De la euforia al desencanto

Egipto

La Primavera Árabe, al igual que cada una de las revoluciones sociales acaecidas a lo largo de la historia, fue mágica. La gente, oprimida por un régimen de décadas, estaba en las calles, manifestándose en busca de libertad. Clamando por ella. Muriendo por ella. Por esa fantasía idealizada de la libertad que tienen los oprimidos. Porque hay que recordar que las masas que organizaron los ríos de gente que recorrieron las calles de Egipto hace poco más de un año eran, en su mayoría, jóvenes preparados sin oportunidades. Jóvenes egipcios que no habían visto a los héroes antiguos de la emancipación y para los que el régimen solo era una barrera entre ellos y los sueños que habían estado alimentando desde siempre. Jóvenes que veían desesperados que sus masters en el extranjero y su manejo de tres idiomas no les servían de absolutamente nada. Jóvenes que veían Al Jazeera, la BBC, CNN y demás. Que entendían lo que ocurría en el mundo, pero que no eran parte de eso. Jóvenes, pues, sin ilusiones, que en las calles se jugaban la última carta que les quedaba para tener un futuro.


La Primavera Árabe fue mágica por ese elemento de comunión que surgió entre todos los manifestantes, amparados bajo un mismo velo y con un mismo horizonte como meta. Cada uno de los que marchaban rumbo al centro político del país estaba hermanado con los tipos de al lado de una manera en la que no entenderíamos del todo si no estuvimos ahí. Ellos eran los Rebeldes luchando contra el Imperio, como en aquella película de Star Wars. Ellos eran la Comunidad del Anillo en su cruzada contra Mordor. Ellos eran los putos Band of Brothers. Ellos tenían sus propios y particulares mártires, que les advertían sobre lo duro del camino, pero también exigían no detenerse ahora que lo habían comenzado. Ellos, por primera vez en la vida tenían algo por lo que luchar. Algo por lo que valía la pena morir.

No se puede luchar por mucho tiempo contra tal fuerza, contra tal voluntad. Hubo víctimas, sí, pero ellos fueron el detonante para que el mundo presenciara que esto no era un capricho, sino una auténtica revolución. Una revolución, que, es cierto, no empezó en Egipto, pero que ahí fue donde tomó fuerza para extenderse por el resto del mundo árabe, de maneras más o menos diferentes. Una revolución que, dicen en Siria, aún no ha terminado. Pero en Egipto se realizó, al menos en apariencia. El Dictador cayó y hubo celebraciones y fuegos artificiales en la icónica Plaza Tahrir. Durante aquella mágica noche del viernes 11 de febrero del 2011 había solo alegría, que inflamaba los corazones e intoxicaba a los espíritus. Había gratitud para con los caídos, había el regocijo de los vencidos, había planes para cambiar todo y a todos. Había Esperanza. Y pues todo eso no le dejaba espacio a la preocupación sobre la Junta Militar que ahora gobernaría el país. Era solo de manera provisional, se decía.


Tiempo después se descubrió que el tiempo provisional se hacía más largo de lo que cualquiera hubiera esperado. Mientras las cosas trataban de volver a un curso más o menos normal, no dejaba de mirarse con recelo a la cúpula. ¿Era para esto que habíamos luchado? ¿Fue por esto por lo que nuestros hermanos murieron? Y es que después de la revolución, los Band of Brotrhers tuvieron que enfrentarse a una economía en ruinas, con todas sus funestas consecuencias. Pero la herida más profunda estaba en sus almas. Una herida que se hacía más dolorosa cada día que pasaba sin que llegara el cambio prometido. Sin que llegara aquello por lo que se había cambiado las cosas. Porque las cosas cambiaron, ¿verdad? La Primavera Árabe no fue un sueño, ¿cierto? Durante un laaargo tiempo no hubo respuesta para tales preguntas.


Las elecciones libres llegaron, pero con ellas regresó también la violencia. Hermanos matando a hermanos. Siendo manipulados, decían unos y otros. Derramando sangre al despedazarse. Aquí ya no había un enemigo común, un malvado Imperio contra el que pelear. Aquí se peleaba contra la idea de que unos pudieran hacer aquello que nos dijeron que iban a hacer. Se mataba como medida de prevención, pero también como revancha, porque recuerden que aquellos no participaron en la revolución. O al menos eso dicen. No había una idea clara, lo que hacía que la paranoia se combinara con la frustración. Y mientras tanto los militares seguían en el poder, no había trabajo, no había oportunidades. Poco a poco cayó el desencantó.


Es por eso que los egipcios están sumamente emputados. Es por eso que a un año de haberse hermanado contra el Dictador, ahora se matan entre ellos usando como pretexto un estúpido partido de futbol. Lo que vimos ayer en Port Said poco o nada tiene que ver con el resultado de 3-1 del encuentro entre Al Masry y el Al Ahly. Hay que ver esto como lo que es: una hoguera que fue alimentada por elementos sumamente diversos que se salió de control en un estadio, usando como detonante un partido. Y es que este día los enemigos no fueron imaginarios. Los enemigos tenían la playera del equipo contrario, los enemigos apoyaban al equipo más popular de El Cairo, de la capital, de ese lugar donde se encuentra la Junta Militar. Hay que decir que Port Said es una ciudad que después de la Primavera Árabe ha adquirido una naturaleza más que nada separatista. Tienen la idea de ser un puerto con autonomía propia, sin estar atado a la capital y a lo que ella representa. Era, por tanto, un partido que fue calentado desde antes por elementos diversos.


El silbatazo final fue el arranque de la barbarie. La afición del Al Ahly, el equipo visitante de la capital, estaba concentrada detrás de una portería y fue rodeada por los locales por izquierda y por derecha. Dicen, además, que sus salidas estaban cerradas con cadenas. Y entonces ocurrió lo inevitable. La gente del Al Masry invadió la cancha, clamando por sangre. El vestidor de los visitantes se convirtió en hospital y fue lo último que vieron muchas víctimas. La violencia no paró ahí. La violencia se extendió a las calles. Y los muertos, hasta el momento, son 74.

Muchas personas culpan al futbol. Y no digo que no tenga nada que ver, pero como hemos dicho, esto tiene raíces más profundas. El futbol es solo un deporte. Un juego. No da para tanto en circunstancias normales. Sin embargo, el futbol africano tiene un entorno sumamente complejo. El futbol africano es un entorno en el que árbitros amenazados de muertes es completamente normal. Ya que muchos países tienen o tenían regímenes absolutistas, la FIFA no se mete ahí para nada. Y los hinchas son extremadamente radicales y son usados como mano armada por las personas en el poder: sin uniformes, pero también sin escrúpulos. Es triste decirlo, pero esto era algo que era inevitable.


Es triste. Es una manifestación trágica del desencanto por la revolución. Y es que la Primavera Árabe, al igual que cada una de las revoluciones sociales acaecidas a lo largo de la historia, no dejo contentos a todos los participantes. En este caso parece que los inconformes son la inmensa mayoría. Pero es importante recordar que más allá de los ultras, más allá del futbol, hay un entorno de desesperanza. Una sensación de crispación de lentitud, de impotencia de ver a los militares en el poder. Egipto es un país en el que ya no existe miedo a la policía. En el que ya no es policías en la calle. Mucha gente culpa a los policías y a las fuerzas del orden por lo que pasó ayer. Y es que la policía está marcada, porque fueron ellos los que mataron a los manifestantes durante la revolución. Si un policía en un momento como esto llegara a golpear o a matar a un civil, la verdad es que no sabríamos hasta donde llegaría la furia y las consecuencias. 74 personas y más de mil heridos no es poca cosa, claro, pero estamos hablando de todo un país quizá comportándose como esa gente del estadio que vimos ayer. No quiero ni imaginarlo.


Ayer fue un día trágico para el futbol mundial, sobretodo porque es algo que jamás debería ocurrir en un campo de juego. En ningún lugar, pero menos en un estadio. Y es que el futbol no se trata de esto. Y es sumamente triste cuando vemos algo que amamos utilizado como un medio para cometer barbaries de este calibre. Ojalá esto no vuelva a ocurrir jamás en ningún otro estadio, de cualquier parte del mundo. Y ojalá que los egipcios pronto se den cuenta de que este no es el camino. De que las cosas siempre se toman su tiempo. Es fácil decirlo desde el occidente, pero así es, la historia lo demuestra. Y la historia también demuestra que cada sociedad es juzgada por sus actos. Todos sus actos.


In memoriam de las víctimas.