La película que NO deben ver el 10 de Mayo

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Ah, el amor maternal. Tan puro, tan perfecto… Si hay algo en lo que podemos confiar es en que nuestras madres nos aman incondicionalmente, ¿verdad? Ya lo dicen, con unas u otras palabras, todas las canciones que los niños de primaria cantarán de manera coral este día. O que bailarán en estúpidas coreografías montadas con alguna rola de Justin Bieber o de los Vazquez Sounds de fondo. Porque los niños son tiernos por excelencia, no importa que canten o que bailen, ¿verdad? Los niños… ah, esos pequeños lepes que miran a sus madres con las rodillas raspadas y la cara llena de mocos, pero que las derriten con un “te quiero, mami” salido directamente del corazón. Nunca volverán a ser así de inocentes, por lo cual, para las madres, sus hijos siempre serán niños. Whoa, eso es… ya saben, hermoso. Pero al final del día es un estereotipo, como cualquier otro. Y aunque resulta ser cierto en muchos casos, en otros tantos no. We Need to Talk About Kevin, la brutal adaptación cinematográfica de la novela homónima de Lionel Shriver, nos muestra una de esas excepciones a la regla.

Y sí, estas son la clase de cosas que de verdad pueden ocasionar un colapso nervioso. La película es enteramente un terrorífico viaje dentro de la mente de una mujer cuyo hijo psicópata la ha llevado al límite en el sentido más amplio. Claro que esto no es del todo culpa suya. Nos enteramos en retazos que ella no quería quedar embarazada, lo cual no tiene nada de malo: hay gente que no quiere tener hijos y tal. Pero ella se embarazó. Y hasta se casó con el pelma que la embarazó, aunque no está muy segura de por qué caraxos lo hizo. Y ahora es una madre que trata de ocultar su hostilidad con amabilidad superficial. Porque si todo estuviera en sus manos, solamente pondría rewind en su sistema y volvería a empezar –igual y con alguien más, ya que no parece muy aficionada a sí misma.

La película se define como fragmentos de tiempo irregulares y confusos que van dando tumbos dentro de la mente de la mujer. La cinta se mueve sin ningún patrón entre pasado, presente y… quién sabe cuándo. Nos aferramos a las directrices, como la longitud del cabello de Tilda Swinton, para saber más o menos donde estamos, aunque nunca podemos estar del todo seguros. Durante gran parte de la película, ella vive con su esposo, su hijo y su hija, en una grande y cara casa de los suburbios, con jardín y toda la cosa. En un punto nos damos cuenta de que han vivido ahí durante años, pero eso solo acarrea más dudas: ¿cómo es que cuatro personas pueden ocupar un hogar durante más de una década y no acumulan nada? Los estantes y las mesas de su hogar son tan estériles y vacios como los de las casa de muestra. ¿Qué clase de cocina suburbana tiene estantes desiertos? Estas personas viven ahí, pero nunca se han mudado.

Sería un error, creo yo, tomar las piezas de la película y tratar de ordenarlas de manera cronológica. La es posa y madre, Eva, ha sido tan abrumada por la desesperación, que la vida que existe en su mente se mueve toda a un mismo tiempo. No hay un patrón. Nada tiene sentido. Ni siquiera está en el centro de sí misma, ya que esa posición la ocupa Kevin, su hijo, un pequeño sádico instintivo con un don  para saber exactamente cómo herirla, cómo rechazarla, cómo engañarla hasta hacer sangrar su alma. Kevin hace pasar a su madre por tal infierno durante esta película que las cosas que en su día hayan hecho Demian (el de La Profecía) y el bebe de Rosemary (de, ejem, Rosemary´s Baby) quedaría relativamente cortas y esos dos engendros serían como el bebe de Gerber en comparación con este, literalmente, pequeño demonio de mirada intensa. Dueño de esos ojos donde parece ocultarse el mismísimo Satanás.

Que la película funcione de manera tan brillante es, en parte, un homenaje más que merecido a sus actores. Conocemos a Kevin a los tres años de edad, porque de bebé solamente es cólicos, irritación y berridos escandalosos y constantes (ante los que el ruido de maquinaria pesada suenan como un alivio), como para poner a prueba la paciencia de un santo (jeje, esa es una frase que suele usar mucho Madre, a quién por cierto le deseo muchas felicidades). Cuando tiene entre 6 y 8 años, es interpretado por Jasper Newell, quién da vida magistralmente a un monstruo sumamente inteligente, que mira de manera hiriente a Eva cada tres segundos, tergiversa sus palabras, le remeda, destruye sus cosas y se defeca intencionalmente en sus pantalones hasta el punto de enloquecerla temporalmente para que llena de furia le rompa un brazo. En cualquier otra película, esto sería abuso infantil. Aquí, solamente es el triunfo de Kevin.

De adolescente, Kevin (ahora played by Ezra Miller) comienza a parecerse físicamente de manera perturbadora a su madre, en el perfil y en el peinado. Es amoroso y cariñoso con su padre, Franklin (John C. Reilly) y tiene una manera muy clara de mostrar que esa es una farsa deliberada, diseñada solo para herir a Eva. Franklin vive en una estado demencial de decencia, engañándose a sí mismo con la ilusión de que su familia está viviendo feliz, o al menos viviendo vidas aceptables. Es positivo, alegre, completamente desconectado; siempre se comporta tan bien como le sea posible y, al hacerlo, sugiere su profunda desorientación. Solo la hija, Celia (Ashley Gerasimovich) parce más o menos normal.

Una de las primeras escenas muestra a Eva en pleno, durante una guerra de tomates masiva, realizada en alguna parte de Europa (¿eso hacen en España, no?), pero la imagen no transmite más que inquietud. Eva, al parecer, siempre ha pensado que su vida anterior a la noche en la que el pelma la dejó embarazada estaba en el camino correcto y le grita a su hijo que ella francamente estaría bien de vuelta en Francia, en vez de cambiándole pañales. Porque mami antes era feliz. No creo que a esa edad, Kevin haya entendido sus palabras, pero, ¿no creen que entendía su descontento? Al parecer, incluso antes de comenzar a hablar, Kevin hizo un voto para castigar a Eva por sus sentimientos. A Kevin no le quedan dudas sobre lo que su madre siente por él; de hecho, lo manifiesta de manera clara en uno de los tantos diálogos perturbadores de la cinta.

En una película normal, tendríamos varias escenas en salones de clase, reuniones con maestros y consejeros y terapeutas infantiles hablando de corazón a corazón con los padres respecto a su pequeño monstruo. O siquiera hablaría sobre él entre ellos. Pero no aquí. Nunca hablan de Kevin. Tengo la sensación de que esta cinta, al pasar dentro de la caótica mente de Eva, solo nos muestra lo que ha sido su derrumbe durante 16 años. Lynne Ramsay (directora) regularmente corta una secuencia en la que Eva conduce su coche en medio de luces parpadeantes de la policía hacia el escenario de una tragedia. Tal vez todo lo que se pretende sea mostrar un flashback  y la línea de tiempo comienza cuando ella se entera de lo que Kevin hizo en su escuela. Después se va a casa. Si es que podemos creer que ella ha tenido una casa los últimos años.

Eva luce como si estuviera en un estado de shock permanente. Su cuerpo no puede absorber más castigo. Ella es la persona equivocada, en la vida equivocada, con el hijo equivocado. Como el relato de una mente en deterioro, We Need to Talk About Kevin es una película magistral. Y sí, no es muy recomendable para ver un Día de las Madres, ya que por momentos puede hacer ver a la maternidad tan peligrosa como el mar que nos fue retratado en Jaws. Así las cosas.

By the way, ¡felicidades a nuestras lectoras mamás! ¡Y a las que no nos leen, también!