La piel que habito
Perversión sexual voluptuosa, giros tortuosos en la trama, un serpenteante entramado de pasado y presente, un lienzo de colores brillantes con arte y ropa audaz. Todo esto es lo que podemos esperar cuando vemos una película de Pedro Almodóvar. Y en este sentido, La piel que habito, su nueva película, no defrauda. Una vez más el español nos llena del placer de la oscuridad sexy, además de que nos deja llenos de náuseas. En el buen sentido. Los que el director nos ofrece esta vez es un retorcido cuento clásico de terror en el que interviene un científico loco, manipulación de las partes del cuerpo, una mansión ostentosa impecablemente decorada, cautiverio, cosas innombrables y una venganza personal oculta. Por lo general esta clase de películas tienen un estilo bastante elevado en el que hay una ironía, un humor propio del campo. Y aunque en dicho campo no se conoce mucho a Almodóvar, el tipo mantiene en toda la obra una intensidad emocional brutal que muestra que su extraña historia debe ser tomada en serio. Sí, hay un científico loco: el impulsivo, brillante doctor Robert Ledgard, interpretado por Antonio Banderas. Robert es conducido por su ciencia para intentar reparar las lágrimas de su corazón. Para ello, se asume que él tiene el derecho divino de utilizar los cuerpos y las mentes de otras personas. Sus sacrificios son necesarios para curar su dolor. Al empezar la película él mantiene en cautiverio a la hermosa Vera (Elena Anaya) dentro de su enorme mansión de Toledo. Ella viste un traje de compresión color piel que le cubre completamente desde los pies hasta el inicio de la barbilla, tiene montones de libros, una rutina de yoga, servicio a la habitación 24/7... todos los lujos imaginables, pero no es libre. No es una paciente, sino una prisionera, y sabe que solo existen dos maneras de liberarse: con el suicidio o haciendo que el doctor se enamore de ella. Vera es lo suficientemente narcisista para saber lo hermosa que es y la seducción es solo un desafío personal. Al avanzar en la trama nos enteramos de cosas del pasado que afectan el presente: la joven esposa de Robert murió quemada en un accidente automovilístico. A partir de entonces, la especialidad de él son los trasplantes de rostro. Por un momento pensamos que vera podría ser la esposa del doctor, pero no es verdad. la esposa está muerta y Vera fue secuestrada. Robert se pasa horas observándola mediante cámaras de circuito cerrado, como admirando una obra de arte. Y parece estar dispuesto a todo para crear mediante cirugía plástica a la mujer ideal que, además, sea a prueba de fuego. Hay mucho detalle clínico en las secuencias de trabajo en el laboratorio, clonación, manipulación de sangre de cerdo y la creación de nueva piel. Algunas de estas secuencias podrían venir de un documental. Este programa de cirugía se inserta de manera perfecta en la tortuosa trama, de la que el público sabe más de lo que Robert jamás sabrá -por ejemplo la identidad de su madre y de su hermano. También hay en la película una violación a la naturaleza que Robert no es capaz de entender. Y claro, no podía faltar el ama de llaves casi anciana, llamada Marilia (Marisa Paredes), que parece ser de presencia obligatoria en todo personal de científico loco. Cuestiones del Sindicato, me imagino. Como sea, Marilia es la que se encarga de atender a Vera, aunque ignora todo sobre ella, pero parece estar de lado del doctor. Así las cosas hasta que un día se presenta en la casa un tipo disfrazado de tigre llamado Zeca. Le explica a Marilia que la policía lo anda buscando, por lo que debe alojarlo en la casa por un tiempo (la razón del atuendo obedece a que se está celebrando un carnaval en la ciudad). En la trama también interviene un joven llamado Vicente (Jan Cornet), a quién Robert secuestra y mantiene encadenado en el sótano. Durante toda la proyección no pude sacar de mi cabeza la idea de que la cinta seria genial protagonizada por Vincent Price. Visualmente la película es hermosa. Sedosa, si me entienden. Pocos directores pueden utilizar los colores -especialmente el rojo- con la alegría de Almodóvar. Cada escena vibra. Hay pasión, pero no química: aunque creemos que Vera tiene esperanzas de seducir al doctor, sus sentimientos por ella parecen psicópatas, no sexuales. Él quiere probar algo. La profundidad de su depravación se revela en la inesperada secuencia final, cuando descubrimos que el motor emocional de Robert no es alimentado por la lujuria, los celos o la ira, sino por una necesidad de tratar a los demás como sus juguetes científicos. Robert es un personaje enfermo. Los sentimientos de los demás no significan nada para él. Eso es lo que expresa en el lienzo de Almodóvar sobre la belleza superficial que está podrida hasta la médula. La piel que habito tiene el merito de expresar exactamente lo que Pedro Almodóvar quería decir, pero no estoy seguro de que me hubiera gustado oírlo. Aunque valió la pena.
