Foto de la Semana en nfl.com
Este post versará sobre los hechos circundantes al hecho de escribir. Sitios. Contextos. Situaciones. Herramientas. Disciplina. Verdades.
Tan importante como tener algo de qué escribir es escribir en las condiciones que hagan sentir mejor al autor. Por supuesto, no hay reglas escritas en mármol, pero sí una serie de ideas básicas que tienen que ver con el ejercicio básico de imaginar una historia y desarrollar las habilidades esenciales para ejercer esa habilidad de manera artificiosa y eficiente en una hoja de papel (o en una hoja electrónica, para el caso).
El cuerpo humano es una masa ordenada de músculos, grasa, líquidos (unos más viscosos que otros), huesos, pelos y otros tejidos. A pesar de que los documentales de la televisión y la “sabiduría popular” (whatever that means) nos recuerda que se trata de una “máquina perfecta”, debemos alimentarla, cuidarla y aceitarla. El hecho de escribir implica ser mindful del cuerpo y estar conscientes del momento presente en el que estamos tecleando o dibujando garabatos en una libreta. No es igual sentar las nalgas en un piso frío y húmedo que en una silla cómoda y seca. No es lo mismo escribir en un cuartucho supuestamente “bohemio” que en una habitación propiamente iluminada y ventilada. El cuerpo del escritor resiente o asiente el sitio en el que se coloca a imaginar sus historias. Leer es un ejercicio mental, como decía Nabokov, y escribir también; sin embargo, no hay mente lúcida detrás de un cuerpo idiota.
No estoy diciendo que el escritor deba ejercitarse o mantenerse en excelente forma física. Ejemplos sobran de escritores ebrios, panzones y farmacodependientes, alejados por completo de cualquier indicador de salud de la OMS. Existen algunos ejemplos de escritores deportistas, por supuesto, el más notable el del egregio Haruki Murakami, quien además de novelista es corredor de ultramaratones. Pero son los menos. Son eso: caso notables.
Yo me refiero a mantener el cuerpo en una situación idónea para escribir. Habrá quien me diga que el piso frío y húmedo es ideal para él; quizá se trate de un faquir. Los demás escritores necesitamos una serie de condiciones importantes, a saber:
1) Una silla cómoda, 2) Una habitación bien iluminada y ventilada, 3) Una hidratación constante, 4) Un procesador de texto poco intrusivo, 5) Un método de “capitulación” interna, 6) Tiempo para concentrarse.
Las dos primeras, creo, no necesitan mayor explicación. De la tercera condición se puede apropiar el agua, el licor, la cerveza o el café, pero debo decir que, aunque soy bebedor de cerveza al momento de escribir, que una buena sesión no se puede completar sin al menos dos litros de agua. Combinen su whiskey o su absinthe con agua, si quieren, pero agreguen agua a la mezcla. Su cuerpo lo agradecerá.
El procesador de texto es importante. Hace las veces de máquina de escribir de nuestros tiempos, es la página en blanco electrónica y donde todo sucede. Software horrible como Word, lleno de barras de herramientas, distrae y complica. El escritor no necesita acomodar márgenes, elegir tipografías o interlineados de párrafos a la hora de crear un mundo imaginario. Las únicas herramientas esenciales son las que se tienen en el teclado. El uso de bold, itálicas, versales o subrayados son lujos, son add-ons. Cuando los escritores escribían en máquinas de escribir golpeaban una página con las teclas y cada tecla representaba un valor, una letra, un signo, una máyúscula. La edición se hacía más tarde. Es igual con el procesador de textos actual. No necesitas más que poner atención en lo que estás escribiendo. Esto incluye el uso del navegador web a la hora de escribir. Celebro que se use con fines enciclopédicos, como un diccionario de mano, no como una distracción pedorra. ¿Por qué querrías leer tuits idiotas de alguien que no conoces cuando en tu página está naciendo la alquimia peculiar de un mundo creado, imaginario, rico y vivo y tan real como tú desees que sea? Deja los tuits idiotas para otro momento del día. No para el momento de escribir.
En mi experiencia, hay que desconfiar de las aplicaciones que prometen “notas”, capitulación sofisticada o que supuestamente estén hechos a la medida para novelistas. No sirven para nada. A mí me sirve Pages de Mac OS X porque es muy simple. Google Docs es ideal para cuentos cortos; para relatos de más de 100 cuartillas, dificulta la navegación entre páginas porque hay que ir página por página para hallar algo que se escribió uno o dos meses antes.
Ahora, el método de capitulación interna. Es mucho más simple de lo que suena: se trata de cualquier artilugio que permita hacer pausas en el flujo de escritura. Funciona porque proporciona ritmo, un vaivén, da la sensación de movimiento, de picos y valles, de subidas y bajadas. Ejemplos: un cigarro, una chaqueta, una canción, algo en la tele, un libro. Se trata de una pausa ex profeso, un alto voluntario e intencional.
Un cigarro adentro de la página perpetua el momento de escritura. No lo condeno, simplemente no sirve para este propósito porque le da continuum al vuelo. Un cigarro afuera de la página, salir, voltearse, mirar hacia adentro, mirar lo que hay en la calle, y fumar, fumar, fumar, ayuda a romper el ritmo pero de una manera educada. Volver a la página es simple siempre y cuando esa fumareda no se convierta en una peda y la pausa no dure demasiado. La masturbación sirve el mismo propósito; parar y jugar videojuegos treinta minutos, práctica que he hecho en sesiones de más de doce horas de escrituras, revitalizan el ritmo del escritor. Leer tiene el mismo efecto. Poner una película. Cambiar la canción. Muchos escritores escriben con música, y la razón es simple: provee ritmo. Nada más que eso. Olviden el “sabor emocional” de una canción en un capítulo, es más un asunto de ritmo. Yo suelo escuchar 20 o 25 o 30 veces la misma canción. Y luego la cambio. He ahí mi corte. Mi cue. Tiempo de cambiar el ritmo. Escribir es como bailar. Aunque yo quisiera bailar tan bien como escribo. :P
Finalmente, tiempo para concentrarse. El ejercicio de escribir puede ser agotador. Para mí, una sesión de escritura solo puede valer la pena si dura al menos 8 horas. Para concentrarse necesitas el tiempo. La soledad. Difícilmente podrás escribir algo si tienes la casa llena de gente interrumpiendo e irrumpiendo con ruido, ruido que no es el tuyo. Socialmente, esta es la parte más complicada de ser escritor. Nadie en su sano juicio va a entender por qué quieres estar solo frente a una página de papel en blanco que vas llenando poco a poco con letras. Con mundos imaginarios. Con gente que no existe. Y si no lo haces constantemente, diligentemente, se te va a escapar. Tienes que estar ahí, de preferencia a diario, en ese mundo. Ahí, ahí. Tienes que estar ahí. Existe el anhelo oculto de que existiera una fórmula menos dolorosa, que una novela surgiera rápidamente, como meter palomitas de maíz industriales en el horno de microondas. Pero no es así. Escribir es naturalmente lento porque hay que describir personajes, lugares y situaciones. Todo es mental. Y porque hacerlo con las manos cuesta trabajo. Y es pachorrudo. Esa es la verdad. Esa es la naturaleza del oficio. Si has decidido escribir es porque la energía de crear esos mundos imaginarios es más fuerte que tú. Esa es la verdad. Esa es la belleza de todo esto. Pero es un mundo solitario. No me puedo imaginar escribir acompañado. Escribir es un acto de soledad. De ver el mundo interior y ver el mundo exterior, es “juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata”, parafraseando a Paz. “Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo.”
“We live in a world where John Lennon was murdered, yet Barry Manilow continues to put out fucking albums. God-dammit! If you’re gonna murder somebody, have some fucking taste. I’ll drive you to Kenny Rogers’ house.”
| — | Bill Hicks |
The scent of Thyme carried on the wind
Stings my face into remembering
Cruel nature has won again
Cruel nature has won again
On Battleship Hills caved in trenches
A hateful feeling still lingers
Even now 80 years later
Cruel nature, cruel, cruel nature
The land returns to how it has always been
Thyme carried on the wind
Jagged mountains, jutting out
Cracked like teeth in a rotten mouth
On Battleship Hill I hear the wind
Say, "Cruel nature has won again"
Cruel nature has won again…
Todo parece indicar que Ben Affleck, una suerte de Robert Redford de los años 2010 (“actor carita” convertido en director), tiene mucho talento como cineasta. En 2010 The Town lo puso en el ojo de buena parte de la audiencia como, ejem, un director de cine en serio (no he visto su debut, Gone Baby Gone, del cual he leído también tiene lo suyo). The Town, basada en una novela, es una épica bostoniana sobre un ladrón de bancos que además roba corazones (búrlense de mi frase, anden), y en ella Ben Affleck, que al parecer tendrá la mala costumbre de autodirigirse, es el clásico Ben Affleck de mirada a la Zoolander y abdomen de lavadero. Pero la película funciona, y de qué manera: es muy dramática y muy emocional.
Ahora, Affleck se lanza evi-den-te-men-te a la carrera por los Oscar con otra adaptación, pero esta de corte histórico: el rescate de seis ciudadanos gringos que se quedaron varados en Irán cuando el Ayatolá Jomeini derrocó al Shá y sus huestes se lanzaron en modalidad berserker contra la embajada de Estados Unidos. Con ese colorido setentero que me recordó tanto al Munich de Spielberg (sobre el asesinato de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 y su ulterior venganza), pero sin la seriedad y el acento sombrío, Affleck saca a relucir su espíritu geek (recordemos que el tipo es un aficionado al cómic) y nos relata con un montón de recursos la “extracción” de los seis gringos gracias a un plan genial, tan genial que parece de ficción.
Argo, a cosmic conflagration Argo, a cosmic conflagration se lee en el póster del filme falso que monta la CIA para hacer creer al nuevo gobierno iraní que un crú hollywoodense quiere hacer un scouting de locaciones en Teherán. Affleck, en su papel de Tony Mendez, operativo de la CIA, se hace pasar por el productor de la cinta y arma en tiempo récord un montaje de pre-producción con auténticos trabajadores de la industria (Alan Arkin y John Goodman, maravillosos en sus papeles) para darle credibilidad al asunto. Claro: van a filmar Argo y necesitan actores, locaciones, prensa… todo el numerito. El único que parece creer en su estúpidamente genial idea es un godínez de la CIA encarnado por Bryan Cranston, el químico canceroso de Breaking Bad. Bueno, algunos altos oficiales del gobierno también creyeron en él pues le dieron luz verde al proyecto. Y sí: Argo está INSPIRADA EN HECHOS REALES, así es que… caraxo, más o menos así sucedieron las cosas. Los seis gringos fueron rescatados (se escondían en la casa del embajador canadiense en Irán), medallas fueron entregadas… todo es felicidad al final.
Esa es mi primera objeción: el final es azucarado. Demasiado azucarado. Ya saben: musiquita de piano, sentimientos exacerbados de paternidad, reencuentros, el texto de “qué pasó con los personajes” asomándose en lentos fade-ins. Después de ver The Town, uno pensaría que Ben Affleck no haría un final lacrimógeno a la Spielberg en sus películas, pero lo hizo. No me gustó.
Mi segunda objeción es:
Un asunto de verosimilitud que tiene que ver con unos boletos de avión. Inverosímil, tratándose de 1980. Pero eso no lo voy a explicar.
Mi tercera objeción es la más fuerte: Ben Affleck es un costal de papas en Argo. Tengo la sospecha de que el tipo está tan acostumbrado a verse así, y a sonreír así, que en este descarado intento por competir por un Oscar concluyó que tenía que verse así. Con un personaje poco o nada carismático, sin sentido del humor, sin mucho poder de convencimiento. El resultado: Argo carece de un sólido personaje principal, el cual (por cierto), es devorado escénicamente cada vez que Mr. Breakingbad aparece en escena. No solo porque Bryan Cranston es un chingón, sino porque parece una persona viva que gesticula, se alegra, se enoja, parpadea… si a alguien pueden nominar es a Cranston. Pienso.
El desenlace de Argo es muy tenso. La chica con la que la vi y yo nos devorábamos las uñas en las escenas finales, puro nerviosismo cinematográfico de aeropuerto como no se veía desde Expreso de medianoche. Lo cual es maravilloso, y confirma, al menos para mí, que Affleck es un buen director de cine. Solo esperemos que para su próxima película contrate a otro actor para el rol principal.
Y ojalá no sea Matt Damon…
Tantas cosas que disfruto en la vida: los dos minutos finales de un partido apretado de la NFL, las nalgas femeninas, la cerveza fría en la tarde, el olor de las revistas recién llegadas de la imprenta, el olor a perro de los perros, el dorado momento en que encuentras un billete arrugado en una chamarra. Así podría pasar horas, enumerando pequeños goces que me harán extrañar este mundo cuando me toque largarme, pero prefiero concentrarme en algo que disfruto y que hago todo el tiempo: escribir. Por mi trabajo y por la época en la que vivo, escribo todo el tiempo. En el móvil. En el Gtalk. En el mail de la oficina. En libretas. En el Twitter y el Facebook –aunque esos pequeños impulsos de escritura duran poco y no producen tanto placer. También de repente escribo posts como este para mi blog u otros blogs por ahí. Y también escribo ficción. Me gusta producir comedia y un tipo de “ficción especulativa” que no he acabado de definir muy bien. Antes me gustaba mucho el cuento, y luego moví mi energía a la novela. Mis esfuerzos se trasladaron del énfasis en el estilo (un estilo adolescente y arrebatado e irresponsable con el que escribía desde fines de los noventa) al disfrute lento y sabroso de la estructura. El gozo irremediable de montar el andamiaje y sobre eso ver crecer la historia, los personajes, a dónde se dirige la acción, observar escenas que la musa te susurró meses o años atrás.
En la construcción de una novela, la proximidad emocional es clave. Sentirte cercano y familiar con una historia y un setting en el que pasarás mucho tiempo es tan importante como sentirte cercano y familiar con una persona con la que compartes una casa. Proximidad emocional, que no devoción (no creo que el apego escriba buenas historias), pero tampoco neutralidad (si desaparecen las ganas de cogerte tu propio libro deberías ponerte a buscar otra historia).
En el proceso de escritura, sin embargo, se entremezclan decisiones frías. Algunos días lejos del manuscrito o una opinión de un tercero ayudan a ver las cosas desde otro ángulo. Con la cabeza fría se juzgan mejor escenas demasiado largas, chistes no tan graciosos, personajes irrelevantes, situaciones que taponean el avance de la historia. Todo esto tiene que ver con la parte de “montar el andamiaje”: estructurar una historia y súbitamente mirar cómo se desenvuelve con fluidez. Esa parte es bella. Casi un xodido milagro, como mirar asombrado que el Frankenstein en el que trabajaste tanto tiempo sí logró levantarse y caminar. It’s alive, dude.
Pero todo esto implica adelantarme a los trucos del tejido de una historia, del oficio artesanal que consiste en lograr que un relato funcione. Estoy dando por hecho que dicho relato tiene un pelo de originalidad, de espontaneidad, de inspiración.
Hace unos días leí por qué el exceso emocional es esencial para escribir. La premisa básica es: el gran arte se nutre de las emociones más intensas, del terror, del amor desencajado, de la soledad, de las pérdidas. Tiene sentido: la fuerza emocional de escribir bajo la influencia de una mujer que nos rompió el corazón es más poderosa que, no sé, salir a comprar cigarros (o el pan, para el caso). Sin embargo, algo intenso, un exceso puede venir de la anécdota simple de salir a comprar cigarros. Es la energía con la que fabulamos una experiencia. Anaïs Nin, la divina autora francesa, dice que no hay que tener miedo de sentir fullness, pues se trata de una fuerza natural que nos arrastra a las experiencias y después a escribir. Sí: uno puede escribir sobre una o muchas experiencias fantásticas o cotidianas, o solo fabular sobre ellas. Pero lo importante es hacerlo lleno. Pleno. Sin miedo de liberar el fullness.
En el contexto del budismo Shambhala, el fullness de Anaïs bien podría cruzarse con el llamado lungta, una palabra tibetana que quiere decir “caballo de viento”, windhorse, una energía vital que nos conecta con nuestra bondad básica, y que puede cabalgarse y dominarse. El maestro Trungpa escribió: “La experiencia personal de este viento es un sentimiento de sentirse completa y poderosamente en el momento presente”. No he hallado mejor definición de arribar a ese lugar a donde el escritor puede llegar, y llegar solo, completamente lleno de windhorse, ese lugar al que se accede normalmente después de un buen tiempo de experimentar soledad. Y cuando se está ahí, hay que escribir sin ser “miserable con tus pensamientos y sentimientos”, como dice Anaïs.
Lo que un escritor necesita es escribir. Escribir, escribir y escribir. A pesar de que todos te digan que no pierdas el tiempo. O a pesar de que no tengas tiempo. A pesar de que las palabras salgan rancias al principio, o en muchos principios. Escribir da oficio, disciplina y crea hábitos y habilidades esenciales para domar el windhorse. Escribir libera, aniquila el miedo, cura la gripe, el acné, la alopecia, enaltece, es un fin en sí mismo, da “conocimiento, salvación, poder, abandono”, parafraseando a Paz, y “revela este mundo; crea otro”.