Habemus Papam

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¡Qué terrible cosa ser elegido Papa! Cargar con tal responsabilidad a una edad tan grande. Según datos obtenidos en un libro de Dan Brown (y después revisado por mi… en un libro que seguramente es igual de especulativo, pero que tiene mejor reputación), en promedio, un Papa trabaja unas 18 horas al día, los siete días de la semana y muere de agotamiento a los 5 años. Cuando eres Papa, eres el representante de miles de millones de católicos (perdónenme, pero desconozco la cifra exacta) ante Dios, su mediador elegido para velar por sus necesidades ante el Creador. Y, claro, también tienes que atender un montón de asuntos más mundanos, como política exterior, hacer frente a escándalos, embarcarte en viajes apostólicos a distintas partes del mundo, cuidar la economía de la Iglesia y un sinfín de cosas más. Estar en la cima de una de las organizaciones más antiguas y enmarañadas del mundo como lo es la Iglesia católica, con tantas fallas, con tanto por hacer, tanto que corregir, tanto que continuar, tanto que acallar… solo eso debe volver loco a cualquiera; ya no digamos lo demás. Tantas presiones, tanta atención, tanta responsabilidad, tanto terrenal como divina. ¡Tantas cosas! Siempre me he preguntado si un joven sacerdote, al momento de ser ordenado, se pone a sí mismo como meta llegar a ocupar la Silla de San Pedro. En realidad sonaría natural: todos nosotros queremos llegar a lo más alto en nuestro trabajo y claro que el papado debe ser la cima de toda carrera sacerdotal. Pero tener tal carga sobre los hombros, soportar el peso de tal cruz… ¿es deseable? Claro que para ciertas personas, supongo, si lo es.  Para progresar dentro de la estructura de la Iglesia (y espero que esto no se lo tomen a mal, simplemente es un hecho que menciono), uno debe tener tanta ambición como cualquier político que quiera escalar peldaños en su partido. La mayoría de los cardenales (de la Iglesia, no los de Arizona… aunque igual y aplica también para ellos), detrás de sus rostros apacibles y la paz espiritual que irradia su porte, también son maquiavélicos hombres que han sorteado temporales y superado obstáculos para llegar hasta donde están, lo cual no es necesariamente malo. Ellos se dan una idea de lo que es ser Papa, mucho mejor de la que nosotros jamás tendremos, y supongo que es válido decir que para ellos no sería una cosa tan terrible el ser elegido Papa. Sin embargo, Habemus Papam, la película italiana de Nanni Moretti que nos ocupa en esta ocasión, nos habla de un hombre que nunca quiso tal responsabilidad y que ahora la tiene… por voluntad divina.

La película inicia con el funeral de un Pontífice (no nos dicen cuál, pero nos damos una idea), tras lo cual vemos el principio del rito de elección más secreto y antiguo del mundo occidental: el Cónclave (¡A la BatiWikipedia, Robin!). Tal rito, realizado en las profundidades de una capilla Sixtina cerrada a cal y canto, completamente aislada del mundo exterior, tiene como propósito que los cardenales venidos de todo el mundo puedan elegir un sucesor por voluntad divina (por eso el encierro). La película nos pone en la cámara de un reportero, el cual nos muestra el rostro de los cardenales conforme caminan en procesión hacia su lugar de reclusión. Son rostros viejos, sabios, de todos los colores y razas del mundo (o al menos de casi todos), pero también rostros un poco angustiados. Y es que aunque muchos hayan soñado con ser algún día Vicarios de Cristo en la tierra, bueh, tener la posibilidad tan cerca es otra cosa completamente diferente. El director nos hace escuchar sus pensamientos y todos claman un mantra desesperado: “¡Yo no, Señor! ¡Por favor no! ¡No soy digno!”.

Claro que, como todo, aquí también hay favoritos. El reportero nos los nombra y después, cuando somos testigos de las votaciones, los nombres de los favoritos se repiten constantemente. Pero ninguno alcanza la mayoría requerida. Algo de lo más representativo del Cónclave es la manera en la que se comunican sus deliberaciones al mundo exterior: mediante el color del humo que es expulsado por la chimenea colocada en el techo de la capilla. Humo negro indica una votación fallida. Humo blanco indica que se ha llegado a una decisión.

Sin embargo, la decisión no llega en el Cónclave hasta que, en una votación crucial, como producto de alguna alquimia sagrada, parece que los cardenales se inclinan por el mismo hombre.  “¡Melville!... ¡Melville!... ¡Melville!” se escucha mientras se llega a un consenso y la cámara nos muestra a un anciano asustado que casi parece encogerse dentro de sus vestiduras a cada mención de su nombre.

El cardenal Melville es interpretado por Michel Piccoli, de 86 años, ganador del premio al mejor actor en el festival de Cannes de 1980 y un favorito de ese gran cineasta ateo llamado Luis Buñuel, con quién realizó 7 películas, entre ellas La Vía Láctea, en la que interpretó al Marqués de Sade. Eso por sí solo bastaría para una carrera, pero el maese Piccoli a trabajo además en más de 200 películas, virtualmente estando bajo el mando de cada director notable. Y, sin embargo, él mismo ha reconocido a este papel como uno de sus más entrañables, al que se ha entregado con más amor.

De vuelta a la película, nos resulta claro que Melville es una elección de compromiso: un hombre viejo, muy querido, que se supone capaz, pero que también es posible que tenga un reinado breve, de algunos años solamente, pero los suficientes para organizar a la Iglesia después de un pontificado largo, como el que se presume tuvo su antecesor. Entonces los Guardias Suizos toman posiciones en un balcón con vista a la Plaza de San Pedro (el balcón de la oficina del Papa, desde el cual le habla al mundo y lo bendice cada día), mientras un portavoz del vaticano y un cardenal aparecen y le anuncian al mundo la buena nueva: Habemus Papam! ¡Tenemos Papa! Y entonces, antes de que se anuncie el nombre del nuevo pontífice, un grito sobrenatural (sin duda el sonido más autentico de terror) nos estremece hasta la médula. Y el anuncio llega a su fin. Todos los ojos están ahora puestos en Melville (ahora conocido como Su Santidad), quién luce acobardado en su silla, con la cara hundida en las manos. La imagen de la desesperación vestida de blanco.

Simplemente no puede hacerlo. Pide ser perdonado y excusado de su servicio, pero eso es imposible.  La voluntad de Dios se ha manifestado a través de los cardenales y ellos no tienen la menor intención de hacer caso omiso. Instando a los funcionarios del vaticano, Su Santidad consigue un poco más de tiempo, un poco de descanso. Incluso se dispone todo para que se reúna con el mejor psicoanalista de Italia (interpretado por Moretti, el director), aunque ellos no son los más grandes entusiastas del psicoanálisis. Ni los más creyentes. Todo esto resulta en una escena comiquísima, pero la confusión sigue, así como la incapacidad para cumplir con el deber. Luego, Su Santidad se las arregla para salir de la Ciudad del Vaticano y escaparse a las calles de Roma. Dado que su elección no se ha hecho pública, es solo otro anciano caminando por la Ciudad Eterna.

He aquí los elementos de la comedia, pero no es de bajo perfil ni de mal gusto; se trata aquí de una película que es respetuosa de la Iglesia católica y en donde no se lanzan golpes bajos al papado (alguien del Vaticano por ahí dice una grosería por teléfono, pero eso pasa, supongo). Mientras, el Papa vaga de forma anónima por las calles, conociendo a todo tipo de gente, disfrutando de simples placeres cotidianos que no ha experimentado en años. Siendo un hombre joven, había soñado ser actor y he aquí que en este momento se encuentra con una compañía de teatro que le ofrece su amistad. La vida es así, a veces.

Piccoli aporta calor humano a las escenas. La película intercala sus aventuras con lo que acontece dentro del Vaticano. Y es que debido a que se considera el anuncio del nuevo pontífice como el término oficial de Cónclave, se establece que el aislamiento de los cardenales continúe hasta que la crisis se resuelva. A ellos se une el psicoanalista, quién tampoco puede salir y quién resulta ser el catalizador y animador de los juegos de cartas e incluso organiza un torneo mundial de voleibol. Hay argumentos a través del establecimiento de las canchas, de las reglas, del formato y la composición de los equipos y de los grupos donde irán. Y resulta claro que los cardenales no se han divertido así desde hace mucho tiempo. Moretti (quién, por cierto, ha jugado polo acuático de manera profesional, representando a su país y todo) es un director muy apreciado, cuyas películas suelen ser calurosamente humanistas.

Habemus Papam es una cinta con un gran corazón. Gran parte de eso proviene de Piccoli, quién a sus 86 años nos demuestra que está lejos de ser caduco y que bien puede engañar al equipo de seguridad del Vaticano durante su escape. Y lo creemos. Toma su papel con una seriedad absoluta, dando la debida importancia a las responsabilidades aterradoras que esta por asumir. Una gran parte de la trama se compone de la tradición del Vaticano y de la política, pero esta no es una película cínica. Todo lo contrario. Dios ha hablado y está en el Vaticano hacer lo mejor que pueda. Como antes. Como siempre.