El ronin
Un samurái sin amo. La idea es increíble, considerando que todas las habilidades del samurái siguen intactas –sobre todo aquellas que más nos llaman la atención, como decapitar y/o mutilar enemigos con su espada–, por lo que el ronin se convierte en un personaje mucho más dinámico y con más posibilidades que un samurái-entregado-al-honor. Por ejemplo, un ronin resucitado (¿o es reencarnado?) en un distópico futuro cyborg presentado por Frank Miller. O los siete samuráis caídos en desgracia que ayudan a la desvalida aldea en la película de Kurosawa. O los matones y hombres internacionales de misterio del filme de John Frankenheimer. Detrás de la cara de piedra, el ronin guarda una tristeza muy particular y también un secreto. El secreto, me gusta pensar, es que se trata de un hijo de puta que te puede rebanar el cuerpo en dos segundos. Sus habilidades lo hacen un crío particularmente atractivo para los “trabajos sucios”, pero no todos alcanzan a leer del todo las verdaderas intenciones del ronin. Un ejemplo supremo es El Hombre Sin Nombre de Clint Eastwood en A Fistful of Dollars. El cabrón es un bastardo hijo de puta con el revólver, pero su andar lento, el cancro en la rota y el ponchou ocultan su verdadera naturaleza. Tan es así que este ronin, este yojimbo, que termina chambeando para bandos opuestos y ninguno de los idiotas se da cuenta de golpe. En Los siete samurái, los ronin prestan sus habilidades guerreras para ayudar a los pobres campesinos que son atacados por un grupo de bandidos (sí, como en A Bug’s Life). Uno de ellos, interpretado por Seiji Miyaguchi, es un espadachín impresionante. En cierta escena el tipo abandona su puesto de combate para ir a putearse a los bandidos. En realidad no vemos cómo lo hace, sólo esperamos durante varios segundos (¿o minutos?) a que regrese. El ronin vuelve, en una pieza. Y así es la maestría de Kurosawa: nos hace sentir lástima por los pobres diablos que fueron muertos por ese ronin virtuoso que (de paso) es un hijo de puta. El ronin de Toshiro Mifune en el filme en realidad no es tal: es más un payaso con muchos yarboclos. Pero está pocamadre. Así de posibilidades tiene el personaje del ronin.
Si aceptamos que el amo o el castillo del amo representan el honor –y las raíces– del samurái, quizá se entienda la melancolía inherente al ronin. Al final de Los siete samurái, a pesar de haberse madreado a los bandidos, el jefe de los ronin no siente que hayan ganado. Es un guerrero que se jacta de nunca haber ganado una guerra. El ronin como metáfora, por eso, es algo peligroso: alguien podría argumentar que Nicolas Cage en Leaving Las Vegas es un ronin es un estado tan, pero tan melancólico por aquello que ha perdido, que se dedica a chupar hasta que el hígado le quede como uva pasa. Para el caso, prefiero quedarme con los ronins modernos de Frankenheimer: special-ops que pelean hasta la muerte por ir detrás de un MacGuffin que nunca es revelado.
