno que lo otro, al final no lo es. La película de Tom Hooper es un musical que, como la mayoría de los musicales, es luminoso y alegre, por más que el material primario sea un libro que por momentos es tan oscuro y pesimista como el tumblr de una adolescente.
(Por cierto, yo leí el culebrón de Victor Hugo durante mi primer semestre en la universidad. Y me gustó, aunque nunca lo he vuelto a leer de nuevo. El musical nunca lo he visto, by the way.)
La historia va más o menos así: Jean Valjean (Hugh Jackman) es liberado después de un encierro de 19 años por el delito de robar pan para su hambrienta familia (bueh, por eso y por numerosos intentos de fuga). Una vez en las calles, sin familia ni amigos ni oportunidad de conseguir empleo debido a los papeles de libertad condicional que porta y que lo hacen universalmente rechazado, es acogido un día por el obispo Myriel, quién lo alimenta y le da refugio por una noche. Valjean, obviamente, aprovecha que su protector duerme y le roba. Al ser aprendido, el obispo confirma la mentira dicha por el ladrón de que la plata extraída de su casa había sido un regalo. Valjean, pues, decide enmendar su camino y comenzar de nuevo. Con ayuda de la plata se crea una nueva identidad (el de Monsieur Madeleine, viaja a una provincia lejana y se convierte en un benefactor, a la vez que su fortuna crece y llega a convertirse en alcalde. En dicha provincia vive cierta chica llamada Fantine (Anne Hathaway), quién debido a la situación y a numerosas tragedias personales termina trabajando en la prostitución y degradándose desesperada por conseguir dinero para su hija Cossette (Isabelle Allen). Madeleine trata de ayudarla al final de su vida, a la vez que su fachada es descubierta por la ley y debe huir, prometiéndole a la moribunda Fantine que cuidará de su hija como un padre.
Cossette está al cuidado del matrimonio Thénardier (Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter), de quienes es rescatada por un Valjean en plena huida. Después vemos a los personajes envueltos en los sucesos inspirados en la Revolución de julio de 1830: una Cossette ya en la edad de la punzada (Amanda Seyfried) queda prendada de un rojillo llamado Marius (Eddie Redmayne), quién junto con sus amigos tratan de despertar al pueblo y lanzarse en busca de la libertad que la Revolución Francesa prometió y nunca entregó. Y perdonando el spoiler, todo sale mal y el buen Marius es rescatado casi moribundo por Valjean, quién poco después le confiesa su verdadera identidad, a la vez que deja a Cossette a su cuidado. Marius y Cossette visitan a Valjean en el convento en el que ha decidido pasar sus últimos días y le agradecen todo lo que hizo por ellos. Valjean muere dándoles su bendición, a la vez que parte al lugar donde los mártires pasan la eternidad. Créditos finales.
(Por cierto, yo tuve a un maestro cuya reseña de Los Miserables era incluso más trágica que el propio libro. Todo un logro, la verdad.)
Lo primero que podemos decir de la película es que la dirección es soberbia. Hooper (quién ya ganó un Oscar por The King´s Speach), dirige coreografías estupendas, llena los encuadres de los colores precisos y las sombras adecuadas. Su película es trágica no porque la obra original lo sea, sino porque la vida es trágica. Sus personajes son humanos, son reales. Este no es un mundo artificial, como el de Across the Universe, sino un mundo donde la gente muere de hambre en las calles. Claro que no se trata de mostrar miseria como un fin en sí mismo; cada personaje tiene su historia. Un acierto es no mostrar un villano claro en contra, sino que le da al antagonista de la obra (la injusticia) el rostro de los que no conocemos, quienes son indiferentes (“Los que no miran hacia abajo”). Incluso el policía Javert (Russell Crowe), eterno perseguidor y antagonista de Valjean, es tratado como alguien que solo cumple con su deber y que nunca traiciona sus creencias, ni aún ante la perspectiva de la muerte. Esos son hombres y no payasos. Aquí no hay negros absolutos: el matrimonio Thénardier, que en la novela representan la maldad de las clases bajas (tratan a la pobre Cossette peor que a una chacha de Polanco) aquí son personajes pícaros y graciosos; Cohen y Carter rifan y mucho.
El trabajo de todos los actores es destacado, aunque Jackman es un Valjean un poco frio y distante, su cara tiene le problema de no reflejar las emociones de manera vívida; me decepcionó mucho, la verdad. Crow me sorprendió. Llenó su personaje del carisma especial que tiene los villanos entrañables y el canto se le da muy bien (aunque seguro lo ayudaron y un chíngo por medios electrónicos, pero igual no lo hace nada mal). ¿Y qué podemos decir de Hathaway, quién con solo 20 minutos en pantalla ya está nominada al Oscar? La música y las letras son memorables a su manera; el score seguro les quedará en la cabeza unas dos semanas después de abandonar la sala. Hooper no se queda atrás y durante los sucesos de la fallida revolución dirige la acción hacia el lado heroico de la tragedia humana, a la altura de la novela. Los sucesos de la batalla en las calles es por mucho mi parte favorita de la película.
Les Misérables es un musical sumamente disfrutable, pero también azucarado, aunque sin llegar a ser empalagoso. Es una de esas películas que te ponen de buenas. Y en una de esas y sirve para que alguno de ustedes le pierda el miedo al inmenso volumen de Los Miserables que acumula polvo en el librero de sus padres. Solo por eso, es más que recomendable. Como evento cinematográfico, es un win absoluto.
