La realidad... o algo

Los últimos días han estado llenos de intensidad, aunque no es un sentido dramático o melodramático (que no es lo mismo), sino crudo y real. La realidad suena, se ve y huele muy bien. Pero es cabrona porque es, y no estamos muy acostumbrados a lo que es, sino a engañarnos con entretenimientos a pretender que no es. Dicho esto, debo decir que las cosas se me han roto últimamente, se han descompuesto: en el auto, las teclas de la computadora, adentro del cuerpo, en el iPhone las apps se crashean, las baterías no duran lo mismo. Es la entropía. El kipple, en el propio y privado lingo del maestro Philip K. Dick.

  En los últimos meses he visto crecer lentamente en mí las ventajas de reconocer la realidad tal cual es o, si se prefiere, el estado de las cosas tal cual son. El frío es frío, el calor es calor, la lluvia moja, forma charcos y apendeja a la gente. Internamente suceden muchas cosas al observar estos hechos, pero hay dos que hoy tengo muy claras: una, poco a poco se disuelve, o se aligera, la noción de control. Lo cual, en un controlador, es un respiro. No hay pedo si nada sale como planeaste. No hay pedo si recibiste un no, si no llegaste a tiempo, si no te entregaron a tiempo. Es decir: sí hay pedos, pero esos pedos tienen su propia esfera ("no llegué a tiempo y por eso me perdí los primeros cinco minutos de película" es más realista que "no llegué a tiempo y odio a esta ciudad y soy un maldito perdedor"). Cuando se reconoce la realidad no hay mucho margen para fantasear, para elucubrar, para frustrarse y molestarse por lo que no salió como queríamos. Porque las cosas salen. Misteriosamente, todo acaba saliendo "bien" (es decir: sale). Lo otro que tengo claro ahora: al reconocer el estado de las cosas (los fenómenos físicos, hacer micromanagement de las sensaciones de nuestro cuerpo, nuestras emociones y pensamientos) se empieza a correr el barniz engañoso de nuestra mente y brota el basic goodness. Ello sucede simplemente poniendo atención. Lo cual es una pequeña maravilla, simple y llana. En el proceso de meditación esto es posible gracias a que nuestra atención consciente está ahí, reconociendo el estado de las cosas, pero también a que algo corre en el background. Eso que corre es nuestra idea de "lo sagrado" –la musa, para un creador. Lo sagrado está ahí también y solo hay que aprender a reconocerlo. Hay quienes le llaman Buda de la Medicina, San Judas Tadeo o Ganesha, no lo sé. Me parece que es una llama interna y natural (que traemos "de fábrica", es un código embedeado en nuestro propio y privado sistema operativo) y provoca incontables beneficios para nuestra vida. Ya no me parece que pedirle cosas a esta "presencia sagrada", rezar mantras esperando que cambie nuestra situación amorosa o nos devuelva la salud o nos haga ganar el MeLate sea lo más conveniente. De hecho, es completamente innecesario y antinatural. Mi relación con Ganesha ahora es completamente diferente a hace un año. A hace seis meses.