Ajá, el post sobre Steve Jobs
Apple, “Think Different”, 1998-2002
Esta época, tan conectada y a la vez tan desarraigada, donde podemos no saber dónde andan nuestros familiares pero sí nos molesta el comentario de un rostro anónimo en Twitter, es pródiga en el culto a personalidades que han ayudado a moldear, o eso pensamos, el mundo en el que vivimos. Muchas veces me he quejado del concepto del geek porque hace tiempo perdió su carácter contracultural, esa rareza que lo hacía vivaz y rebelde. Punk. Ayer el geek era quien conseguía la información oscura y la compartía con otros geeks. Hoy con el vulgar acceso a la información que poseemos se puede ser un geek de “todo”: de Sarah Jessica Parker, de Star Trek, de Mighty Muggs de Transformers, de afiches de Justin Bieber o del último hit televisivo de HBO. Entre el geek y el fan hay pocas diferencias hoy. Con el ancho mundo de Apple, el público se lanzó, sobre todo en los últimos diez años, a exhibir su amor por la marca de formas diversas, sacando esa adoración de la playera y el bumper sticker a sitios web y redes sociales, creando una tribu de iWhores que es multicriticada por “superficial”, “sobrepreocupada por el diseño” y “poco demandante como consumidora”, máxime cuando se acostumbró a pagar precios altos por hardware o incluso a soportar teléfonos con problemas de conectividad. Tener una Macintosh en los ochenta y noventa fue símbolo de un tipo particular de espíritu geek, y tener un teléfono Apple en los 2000 ahora es símbolo de un tipo particular de fanboyerismo. Pero no lo digo despectivamente: la gente ama a sus marcas, ama el estilo de vida que les proporcionan y esos pequeños placeres que experimenta sola y en su soledad, si me permiten la expresión. Hey, si te sientes un velocista olímpico al estrenar un par de zapatillas Nike, bien por ti. Si sientes que ese par de jeans Levi’s te otorgan “la promesa de un mundo nuevo”, bien por ti. Si sientes que usar un iPad te hace “pensar diferente”, bien por ti. Un buen consumidor es un consumidor crítico, pero yo no soy nadie para juzgar las emociones de la gente. Somos tribales, somos sectarios, defendemos hasta las lágrimas los que nos provee identidad, aunque esta identidad consista en burlarnos y protestar por la falta de identidad y consumismo de otros. Ja.
Por eso entiendo el fervor hacia Steve Jobs. Hay quien dice que el rock ya murió y que la historia se detuvo, que ya no hay héroes, las estrellas de Hollywood han perdido el glamour de antaño y nuestros líderes políticos son una desgracia. Vivimos en un mundo cínico, diría Jerry Maguire, lleno de apatía y aburrición. Y en ese mundo caminó Steve Jobs, como Caine en Kung fu. Oh sí. Su influencia en el ámbito de la tecnología, los negocios, el entretenimiento, la educación y los cimientos de cómo interactuamos entre nosotros es tan vasta que es difícil de medir. Sin embargo, lo que hizo Steve Jobs al frente de Apple Computer nos recuerda que sí, aún existen estrellas de rock, aún hay héroes, aún hay glamour y aún hay líderes. Y la historia sigue, y no se detiene. Cuando John Lennon fue asesinado, Time tituló su portada con la frase “the day the music died”, más por despecho e indignación que por otra cosa. Pero hoy no murió la innovación ni la creatividad ni nada por el estilo. Todo va a seguir hacia adelante. Igual que la música siguió después de Lennon.
Me declaré fan de Jobs desde que leí sus aventuras mariguanas en Atari, Inc. (sorprende que Nolan Bushnell le sobreviva) y su búsqueda espiritual en India a mediados de los setenta. La idea de un jipi-punk que emplea el marketing para cambiar el mundo (“Think Different”) es tan seductora. Y es tan siglo XX. Y también es tan siglo XXI. Soy un creyente de su marca a pesar de que critico lo pesado que es Apple con sus consumidores (como el citado caso de la antena del iPhone 4 o esos mails de grumpy old dude que enviaba Jobs a ciertas personas que le escribían), y el pésimo trato que su oficina de P.R. tiene hacia la prensa. Creo que es evidente que Jobs fue un ejemplo como businessman y entrepreneur, y como innovador en una industria donde la innovación en realidad no es tan común. Pero yo no me quedo con eso, quizá porque no tengo nada de empresario ni emprendedor, y nunca he hecho nada innovador en mi vida. Yo solo soy un usuario de Apple.
De ahi viene la conexión emocional. No haré una pomposa declaración del tipo “la primera vez que estuve en Cupertino…” (ajá, nunca he estado en Cupertino). Pfff. Mi conexión con Apple es más vulgar, y tiene que ver con mis recuerdos. Escribir toda la noche en una MacBook Pro negra. Tomar aquella foto aquél día con aquél iPhone. La emoción de sacar mi primer iPod de la caja. Son “experiencias de usuario”. Pero sobre todo son emociones. No somos replicantes. Esos recuerdos son reales.
Hoy me siento honestamente triste por la prematura muerte de Steve Jobs a sus 56 años de edad. Espero que su vida y obra me sigan inspirando. Y a ustedes también.
