La cuchara no existe
Era 1999 y yo fiesteaba como si fuera 1999 (bueh, más o menos), y en aquel año supe por primera vez del dharma. Me parece (“me parece” porque ya no me acuerdo) que fue un accidente predecible porque en esa época a) leía un libro de religión comparada, b) padecía de un entusiasmo severo por el hinduismo, cuyo siguiente “paso natural” es el budismo y c) también leía el famoso 7 noches de Borges, de donde se desprende la conferencia titulada “El budismo” (una transcripción con erratas, aquí).
En 7 noches, Borges explica algunos conceptos clave como el Buda, la sangha, el dharma y el karma. “¿Qué significa llegar al nirvana? Simplemente, que nuestros actos ya no arrojan sombras”, dice Borges. “Mientras estamos en este mundo estamos sujetos al karma. Cada uno de nuestros actos entreteje esa estructura mental que se llama karma. Cuando hemos llegado al nirvana nuestros actos ya no proyectan sombras, estamos libres (…) Parece imposible que la palabra nirvana no encierre algo precioso. ¿Qué es el nirvana, literalmente? Es extinción, apagamiento. Se ha conjeturado que cuando alguien alcanza el nirvana, se apaga. Pero cuando muere, hay gran nirvana, y entonces, la extinción. Contrariamente, un orientalista austriaco hace notar que el Buda usaba la física de su época, y la idea de la extinción no era entonces la misma que ahora: porque se pensaba que una llama, al apagarse, no desaparecía”. Me encantaba leer a Borges hablar sobre budismo. Me devoré ese texto una y otra vez. Me puse a buscar más y más sobre el tema y, bueh, supongo que era inevitable caer en una clase de meditación. La tomé pero no me gustó nada. A pesar de lo que había leído sobre budismo, todos los estereotipos funcionaron en mí: meditar es relajarse, meditar es poner la mente en blanco, meditar es convertirse en un guey ahuevado e impasible… así es que me dije “yo no necesito esta mierda” y me alejé. Además, decidí que todo el asunto del dharma no era para mí, y continué por mi camino ganeshil que era más “seguro”, más “confiable” y definitivamente más idólatra.
No es sorpresa que, por mucho que leyera sobre budismo, continuara siendo presa de mis prejuicios. Cualquier tipo de espiritualidad se nutre de nerds de biblioteca que documentan todo, sin duda, pero sobre todo es praxis. Sin la práctica, la espiritualidad no se mueve a ningún lado. Una frase inmortal de Full Metal Jacket, como me recordaba el otro día, resume esta idea: “You can talk the talk, but can you walk the walk?”
A veces, la vida se mueve bipolarmente, baja y sube entre superlativos y comparativos: yo tengo más, tú tienes menos. Mi información es mejor que la tuya. Star Wars es mejor que Star Trek. Star Trek es mejor que Star Wars. Battlestar Galactica es mejor que cualquier cosa. Burroughs era un fresa moralino para Bukowski. Escribo mejor que cualquiera. He leído más cómics que nadie. Mi revista vende más que la tuya. Mi novia es más cumshotera que la tuya. Y más loca. Sufro más que tú. Mientras tú vas yo ya vengo. El disco duro en mi Mac es más amplio que en la tuya. Y mi auto tiene más caballos de fuerza. El día que hagas el 5% de lo que yo hago… hablamos. Soy lo máximo. Lo más duro. Soy hardcore.
Si eso es ser competitivo, debo decir que esta vida moderna tan competitiva tiende a ser aburrida. Sé que lo que aburre no es competir, sino competir por pendejadas sin valor, como “mis jeans de diseñador cuestan más que toda la ropa que usas en una semana”. Pero el materialismo (esa palabra arde: ma-te-ria-lis-mo) no es exclusivo de esto, de hecho el Sindicato Geek está retacado de gente que no compite por dinero, sino por, ejem, “conocimiento nerd”. Como en “yo sé 50 factoides oscuros más de Batman que tú, eres un maldito n00b”.
También sé que hay gente a la que no le aburre este tipo de competividad, sobre todo cuando lo mezcla con cotilleo. Pero a mí sí me aburrió. Además: sufres.
Ser un pendejo en este mundo podrá ser un negocio a la alza, pero al final no es un buen negocio porque tiene ingredientes de ansiedad, angustia y depresión. La ansiedad por el status es una bomba. Gente enferma de prestigio. Sea por tener más lujos y amistades de renombre, o por ser 25% más early adopter que su vecino early adopter.
Ahora, vuelvo a mi caso: sé que me precede una fama de vinagre punk, pero debo decir en mi defensa que he tratado de dejar de ser así: de hecho, tengo ya algunos años peleando constantemente contra mí mismo en casa, en la oficina, en el tráfico y hasta en Twitter. La pelea consiste en observarme tal cual soy, en mi forma más cruda, sin elaborar grandes juicios sobre mí mismo. De ese modo no permito que mi lado oscuro avasalle a “los buenos ángeles de mi naturaleza”. Me explico: Darth Gerardo es un personaje bien estúpido, pero cuando lo observo tal cual es le quito su poder o parte de su poder, al menos. Menos amargura, menos conflictos, menos gritos y sombrerazos. La verdad es que ya no me interesa. Pelear conmigo mismo ha probado ser bastante más interesante y cansado que andar por la vida peleándome con el resto del mundo. De por si tengo mal genio. En el trabajo (o anteriormente en la universidad) hablo con una voz que parece estar permanentemente encabronada. Y así es esto de ser jetón: aunque trates de ser buena onda, inevitablemente habrá quien te vea como un ogro hijuepú.
El año pasado, mientras progresaba lentamente, una jeva que cayó accidentalmente en mi vida, sin proponérselo me mostró de nuevo el camino del dharma, y una y muchas formas de mejorar en mi madriza diaria conmigo mismo. Esta persona, que en un sentido funcionó en mí como un kodama, me enseñó otro acercamiento al budismo, el de Chögyam Trungpa Rinpoche, el autor de la visión de Shambhala. La secuencia fue la siguiente: mi kodama me prestó un libro, yo leí el libro, entendí un chingo de cosas. Mi kodama me explicó el libro y entendí aún más cosas. Entre las ideas que kodama me clarificó se incluía una realmente esencial: que no iba a moverme a ningún lado si no iniciaba una práctica constante de meditación. Mi kodama me invitó, pues, a una clase de meditación.
Y así, gracias al sensei de la clase y gracias a mi kodama, comencé a meditar. Poco a poco y sin entender mucho, pero me esforcé por seguir haciéndolo. Pasaron los meses y empecé a darme cuenta que mi único problema no era Darth Gerardo, El Culero, sino los otros personajes que me permiten hacerme pendejo en esta vida, como Gerardo Chantajista, Gerardo Huevón, Gerardo Con Baja Autoestima, Gerardo Presa Fácil De La Ansiedad, et cetera, et cetera, et cetera.
A medio año de haber iniciado en la práctica de la meditación, veo que no me ha dado superpoderes: no puedo mover objetos con la mente, no puedo manipular a la gente con el viejo y estarrio truco Jedi (“you don’t need to see my identification”), no consigo a la chica que quiero con solo tronar los dedos, no puedo lograr que Gorillaz venga a México (aunque Mark Lanegan sí va a venir, pero no creo que tenga mucho que ver en eso), ni que mi perro Pifas II aprenda a jugar Halo Reach en dificultad Legendaria. Ni siquiera creo ser “mejor persona”, mucho menos sentirme más cerca del “despertar” o de la pedorra “iluminación”, whatever than means… de hecho sigo jetón, mandón y con problemas emocionales. ¿Qué ha cambiado entonces? Es difícil decirlo. No voy a convertirme en un militante del budismo en alguna de sus múltiples denominaciones. No voy a participar pronto en un Dathün, un retiro de un mes entero para dedicarlo casi exclusivamente a la meditación. Estoy muy lejos. Lejos, lejos. Quizá, para mí, de momento se trate solo de aquello que Sócrates llamaba gnothi seauton. Y, cada día, tratar de recordar que la puta cuchara no existe. Es suficiente por ahora.
¿Y el dharma? Ahí está, con su vibrante presencia, de nuevo en mi vida. Esa jeva, ese kodama duendecil me hizo un gran regalo que espero pagar en el futuro. Sé que lo haré.