Envidia de orgasmo… qué calor
Au lecteur: No sé ustedes qué piensen, pero esta primavera/ verano el calor se ha sentido peor que nunca. Imagino por todo el país a cientos de miles de mexicanos sentados en quicios de banquetas, en sus bancas y hamacas preferidas, con la bebida de su preferencia y la lengua de fuera buscando métodos para aplacar las ondas cálidas en axilas, cabeza, pierna y pecho. La Segob ya había advertido, por ahí del natalicio del Benemérito de las Américas, que en abril, mayo y junio se alcanzarían temperaturas de hasta 45 grados centígrados (en estados como Sinaloa, Sonora, Veracruz y Guerrero). En el DF, el peor escenario previsto ha sido de 34 grados (¿la onda cálida está subsidiada también o qué?), y de todos modos siento los pies como si me estuvieran friendo un huevo en las plantas (no se aceleren, no es albur). Por supuesto, no me quejo: seguramente ya van varias muertes por calor en el interior de la República.
Así es que pueden imaginarme, a las dos de la mañana de un día común y corriente, acostado en la cama del departamento de una chica que aquí llamaremos Charlotte ( jaja, sonó a “En la cama con Madonna”), intentando que el maldito calor me dejé conciliar el maldito sueño para levantarme al siguiente maldito día. Pero no puedo. Entonces, y esta es la parte churrigueresca del asunto, escucho un extraño ruido, como el quejido de un perro. Arf. Y otra vez. Arf, arf. Dos y tres quejidos, y como Charlotte no tiene perro, me levanto a ver qué sucede. En efecto, el quejido viene de otro departamento, y no precisamente de un perro, sino de una mujer que, aparentemente, está participando en ‘el acto sexual’. Pueden imaginarme, playera y boxers, realmente entusiasmado, junto a la ventana, de mirón o, en este caso, de escuchón. El “arf” se convierte en un “growl” y el “growl” en un “auuuuuu”, lo que me prende sobremanera, aunque no puedo decir lo mismo de Charlotte (creo que no te maneja lo que es el voyeur). La anónima mujer parecía habérsela pasado muy bien, y yo también, aunque mi prendidez bajó cuando escuché, fuerte y claro, el grave tono de un hombre haciendo “ahhhhhh”. Disculpen, pero eso no me interesa. Platicando con un amigo la semana pasada, llegamos a la conclusión de que lo peor de una película porno es que el director se ponga creativo y, justo en el momento del orgasmo, enfoque el rostro del hombre en éxtasis. Desagradable. Así es que el supuesto orgasmo del fulano me bajó las pilas. Desanimado, volví a la cama. Cuál sería mi sorpresa al escuchar de nuevo el “arf”. Corro a la ventana, y pronto el “arf” se transforma en “growl” y “auuuuu”. Dios, pensé, este cabrón ya hizo que se viniera dos veces. Bueno, la cosa no paró ahí, ya que siguieron dándole al ‘esconde el salami’ unos treinta minutos más. Sobra decir que aquello me escandalizaba, básicamente porque todos los hombres creemos que, en términos del ‘acto sexual’, somos los mejores para darle placer a las mujeres (también llegamos a conclusiones estúpidas como que las mujeres sólo tienen sexo por amor, o que lo que a una le agrada le gusta a todas las demás). Cuando el fulano del departamento de abajo, que seguramente escupe al comer, prefiere ver DVD doblados al español y su punto álgido del día es resolver una fórmula de Excel puede cabalgar de esa manera durante unos 40 minutos, uff, una onda más cálida que la onda cálida 2012 1/2 se apodera de mi estómago, un sentimiento que Milan Kundera quizá llamaría litost, pero que yo prefiero decirle, simple y sencillamente, envidia de orgasmo. Y no me malinterpreten: no creo que mis orgasmos (y los de otras personas) sean malos. Simplemente, en los orgasmos no hay forma de ganar. Es como con los autos: por mucho que te guste tu nuevo coche, siempre habrá alguien que tenga uno mejor.
Charlotte, por cierto, no es como la Charlotte fresoide de Sex and the City. Ella dice que es Carrie… claro que todas dicen que son Carrie. ¿Por qué las impredecibles mujeres a veces son tan predecibles?
