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Prepotencia justificada

Phepls

Los gringos, con la prepotencia que los caracteriza, pueden decir que tienen entre sus filas al mejor deportista olímpico de la historia. Y nadie se los puede cuestionar.

Cierto que Michael Phelps no ha estado tan fino últimamente. El día de hoy iba por dos medallas de oro, una de ellas en su competencia por excelencia, los 200 m. Estilo Mariposa, en la que había ganado cada competencia oficial realizada desde el 2001 (lo cual se dice muy fácil, pero nadie más ha logrado; ni en la natación, ni en ningún otro deporte). Phelps dominaba la prueba desde el principio, lo cual no es común en él. Se le notaba ansioso. Y pagó por ello. En el último instante, la desesperación le ganó: quiso tocar bajo el agua y un sudafricano avivado de 20 años le robó el toque y la medalla. Por primera vez en más de 10 años no se subía a lo más alto del podio en su prueba.

Las pruebas de nado en estos Juegos no nos han dado a una gran figura en lo poco que llevamos de competencia, pero eso es lo normal. Lo normal es que la gloria se reparta entre varios. Lo raro, lo extraordinario, es que algún atleta arrase. Phelps ganó ocho medallas de oro en la alberca olímpica de Beijing hace cuatro años. Y quién sabe cuánto pasará para que podamos ver algo siquiera semejante. Pero supongo que la gente esperaba ver algo parecido esta vez, sino con Michael, sí con la supuesta nueva promesa gringa llamada Ryan Lochte. Pero han pasado sorpresas en la alberca: los franceses, los australianos, los chinos y hasta los sudafricanos se han encargado de que el himno gabacho no suene como se esperaba en el Centro Acuático de Londres. Pero hoy todo cambió. Bueh, desde ayer, pero esa noticia quedó eclipsada por un escándalo de supuesto dopaje que más sonó a reclamo de ardidos, pero así son esas cosas.

Michael Phelps recogió su medalla de plata con un gesto desencajado que se esforzaba por hacer pasar por una sonrisa. Era evidente que estaba sufriendo y que quizá, ni siquiera, se había dado cuenta de que había empatado la marca de más medallas ganadas por un solo deportista en la historia (una tal Larisa Latynina había ganado 18 medallas en su carrera, cuando todavía existía la Unión Soviética y eso). Él solo se preguntaba por qué había cometido un error en el último momento. El único que había cometido en más de 10 años de dominio absoluto en su prueba, lo que se dice fácil pero que, insisto, es totalmente inaudito en cualquier disciplina deportiva. Sin embargo, posaba para las cámaras, mostraba su metal plateado, le lazó su ramo a su familia y seguía tratando de sonreír, a la vez que abrazaba al lepe sudafricano mundialmente desconocido hace apenas una hora, pero que le había robado la Gloria, cual San Dimas. ¡Con cuantas ganas le hubiera partido su madre a ese pinche chamaco! Pero, ya saben, el espíritu olímpico, los ideales y eso. Hay que ser un buen perdedor y Phepls aparentó como los grandes.

Escasos 15 minutos después, llegó la siguiente cita con la Historia (así, con mayúsculas). Esta vez por equipos, en un revelo 4X200 m. Estilo Libre. Lochte, aquél que había perdido el oro en el último segundo contra los franceses (en el relevo 4X100 m. Estilo Libre) y que se había convertido de esperanza a fracaso en solo unas décimas de segundo, abría la competencia. Lo hizo bien, entregando una ventaja que los otros dos competidores gabachos (de cuyos nombres no puedo acordarme) agrandaron. En el último revelo, el de Phelps, la ventaja era evidente: casi un cuerpo y medio, más de dos segundos de tiempo. Una barbaridad. Michael Phelps se sacudió todo: las estadísticas, la Historia (así, con mayúsculas), los TT en twitter, los reportajes, la reciente derrota. Absolutamente todo. Él solo nadó su relevo y entregó, por fin, su primer oro en estos Juegos Olímpicos. Y, pequeño detalle, su medalla Olímpica número 19, lo cual se dice muy fácil, pero es algo que ningún otro ser humano en la historia del deporte moderno puede decir.

Los gringos, con es prepotencia que los caracteriza, pueden decir con una mano en la cintura que cuentan con el mejor atleta olímpico de todos los tiempos. Y nadie se los puede cuestionar.

Y es que aunque en los Olímpicos no hay claros favoritos, sino que los héroes y los villanos van saliendo en el camino, es un lugar común ir contra los estadounidenses. Sin embargo, quizá eso se deba al ardor que nos provoca ver lo buenos que son, los hijos de la chingada. Tanta grandeza en tantas disciplinas distintas… la verdad no parece justo, pero así es. Y tampoco es gratuito o simple cosa del azar. Y aunque han estado perdiendo oros que antes se consideraban seguros y aunque es casi un hecho que China se llevará estos Juegos como líder del medallero, los gringos nos pueden presumir, con una sonrisa presuntuosa en los labios, a un cabroncito de 27 años, oriundo de Baltimore, que nada más ha ganado 19 medallas olímpicas, 15 de ellas de oro. Y las que le faltan, dirán

Es suficiente para casi no aguantarlos, pero así las cosas. Grande, Phelps.    

Pink Floyd, Danny Boyle. Overtura

Floyd

Perdónenme, pero discúlpenme: una ceremonia en cuyo clímax escuchamos Eclipse, by Pink Floyd, está más allá del bien y del mal.

Danny Boyle no nos contó la historia de los romanos invadiendo Britania, no mencionó a Sir Percival, a Camelot o al ilustre ladrón de los bosques de Sherwood. Incluso el hermoso Bardo se quedó casi afuera. Pero es que el punto era, precisamente, no mostrarlos. Pusieron en el escenario a The Artic Monkeys en lugar de The Smiths o Led Zeppeling. El punto de la ceremonia está bastante claro: tenemos un pasado, sí, pero es compartido. Y es que, al final, ¿en qué parte del mundo no vimos surgir las chimeneas industriales? ¿En qué parte del mundo no se conoce a James Bond, a Peter Pan, a J.K. Rowling? ¿En qué parte del mundo no se creció con The Beatles, no se bailó con New Order, no se vio Cuatro Bodas y un Funeral? ¿En qué parte del mundo no se twittea?

Tenemos un pasado común, una memoria colectiva en la que resuenan creaciones británicas. Esta prepotencia británica de buen gusto que nos recordó que ellos forjaron a Europa, que son el país natal de Chaplin, de Queen, del internet. Y que incluso, aunque no hayan creado las redes sociales, son ellos quienes las aprovechan mejor (Artic Monkeys es la primera gran banda surgida de MySpace). Quizá faltó rock, pero es que era imposible meterlo todo. Quizá faltó brith-pop, pero me gustaría pensar que están guardando algo para la clausura en este aspecto. Aun así, la obertura de London 2012 es mi favorita ever. Y ya no vale la pena seguir discutiendo.

El mensaje es muy claro. El que tenga oídos, que oiga.  

Un pequeño post sobre Los Juegos Olímpicos

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Al buen Barón de Coubertin le debemos aquello de que lo importante no es ganar, sino competir. Y también le debemos el concepto de los Juegos Olímpicos actuales, competiciones atléticas inspiradas en aquellas que se realizaban en la ciudad griega de Olimpia durante la antigüedad y que eran dedicados a Zeus y que, dice la leyenda, fueron creados por el buen Heracles. Dichas competencias, igual que las actuales, tenían como objetivo principal averiguar quién era el más rápido, el más hábil y el más fuerte atleta, todo en un espíritu de camaradería y compañerismo. O algo así.

Heracles fue a su vez el que dictamino el espíritu amateur de los juegos, ya que de él fue la idea de no dar a los atletas ganadores premios monetarios o joyas o siquiera alguna exuberante griega para pasar un buen rato, sino simplemente premiar con una humilde corona de olivo a los ganadores. Esto gracias a que él no tuvo ninguna recompensa por los doce trabajos que tuvo que realizar para un mortal cuyo nombre se me ha olvidado y los cuales probaron su valía (más tarde, Heracles se convirtió en el portero del Olimpo, un honor nunca antes concedido a un semi-dios). Coubertin, por tanto, concibió sus juegos como una hermandad de atletas que se reunían cada cuatro años para probar quién era el mejor entre ellos, solamente por amor a la libre competencia y eso. Nada de incentivos económicos que pudieran contaminar el concepto y, por supuesto, nada de atletas profesionales que contradijeran la esencia amateur. No fuera a pasar lo de las Series Mundiales en los años 20 del siglo pasado. O algo.

Claro, Heracles vivió en un tiempo que no se puede medir en siglos, sino en historias contadas al calor de una fogata. Y aunque los ideales son hermosos, vivimos en un mundo cínico, parafraseando a Jerry Maguire. El Barón de Coubertain quizá nunca imaginó una apertura de los Juegos tan fastuosa como la de Beijing 2008, pero estoy seguro de que hasta a él le habría gustado, así como hubiera disfrutado como cualquier otro mortal viendo jugar al Dream Team en Barcelona 92, quizá los profesionales más ilustres que se hayan parado en un podio olímpico. Pero ahora me pregunto qué habría pensando viendo a su querida creación usada como un vil instrumento político más durante la Guerra Fría, viendo los asesinatos de Múnich 72, viendo a los ilustres tramposos del esgrima, viendo los casos de dopaje cada vez más comunes. Y es que aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, parece no aplicar a nuestro mundo cínico. Ya hay mucho dinero de por medio en las competencias olímpicas. Ya no se trata solo de competir, muchas veces ni siquiera se trata de ganar. El sueño se terminó hace mucho tiempo, tanto que no se puedo medir en décadas, sino en tratos cerrados en oscuras oficinas con fuerte olor a puros cubanos y sillones de cuero.

Pero supongo que aún hay algo ahí. Un atleta cuyo nombre no recuerdo en este momento dijo que los Juegos Olímpicos son un mundo feliz, donde todos se conocen, donde no hay hipocresía y donde son todos iguales. Me gustaría pensar en las historias de amor que han florecido en las villas olímpicas. Me gustaría pensar en un humilde morro de algún remoto país africano ganado, años después, una prueba de fondo enfundado en un jersey de Puma y con la bandera de su país portada como la capa de un superhéroe. Yo no estoy en contra de que se les pague a los atletas olímpicos; me parece lo más justo del mundo. Ser un atleta de alto rendimiento es un trabajo y requiere tanto o más dedicación y preparación que ser abogado o doctor. ¿Por qué no pagarles por su esfuerzo? Sin embargo, el que sean amateurs en teoría los hace, quizá, más empáticos, más humanos, que las superestrellas. Solo recordemos que tipos como Roger Federer o la selección de futbol olímpica de Brasil no se quedarán en la villa olímpica. Es solo un pequeño detalle que crece si le prestamos atención.

Los Juegos Olímpicos, quizá por su historia mitológica, quizá por los elevados ideales con los que fueron refundados, quizá por aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, juegan en una liga propia. No compiten con el Mundial, con el Super Bowl, con la Serie Mundial de Beisbol o con la Champions League. Los juegos Olímpicos están más allá de eso. Sus ceremonias de apertura desde siempre han sido más fastuosas que las de cualquier otro evento. Históricamente, han servido a otros propósitos más allá del simple deporte, algunos de estos nobles y otros no tanto. Son instrumento político, son armas de propaganda, son hervidero de rumores, sor armas de doble filo para la economía de los países que los organizan y también son un mundo feliz. Los Juegos Olímpicos han tenido momentos de gloria, de vergüenza. Han visto pelear al mejor peso completo de la historia, aquél humilde muchacho de Alabama quién, a su regreso después de ganar el oro, no fue admitido en un restaurante debido a su color de piel, por lo cual tiró la medalla conseguida a un rio. Son las canchas de futbol olímpicas las que nunca han visto ganar a los brasileños, los amos y señores del futbol profesional. Fue aquél podio en México 68 el que vio una manifestación del Black Power mientras se entonaba el himno de los Unites. Los Juegos acogieron la rutina de 10 de Nadia Comaneci y el surgimiento del “Tema de Nadia”, canción favorita de las quinceañeras en los ochenta y que ni siquiera se llamaba así. Fue al final de unos Juegos Olímpicos  cuando se vio llorar a Misha.

Tantas historias, tantas leyendas urbanas, tantos momentos memorables.

Los Juegos Olímpicos han cambiado, claro. Los récords actuales no son obra de la casualidad. La tecnología ha entrado de lleno, como en cualquier otra competencia profesional. Pero la inmensa mayoría de los atletas olímpicos, incluso los medallistas, siguen con un perfil bajo durante los cuatro años que pasan entre competencia y competencia. Y es que, seamos sinceros, ¿quién ve un Mundial de Atletismo, o de Natación, o de Gimnasia? ¿O es que alguno de ustedes me puede decir, sin consultar internet, quién es el gran favorito para ganar el próximo maratón? Y eso está bien, en mi opinión. Un atleta olímpico sabe que solo tiene 2 o máximo tres Juegos Olímpicos para inscribir su nombre en la historia, para dejar huella. Muchas veces solo tienen una oportunidad, muchas veces tienen más, pero eso nadie lo sabe. Por eso se brindan al máximo, por eso lo dejan todo. Porque no son Messi, que igual puede hacer el ridículo en la Copa América, pero que meses después ganará la Champions y todos felices. Los Juegos Olímpicos suelen ser injustos, el camino que conduce a ellos es traicionero, porque aunque no sigamos sus competencias, estas existen y son exigentes y en cualquiera se puede presentar una lesión que acabe con el sueño de manera cruel. Los atletas de alto rendimiento comienzan desde niños, uno que otro más tarde, pero todos saben de levantarse en la madrugada, de entrenamientos extenuantes, de recuperaciones, de fracasos, de victorias. Es por eso que no hay hipocresía en una villa olímpica, porque ¿qué puedes contar que sea nuevo para tus compañeros? Es por eso que los Juegos Olímpicos siguen siendo un mundo feliz, porque no importa cómo te llames tienes que hacer grandes sacrificios para ganar. Y siendo como son, todos miembros de una ilustre estirpe, saben reconocer mejor la grandeza de sus compañeros. Porque en los últimos tiempos se ha demostrado que lo importante no es ganar, sino ser patrocinado.

Claro que, en la inmensa mayoría de los casos, solo a los ganadores se les patrocina, pero se han dado casos, ya saben.

Mañana inician oficialmente otros Juegos Olímpicos. Por tercera vez en Londres. Se ha especulado tanto sobre la ceremonia de apertura, pero lo único claro es que no será como la de Beijing (aunque también es seguro que no decepcionará). Y es que aquella sirvió para algo más que dar la bienvenida a los atletas, pero ustedes ya saben eso. Estos serán los Juegos de  la austeridad, del sentido común. Pero no por ello serán humildes, claro que no. Hasta donde sé, Danny Boyle, el otrora enfant terrible del cine británico y ganador del Oscar, es la mente detrás de la ceremonia de apertura, en la que se presume estará Sir Paul McCartney. Hay grandes atletas que vienen con todo. Se esperan grandes duelos en atletismo, en natación, en gimnasia, en vóley bol, en tenis. Y también se esperan sorpresas, aquellas que siempre se roban la cámara y acaparan nuestra memoria. México, no nos engañemos, tendrá suerte si repite la actuación de hace cuatro años, pero esa es otra historia. En los Juegos Olímpicos no importa tanto el orgullo nacionalista, sino simplemente celebrar la grandeza, no importa de donde venga.

Se nos vienen dos semanas más un fin de semana en la que ellos, los atletas de alto rendimiento, casi anónimos durante los últimos cuatro años, volverán a las portadas de los diarios, volverán a estar en todas las conversaciones. Serán nuevamente las estrellas. Solo por eso vale la pena celebrar. Porque se lo merecen.

Las cosas

Buscando una tontería en mi casa, me encontré casualmente con libro que contiene un poema de Jorge Luis Borges que hace mucho no leía. Se llama Las cosas.

“El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.”

Sobre la lluvia

Scarlett

Las tardes de los últimos días han estado llenas de esa clase de lluvia que, dice Forrest Gump, es pesada y gorda. El sistema de drenaje siendo puesto a prueba por los nubarrones provenientes de… ejem, no sé donde. Es agua que viene del mar, nos dijeron en la escuela al explicarlos el ciclo del agua. Es extraño pensar de dónde viene la lluvia. Y también un poco inútil, lo cual hace inexplicable que sea tan apasionante. Bueno, no tan inexplicable.

Hay algo en la lluvia que nos recuerda el pasado, aunque no queramos. Quizá es un pasado inconsciente, creado a partir de imágenes del cinematógrafo. Viejas estaciones de trenes. Despedidas. O aquella escena en Four Weddings and A Funeral, donde la chica y el chico deciden no casarse. Ya saben quienes son los protagonistas, ¿no? Otra escena sustancial es aquella en la que Spidy salva a la chica en aquél callejón lleno de rufiancillos. La escena de la blusa mojada de Kirsten y del beso de nuestro amable vecino arácnido colgado de cabeza. Una escena que nos marcó en el 2002 y que ocasionó un dizque escándalo, ya saben por qué. O que me dicen de la escena de cantando bajo la lluvia en… Cantando Bajo la Lluvia. Una que todos conocemos, incluso los que no han visto la película. Una vez vi a una chica bailar bajo la lluvia… una escena que terminó con su cara estrellándose contra el pavimento. Si, no todos tenemos la gracia de Genne Kelly.

Supongo que hay más escenas, pero ocuparía mucho espacio enumerarlas todas. La lluvia tiene cierto encanto en el cine. Es como el auto lavado moral que muchos personajes esperan para redimirse, al final. Es como las lágrimas extralimitadas en la no tan dichosa escena del rompimiento o la despedida. Supongo que ustedes saben cómo es. La lluvia nos recuerda nuestro pasado, aunque no queramos. Muchos recuerdos están recubiertos con una cortina de agua, con lluvia, aunque cuando pasaron no estuviera lloviendo. La conversación sombría en la habitación de los padres, mientras nosotros escuchamos detrás de la puerta. En la tele se ve a Raúl Velasco. Afuera esta lloviendo.

La casa de padre y Madre tenía un techo de lámina de fibra de vidrio sobre el patio. La lluvia pesada y gorda de los últimos días sonaba como la caída de los sapos en Magnolia. Sonaba como los pianos en A Day in the Life. Un sonido que podría definir el fin del mundo. Es la lluvia que arruina las tardes nubladas y frescas y perfectas. Es la lluvia que trae el caos a la ciudad. El drenaje es puesto a prueba y casi siempre falla. El tráfico desquiciante, el Metro tardándose una hora en avanzar 12 estaciones, las fallas de energía eléctrica, las inundaciones en Ecatepec o algo. Siempre me he preguntado  cómo vive esa gente, sintiendo la angustia cuando las nubes se acumulan en el horizonte, como Sarah Connor al final de Terminator. ¿Por qué no se van? ¿Por qué siguen viviendo en un lugar en donde saben que sus cosas están destinadas a la destrucción, sus calles inevitablemente se convertirán en pantanos insalubres la tarde menos pensada? ¿Por qué quedarse? Bueh, supongo que hay un montón de razones, pero yo no las conozco. Espero que ellos sí.

La lluvia que se disfruta más es la que Forrest Gump define como la pequeña y molesta. La lluvia delgada, chiquita, que nuestras madres decían que mojaba más. La lluvia persistente, que en un techo de lámina de fibra de vidrio suena casi como un canto, un susurro de cosas buenas que han pasado o que están pasando. Es la clase de lluvia que ahuyenta a los compradores en los tianguis, a los paseantes en los parques. Lluvia espantapendejos, le llaman los comerciantes, ya que es casi una ley universal que se quitará pronto y que no será seguida por la otra, la torrencial y pesada. La lluvia pequeña y delgada es la lluvia que limpia los autos, las casas. La lluvia que hace relucir el pavimento, que invita a deslizarse por las resbalosas baldosas de la banqueta. La lluvia que invita dejarse empapar mientras caminamos a ninguna parte, con un libro en la mochila y los audífonos del iPod bien insertados en los oidos. Oyendo algo de The Zombies. O de algún soundtrack.

Esa lluvia es grandiosa, pero es arruinada por la visión de hombres con paraguas. Un hombre que se respete no debe usar paraguas. La visión de las jevas bajo el amparo de la umbrela es otra cosa. Es Scarlett Johansson en Lost in Translation. Es Catherine Deneuve en Los Paraguas de Cherburgo, la película más adorable sobre paraguas y lluvia y chicas francesas enamoradas de un ausente. Es una cinta cuyos diálogos son completamente cantados, que se volvió de culto, que ganó la Palma de Oro en Cannes y que es xodidamente melancólica. Ahí vemos las desventuras acaecidas a la dependiente de una tienda de paraguas y a su hermosa hija, durante la Francia de los 50, en un suburbio parisino. Después de ver dicha cinta, pensé que nunca había comprado un paraguas en mi vida. Es gracioso que podemos encontrar paraguas a la venta en los más diversos establecimientos. En una miscelánea perdida entre calles anónimas para los no residentes. En la dichosa tienda del mol que vende de todo. En un puesto ambulante afuera del metro, en el que también encontramos cancros sueltos, chicles y Doritos Nachos. Una tienda enteramente dedicada a vender paraguas… es una idea grandiosa lo pensamos bien. Aunque supongo que impráctica, pero es se compensa con el factor vintage de la mercancía en cuestión. Las tardes de la lluvia pequeña y delgada invitan a planear poner un local enteramente dedicado a vender paraguas, probablemente dentro de un aeropuerto. En donde trabaje una dependiente cumshotera y güerita y adorable y donde todo el día suenen, sin parar, el score de Los Paraguas de Cherburgo. Y seguramente la dependiente terminaría atendiendo a los clientes usando solamente versos en francés.

Ya saben, la lluvia nos hace pensar así.

Así las tardes últimamente en la ciudad. Me gusta pensar que, en algún lugar, alguna carita cumshotera observa la lluvia por la ventana, con una taza de café en las manos y la idea de un gran libro en la mente. Las tardes de lluvia torrencial tienen el don de inspirar. Inspirar un cuento corto, una postal, una llamada de disculpa. Las tardes de lluvia torrencial nos hacen sentir agradecidos de tener un techo sobre nosotros, un lugar al cual podemos llamar hogar, al cual podemos llegar a calentar nuestros huesos junto al fuego, junto a ella. Esas cosas en la que casi nunca pensamos, pero que están ahí. Las que nos hacen creer genuinamente que somos afortunados por estar acompañados.

Creo que aquí le paramos. Ya es tarde y se está nublando. Y seguro va a llover igual de fuerte que en los últimos días. Y en una de esas y se va la luz. Lo cual no esta nada bien. Lo peor que le puede pasar a alguien es que se le vaya la luz en su casa. En el trabajo es otra cosa. La lluvia vista desde el 12° piso de un edifico es algo que vale la pena ver. Aunque sea unos momentos, mientras nos preparamos un café.   

Inglourious Basterds

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La primera secuencia de Inglourious Basterds (2009) me hizo entender una vez más por qué soy fan de Quentin Tarantino. La comitiva nazi llegando a aquella granja francesa de 1941, la expresión de las hijas, el diálogo (de esto hay y mucho), el Coronel Landa, el sutil uso de las pipas, los cambios de idioma y, por supuesto, la imagen de la chamaca corriendo para después mostrar una Ludger apuntándole. Tarantino es un tipo que ama el cine muy cabrón. Y sus películas reflejan eso.

Además es un wey talentoso, que ya patentó su formula y que se enorgullece de eso (por más que siga siendo un maestro del copy & paste… lo cual tampoco es malo). Basterds esta sobredialogada, rebosa de momentos de adrenalina que ocurren después del sopor que supone ver a 2 o más cabrones hablar durante diez minutos de absolutamente nada. Y eso, al fan le gusta, lo disfruta, sabe lo que viene y se estremece igual cuando pasa. La secuencia de los batazos es una joya, homenaje a aquellas muertes de The Untochables y Casino, pero no por ello menos espectacular y grandiosa. Y los momentos de tensión… puta! como cuando el oficial de las SS sale de su escondite en aquél bar subterráneo o cuando el Coronel Landa (Christoph Waltz, por mucho el mejor personaje del film) le ofrece un vaso de leche a la judía encubierta. Al igual que todas sus películas, esta es un tributo al cine puro y de acción y también es un regalo para el cinéfilo empedernido que, cuando escucha una canción del score, le pregunta a su acompañante de qué película es. Es una cinta de guerra que fue hecha para aquellas personas que desmenuzan cada secuencia y que se quedan hasta que los créditos finales terminan. Como alguien así, lo agradezco.

La cinta en sí es una fábula tonta acerca de un grupo de guerrilleros sádicos que se dedican a matar nazis, una pequeña broma histórica donde se chingan a Hitler y el Estado Mayor del Tercer Reich termina achicharrado en un cine francés. Los bastardos del título ni siquiera se nos presentan de forma meramente hecha, pero esto funciona para la propia mitología de la película: leyendas urbanas en medio de las filas alemanas. La génesis de Shosanna (Mélanie Laurent) se siente también un poco ajena, pero recordemos que es Tarantino quien nos la cuenta. A la vez, pareciera que la finalidad del director es despojar de todo ese halo de misticismo y respeto que la cultura le ha dado a la Segunda Guerra Mundial. Aquí, lo judíos no son esas pobrecitas víctimas de los campos de concentración que se cuidan unos a otros y que sufren todo el tiempo, sino unos hijos de puta rencorosos y vengativos. Aquí, los nazis no son esos fríos e inhumanos asesinos sin entrañas, sino unos cabrones sádicos e inteligentes, que también eran un poco idiotas y que se cagaban de la risa. Y eso es un respiro, la verdad.

No creo que sea una película que todo el mundo pueda disfrutar, pero vale la pena que la vean. Esta es la cinta más sergioleonesca de Tarantino, y como tal debe ser vista y juzgada. A mí me encantó: balazos, diálogos interminables que rematan con una cabeza hecha mierda, caritas cumshoteras, qué más se puede pedir? Ah, y creo que no hace falta decir que el soundtrack es una joyita por sí mismo.

District 9

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Quizá District 9 no sea la mejor pelicula de cinecia-ficción de la década, pero sin duda es la más original. Puesta en un contexto sudafricano, la pelicula solo plantea la etérna pregunta del geek: “y qué pasaría si…?” En este caso: qué pasaria sí, al llegar una nave extratrerrestre a Johannesburgo, esta se quedara sin energia y estuviera llena de aliens más parecidos a mariscos en 2 patas que a la creación inmortal de Stan Winston, muertos de hambre y asustados? Partiendo de esta premisa, D9 no muestra escenas de destrucción masiva, ni héroes hechos y derechos que salvan el pedo en un final al borde del precipisio y con música de John Williams de fondo; todo lo contrario, parece dispuesta a mostrarnos que la raza humana es ojete por naturaleza, que somo aprovechados y racistas, miedosos y egoistas. Sudáfrica, país famoso por su histórica segregacion racial, es el marco perfecto para esta fábula en la que vemos la burocratización del suceso más grande de la história de la humanidad. Los recien llegados necesitan ayuda y el mundo esta observando, así que el gobierno decide trasladar a esto a un campo llamado distrito 9, en el que poco a poco empieza a florecer el tráfico, la suciedad, la prostitución y demas cosas que caracterizan a los barrios bajos de todo el mundo.

La primera parte de la pelicula, filmada en el ritmo de un documental (y a la vez haciendo inteligente sátira de estos), es magistral al mostrarnos dicho prosceso. Y sí, la politica llena de buenas intenciones es la peor. Vemos convertido a distrito 9 en un problema monumental para con la gente local, por lo que las alta cúpulas deciden su cancelacion y posterior traslado de sus habitantes a un campo a las afueras de la ciudad. Es entonces cuando nos clavamos en la odisea de Wikus Van De Merwe (Sharlto Copley), funcionario encargado de que el pedo flúya de manera un tanto legal (ya que hay que mantener a ráya a los quejosos y mamaones observadores de los derechos No Humanos). Y esto ya es otro cantar. Y es donde podemos apreciar lo bien que puede quedar un guión puramente geek en las manos de un director talentosillo.

Distric 9 es la primera pelicula de ciencia-ficción que se siente sumamente fresca en mucho tiempo, y esto es debido a la manera de combinar al nuevo periodismo, a las coberturas de guerra, a los videojuegos, a los reallity shows, a los documentales y a las propias grandes peliculas del género en una cinta que al final resulta ser de madrizas y aventuras. Neill Blomkamp (director) sabe muy bien lo que quiere comunicar con su pelicula y con su muy particular génesis del anti-héroe. Y poco a poco vamos aceptando sin más la propia mitología del film, sin sentir que nos estan tomando el pelo. La última parte ya es solo de madrizas, pero muy bien contextualizadas, inteligentes. Claro, no es una pelicula perfecta; hay varias cosas que de verdad ponen a prueba nuestra predisposicion a la credulidad (como la forma en que Wikus escapa del laboratorio en primer lugar), pero estan son quejas pequeñas al lado de la originalidad del planteamiento,a las referencias al racismo y a la segregacion racial, a los mercenarios y a la paternidad.

Personalemnte, yo estaba feliz viendo esta pelicula. me la pasé muuuuy chingón, me tuvo al bode del asiento durante los 112 min. de duración, me hizo volver a sentir lo mismo que sentí cuando ví por primera vez Aliens en VHS, me hizo recuperar un poco la fé en el cine comercial, me hizo creer en la palabra de un pinche camarón intergaláctico, en fín. Pero para la gente que no es geek, pues solo resta decirle que debe darle una oportunidad a esta original cinta divertida y llena de acción, seguro se la pasarán chingón. Yo solo tengo que agregar que probablemente esta sea la pelicula del año, ya que despues de verla, volví a preguntarme: Y qué pasaría si…? Volví a soñar con extratrerrestres y naves que llegaban a buscar venganza, llenas de langostinos enfundados en sus armaduras a la Robotech. Y le agradezco eso.

Come with me if you want to live.

Ayer volví a ver The Terminator, en compañia de Wen, coronando una estupénda tarde de vinito y posho. Dylan ya estaba dormido, lo que nos permitió rantear sin complejos sobre la obra maestra de Cameron en los ochenta (aunque Aliens tambien dá batalla en este departamento). Ya tenia un rato que no la veia y la verdad, despues de los cháscos de las últimas 2 entregas de la sága, se le extraña ese pesimísmo en el futuro que, en 1984, conquistó a su poco público (porque a ésta, a diferencia de la 2, le fue de la verde en cartelera).

Me encanta esta pelicula, tengo que decirlo. Me encanta su look todo decadente y deseperanzado, muy a la Blade Runner en L.A. ochentero. me encanta el pedo del viaje en el tiempo, de un futuro en el que las máquinas se levantaron del invierno nuclear a hacer cagada a lo que quedaba de la humanidad. El concepto del futuro mesias, fusionado con la formula perseguidor- victima- guardian venido de lo mejor del cine noir, es fantástico. La acción… puta, esos balazos harian sonrojar a Michael mann, pero a quién le importa? eran los ochenta y las armas sonaban así. La música es otro pedo más apestoso: toda techno, muy sintetizada, escogida con maestria y conocimiento. Y qué decir de la megacogida que le ponen a Linda Hamilton? Recuerdo que ví esa escena a los 10 años y me shockeo mal pedo.

Realmente, The Terminator tiene que colocarse en mi Top 10 de peliculas ochenteras por todo lo que les hé mencionado y ademas por la admósfera muy particular que poseé y que no ha pedido. La escena del bar Tech-Noir inspiró en mucha medida el primer cuento que me fue publicado (llamado solamente Noir) y me sigue pareciendo magistral: por la gente, por los movimientos de cámara, por las luces, por la vieja que matan antes de Hamilton y que la aplasta al intentar huir, por la cara de Sarah Connor mientras el Terminator la marca con un überlaser dispuesto a volarle la tapa de los seso, por Burnin’ In The Third Degree sonando esordecedoramente mientras llega Ah-nold al bar con cara de pocos amigos (aunque, ahora, reculta que se ve “tiernito, en la edad de la inocencia”, según mi cuñada). Y tambien cómo olvidar aquel cielo mexicano que presagia una tormenta y que ví muchas vecez en mis sueños de niño. The Terminator es una obra maestra ochentera que esta hecha para encantar al cinéfilo y hacer orinarse en los pantalones a los niñitos que habian visto Star Wars y que aquí veian hombres y no pedazos. Hombres con gabardinas de detectíve y tenis Nicke que se madrean con esqueletos de metal y que sueñan con esqueletos de metal armados con lasers que pisan craneos humanos bajo el cielo siempre oscuro del holocausto nuclear. Durante los ochenta, esta es la pelicula perfecta para verse en la secundaria, en un día de pinta, en uno de los ya extintos multicinemas. Y salir y punkear vestido con aquella ridícula ropa y calzando aquellos ridículos Panam, que ahora resultan ser cool.

Como dato, vimos la pelicula en blue-ray y sí, la restauración les quedó muy bien. Sigue siendo una gran pelicula, una obra maestra del cine de accion y la cumplable de cosas como The Sarah Connor Chronicles. Per Cameron no tiene la culpa de eso; a él solo hay que agradecerle esta cinta, y la 2, y las frases legendarias, y el ojo del T-800 en la supercháfa escena de la curacion. Recuerdo que alguna vez leí el gag de que la idea de esta movie le vino a Cameron despues de soñar con los esqueletos de metal aplastando craneos humano. Me pregunto qué te tienes que meter para tener un sueño así.

El Rock

Por qué a la gente no le gusta el rock? Por qué no se conmueven cuando, por error o porque alguien se las pone, escuchan My Cosmic Autumn Rebellion de los Flaming Lips? Por qué siguen todas y cada una de las pendejadas que salen en el radio? En serio piensan que Nigga (o cualquier otro idiota que este de moda en este momento) es mejor que Beck o Elvis Costello?

Esas eran las dudas de lady Fer, ayer noche, y la verdad no supe como contestarselas sin darle la razón a su punto: la gente es idiota por naturaleza, más que malvada. La verdad es que siento en este pedo algo más, un miedo terrible a ser excluido de un grupito. Ya saben, si estas en la secundaria, pues esta bastante cabrón ser aquél solitario bullyado, no? Pues, por eso, los tipillos y tipillas tratan de adaptarse a lo que la mayoria dice y siguen las preferencias del rebaño, con la esperanza de optener una identidad. Nunca se salen de los estándares, por miedo a ser rechazados por la gente que obviamente no los va a entender. Creo que, en este país, el alternativo de a deveritas deveritas, sí necesita un par de yarbles para gritarle a su circulo de familia/amigos/compañeros/: me gusta esto y me vale verga lo demas.

Recuerdo que cuando estaba en la secundaria y despues en la prepa, era la onda ir a los tianguis a perderte en busca de un disco o una pelicula. Era muy chída la sensacion de regresar a tu casa con el material en la mochila y esa sensacion de: puta, apuesto a que ninguno de los pendejos de mi escuela ha visto u oido esto. Por esas épocas conocí mucha gente obsesionada con el rock; y me refiero a bien clavada en el pedo. Aprendí mucho de ellos. a apreciar las virtudez de un buen bajo o un uso correcto de sintetizador, a comprar discos completos y no solo los Best of, a entender que Cream y Jimmy Hendrix habian sentado las bases de lo que posteriormente fue el metal, a que She Loves You es una canción perfecta y las razones por las cuales lo és. Y sí, obtuve mucha de mi identidad de esos clase de veschos. Obtuve la identidad de un alternaquíto que puede gastarse $2000 en la edición especial de una movie o un disco y que jamás protestará por ello, todo lo contrario, lo presumirá a todos, entiendan o no. Yo no creo que la gente sea imbecil, es solo que simplemente se conforma con lo que ha tenido y no se esfurza lo suficiente para buscar nuevas opciones musicales más alla de lo que le ponen en La Z o en la Qué Buena. Siento que el no saber te excluye de ser un noob.

Yo no soy presumido. Me encanta la basura en la que me hé clavado, pero es muy mi pedo, no tengo inconveniente o abro a la gente solo por sus gustos. Muchos de mis amigos y amigas no podrian decir quié es Tony Ayala, pero eso no me molesta. Cuando estamos pedos eslusamos de todo. Pero bueh, ellos saben que a mi me encanta el rock. Recuerdo que un periodista mexicano escribió alguna vez que soñó con un concierto de The Cure, en el cual él estaba sentado junto a David Bowie y éste le decia las razones por la que Smith no era taaan bueno. Yo nunca hé tenido sueños de ese calibre, pero una vez soñe con un concierto, al despertar no sabia quién habia tocado ni en qué lugar estaba… solo tenia la sensacion de felicidad que las guitarras y los bajos habian dejado en mi junto a la adrenalina de los baquetazos. 3 meses despues de ese sueño, fuí a ver a U2 en el Estadio Azteca y adivinen qué? sentí exactamente lo mismo cuando esos irlandese al grito de guerra tocaron Sunday Bloddy Sunday. Soy un geek del rock y la verdad es que me vale pito porqué a la gente no le gusta o si de verdad piensan que es infinitamente mejor Gáli Galeano que Lou Red. Al fín y al cabo, cada quién encuentra la felicidad de distinta manera.