De mantras... y Santa Closita Von Teese
La expresión “olvidé mi mantra” tiene su historia (chiquita, pero la tiene): su origen es la película Annie Hall del grandioso Woody Allen. Cuando nuestros héroes pasan una californiana Navidad en la mansión de Tony Lacey, hace un pequeño cameo el mismísimo Jeff Goldblum (el tipo se haría famoso años más tarde por su papel de insecto mutante en La mosca y de científico contreras en Jurassic Park) quien, con cara de haberse metido una caja de antidepresivos en tiempo récord, habla con alguien por teléfono, presumiblemente su guru, y le dice: “Olvidé mi mantra”. Un mantra, de acuerdo con la confiable Enciclopedia Británica, es “un rezo sagrado (silábico, en prosa o verso) que se considera posee una eficacia mística o espiritual. Varios mantras son dichos en voz alta o recitados internamente en el pensamiento”. Mi madre, en su etapa hindú me hizo cargar en la billetera el gayatri mantra, una especie de rezo con esteroides (o sea, superpoderoso) que se repite hasta ponerte en un estado bien groovy (el mantra, verán ustedes, tiene una extraña aunque efectiva correlación con el rosario cristiano. La repetición, y aquí sí hablo en serio, pone al creyente en un estado místico y de deslave interno. De nada). El gayatri mantra se caracteriza por proteger a quien lo dice. Bueno, he olvidado mi mantra. Ya hasta cambié de cartera. Quizá sea porque tiendo a desconfiar de los métodos de iluminación automática que promete la new age. Los tiendo a comparar con los productos que dicen que vas a adelgazar en días y te vas a poner tan bueno como Yoni Weismuller. También desconfío de ese mantra publicitario llamado ‘eslogan’ (y de los charlatanes egresados del Centro de Capacitación Cinematográfica que pasan años discutiendo en borracheras La Gran Propuesta Que Cambiará Para Siempre El Cine Nacional, y que para lo único que les sirvió su educación es para producir comerciales). Le huyo al mantra de los escritores rompebolas cuya única aspiración en la vida es ser mantenidos por el Conaculta (“dadme una beca/ dadme una beca/ dadme una beca”). En términos generales, practico a tal grado la desconfianza que he hecho de la frase “timeo danaos et dona ferentes” (“temo a los griegos aunque nos traigan regalos”) un mantra personal. La verdad es que ese latinajo se lo robé a una amiga que está bien sana y que la dice y escribe todo el tiempo. Otro mantra que practico es “quid pro quo” (quiere decir “una cosa por la otra”). En verdad creo en el karma. El silogismo es: 1) si jodo al prójimo acabaré jodido, 2) he jodido al prójimo, 3) por lo tanto, estoy bien jodido. Quid pro quo. Quid pro quo. Hace muchos años me tocó ver a un repartidor de Domino’s o Pizza Hut (no me acuerdo) con una fractura expuesta de fémur en la sala de urgencias de Traumatología en Lomas Verdes, Naucalpan. Con ojos llorosos y voz quebradiza, el tipín me dijo: “Todo por no estudiar”. Yo añadí mentalmente “y por conducir como idiota”, pero no se lo dije. ¿Moraleja? Quid pro quo. El karma es impecable. Si la haces la pagas. A tu favor o en contra, pero la pagas.
Pero igual mañana es Nochebuena. Y el martes, Navidad. Así que no me hagan mucho caso y mejor quédense con la imagen de Santa Closita Von Teese. Enjoy!