Filed under: texto

The Expendables 2

Expendables-2-japanese-poster

The Expendables 2 es, digamos, menos mala que The Expendables. Mucho menos mala. De hecho, es hasta buena, me atrevería a decir. Hay más disparos, más sangre, más muertes y la historia es un poquito más sólida. Además, técnicamente, la película es infinitamente superior a la primera parte: manejo de cámara simple, pero bien realizado, gran mezcla de sonido y buenas locaciones. Claro que era imposible hacer algo peor a lo anterior, pero ya saben que siempre se puede caer más bajo. Casos hemos visto. Pero aquí, la verdad, la segunda parte se salió con la suya.

La historia es algo así: nuestro grupo de mercenarios conocido y guiado por un Rambo en plena decadencia sigue haciendo trabajos al mejor postor. Después de uno de ellos (rescatar a un millonario chino de alguna parte del mundo que mezcla el Medio Oriente con las selvas sudamericanas, aparentemente en guerra civil o algo), Mr. Church (Bruce Willis) regresa a cobrar los agravios pasados y le ofrece al grupo realizar un trabajo simple para saldar cuentas: recuperar cierto artilugio de un avión estrellado en una zona montañosa de… ya no me acuerdo. Como sea, el trabajo resulta no ser tan simple después de todo, pero sin eso no tendríamos película. Y es que en plena misión, los expendables conocen a su némesis en turno: un mercenario francés que se parece a Jean-Claude Van Damme (un momento… ¡es Jean-Claude Van Damme!) con un gusto particular por las gafas oscuras y por matar personas con patadas de un modo, ejem, ingenioso. El francés convierte el pedo en personal (y eso solo complica las cosas, como lo vimos en Los Vengadores) y los expendables se embarcan en una misión que ya poco tiene que ver con Church, sino más bien es venganza y liberación de una zona azotada por mercenarios sin escrúpulos.

Cierto, la cinta no va a ganar premios de guión ni nada por el estilo, pero eso importa poco. The Expendables 2 es una película de acción que no intenta quedarse con nadie, que tiene lugares comunes, frases desgastadas, malas actuaciones y muchos balazos, pero que es justo lo que esperábamos que sería: divertida. Es solo buen entretenimiento para matar un poquito más de hora y media de una tarde de domingo, frente a la tele o la pantalla de un cine. No es una película que se toma en serio, ni que pretende ser tomada en serio. Además está llena de referencias a las películas de estos tipos.  Con un dejo de nostalgia me di cuenta de que entendía la mayoría. Vi muchas películas de acción de niño y tengo que decir que en ese tiempo amaba esa clase de cine mal hecho. Ahora solo me hace sonreír (like her…)

Los Indestructibles 2 no es una película perfecta (sus errores saltan a la vista) pero vale el boleto. La construcción del personaje de Billy me encantó: alguien que les recuerda a todos que la vida tiene cosas buenas o que, al menos, alguna vez las tuvo. La madriza final cumple cabalmente (in your face, Chris Nolan!). Y los cameos rifan, por cierto; el de Chuck Norris en especial.

The Expendables 2 es el equivalente cinematográfico a una hamburguesa de franquicia: no es lo mejor que podemos comer (ni lo más sano), pero a veces es justo lo que necesitamos. 

The Dictator

Dictator

The Dictator es una de las películas más divertidas que he visto este año. Y, claro, también es obscena, repugnante, vulgar, escatológica, lépera, de mal gusto, etcétera, etcétera, etcétera. Etcétera. Es todo lo que podíamos imaginar que sería después de ver la publicidad de Sacha Baron Cohen en incontables entrevistas, menos un deja vu. Porque no lo es. Cohen se adaptó bien y no solo no se volvió predecible, sino que se establece con absoluto derecho como el mejor cómico cinematográfico trabajando actualmente, gracias a este discurso sobre las dictaduras en donde practica una sátira política tan inteligente como despiadada.

En comparación con sus alegres trasgresiones llamadas Borat y Bruno, esta es la película más convencional de Cohen. Tiene una trama, un romance, se apega a la historia. No es una cinta de mainstream, aunque a juzgar por las risas de la audiencia, ¿eso qué caraxo importa, la verdad? El espectador, sabiamente, entra en la sala, se ríe bastante, y después se va. La película se queda corta en 90 minutos, sobre todo si consideramos que comedias de mucho menos calidad parecen durar eternamente.

Sacha Baron Cohen interpreta al General Admiral Aladeen, dictador de la república norafricana de Wadiya, que parece estar entre Egipto y Sudan y más o menos a un escupitajo de distancia de Arabia Saudita. Allí hace lo que se le hinchan los yarbles, ejecuta civiles, científicos y militares por menos que una mirada de odio, vive en un palacio enorme y lujoso, desde donde da discursos a una multitud de admiradores y acarreados (¿les suena familiar?) y en cuyo interior tiene relaciones con Megan Fox… a cambio de joyas y eso, claro (aunque no es suficiente para convencerla de pasar la noche abrazados de cucharita).  Claro que no solo con ella: cómo podemos averiguar por su Celebrity Wall de Polaroids, el Almirante General tiene gustos variables, que van desde Arnold Schwarzengger hasta Oprah.

El premier de Aladeen es Tahir (Ben Kingsley, grandioso), quién no solo es el tío del Almirante General, sino que resulta ser el legítimo heredero al trono. Ah, y además está conspirando para derrocarlo. Como sea, después de un fallido asesinato, Tahir anima a Aladeen a viajar a la cede de las Naciones Unidas en Nueva York, supuestamente para justificar sus acciones ante la escoria occidental, pero en realidad esperando matarlo ahí. El plan tiene más o menos éxito: Aladeen es secuestrado por un elemento de seguridad gringo (John C. Reilly), quién le corta la barba, dejándolo irreconocible ante el mundo y condenándolo a vagar sin esperanza por las calles de Manhattan, en tanto que Tahir lo suplanta en público con un doble amante de las cabras y sumamente pendejo.

El peregrinaje del verdadero Almirante General lo lleva a una tienda de extrema izquierda (donde se venden identidades ideológicas y alimentos orgánicos), a cargo de Zoey (Anna Faris), chica de fuertes convicciones (aunque algo raras) y poseedora de un no-se-qué-que-qué-se-yo de la que Aladeen termina enamorándose, muy a su pesar. Eso establece la sátira acerca de las feministas, vegetarianos y amantes de los inmigrantes. Mientras, el Dictador Sin Barba vaga por Little Waadeya, un barrio de Manhattan cuyo restaurante emblemático parece estar lleno de las personas que él había mandado ejecutar en el pasado.

La película se mueve con libertad entre la trama, el romance y las interacciones con personas reales que ya son un clásico. Posee la atmosfera de los Hermanos Marx (vean Duck Soup) y un guiño a la comedia física de Buster Keaton, ambos elementos manejados con mesura y maestría, demostrando que requieren de mucha inteligencia para sacarles el máximo provecho. Para muestra: la escena en la que Aladeen quiere ingresar al Hotel donde se encuentra el impostor deslizándose por un cable.

El material de ataque de Cohen es de libre circulación, su actitud es anarquista y, sin embargo, luce ligeramente más jovial que en Borat y Bruno. Espero que esto no se deba a una secreta ambición por volverse querido y popular. Yo esperaba que esta película fuera la más ofensiva de las tres y aunque no podemos negar que es ofensiva (especialmente en las escenas en las que se usa la cabeza decapitada de un luchado por los derechos civiles), es… de cierta manera, más nicer, si saben a lo que me refiero.

Pero esta es solo la queja melindrosa de un fan de corazón. The Dictator vale cada centavo del boleto y, con suerte, los pondrá a reflexionar sobre esa extraña cosa llamada democracia mejor que todos esos programas de la CNN que nadie ve pero que todos nos sentimos bien al citar. Ah, y además se reían mucho. Garantizado.  

Rock of Ages

Rockofages

Rock of Ages es un musical que, cual Mamma Mia! o Across the Universe, cuenta una historia siguiendo el hilo conductor de las letras de un montón de canciones. En este caso serán hits de rock de los años ochenta del siglo pasado. La historia es predecible del todo: un camarero aspirante a rockstar conoce a una güerita cumshotera recién llegada de Oklahoma a Los Angeles. Ah, y que además también es cantante. Y bueno, se conocen, tienen conversaciones profundas en el letrero de Hollywood con la ciudad iluminada de fondo, se enamoran, terminan debido a un terrible malentendido, ambos la pasan mal separados y al final se dan cuenta de que están destinados a estar juntos y son felices.

Sorry por los spoilers, by the way.

Como sea, la historia suplementaria es mejor: el aspirante a rockstar es camarero del Bourbon Room, el lugar más hot de LA y donde se han grabado los mejores discos en vivo en la joven historia del hard rock. O algo así. Dennis Dupree (Alec Baldwin) es su propietario, quién esta abrumado por los impuestos y que solo cuenta con un veterano rockero llamado Lonny (Russell Brand) como apoyo, aunque lo único que Lonny haga sea escuchar mientras Dennis habla por teléfono, casi siempre con el manager sin corazón Paul Gill (Paul Giamatti), quién es el único que puede salvar al club, ya que tiene el poder de organizar un concierto con la leyenda Stacee Jaxx (Tom Cruise), cuyas ganancias salvaran al Bourbon. Porque la amenaza sobre el legendario club se cierne en forma de un alcalde recién electo (Bryan Cranston) y su esposa perra-del-Señor (Catherine Zeta-Jones), quién guía amas de casa contra la amenaza del rock que viola inmisericorde los oídos de los jóvenes gringos.

Como pueden ver, la película cuenta con un reparto estelar, pero lo divertido del asunto es que cada uno de los actores se toma su personaje lo más en broma posible, sobreactúan en extremo y dicen las frases que todos pensábamos que dirían. Sí, todo está lleno se sátiras y de chistes fáciles. Muy fáciles de hecho. Y las sátiras no destacan demasiado, sobre todo si tenemos en cuenta que The Simpsons llevan haciendo chistes sobre lo mismo desde finales de los ochenta. Y muchos son mejores. Y no son los únicos. Las situaciones están llenas de lugares comunes, de estereotipos y de música y canto y baile. Las coreografías no están mal, pero eso de escuchar en un cine las mismas canciones que pasan todo el día en Universal Stereo y que escuchamos hasta el hartazgo en los taxis… bueno, es lo que hay, de lo que se trata, pero ni siquiera suenan bien.

Creo que lo malo de la cinta en general tiene mucho que ver con que los actores principales, Diego Boneta y Julianne Hough, se toman sus papeles demasiado en serio, lo que rompe la atmósfera general de desmadre. Rock of Ages es una broma basada en un hit Off-Broadway. Y ya. Los protagonistas nunca están en sintonía y ni siquiera parecen tan simpáticos. En un mundo de clichés, ellos no destacan en ningún sentido.

Pero bueno, la película no está del todo mal. Si, la música no es de mi particular agrado, pero es memoria colectiva (con horror me di cuenta de que me sabia todas las letras) y en cierto sentido la idea general no es de nostalgia gratuita y barata como la de los adultos contemporáneos, sino una pequeña gran carcajada por lo ridícula que era la ropa, los peinados y la música en esos años. La cinta toma lugar en 1987, el año del lanzamiento del Appetite for Destruction de los Guns N´ Roses, disco que rompió la hegemonía que el pop venia teniendo hasta el momento y volvió a colocar al rock en el primer lugar del mainstream. Por poco tiempo, claro, porque el pop volvió y jamás se fue. Y también el rap. Y cosas mucho peores. El rock nunca regreso a la cima, pero era natural. El sueño había terminado hacia ya mucho tiempo, como dijo Lennon.

Rock of Ages no es lo peor que puedan ver en el cine este verano. La escena de Baldwin y Brand es genial, sobre todo si pensamos que ninguno de ellos jamás llegó a pensar que haría algo así en algún punto de sus carreras. Pero así son las cosas. Y Tom Cruise no está nada mal como el ultímate-lover-god-of-rock Jaxx, capaz de desnudar en un santiamén a una estirada reportera de Rolling Stone que se parece a Malin Akerman. Y creo que hay varios cameos de estrellas de rock de esos años, pero me los perdí. Ya saben, no soy fan.

Rock of Ages es entretenida si le dan una oportunidad, pero a mí me recordó también porque los musicales son mi género cinematográfico menos preferido.       

Tony Scott, 1944-2012

Scott-obit-blog480

Es raro cuando muere un famoso. Y es que nos sentimos algo tristes, aunque sea alguien completamente desconocido a nivel personal, con quien nunca tuvimos siquiera una conversación informal o algo. Pero lo conocemos porque conocemos su trabajo, su obra. Los meses pasados estuvieron sacudidos por muertes de escritores eminentes, las cuales a mi me dejaron cierta sensación de pérdida, cierta tristeza atemporal y ciertas ganas de escuchar a Francois Hardy. Ayer por la mañana me entere de la muerte de Tony Scott, director de cine conocido por sus películas de acción y por ser el hermano menor de Sir Ridley Scott, a cuya sombra siempre pareció estar.

La aparente causa de la muerte es suicidio. Alrededor de las 12:30 horas del domingo, un testigo vio al director británico saltar del puente Vincent Thomas en el condado de Los Angeles. Había dejado una nota con sus datos personales y los números para contactar a su familia en el interior de su auto. Aparentemente, una nota de despedida dirigida a su familia fue encontrada en su oficina.

Al parecer la noticia fue una sorpresa dentro del círculo de personas que conocían a Scott en la industria y en su vida personal. He leído noticias que hablan sobre lo alegre que siempre parecía estar, sobre lo entusiasta para con su trabajo y lo amoroso para con su familia. Pero esas son cosas que no nos competen a nosotros. Los tormentos personales son cosas que no sabemos y que no creo que tengamos derecho a saber. El suicidio es una decisión privada. Solo él lo sabía y solo su familia puede exigir una explicación. Para nosotros solo es la trágica muerte de alguien que tenia el mejor trabajo del mundo, cuyo nombre vimos en los créditos, en una pantalla de cine, antes de iniciar una película. O al terminar.

Tony Scott nunca será recordado por haber dirigido grandes dramas, películas conmovedoras y emocionales. U obras maestras, para el caso. El dirigía acción y, dicho sea de paso, era bueno para hacerlo. Cierto que no he visto las 24 películas que hizo, pero las que sí (la mayoría) eran en general entretenidas, divertidas y casi siempre generaban buenos ingresos en taquilla. Claro que, como todos, tuvo películas terribles. Pero bueno. Top Gun es posiblemente su película más conocida, que quizá no haya envejecido tan bien, pero que todos vimos cuando niños, en la tele, en canal 5, y que nos encantó en ese momento. Days of Thunder aún es buena para un sábado por la tarde. Man on Fire es una basura, pero tengo fotos de la filmación en el DF. Y Domino también es malísima, pero la vi en DVD con una persona muy especial y eso la rescata.

Claro, sus dos mejores películas ever fueron True Romance y The Hunger. Ambas en mi colección. La primera, escrita por Tarantino, divertida y con escenas memorables, un buen soundtrack y una Patricia Arquette de la que me enamoré, fue una de las primeras películas que vi en la hoy desparecida Cineteca Nacional. Ahí también vi, más tarde, The Hunger. Y me voló la tapa de los sesos. Una de las pocas películas de vampiros que existen que de hecho son buenas.

Pero bueno, Tony Scott nunca fue el gran director que el mundo esperaba. Y supongo que él lo sabía, por lo que se explica la naturaleza del grueso de su filmografía, la cual palidece si la comparamos con la de su hermano, llena de clásicos atemporales y obras maestras. Tony Scott nunca fue nominado para un Oscar y quizá nunca lo mereció, a menudo los críticos eran crueles con él, pero bueno, ¿quién le hace caso a los críticos? Tony Scott era el hermano menor, quizá con menos talento, siempre en segundo plano. Los que somos hermanos menores conocemos el sentimiento. Al final Tony Scott metió fortunas incalculables en las taquillas, trabajó con las estrellas del momento en Hollywood y más que nada era respetado por sus colegas, quienes sabían lo difícil que en realidad eran sus proyectos y la habilidad que se necesitaba para llevarlos a buen puerto.

La noticia de la muerte de Tony Scott quizá no cimbre al mundo ni nos suma a todos en un luto colectivo, pero personalmente tengo que decir que yo si la lamento. Sus películas me han dado buenos momentos y serán recordadas. El legado permanece, la obra. Por la cual nosotros lo conocimos. Por la cual lo recordaremos.

Descanse en paz.

The Dark Knight Rises

The-dark-knight-rises-bane-har

The Dark Knight Rises toma lugar 8 años después de su predecesora, aunque en el mundo real solo hayan pasado 4 años desde The Dark Knight, pero bueno. La Gotham City de TDKR es una Gotham en la que Batman ha estado desaparecido por los últimos 8 años, donde nadie ha visto en persona al excéntrico y freaky millonario Bruce Wayne en público por… un tiempo similar, donde se celebra el Día de Harvey Dent y donde, al parecer, no hay crimen organizado. Y es ahí donde un tipo como Bane, calibre luchador de la WWE, máscara de asmático y voz ronquita y algo, ejem, graciosa, puede llegar simplemente a estrangular infelices y volar todo con una bomba atómica de última generación. ¿Por qué? Bueh, quizá se levantó de malas o algo.

Como sea, la premisa de TDKR nos lanza de lleno al pedo, sin preparativos (excepto por el prólogo que vimos antes de Ghost Protocol. En Gotham ya no hay Batman y ya no hay mafia y los políticos están desesperados por darle cuello al comisionado Gordon, quién por cierto, divorciado y sin ilusiones, probablemente se siente todo el tiempo como se ve en la mayor parte de la película. Y ya es mucho decir. Como sea, Bruce Wayne ha estado recluido en su mansión por tanto tiempo que ya hasta se han inventado leyendas urbanas sobre él, resistiendo los intentos de seducción de las caritas cumshoteras de su consejo empresarial y todo. Ah, y contratando chachas que se parecen a Anne Hathaway. Como sea, es la tal chacha la que lo saca un poco de su reclusión y la que le dice que una tormenta se aproxima. Y la tormenta tiene la forma de un mercenario bien mamado, con chamarra de borrega, quién al parecer la tomó con Gotham nomas porque sí.

Las películas de Nolan tienen ya cierto toque característico. Y creo que son tan traicioneras como muchos de sus personajes femeninos. Tienen un ritmo parco, lento, casi exasperante, pero a la vez pasan muchas cosas sin que se les den su tiempo necesario. Son violentas, pero solo en apariencia: nunca hay asesinatos en primer plano, hay muy poca sangre y tal. Además, creo que ya es una mala costumbre esperar un giro de turca en el momento climático, lo cual no está mal cuando se usa con sabiduría, pero que, al menos en esta película, demuestra ser una poderosa arma de doble filo. Sí, odié que al final Bane resultara ser solo el chalan mamado de la loca hija de Liam Neeson. Y es que aquello del tipo nacido y criado en el peor hoyo del infierno es algo que me había encantado del cómic. Pero bueno, dejando eso del lado, Bane, por sí solo, tampoco tiene mucho sentido. Dando discursos liberales o algo con su voz ronquita y más graciosa de lo que debería, haciendo de Gotham una utopía en la que los pobres se mean sobre los ricos, volando puentes y estadios de futbol. ¿Qué pedo con Bane?

No sé, quizá soy yo. Quizá el recuerdo del Joker de la pasada cinta todavía es fuerte. Y es que aquél si era un hijo de puta que solo quería ver el mundo arder. Bane se la pasa de orador, mercenario, matón, asaltante-de-la-bolsa-de-valores y terrorista. Nunca hay un motivo real o una total falta de uno. Y sí, al final resulta que todo lo hizo por amor. O algo así.

No mamen.

Pero bueno, Bane no es, en realidad, un gran pecado en la cinta. La verdad es que TDKR no tiene caídas estrepitosas. Y es que aunque  no emociona en extremo en ningún momento, más que en el ocasional:”órale” sin signos de exclamación, mantiene una calidad aceptable y tiene alguno que otro momento conmovedor que valen el boleto. Además de las grandiosas explosiones. Como sea, esta película, a diferencia de la anterior, busca concentrarse completamente en el héroe: su caída y su resurrección. Así es: rises. Por tanto, el peso de todo cae sobre los hombros de Christian Bale, quién dicho sea de paso, da su mejor actuación de toda la serie. Bruce Wayne pierde su fortuna, la CFE gringa no se anda con mamadas y le corta la luz esa misma tarde, pierde a Alfred (en una escena bastante buena, hay que decirlo), una clase de veterano de Raw idealista le parte su madre, termina en la peor cárcel del mundo y solo falta que lo mee un perro (escena que seguro veremos en los extras del rayo azul). El tipo se ve vulnerable, humano. Al fin.

El cast, como en toda la saga, cumple cabalmente: Michael Caine, Morgan Freeman, Gary Oldman; todos dando trabajo de calidad. Y aquí vienen las nuevas adquisiciones. Creo que mucho se ha escrito ya sobre la Catwoman de Hathaway. En muchas cosas me gustó su personaje: el arquetipo del villano desesperado por limpiar su pasado y comenzar de nuevo, cual personaje de John Ford. Lo malo es que esta Gatúbela no le agrega nada a ese imaginario, no tiene ningún gran momento, solo líneas predecible y actos predecibles. Esta nueva Selina luce forzada cuando se ve sexy, nunca nos da una idea de lo badass que puede llegar a ser, su exageración en ciertas escenas no cuadra con la atmósfera general de la cinta y no cuenta con el background con el que han construido los demás personajes (incluido el propio Bane o el Joker). Pero supongo que no todo es culpa de la querida Anne: uno se las arregla con lo que le toca y a leguas se nota que el guión no tenía mucho para su personaje. Lo cual es extraño.

Pero bueno, Marion Cotillard luce hermosa como siempre. Y bien loca, como en Inception. Su personaje me pareció decepcionante, quizá porque es el que origina aquél momento pendejamente sobreactuado en el que revela su verdadera identidad y su malvado plan, cual villana de caricatura de un sábado por la mañana. ¿Hay mucho problema en salvar a Bane, inmovilizar a Batman y solo salir a partir madres? Supongo que sí. Hay que agregar el speach, mi lic. Su personaje (ya ni me acuerdo del nombre) tiene momentos, pero para nada es una gran villana. Ni siquiera una villana regular. Bane es mejor y eso ya es mucho decir.

Y es que Bane no está del todo mal, pero creo que le hace falta un momento memorable, un miserable one-liner del que nos acordemos al salir de la sala. Creo que los hermanos Nolan la volvieron a hacer: al fortalecer a un personaje, dejaron a la deriva al antagonista. En The Dark Knight hicieron del Joker un villano grandioso, que soltaba frases memorables a diestra y siniestra y con tal impacto como disparos de una Colt Desert Eagle calibre .50, pero dejando a la buena de dios a su héroe. Aquí fue todo lo contrario, aunque en una menor escala (ni Batman tiene momentos sumamente grandiosos ni Bane tiene mucho chiste, aunque es visiblemente menos que el héroe). Y ya que hablamos de los Nolan, ¿qué pedo con sus escenas de acción? Ninguna golpiza buena, ninguna secuencia paralizante. Cierto, las explosiones son geniales, ¿pero los madrazos qué? Y eso que hay material: Bane es un hijo de puta entrenado y expulsado por la Liga de las Sombras. Un oponente digno para Batman. Pero no. En la primera golpiza, predecible, en la que Bane gana, no hay ningún golpe doloroso, como los de Spidy de Raimi. Incluso cuando le zafa una vértebra (que no lo deja paralítico) no sentimos nada. No hay emoción.

Y en la madriza final, bueno… de haber sabido que esas máscaras para asmáticos se pueden descomponer tan fácil. Háganme el xodido favor.

Bane es un villano que parece lleno de posibilidades, pero que al final termina siendo tan simplón como nos imaginamos que sería un wey mamado y psicópata. Otra vez, no creo que toda la culpa sea de Tom Hardy, quién de hecho creo que lo hace relativamente bien considerando que unas una máscara durante casi toda la película. Creo, otra vez, que el guión lo dejo abandonado. Y es una lástima, la verdad. Aunque al menos tuvo algo bueno: en la mente de los panistas y priístas, Bane es el equivalente cinematográfico del Peje. Ya está, pues, en nuestra cultura.

Como sea, TDKR es una película buena, a secas. Visualmente es fantástica y tiene un score memorable, además de servir para lo que sirve la última parte de una trilogía: terminar. TDKR termina la saga como lo merecía: a los tumbos, pero cumpliendo. Y es que así ha sido la reinvención del personaje en las manos del venerado cineasta británico. La primera parte fue aburridísima, la segunda fue la mejor de todas y la tercera pues es solo la tercera. No sé ustedes, pero yo esperaba algo más. Esperaba emocionarme más o algo. Esperaba que Bane, si no condenaba a Batman a una silla de ruedas, por lo menos le pusiera una partida de madre de la que todos nos acordáramos, que hasta a nosotros nos doliera. Esperaba una escena que me hiciera un nudo en el estómago como aquella en la que Rachel muere. Esperaba más.

Pero bueno, ese soy yo. Alguien que solo quiere ver madrazos y que no entiende al Sergio Leone o a Kurosawa.

Y es que al final de día se trata de una película de superhéroes estrenada en el verano. Digo, ¿no debería ser un poco divertida? ¿No debería tener un poquito de corazón, al menos? Si lo tuviera, el humor y el corazón, sería mejor y nadie se quejaría. Pero bueno, Nolan se ha colocado ahora como un director clase A, un tipo que ha demostrado saber manejar grandes presupuestos, grandes expectativas y grandes cast. Pero que no sabe dirigir acción. Cosa bastante rara, pero cosas más raras hay en la industria, créanme. La saga de este Hombre Murciélago que ha creado no es, para nada, mi saga favorita de superhéroes, pero hay que concederle que es la más regular de todas. Nunca hay una estrepitosa caída, como en Spidy 3 o X-Men 3. Sin embargo, creo que les faltan muchas cosas para llegar a la excelencia que los fans proclaman. Están llenas de errores y estos son errores casi infantiles, que quizá se incrementa al calor de lo despectivo, pero que existen. Ahí están, para los que los quieran ver.

Como sea, creo que es igual de justos decir que Christopher Nolan cumplió. Su Saga de Batman quizá ya borró a aquella que inició Burton al final de los ochenta y que se fue desarmando en manos de otros directores, cual motoneta china. Pero creo que las cintas están un mucho sobrevaluadas. Pero, como les digo, ese soy yo. Alguien a quién le emociono el momento en el que Batman se aleja en el horizonte con la bomba y que ésta explota. Alguien a quién le encantó el final de Joseph Gordon-Levitt entrando a la bati-cueva, pero que la escena de Florencia solo le pareció un epílogo gratuito, sin mucho sentido. Alguien que agradeció ver ahí a Cilliam Murphy. Alguien que fue fan de ese momento en el que Gordon se da cuenta de la verdadera identidad de Batman. Esos son de los momentos en los que debería basarse la saga entera, creo yo, pero lamentablemente no es así.

Igual ya se acabó Batman. Y The Avergers sigue siendo mi película favorita de este verano. Así las cosas.

ParaNorman

Paranorman-zombie-movie

ParaNorman es la nueva película del estudio Laika, responsable de esa joya llamada Coraline y que, como en aquella, esta vez presentan una historia infantil con un trasfondo oscuro y lecturas que podrían llegar a ser demasiado densas para los chiquillos a los que son destinadas. Pero, digo, podrían. La verdad sea dicha, ParaNorman es divertidísima.

Claro que tiene una historia sólida, quizá compleja si le ponemos atención, pero es fácil de seguir y no se desvía a lo largo de los 90 disfrutables minutos de la función. Norman es un niño retraído, geek de las cintas de zombies y que, además, puede ver y hablar con los muertos. Y si algo nos ha enseñado Medium es que una persona con dicho don suele sufrir de incomprensión y escarnio público y tal. Norman es visto por todos como un freak y es victima del bully local. Pero, de repente, uno de los muertos le advierte sobre un desastre que se cierne sobre su pueblo. Una catástrofe producida por una maldición antigua lanzada por una bruja. Y sí, solo él puede evitarla.

ParaNorman tiene la esencia de Studio Ghibli, pero más que nada me recordó a X-Men: la lucha de alguien diferente por encajar en un mundo donde no se acepta lo que es diferente. Donde siempre se busca la comodidad de lo conocido. La película es una odisea de autodescubrimiento, de aceptación, la jornada del héroe y tal, pero también es un viaje por referencias y gags endemoniadamente geniales sobre la cultura de los zombies cinematográficos. En cierto momento, producto de la antigua maldición, los muertos se levantan de sus tumbas. Ajá, el xodido Apocalipsis Zombie. Pero no es nada sangriento, violento o gore. Más adelante nos enteramos de la verdadera naturaleza de los zombies y es entonces cuando apreciamos el delicioso contraste de éstos con la gente del pueblo, quienes se comportan como una muchedumbre violenta que solo piensa en destruir y matar. Dejándose llevar por el momento, cual tuiteros con un trending toppic de odio pegajoso inmersos en el reutiteo indiscriminado. No piensan, están en la manada, sedientos de sangre. Ajá, como zombies. La muchedumbre se revela como el mayor impedimento para que Norman y su raro séquito puedan cumplir con su misión de parar la maldición: porque esta es real y la bruja responsables es un personaje increíble que me recordó a Akira, cuyas 3000 páginas de manga se pueden resumir perfectamente en el concepto de un muchacho resentido que de pronto se da cuenta de que tiene el poder de convertir tanques en chatarra.

Ya para entonces ya era fan. Y el final no decepciona en absoluto. ParaNorman se erige entonces como la mejor y más divertida película de animación del verano, que merece visitas posteriores para admirar con más detenimiento los bellos escenarios construidos a mano y animados cuadro por cuadro (lo que le llaman el stop-motion, mi lic) y apreciar mejor las referencias y volver a reír con los gags. Y es que la escena del Ayuntamiento es sencillamente magistral. Y es que así somos y así siempre hemos sido. Y es que ser un freak esta cabrón, pero también te hace fuerte. A fuerza de madrazos, per lo hace.

ParaNorman es una película grandiosa que en cada escena revela un amor y una pasión por el trabajo que casi desborda la pantalla. Definitivamente recomendable.

The last train to London

Freddie

Pues sí, se acabó Londres 2012. Más rápido de lo que hubiera deseado, pero así son las cosas. Así ha sido siempre, excepto en algunas históricas excepciones. Cuando era niño, creía que los Juegos Olímpicos duraban todo el verano. Crecer es darte cuenta de qué tan rápido se mueve el tiempo, en realidad.

La ceremonia de clausura fue, hasta cierto punto, un exceso. Creo que en cierto momento se perdió todo hilo conductor (si es que alguna vez hubo uno) y solo se decidió presentar bandas y artistas porque sí. Lo cual, creo, esta bien. Las ceremonias de clausura son así, festivas y joviales. Me gustó ver a Madness. Me encantó el momento Waterloo Sunset. Lloré con el momento Freddie Mercury. Fui fan de lo de Monty Python. Y cómo no amar a The Who. Además, toda la referencia Beatle fue increíble, desde Because a capela hasta la cara de John con Imagine. Y, claro, volví a llorar cuando se apagó el pebetero. Porque eso encendió la nostalgia, al menos en mi caso. Fue el principio para pensar que se había terminado otro ciclo olímpico, otros Juegos. Para pensar, por un momento, que hace apenas unas horas, unos días éramos más felices. Y que eso no volverá.

O bueno, así fue en mi caso.

Aunque claro, la ceremonia de clausura tuvo pecados bastante graves que me gustaría mencionar. Creo que el peor es la total ausencia de The Rolling Stones. Ellos son la segunda mejor banda en la historia de Reino Unido y a diferencia de la mejor, ellos siguen juntos y activos. Y vivos. ¿Por qué no estar ahí? Es una estupidez del tamaño del Parque Olímpico, pero así fueron las cosas. Y bueno, también me quedé esperando a The Smiths, pero viendo su total ausencia, me doy cuenta de que jamás se van a reunir, para nada y para nadie. Otra esperanza que muere. Y supongo que la ausencia de Blur se debió a motivos ajenos a una invitación, pero también me dolió no verlos ahí. Como sea, la ceremonia de clausura fue casi como la de apertura, al menso en el sentido de la prepotencia inglesa. Al meter bandas actuales cantando clásicos (“vino viejo en alforjas nuevas, mi lic”), tratan de dejar clara su influencia en el mundo actual, lo mismo que al presentar sus automóviles, sus letras inmortales, sus monumentos, reconocibles hasta en Zimbabue. Su moda. Así son ellos y son influyentes. Sea como sea, siguen siendo el Imperio. Recibido.

Cambio y fuera.

Y sí, se acabaron. Y quizá estos no hayan sido los mejores Juegos Olímpicos a nivel deportivo (en Beijing se rompieron más récords y se gestaron más historias), ni los de más calidez humana (Barcelona, ciudad chiquita y completamente volcada a los Juegos del 92, sigue ganado en esto), pero será inolvidables para mi. Los mejores, para mí. Porque nunca me había emocionado tanto con ningunos Olímpicos en mi vida. Porque no los había disfrutado tanto como ahora. Y porque sé que todos los que vengan y me toque ver solo serán una pálida sombra de estos, al igual que cada Mundial ha sido una pálida sombra de Corea-Japón 2002, la Copa del Mundo que más he disfrutado en mi vida. Así son las cosas y no puedo dar razones más precisas para lo que siento. Solo así es. La vida es extraña, la nostalgia es solo una palabra para el dolor de una vieja herida o algo. Londres 2012 se ha quedado en mi corazón para siempre.

Y ahora, vuelve la rutina otra vez. Las madrugadas con Veredicto Final en lugar de competencias deportivas. Pero así son las cosas. Así son los ciclos. Así es el mundo. De todas formas no puedo evitar cierta tristeza, cierta evocación, aunque aún sea muy pronto y el recuerdo aún sea muy fresco. Muchas cosas me quedaran de estos Juegos, muchos momentos y muchas figuras. Muchos rostros. Pero también olvidaré la mayor parte. Lo cual es triste por si solo. Porque muchos atletas jamás volverán y se perderán en la marabunta de memorias personales.

Así son las cosas. Lo cual esta bien.

Ahora inicia la Olimpiada de Rio. El largo camino al verano del 2016. Los brasileños nos dieron una probadita de lo que nos espera. Supongo que esos también pueden ser unos Juegos grandiosos, pero me permito dudar que me impacten, me emocionen y me gusten tanto como los que acaban de terminar. Los cuales pueden no ser los mejores de la historia (es casi seguro que no lo son), pero será mis favoritos. Lo son ahora y estoy seguro que lo seguirá siendo después del 2016. Y en una de esas hasta después del 2020. Ya después, quién sabe que pueda pasar.

Londres, la ciudad violeta construida en las márgenes de un rio, aquella que dicen fue fundada por un nieto de Eneas, se queda. Ahí esta. Tan cara y tan caótica y tan nublada y tan genial como siempre. El fénix anidará ahí. Y nos espera. No es un adiós, es solo el principio del cortejo.

Ahora, vuelvan al trabajo.   

 

México, campeón

Mexico

En Wembley. Final de futbol. Brasil contra México.

Y al final, México gana.

Supongo que muchos de ustedes lo soñaron. Dios sabe que yo lo soñé. Claro que en mi sueño (y en el de muchos de ustedes, creo), éramos nosotros quienes anotábamos los goles. Y en el sueño, supongo, éramos un poquito menos feos que Oribe Peralta. Pero eso no importa. Lo importante es que era un sueño. Y, como tal, sabíamos que nunca iba a suceder.

Pero, ya saben, eso es algo raro de lo mucho que tienen los sueños. A veces, se cumplen.

Hoy la Selección Olímpica Mexicana de Futbol Varonil saltó a la cancha para enfrentar a su similar de Brasil por la medalla de oro, dentro de los Juegos de la XXX Olimpiada que, como saben, se realizan en Londres. En Wembley. Una final. Frente a Brasil. Como en el sueño. Solo que, a diferencia del sueño, esta vez el uniforme de México era francamente espantoso, pero eso al final tendió a no importar. Si los uniformes hubieran valido goles, el Tri (que pendejada) habría saltado a la cancha con dos goles en contra.

Por suerte no fue así.

Pero este no es el post del optimismo, del festejo fácil. Tengo que reconocer que nunca creí mucho en esta selección, más allá de lo realizado desde hace poco más de un año. Sí, se habían obtenido títulos y se había jugado bien, pero de ahí a pensar que si quiera pudieran toserle a esta Selección Brasileña (que es la materia prima de lo que veremos en su Mundial del 2014), para nada. Y menos en una final. Y menos en Wembley. Pero bueno, como todo buen villamelón, ahí estaba, desde las nueve de la mañana, pegado al televisor. Y sí, emocionado. Pensando que, en una de esas, y se podía ganar. Porque Brasil no solo jugaba contra México. Jugaba contra sus fantasmas, contra su propia y particular maldición.

Y al final los demonios cariocas volvieron a hacer de las suyas.

Y es que ni en el más loco sueño del más optimista fanático del Tri hubiéramos tenido un gol a favor a los 30 segundos de juego. Pero aquí ocurrió. Y eso condicionó todo. Y es que Brasil de pronto se topó de frente contra su peor pesadilla y solo pudo crear, pensar y hacer a una velocidad. Una que a ellos no les conviene. Los cariocas querían anotar el tercer gol antes de marcar el del empate. Los grandes, los virtuosos, nunca se encontraron. Este ha sido sin duda uno de los peores partidos de Neymar ever. Y vaya que Neymar ha tenido malos partidos. Pero no solo él. Todos los brasileños de mitad del campo para adelante tuvieron, al menos, una oportunidad de gol. Y solo Hulk pudo meter la suya, hasta el minuto 91. México jugó bien, claro, pero también contó con una suerte cabrona.

En este blog he hablado de España y sus 4 años maravillosos en lo que a futbol se refiere. Y si bien admiro su forma de juego, pero me cagan porque son españoles (algo malo tendrían que tener), lo que más me gusta de esa selección es que le han demostrado al mundo y (aún más importante) a ellos mismos que se puede llegar a ser grande. Que se puede conquistar a la Fortuna, esa caprichosa seductora que se ha decidido acostar con ellos desde hace un buen rato. Ellos han ganado con gran futbol, sí, pero también con mucha suerte. Así como los grandes. Y aquí quiero recordar esa maravillosa frase que habla acerca del maravilloso deporte que es el futbol, en donde juegan 11 contra 11 y al final siempre termina ganando Alemania. Desde hace un buen rato ya no es así, pero la esencia se mantiene. Siempre hay un equipo bendecido. Esta vez, en este torneo y más que nada en esta final, ese equipo fue México.

Y es que Brasil no pudo jugar peor. Y es que Brasil se murió de nada. Y es que ahora, en las mentes cariocas, más que el hexacampeonato en su Mundial, lo que más se vislumbra es otra tragedia inevitable. Piensan que se dirigen en un tren sin frenos a otro Maracanazo. Algunos piensan que el único ser humano que podría evitar eso, cual Peter Parker en Spidy Deux, es Pep Guardiola. Pero ese es otro tema.

Háiga sido como háiga sido, México terminó ganado. Con el rosario en la mano y el Jesús en la boca, pero ganado. Y entonces la alegría, pero también los comentarios en contra. Pero esas son cosas inevitables. Son cosas que se valen y que pasan, como el que repitan tres veces el puto partido en la tele, Como ir al Ángel, como reírnos de los que fueron al Ángel, como que le salga lo naquito al Presidente mientras habla con Luis Fernando Tena (a quién ya van a canonizar, o algo). Y es que aunque esto sea el opio del pueblo (más presente que la religión y con mejor sabor), la alegría efímera, la adoración al Becerro de Oro, la verdad es que al final tiende a no importar. Es alegría y ya. Es unidad. De esa que nos hace mucha falta. Es trabajo en equipo de un grupo de cabroncitos que sí se la creyeron. Que tuvieron el mismo sueño que muchos de nosotros, pero que ellos sí cumplieron.

¿Qué hay de negativo en eso?

Como sea, hoy se vale que el futbol se repita ad nauseam. Que se haya quedado en el casi olvido el tercer oro de Usain Bolt, quién junto con Blake y otros dos jamaicanos (o jamaiquinos), ganó el relevo 4X100 m. implantando récord mundial de 36.84 segundos. Corriendo, en promedio, 100 m. en 9.2 segundos. Una bestialidad. O qué decir de la actuación de María del Rosario Espinoza, quién hoy se fue a dormir como la mejor atleta mexicana olímpica de la historia. Casi nada.

Pero hoy se vale, porque esto nunca había sucedido. Quizá los que tenemos menos de 30 hemos visto a la Selección Mexicana ganar cosas que antes eran impensables, pero también sabemos de dolor en Mundiales. También crecimos con aquello de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Es por eso que esto sabe tan bien. Tanto que ni siquiera podemos dimensionarlo aún. Porque por ahora solo es alegría. Felicidad. Y sí, esto no va cambiar a México, no va a quitar la pobreza, no va a ayudar en la cuestión de la violencia ni va a solucionar los problemas de la educación. Pero esas no son tareas del futbol.

Hoy se vale celebrar. Y mañana también, ¿por qué no? Y quizá el lunes vayamos más contentos a la chamba. Y un poquito más optimistas. Lo cual sería grandioso. Y válido. Porque así es el deporte. Y por primera vez nos muestra su cara bonita en una instancia importante. Los que no creíamos nos hemos quedado mudos y sonrientes. Porque ganamos en un juego raro, pero ganamos. Porque hoy puedo titular este post con un México, campeón. Porque hoy fue un día de clima perfecto y pude ver The Dark Knight Rises en una sala IMAX semidesierta. Solo por cosas como esas vale la pena celebrar.   

Ganamos la final. En Wembley. Contra Brasil.

El futbol es maravilloso.

Marley & Bolt

Marley

Usain Bolt nunca tendrá las 25 medallas olímpicas de Phelps, pero ayer inscribió su nombre con letras doradas en la Historia del Olimpismo: es el primer ser humano en el atletismo moderno en ganar el oro en los 100 y 200 metros planos en dos Juegos Olímpicos consecutivos. Nada más.

 

Arriba de las leyendas y de los nombres que evocan con respeto los pueblos, viene este enorme atleta jamaiquino (o jamaicano) de grandes zancadas, de electrizantes piernas y de personalidad arrebatadora, que congela al mundo cuando corre. Que nos hace sentir más cerca del sueño, más cerca de ganar la batalla contra Cronos. Porque de eso se trata todo esto.

 

Bob Marley (que fue de mi gusto durante aproximadamente 17 minutos, durante el primer año de secundaria) estaría orgullos de su paisano y del hecho de ver un podio completo de jamaicanos (o jamaiquinos) en una prueba élite de velocidad en donde demostraron, simplemente, de qué lado masca la iguana en la actualidad.

Un futbolero como Marley lo entendería.  

 

Post de domingo por la tarde

Bolt

Domingo por la tarde. Dizque lluviosa, aunque pronto se calmó. Todavía con la resaca del futbol olímpico y una noche (tarde en México) de sábado dorada para el atletismo británico. Primero ganado en el heptatlón femenil con Jessica Ennis, uno de los estandartes publicitarios de los Juegos cuya imagen se podía encontrar en todos lados. Una medalla esperada y que no decepcionó. Después vino otro atleta británico a ganarse el metal áureo en salto, una presea sí del todo inesperada, pero alegre. Pero nada comparado con el casi épico triunfo en los 10,000 m. del británico Mohamed Farah, nació en la Somalia Británica y que hizo estallar a un repleto Estadio Olímpico que estaba viviendo una jornada mágica. Una como aquellas que soñaban tener cuando se les designaron como anfitriones de estos Juegos pero que, por lo mismo, creían que nunca pasarían. Pero estaban pasando.

Por cierto, un jamaiquina (o jamaicana) chaparrita y guapilla ganó los 100 m. planos. Primer round para Jamaica en pruebas de velocidad.

En el Centro Acuático, momentos antes, Michael Phelps se subía por última vez a un podio olímpico, esta vez en el relevo 4X100 m. Estilos. Phelps se encargó de tomar la delantera con el estilo mariposa, que hizo suyo a lo largo de su carrera. Al final el saldo fue de 22 medallas olímpicas, 18 de oro. Creo que queda claro qué clase de atleta fue y lo afortunados que fuimos por verlo en acción, en vivo. Los argumentos que muchos periodistas latinoamericanos dicen en su contra, más que irritantes, son patéticamente jocosos. El tipo es gringo, sí, pero es el mejor.

México, por cierto, sufrió en un partido de futbol matutino (vespertino en Londres), pero al final pudo despachar a una enjundiosa Senegal, que representó como nadie las cualidades y defectos del futbol africano. Como sea, el Tri (que pendejada) pasó a semifinales del torneo olímpico (aquél que los ardidos españoles se encargaron de vilipendiar, después de su ridículo), donde se verá las caras con Japón. En la otra llave, la eterna Brasil esperaba a la Gran Bretaña. Pero como una jornada no podía ser completamente dorada para ellos, después de lo del Estadio Olímpico, jugando en la capital de Gales, Gran Bretaña fue despachada por Corea del Sur. Otra vez en cuartos de final. Otra vez en los putos penales. Lo cual ya no sorprende a nadie. Los británicos (y sobre todo los ingleses) tienen el drama en las venas. Para ellos su selección de futbol y sus equipos siempre son favoritos. En todo (Mundiales, Eurocopas, Juegos Olímpicos, Champions League). Pero cuando pierden (y ellos saben que siempre van a perder… muy en el fondo, pero lo saben), son los primeros en criticarlos y en decir: “claro que tenían que perder, somos un fracaso”. Y bla, bla, bla. Esta propensión casi genética para el drama es la que los ha hecho grandiosos en muchas cosas y la que hace que vivan con las emociones a flor de piel. Pero las controlan. La fachada inglesa que históricamente les hemos dado, gracias a Dickens y eso, no es por una ausencia de emociones, sino por un esfuerzo sobrehumano por controlarlas en cada momento.

Así son ellos. Lo cual me parece grandioso.

Domingo. Maratón femenil (pueden ver quién ganó en la red) y Federer por una cita con la historia. La última oportunidad para ganar el único torneo que no ha ganado, la presea que le falta. Enfrentaba a un casi famélico Murray, quién se ve como uno de esos ingleses que siempre imaginamos, aunque el tipo es escocés. La victoria de Federer no era cantada, pero se esperaba. Y nada. Murray lo barrió en tres sets, en los que lució más que dominante, para terminar el match en menos de 2 horas. Federer, humillado, se despidió del último tren que le quedaba para ganar una medalla de oro en Juegos Olímpicos. Sigue siendo, en mi particular punto de vista, el mejor tenista que alguna vez se haya parado en cancha alguna, pero su falta de carisma y su ausencia de la presea dorada lo ponen detrás de otras leyendas que quizá, siempre estén encima de él.

Lo cual es muy triste, la verdad.

Como sea, México ganó una medalla más en clavados (esta vez de bronce), una china ganó el oro en levantamiento de pesas (categoría de peso completo) y un irlandés le partió su madre a un enjundioso mexicano en boxeo. La pista aguardaba, mientras se llevaba a cabo la final del Lanzamiento de Martillo, de los 3000 m. Steeplechase y de los 400 m. planos para mujeres. Pero todo era un preámbulo. Durante la tarde moribunda londinense (mediodía en México) habíamos visto las semifinales de los 100 m. planos para hombres. Nada de sorpresas. En la final estaban los que debían estar. Siete de los ocho competidores habían pasado a la final bajándole a los 10 segundos. Histórico. Pero el repleto Estadio Olímpico solo tenía ojos para el jamaicano (o jamaiquino) que correría en el carril 7.

Su nombre es Usain Bolt.

Este no es el espacio para poner su biografía, que seguramente ya deben haber leído en wikipedia con tal de impactar a esa compañera de trabajo que no sabe nada de deportes, pero que está bien chula, la condenada. El punto es simplemente reconocer la grandeza del morenazo que en Beijing hizo historia y que hoy volvió a repetir. Nueva medalla de oro y nuevo récord olímpico. Algo que hasta ahora solo había hecho Carl Lewis. Y Bolt es incluso más simpático que el hijo del viento. Recordamos su sonrisa casi tanto como sus zancadas, sus bailes previos como los del festejo posterior. Bolt es humano, lo hemos visto frustrarse, enojarse, fracasar estrepitosamente. Pero siempre regresa. Hoy tenía una cita para pasar una prueba que lo elevaría de inmediato al recinto de los Inmortales. Y cumplió como los grandes. Jamaica ganó el segundo round en pruebas de velocidad.

Bolt podrá ser todo lo humano que quieran, pero es el cabrón más rápido de la historia.

Usain todavía tiene cuerda en estos Juegos. Hemos dejado la alberca, pero continúa la acción en la pista. Pronto vendrán  más pruebas en gimnasia, en taekwondo, en atletismo, claro. Inicia la segunda semana de los Juegos de la XXX Olimpiada. Más rápido de lo que cualquiera desearía, y es que es muy fácil acostumbrarse al deporte de este nivel, a tantas pruebas, a tantas disciplinas misteriosas y apasionantes. Pero tiene que terminar, aunque no es momento para pensar en eso. Todavía queda tiempo, todavía vendrán más historias, más momentos, más medallas. Hay que disfrutar mientras se pueda.

Los dejo con esto:


Yo voy a ver Brave. Ya les cuento.