Happiness (y no, no es un post sobre la película de Todd Solondz)
George S. Scott en Taps tiene una gran línea al describir el honor: “Es a prueba de ladrones, a prueba de tontos, a prueba de cualquier clima”. La letra chiquita del contrato de la felicidad debería contener palabras similares o al menos la promesa de un elíxir que, por muy xodidos, apachurrados o mojados que nos sintamos, es a prueba de todo. DE TODO. Evidentemente, es más simple medir nuestra felicidad cuando la ponemos contra los momentos xodidos de la existencia. En este sentido, la felicidad debería ser una especie de gadget de bolsillo que nos ayudara a paliar esos momentos tenebrosos en los que nos sentimos como Frodo recién picoteado por Ella-Laraña (hey Peter Jackson, las arañas muerden, no tienen aguijón). El dólar sube. El dólar baja. Mi esposa/novia me dejó. Me pisaron (y me agarraron las nalgas) en el metro. El estúpido de mi jefe me dedicó una laaaaaarga perorata sobre lo imbécil que soy y lo inteligente –y guapo– que es él. Venga de ahí la felicidad, ese pedacito celestial que ayuda a sentirse mejor.
Bah, pero no es así, claro, las cosas nunca son así. No puedo dejar de decir que alguna vez pensé, en mi febril juventud (que se va para no volver), que era feliz. Alguna vez me dije “epa, soy feliz” o quizá fue “epa, me siento feliz”, ya no lo recuerdo. Estaba yo con una mujer, y pensé que era feliz. Que ella me hacía feliz. Luego nos peleamos. Y luego nos separamos. Y ya nunca nos vemos. Y sí, en aquel momento, si mal no recuerdo (aunque haya olvidado las palabras exactas), me sentía feliz. El tipín casi veintiañero que se sentía feliz en aquel momento, sin embargo, ya no está aquí. Le sucedió a un Gerardo (hey, that’s me!) con unos kilos menos y un montón de experiencias agrias y amargas menos. Acordarse de quiénes fuimos alguna vez es un acto de despedida: ese que fuimos ya no volverá. Oh sí, es melancólico y es raro y es cursi, pero así es. Las cosas que te hacían feliz antes ya no te hacen, quizá, feliz ahora. Puedes haber mantenido esos placeres de antaño, como ponerle limón a los Doritos Nachos (qué sé yo, caramba), pero la edad te ha hecho, y si aún no tienes dicha edad créeme, los años te harán pensar lo siguiente: hay una gran diferencia entre un placer y un momento de felicidad. El cigarro del break del cigarro de las 12 del día, ea, quizá eso sea un placer personal y privado (sobre todo en estos días donde los fumadores son satanizados y cuasiperseguidos por la ley). Pero no es un momento de felicidad. Poder salir a fumar un maldito cigarro luego de soportar a tus tres hijos menores de edad brincarte a la cara todo el (también) maldito domingo, ea… lo siento, no es un momento de felicidad. Es otro placer personal y privado, quizá uno provisto de ansiedad, pero hasta ahí llega. “Qué felicidad, al fin vi que a ese pendejo lo corrieran.” “Qué felicidad, ganó el ManU (¿sí ganó, verdad?)” “Qué felicidad, mi mujer no ha usado la tarjeta de crédito en todo el mes.” Oh, con qué facilidad empleamos la palabra ‘felicidad’, con qué modos tan tersos e ingenuos la trivializamos y la convertimos en algo frívolo. ¿Será?
Quizá todo el asunto de la felicidad tiene que ver con los momentos de gravidez, de seriedad, de adultez, de estatura intelectual. Recuerdo aquel cuento de Robert Bloch en el que a un tipo le es dado un reloj por el mismísimo Lucifer Príncipe de las Tinieblas©. El reto del diablo es el siguiente: sácale el perno al reloj en el momento en el que sientas la verdadera felicidad. Cuando esto sucedió, que fue curiosamente junto a las vías de un tren, el tipo del cuento era un jovencillo. Luego, durante un par de páginas, el autor nos receta a manera de elipsis las cosas bondadosas que le sucedieron en la vida al fulano aquel: estudió, se casó, tuvo hijos. Buenos tiempos, malos momentos, un poco de sal y pimienta, ya saben, una vida perfectamente normal y aburrida con ratos en los que, metido entre las sábanas y con las cosas relativamente en control, el tipo se sintió tentado a sacar el perno y (detalle que olvidé aclararles) detener para siempre, como en un freeze-frame, ese perfecto momento de felicidad. Aquello nunca sucedió, y como en los buenos cuentos del diablo, el Rey del Averno volvió a encontrarse con nuestro héroe, quien ya era un anciano y que, curiosamente, caminaba junto a las mismas vías del tren donde se cruzaron por primera vez décadas atrás. Nunca se atrevió a sacar el perno así es que (esto también es predecible) el diablo se cobró la deuda… su alma, pues. Lo llevó al tren que va al infierno, y ahí el tipo del cuento se vio en medio de la más encantadora compañía: los que pierden el tiempo jugando a las cartas y a los dados, las prostitutas, los borrachos, los que desafinan en el karaoke… en ese instante –y por alguna razón que desconozco el diablo se había olvidado de quitarle el mentado reloj–, el tipo sacó el perno. Así es que el demonio se triplecagó por la ocurrencia: a causa de eso, estarían condenados a vagabundear en aquel tren por toda la eternidad. El tipo replicó: “En este momento me siento feliz. En compañía de estas personas”. Así es que de esta manera tan liviana echo por el traste todas mis teorías sobre la pesadez de sentirse feliz, el instante definitivo en el que una persona, con toda la gravidez y seriedad que amerita la ocasión, puede decir: “Xoder, soy feliz”. Quizá es un poco de ambos casos: una mezcla de las cosas triviales con las cosas importantes. Nadie lo ha expresado mejor que Kevin Spacey en American Beauty: “Siempre escuché que tu vida pasa frente a ti el segundo antes de que mueras… para mí, fue estar acostado de espaldas en el campamento de los boy scouts, viendo las estrellas fugaces… y las hojas amarillas de los árboles de maple… o las manos de mi abuela, y la manera en que su piel parecía hecha de papel… y la primera vez que vi el nuevo Firebird de mi primo Tony… y Janie… y Janie… y… Carolyn”. Kevin tenía razón: la felicidad se mide y sólo se puede medir contra qué tan cerca hemos estado o estamos de la muerte. Y el ingrediente secreto, claro, cómo olvidarlo, es el siguiente: ¡Xoder, no se tomen las cosas tan en serio!
Feliz inicio de semana, vaclayos y devoschkas.