Algo sobre Dios y Se7en para iniciar Semana Santa
Alguna vez la gente miró con terror las cosas de Dios en la Tierra y, sobre todo, cómo se las decían sus representantes divinos, a saber, los padres de la Iglesia Católica. Si nos asomamos a un templo católico tradicional es muy probable que hallemos representaciones cuasigore de la Pasión de Cristo, o de perdida un Jesús camorreado, sangrante y con corona de espinas. No debe sorprendernos que así sea cuando los fieles de la Iglesia durante siglos fueron una masa de gente sin ningún tipo de educación formal. Y no lo digo peyorativamente: imaginen la Francia del siglo IX, donde sólo un reducidísimo porcentaje de la población sabía leer y escribir. La única manera en que podía evangelizarse era echando mano de métodos audiovisuales. Música sacra. Imaginería clasificación C. Iglesias espectaculares. Cuando era católico, me quejaba de que antes la Iglesia se tomaba con seriedad la construcción de sus templos de adoración. Se trataba de sitios meticulosamente pensados para inspirar el misticismo y el temor a Dios; ahora todos parecen Vips.
Sí, el temor a Dios. De ahí emana un concepto tan bizarro y caduco como el de los siete pecados capitales. Lujuria (luxuria), glotonería (gula), avaricia (avaritia), ira (ira), envidia (invidia), orgullo (superbia) y pereza (acedia). La idea parece venir del monje italiano Evagrio Póntico, quien en el siglo IV escribió sobre los ‘ocho pensamientos de maldad’. El papa Gregorio I (540-606) le dio un tratamiento más formal como parte de la doctrina cristiana, y también como una suerte de código moral de alto nivel que todo creyente debía seguir para mantener la rectitud en su vida y, con suerte, alcanzar el Paraíso. Aquella Iglesia Católica medieval mantenía muy bien delimitados los pecados en los que podía incurrir una persona: estaban los veniales (cosas menores, como decir ‘mentiras blancas’), los mortales (cosas mayores, como matar a golpes al prójimo) y los capitales, que tenían su contraparte en las siete virtudes (castidad, templanza, caridad, diligencia, paciencia, bondad y humildad). Supongo que, en estricta teoría, la cosa no suena mal: se asemeja, al menos desde el aspecto moral, a las Cuatro Nobles Verdades del budismo: la naturaleza del sufrimiento, el origen del sufrimiento, el cese del sufrimiento y El Octuple Camino para deshacerse de él. En este punto, sin embargo, la doctrina budista se separa a 10 mil millones de años luz de la cristiana; mientras que en ésta última hay amenazas y un truculento contrato lleno de ‘letras chiquitas’ (si te pasas de lanza, te irás al Infierno; un agente externo, Dios, te condenará para siempre), el budismo logró mezclar el pensamiento lógico con el mágico (si te pasas de lanza, habrá consecuencias; no hay agentes externos, tú eres el responsable de tu destino).
Dante Alighieri, en el siglo XIV, tomó los ya muy digeridos pecados capitales y escribió poesía de una belleza incomparable. El pecado capital más memorable es el de la lujuria: Francesca da Rimini, una florentina obligada a casarse con un acaudalado pero deforme personaje, terminó cometiendo adulterio con su guapetón hermano. El deforme los acuchilló, y como Dante conocía de primera mano la historia, los agregó al círculo infernal de los lujuriosos, donde estas pobres almas desnudas son azotadas por vientos. Dante escucha el relato de la acongojada Francesca, y se siente tan triste por la tragedia de la mujer –juzgada con dureza por el propio autor, que no le dedica ni una tortura de un diablillo cojuelo al marido homicida–, que se desmaya. En italiano, el verso es hermoso: “E caddi, come corpo morto cade” (“y caí, como cae un cuerpo muerto”). He ahí los siete pecados capitales al servicio de las bellas artes.
La modernidad fue despojando a los pecados capitales de su sensacionalismo. Del mismo modo en que las iglesias de antaño lentamente se convirtieron en templos con arquitectura de cafetería, el tema fue perdiendo seriedad y peso. El pecado se transformó en un ambiguo (o al menos así me lo enseñaron a mí en el Catecismo) “alejarse de la presencia de Dios” y los conceptos tradicionales de Paraíso, Purgatorio e Infierno se erosionaron hasta llegar a ser, casi, ideas fantasiosas. La moral del mundo cambió, y las palabras también. Los psicoanalistas y expertos en imagen personal tomaron el rol de los sacerdotes, y el valor práctico de ser ‘cívicos’ o ‘ecologistas’, en aras del bien común, impera sobre las ideas sobrenaturales. Hace mil años el pecado de la gula podía quitarle el sueño a un parroquiano que quizá se imaginaba ardiendo en el inframundo; hoy, lo que le puede quitar el sueño a alguien es pensar que, si no deja de comer desenfrenadamente, quizá se le tapen las arterias y deban intervenirlo quirúrgicamente. ¿Los lujuriosos? A la salida de un motel de paso deben pensar antes en las posibles consecuencias legales y el golpe emocional de una separación que en haber ofendido al Creador. Todos cometemos a diario esos siete pecados, y buscamos la manera de autoredimirnos rápida e indoloramente. Somos más prácticos que aquellos atemorizados creyentes medievales, sí, pero también más vulgares. Pero en el fondo, nos llena de terror que alguien como el asesino de Se7en decapite a Gwyneth Paltrow y le mande a su esposo la cabeza en una caja de FedEx… o quizá lo único que nos asusta es que aún haya gente que se tome las cosas tan en serio.