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Un pequeño post sobre la identidad y los queridos X-Men

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Creo que lo que siempre me ha llamado la atención de la serie X-Men, y por lo que quizá sea mi propiedad favorita de Marvel, es el tema de la identidad y los problemas internos que surgen en la búsqueda de esa identidad. Más allá de las piruetas y el espectáculo visual, los hombres X son personas solas con problemas de autoestima, devaluados por la sociedad y con grandes dificultades para aceptarse tal como son. La salida simplona sería decir que es una metáfora sobre la adolescencia o alguna tontería por el estilo –y no tenemos por qué no imaginarnos que Lee y Kirby no pensaron en ese demográfico cuando crearon a los primeros personajes en los 60–, pero me temo que es más complicado. El proceso, el arco por el que debe pasar una persona para formar su identidad y su personalidad es algo realmente macabro. En un mundo dominado por esterotipos mediáticos es difícil mantener la compostura cuando tu panza es demasiado abultada, tu nariz demasiado aguileña, tu pelo demasiado oscuro, tus chichis demasiado pequeñas (o demasiado grandes), tu cuerpo demasiado delgado (y sin curvas) o eres demasiado gordito. O demasiado “listo” (¡nerd!). O demasiado “burro” (¡estúpido!). El concepto de lo “gordibueno” es una defensa de la gente cárnica ante el ataque de las putasflacasdelatelevisión. Las gordas odian a las flacas, las flacas odian a las “buenas”, los feos odian a los jetita y se escudan detrás del “soy un feo con onda”. La vida bien puede irse en esto, y no solo es un caso de estereotipos físicos sino mentales, de pose, de estilo, de status: como decir “yo soy geek” para refugiarme en un cliché que me da identidad automática, me conecta con otras personas y me hace sentir menos mal con todo eso que he conceptualizado como mis “deficiencias”. En verdad, nuestras conexiones sociales son mucho más simples de lo que parecen. Chica fresa ama a Mirrey. Mirrey le rompe el corazón. Chica fresa voltea (hacia abajo) a ver al nerd. Nerd y chica fresa descubren que para el amor no hay estereotipos. Consuman su amor [rolling credits]. Con esa historia fantasea mucha gente 24 x 7. Todo mundo juega un papel en su contexto social, y muchas veces más de un papel: en un día podemos ser doce personajes distintos, depende (por lo general) qué deseamos obtener y a quién deseamos chantajear. Cuántas veces no he escuchado “ese guey me caga” solo por leer durante 45 segundos su timeline en Twitter. Habrá quien diga que no necesitamos más para conectar o no socialmente, y en ese caso yo soy un romántico. Conocer a alguien como realmente es lleva un poco más que seguirlo en Twitter durante unos días. Conocer a la gente, aceptar y ser aceptado, eso lleva tiempo y un duro trabajo, parafraseando a aquel Somerset de Seven. El problema es que el largo tramo de la aceptación puede ser un poco terrorífico: voltearte a ver y admitir que no eres tan guapo, ni tan geek (o tan conservador como tus padres quisieran, para el caso), ni tan gracioso, y tampoco tan feo y despreciable, y que aunque no tengas los 13.3 kg de nalgas ni chichis –eso va para las lectoras– que exigen las revistas para caballeros, puedes ser un bello ser humano. Si han leído hasta aquí, intuirán que estos temas no son exclusivamente para adolescentes: el problema de la aceptación, de dejar de fingir algo que NO somos y comenzar a ser LO que somos, es cosa que nos acompañará toda la vida. Porque así está configurada nuestra sociedad. Nuestro mundo. La muerte social hoy equivale a la muerte física de nuestros ancestros los cavernícolas –y hay quien dice que, entre nuestros ancestros, el que moría socialmente en el clan (por feo, tonto, deforme, lento, poco hábil, etc) efectivamente tenía pocas probabilidades de sobrevivir. Digamos que hace 20 mil años yo era (lo sé) parte del clan del los lobos, sí, mi tótem era el lobo: y quien se metiera conmigo tenía que meterse con mis hermanos los lobo, también. De esa manera fantasiosa justificamos nuestra mente gregaria, nuestra ansia por ser aceptados, nuestro terror a morir, a la no-existencia. Y de eso se trata X-Men en términos muy generales. Nuestros problemas de identidad desde la perspectiva de un mutante que no es aceptado por la mayoría. El enfoque suele ser menos sociológico y más naif: Mystique romanceando con Beast y discutiendo sobre lo culero que es el mundo con los meta-humanos cuando en realidad lo que quieren es encuerarse y darle gusto al cuerpo. Magneto, el mutante primus inter pares (“primero entre los iguales”), viene de un mundo donde quien es diferente es perseguido y exterminado (El Holocausto). Charles Xavier es el desagregado social por excelencia de nuestros tiempos, el minusválido. Y así, X-Men está lleno de felices imágenes patéticas que reflejan nuestros incansables conflictos sociales. Sí, incansables. Nunca habrá mujer satisfecha con su cuerpo, eso lo asumimos ya como un hecho. Y nunca habrá un hombre que admita que otro hombre puede ser bello o más bello que él. Así es la competencia social. Amo X-Men porque refleja este intrígulis. Habla tanto de nosotros: cómo nos hacemos a un lado, cómo tenemos miedo, cómo (quizá) en el fondo no deseamos ser descubiertos por los demás. Una bella frase de Hellboy, recuerdo, es aquella que dice (en boca de Abraham Sapien): “If there’s trouble, all we freaks have is each other”. Los pobres frikis siempre solos, siempre alienados. El friki es un rebelde, mutante o no, cuestiona y cambia, modifica las estructuras. Los paradigmas, que le llaman. Y no debe sorprendernos que el friki rebelde sea tema dominante en las artes, y en el cine (que hoy nos ocupa): desde The Outsiders hasta esta X-Men: First Class. El rebelde nunca es comprendido cabalmente (muchas veces pierde la vida en el proceso), pero inevitablemente provoca el cambio. El buen rebelde, sin embargo, puede ser también alguien vulnerable: con el corazón a flor de piel. Vale la pena. Si algo he aprendido todos estos años gracias a X-Men es que ser vulnerable en las relaciones personales es un riesgo, pero paga. Y paga bien. 

Yo fui un híbrido social: lo suficientemente rarito como para juntarme con otros raritos, y lo suficientemente seguro de mí mismo para tener mi propia bandita. Siempre fue así. Sigue siendo así, de alguna forma. Hoy día que los temas de los “raritos” dominan en buena parte lo que la gente oye, ve en el cine y en la tele, y tiene en sus teléfonos, hoy día en que ya no es tan extraño ver una sala de cine VIP (a 133 pesos el boleto) llena de gente dispuesta a ver una película de superhéroes (eso qué), uno pensaría que ser rarito ya no es tan raro. Y sí: ya no es tan raro. Pero sí sigue siendo raro: la mayoría prefiere a Luis Miguel sobre Pixies. A Adal Ramones sobre Monty Python.

Así las cosas.

Memoirs de la Nostromo y el Space Jockey

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En 1979, casi 1980, se estrenó Alien, o como la conocimos en México, Alien, el octavo pasajero, una de las películas más importantes en la carrera de Ridley Scott. Se trataba de una monster movie muy original que combinaba el terror con la ciencia ficción en una atmósfera tensa, sucia, decadente, como inspirada en los botaderos de basura. O los deshuesaderos. La estética Alien quizá provenga de una época desesperanzadora en la que la crisis energética (en aquel México, el de López Portillo, comenzaba la crisis económica que nos ha perseguido hasta estos días), la delincuencia, el terrorismo, los secuestros de aviones y los desastres naturales eran cosa común en los encabezados de los diarios. El futuro, o esa era la idea visual detrás de Alien (y que terminó magistralmente con Blade Runner, su opera magna), era un lugar familiar por sucio y poco funcional. Tal como funcionaba 1979. O 2012, para el caso. Este futuro era distópico, al menos en la forma –y digo en la forma porque la estética googie, también conocida como "Raygun Gothic", era lo que dominaba la idea del futuro como un lugar pulcro y próspero, como diseñado por los Supersónicos. (Un ejemplo googie: esta sala de abordar espacial–con frontdesk del Hilton, ¡haciendo eco al famoso Hilton en la Luna!– de una popular película de Kubrick.)

No sucedía lo mismo con Alien. Los siete protagonistas humanos, Dallas, Kane, Lambert, Ripley, Ash, Brett y Parker + 1 gato (Jones), viajan a bordo de la nave estelar USCSS Nostromo, un viejo y vulgar remolque, una grúa del espacio de proporciones gigantescas. La Nostromo no tiene nada de googie: goteras, suciedad, claroscuros, maquinaria pesada… a sugerencia del guionista Dan O'Bannon, Ridley Scott le encargó al demencial H.R. Giger el diseño de arte del filme, lo que incluyó la creación de la criatura que le dio título a la cinta, el xenomorfo "biomecánico" que acaba aniquilando a casi toda la tripulación de la Nostromo.

Mi hermano era gran fan de Alien a mediados de los ochenta. Mi hermano tenía la bendita costumbre de coleccionar tarjetas Topps. Su rango iba del beisbol y el futbol americano, a Los ángeles de Charlie y Kiss (la banda). Entre las rarezas tenía unas tarjetas de plástico de Hulk, el hombre increíble, Encuentros cercanos del tercer tipo Alien. Guau: tarjetas Topps de Alien. Aún atesoro varias de las tarjetas sobrevivientes en una caja de tenis. Y aún huelen a chicle.

Entre las tarjetas, había una que despertaba un misterio. UN MISTERIO. Se trataba de la tarjeta no. 43 de Alien con la leyenda "Fantastic Space Jockey". Y si, es la imagen que adorna el post.

El Space Jockey. Es decir, el esqueleto aquel del planeta aquel en donde la Nostromo aterrizaba (y donde se le metía la criatura al pobre Kane), tenía nombre. Space Jockey. ¿Qué diablos quería decir eso, quién se lo había puesto? El Space Jockey aparecía apenas unos segundos en Alien, pero se convirtió en tremendo easter egg de la cultura geek ochentera. ¿Qué especie era aquella? ¿Portaba un traje biomecánico o ese era su cuerpo? ¿Había muerto operando una especie de telescopio (la teoría favorita de mi hermano: le gustaba pensar que el Space Jockey era un científico, un benévolo extraterrestre que había tenido la mala suerte de toparse con el xenomorfo de Giger) o un cañón, un arma de destrucción masiva? No exagero al decir que el Space Jockey le dio al fandom el mismo nivel de obsesión que la pregunta: ¿por qué Obi-Wan Kenobi desaparece al morir en Star Wars?

Y ahora viene Prometheus, la semi-precuela de Alien que (esperamos) no apestará porque no tiene un tratamiento "precueloso" a la serie original, y porque la dirige Ridley Scott. A medida que han avanzado los avances… ¡sorpresa! El Space Jockey hace su aparición. En un rol prominente. El sueño húmedo de los geeks al descubierto: ¿al fin conoceremos el origen del misterioso Space Jockey? TOTAL NERD BLISS.

El bello nombre de la astronave Nostromo proviene de una novela del siglo XIX del polaco Joseph Conrad, Nostromo, A Tale of the Seaboard. Un lindo homenaje a un escritor que amaba escribir historias del mar, de embarcaciones, de tripulaciones enfrentándose a lo desconocido.

Noche azul... Y Lampard rifa

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Como la gran mayoría de ustedes saben, mi equipo de futbol favorito de esta galaxia y sus alrededores es el Manchester United (aunque del cómo me convertí en un red devil de por vida es mejor hablar en otro post). Debido a mi amor por los diablos rojos (los de a de veras), es que he seguido con más atención la Premier League británica que, por ejemplo, la Serie A italiana o la propia LFP española, lo que me ha permitido apreciar muchos juegos del Chelsea, el equipo que nos ocupa este día. El equipo que me alegro el día.

Gracias a mi afición por la Premier, desde hace mucho me he inclinado por los equipos ingleses en las competiciones europeas, lo que me ha hecho gozar más las victorias de estos últimos, como aquella épica coronación del Liverpool en contra del Milán de Kaká (quizá el mejor partido de futbol que he visto en mi vida). Y también, claro, sufrí como propias las derrotas del Arsenal, un equipo con un juego grandioso, pero que siempre ha tenido muy mala suerte. Por lo cual, se puede adivinar que la victoria del Chelsea sobre el Bayern Munich en la Final de la Champions League de este día tuvo ese sabor especial de todas las coronaciones inglesas. Pero además, aquí hay que agregar otro factor: la consagración de uno de mis jugadores favoritos de siempre. Y estoy hablando de Frank Lampard.

Lampard es de esos jugadores que nacen, si acaso, cada generación. Uno de los mediocampistas más aguerridos, pero a la vez más elegantes a la hora de jugar. Con un toque privilegiado, una técnica exquisita y una capacidad de liderazgo innata, el tipo estaba llamado a ser uno de los grandes ganadores del futbol actual. Sin embargo, tomó su decisión: se quedó en el Chelsea y ahí de ha mantenido, un tanto a la sombra del panorama mundial y hasta del panorama local: hay que recordar que el gran capitán del equipo es John Terry y la figura indiscutible es Didier Drogba. Sin embargo, Lampard es eterno. Siendo ya un veterano, su calidad no ha disminuido ni un ápice, así como su nivel de entrega para con el equipo de sus amores. Él podrá no ser la estrella, pero es el que más corre, es que más participa y el que más sobresale en los momentos difíciles. Estamos hablando de un tipo que sin tener los reflectores de un Xavi Hernández o la fama de un Ozil, se lleva a los 2 de calle y por mucho.

Frank Lampard es el integrante más talentoso de la llamada Generación de Oro inglesa, aunque nunca pudo ganar nada con su selección. Y esa maldición parecía acompañarlo en su club, donde parecía que nunca iba a dar el gran paso. Pero al final se hizo justicia y hoy levantó la Orejona. Y pocos lo han merecido tanto como él.

Pero el Chelsea no es un puñado de individualidades. Hoy nos dieron un ejemplo de un juego de conjunto casi perfecto… tanto que es difícil decidir quién fue el protagonista del encuentro. Lampard, como siempre, se mató en el terreno de juego. Ashley Cole estuvo impasable en la defensa.  Chec, el eterno guardamenta de indumentaria tan identificable, dio el partido de su vida, sobretodo en la ronda de penales. Y claro, Didier. Didie, a quién tanto le debía el futbol. Drogba es un crak en toda la extensión de la palabra, pero tenía el problema de que siempre fallaba en los momentos importantes. Recordemos aquella final de Champions del 2008, contra el ManU, cuando se fue expulsado de una manera casi infantil, estúpida. O la lesión que lo marginó del pasado Mundial. Sin embargó, Didie cobró lo que le debían el día de hoy. Fue gracias a su insistencia incisiva y siempre peligrosa que el Bayern no se agregó nunca alegremente al ataque. Fue un gol suyo el que revivió al equipo a 4 minutos del final, cuando estaban más que muertos. Y fueron sus pies los que anotaron el penal definitivo. Didier hoy vivió una noche mágica de redención al estilo Ronaldo en el 2002. Y eso también me alegró.

Y claro, hay que decir que quizá más allá de los jugadores, quién disfrutó más de este titulo fue aquél tipo impecablemente vestido a quién Didie le pasó la Copa en el paroxismo de la celebración. Ese es Roman Abramóvich, un multimillonario ruso que un buen día, por allá del 2003, decidió comprar un equipo de futbol solamente porque le encantó su estadio. A partir de que llegó al Chelsea, Abramóvich ha convertido al humilde equipo londinense con una historia más que nada perdedora en un protagonista de la Premier y un contendiente serio en Europa. Y todo esto lo ha logrado poniendo mucho, pero mucho dinero en el equipo (¡saludos a Jorge Vergara!). Y con esto, Abramóvich no solo ha creado a un gigante europeo prácticamente de la nada, sino que también ha cambiado para siempre el concepto en el que se comercializa el futbol moderno. Las contrataciones millonarias, los estadios de primer mundo, los derechos de transmisión de las Ligas, el impacto global de la Champions, el pagar cifras escandalosas por poner una marca en la playera de un equipo… bueh, todo eso comenzó en Stanford Bridge. Y ya dio resultado. El sueño de Abramóvich era ganar la Champions y ya lo logró. Y solo él nos puede decir si pagar 500 millones de euros es poco por cumplir un sueño. Déjenme preguntárselo cuando lo vea.

Hoy el día fue azul. Y la noche pinta bien. Albricias por el Chelsea.

Cagadas de la lengua española

“Accesar” es uno de esos verbos nefastos que ha impuesto el mal uso del español ante la (creo) confusión generalizada de términos de informática. Yo sé que hay que ser modernos, flexibles y pragmáticos. Y procurar, en medios escritos, no llenarse de comillas e itálicas (aunque depende del medio y el contexto y el lector). Sin embargo, no veo por qué sustituir una palabra que funciona perfectamente (acceder) por una cagada lingüística sin pies ni cabeza (accesar). Otra que me encanta escuchar es: “cóntrol” (sí, con acento en la o). Los teclados de las computadoras tienen una tecla de control, claro. Las computadoras vienen, por lo general, de países anglófonos. Lo natural, supongo que piensa mucha gente, es hacer una pronunciación en engrish: “cóntrol”, a pesar de que el sonido de la palabra es casi idéntico del inglés al español, “control”. Luego mis siempre jocosos amigos diseñadores dicen a los gritos “cóntrol zeta, cóntrol zeta” para referirse al undo.

Ya ven, puse undo en itálicas.

La otra palabra que finalmente se impuso fue: Olimpiada. Clap clap, el uso cotidiano (o nuestra ignorancia) logró convencer a la RAE de que una Olimpiada es, además del periodo de cuatro años entre los Juegos Olímpicos (definición tradicional), bueno, los Juegos Olímpicos, o la celebración moderna de los Juegos Olímpicos “en un lugar previamente determinado”. Esas son las olimpiadas u olimpíadas, según la edición 23 del Diccionario de la Lengua Española que, finalmente, tiene que ceder y acceder al uso cotidiano de la misma. Si hablamos como una cagada, el Diccionario de la RAE tiene que aceptarlo e incluirlo. Claro que necesita que varios millones de hablantes lo hagan. Lo cual no suena difícil, pues todos hablamos medio mal el español.

Y pus ya que, mi lic.

The Avengers

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Y sí, escribo esto después de ver The Avengers por tercera vez en el cine. La vi el día del estreno… con un lleno completo (y eso que era versión subtitulada… de las cuales hay pocas, por cierto, lo cual me parece un error; creo que cualquier complejo de cines debería tener al menos una sala donde se diera la cinta en su idioma original, pero bueno). Después la vi el miércoles pasado… igual hasta la madre (esta vez el público se componía más que nada por teens en uniforme entallado y minifalditas; fue a la hora de la comida, ya ven). Y ayer lleve por fin a Lady Fer para su primera experiencia con la épica de superhéroes orquestada por un tal Joss Whedon. Ella quería ir al cine cuando hubiera poca gente, por lo que el ver el complejo abarrotado de ayer por la tarde casi la hace querer regresar. No pudimos ni comprar palomitas. Y la sala, ajá, estaba completamente llena… otra vez.

Lo cual no es sorprendente. No tengo las cifras oficiales (y me da hueva buscarlas… es domingo), pero The Avengers ha roto varios records de recaudación, tanto en los Unites como en el resto del mundo, donde hay que recordar que se estrenó una semana antes. Bueh, solo les menciono que es la primera película que ha recaudado 200 millones de dólares en sus primeros 3 días de exhibición en Estados Unidos. Ignoro si superará a Avatar como la peli más taquillera de la historia, pero seguro se quedará cerca. Todo esto viene, claro, de una cosa llamada hype, el cual se ha venido cultivando con cada película de Marvel que hemos visto desde Iron Man. Ya había mencionado antes que esta era la cinta de superhéroes más esperada desde Spider-Man 3, donde el hype se cultivó gracias a dos grandes películas previas. Y terminó fallando estrepitosamente. Aquí el hype fue cultivando por cada retazo de historia que veíamos cuando terminaban los créditos finales de las películas de Marvel. Ajá, esta película es la razón por la que nos quedábamos en el cine cuando la mayoría del público ya estaba pelándose con el tráfico y las señoras de la limpieza ya nos estaban corriendo con miradas asesinas. Solo que aquí, e resultado final estuve a la altura del hype, si no es que más. The Avengers es una película formidable.

Claro que, con esto se abre un viejo debate: ¿es The Avengers la mejor película de superhéroes todos los tiempos? ¡A quien chingados le importa! Como si el decir que lo es le fuera a abrir el gusto al gran público por los comics, que supongo es lo que quieren los geeks que están detrás de estas comparaciones absurdas. O al menos eso combinado con un poco de respeto. Sin embargo, creo que no se dan cuenta de que ellos ya ganaron. Ahora es cool ser un treintañero y leer comics en el metro (ah, perdón, ellos no leen comics, sino novelas graficas; les ofrezco mil disculpas). Ahora es cool portar una playera adornada con el escudo del Capitán America. Ahora es cool hacer chistes con referencias nerdaceas del universo Marvel, DC, Star Wars, Star Trek, you name it… Lo geek ya es cool y el gran público acude a ver las pelis de superhéroes en masa. Y el demográfico es gigantesco. The Avengers es una película capaz de complacer a todas las audiencias con sus salvajes secuencias de acción y su humor simple y supremo a la vez. Esta cinta es la auténtica venganza de los nerds.

Aunque más allá de eso, más allá del box-office y las interminables discusiones en línea, The Avengers es grandiosa porque nos recuerda a cada minuto la razón por la que compramos nuestros boletos para el estreno una semana antes de la función, porque jugábamos los videojuegos de pelas de Capcom con los superhéroes de Marvel, porque leímos cientos y cientos de comics cuando éramos niños. Diablos, nos recuerda porque seguimos leyendo comics ahora. The Avengers pone en los labios de Robert Downey Jr., Scarlett Johansson, Mark Ruffalo y demás compadres, las mismas frases que nosotros empleábamos en nuestros juegos infantiles con las figuras de acción que no coleccionamos ni guardamos, porque las destruimos mientras salvábamos al mundo. Las batallas de esta cinta son realmente sorprendentes, pero se sienten familiares, porque nosotros las habíamos imaginado cientos de veces mientras pasábamos página tras página. Los personajes son entrañables porque son arquetipos auténticos de todo lo que soñábamos ser cuando fuéramos grandes. The Avengers es la película que todos desearíamos hacer.

Y es una película de superhéroes perfecta. Perfecta porque todos sus personajes funcionan a la perfección, por lo cual no ha necesidad de agregar un Jar Jar Binks a lo pendejo; todos los leads ya tienen un legado rico en humor y mitología y el director respeta eso. Es perfecta porque no nos enjaretan la pinche de historia de amor metida a huevo; aunque intuimos algo entre Black Widow y Hawkeye, nos hacen el favor de ahorrarnos la obligatoria cursilería o el drama innecesario. Es perfecta porque su acción es coherente, sus coreografías de batalla son precisas, son fáciles de seguir y tienen propósitos claros; no se trata de hacer una orgia de CGI a lo Michael Bay, sino que aquí cada cosa sirve y se ve increíble. Es perfecta por su humor a prueba de balas y sus one-liners sardónicos y memorables, dándole hasta al serio Capitán America y al endiosado Thor un par de diálogos que hacen estallar de risa a la audiencia; y todo sin forzar las cosas, sino siendo todo lo natural que se espera en una cinta de weyes disfrazados. Es perfecta porque su villano es grandioso, en serio, Loki rifa por sus maquinaciones, sus estallidos de ira, su fragilidad y ese momento en el que Hulk interrumpe salvajemente su discurso climático; hay momentos en los que genuinamente queremos que el cabrón gane.

The Avengers merece una mención aparte por el hecho modo en que es conformado el equipo. El guión es redondito en este sentido. Además, no hay moralidad innecesaria o un mensaje que a huevo quieren que veamos, solo hay pequeños guiños y pequeños homenajes a los héroes americanos de los últimos años (bomberos, policías, ejercito, etc.), pero nada impuesto; el mensaje está ahí, pero se nos respeta lo suficiente para darnos la opción de tomarlo o no. The Avengers es rica en momentos de asombro genuino, como cuando descubrimos la verdadera forma de la fortaleza de S.H.I.E.L.D., o aquella madriza nocturna en el bosque, o la ambición de la batalla final. Todos esos momentos en los que nos separamos de la pantalla para mira con una sonrisa a nuestro acompañante son en los que se mide la genialidad de este tipo de cine. The Avengers nos hace saltar del asiento, nos hace reírnos y asombrarnos al unísono de una sala repleta, nos hace desear más película (que seguramente habrá, lo que es natural y no siempre malo; by the way, quédense después de los créditos… otra vez). Nos hace olvidar nuestros problemas por dos horas y media (que se sienten como 40 minutos) y emocionarnos genuinamente por la victoria de nuestros héroes (esto no es un spoiler). Nos hace recordar lo que es una buena película de verano: excesiva, escandalosa, autocomplaciente y divertida. Así deberían ser todas.

The Avengers, pues, es una peli altamente recomendable, que seguro la gran mayoría de ustedes ya vieron o que verán en algún momento, ya que está destinada a convertirse en una referencia, un estreno en horario estelar por canal 5 y toda la cosa. Pero no hay que engallarnos: no es una película que será tomada en serio en el apartado de premios o reconocimiento. No será la película que pondrá a los comics en el gran apartado del octavo arte (que pomposo se oye eso) y no es mejor película que El Padrino. Es solo diversión. Lo cual tiene mucho mérito por sí solo. Y lo cual, por sí solo, vende DVD´s, Blue-Ray´s y boletos de cine. Muchos boletos de cine.

The Avengers triunfó como los grandes. Enjoy!

La película que NO deben ver el 10 de Mayo

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Ah, el amor maternal. Tan puro, tan perfecto… Si hay algo en lo que podemos confiar es en que nuestras madres nos aman incondicionalmente, ¿verdad? Ya lo dicen, con unas u otras palabras, todas las canciones que los niños de primaria cantarán de manera coral este día. O que bailarán en estúpidas coreografías montadas con alguna rola de Justin Bieber o de los Vazquez Sounds de fondo. Porque los niños son tiernos por excelencia, no importa que canten o que bailen, ¿verdad? Los niños… ah, esos pequeños lepes que miran a sus madres con las rodillas raspadas y la cara llena de mocos, pero que las derriten con un “te quiero, mami” salido directamente del corazón. Nunca volverán a ser así de inocentes, por lo cual, para las madres, sus hijos siempre serán niños. Whoa, eso es… ya saben, hermoso. Pero al final del día es un estereotipo, como cualquier otro. Y aunque resulta ser cierto en muchos casos, en otros tantos no. We Need to Talk About Kevin, la brutal adaptación cinematográfica de la novela homónima de Lionel Shriver, nos muestra una de esas excepciones a la regla.

Y sí, estas son la clase de cosas que de verdad pueden ocasionar un colapso nervioso. La película es enteramente un terrorífico viaje dentro de la mente de una mujer cuyo hijo psicópata la ha llevado al límite en el sentido más amplio. Claro que esto no es del todo culpa suya. Nos enteramos en retazos que ella no quería quedar embarazada, lo cual no tiene nada de malo: hay gente que no quiere tener hijos y tal. Pero ella se embarazó. Y hasta se casó con el pelma que la embarazó, aunque no está muy segura de por qué caraxos lo hizo. Y ahora es una madre que trata de ocultar su hostilidad con amabilidad superficial. Porque si todo estuviera en sus manos, solamente pondría rewind en su sistema y volvería a empezar –igual y con alguien más, ya que no parece muy aficionada a sí misma.

La película se define como fragmentos de tiempo irregulares y confusos que van dando tumbos dentro de la mente de la mujer. La cinta se mueve sin ningún patrón entre pasado, presente y… quién sabe cuándo. Nos aferramos a las directrices, como la longitud del cabello de Tilda Swinton, para saber más o menos donde estamos, aunque nunca podemos estar del todo seguros. Durante gran parte de la película, ella vive con su esposo, su hijo y su hija, en una grande y cara casa de los suburbios, con jardín y toda la cosa. En un punto nos damos cuenta de que han vivido ahí durante años, pero eso solo acarrea más dudas: ¿cómo es que cuatro personas pueden ocupar un hogar durante más de una década y no acumulan nada? Los estantes y las mesas de su hogar son tan estériles y vacios como los de las casa de muestra. ¿Qué clase de cocina suburbana tiene estantes desiertos? Estas personas viven ahí, pero nunca se han mudado.

Sería un error, creo yo, tomar las piezas de la película y tratar de ordenarlas de manera cronológica. La es posa y madre, Eva, ha sido tan abrumada por la desesperación, que la vida que existe en su mente se mueve toda a un mismo tiempo. No hay un patrón. Nada tiene sentido. Ni siquiera está en el centro de sí misma, ya que esa posición la ocupa Kevin, su hijo, un pequeño sádico instintivo con un don  para saber exactamente cómo herirla, cómo rechazarla, cómo engañarla hasta hacer sangrar su alma. Kevin hace pasar a su madre por tal infierno durante esta película que las cosas que en su día hayan hecho Demian (el de La Profecía) y el bebe de Rosemary (de, ejem, Rosemary´s Baby) quedaría relativamente cortas y esos dos engendros serían como el bebe de Gerber en comparación con este, literalmente, pequeño demonio de mirada intensa. Dueño de esos ojos donde parece ocultarse el mismísimo Satanás.

Que la película funcione de manera tan brillante es, en parte, un homenaje más que merecido a sus actores. Conocemos a Kevin a los tres años de edad, porque de bebé solamente es cólicos, irritación y berridos escandalosos y constantes (ante los que el ruido de maquinaria pesada suenan como un alivio), como para poner a prueba la paciencia de un santo (jeje, esa es una frase que suele usar mucho Madre, a quién por cierto le deseo muchas felicidades). Cuando tiene entre 6 y 8 años, es interpretado por Jasper Newell, quién da vida magistralmente a un monstruo sumamente inteligente, que mira de manera hiriente a Eva cada tres segundos, tergiversa sus palabras, le remeda, destruye sus cosas y se defeca intencionalmente en sus pantalones hasta el punto de enloquecerla temporalmente para que llena de furia le rompa un brazo. En cualquier otra película, esto sería abuso infantil. Aquí, solamente es el triunfo de Kevin.

De adolescente, Kevin (ahora played by Ezra Miller) comienza a parecerse físicamente de manera perturbadora a su madre, en el perfil y en el peinado. Es amoroso y cariñoso con su padre, Franklin (John C. Reilly) y tiene una manera muy clara de mostrar que esa es una farsa deliberada, diseñada solo para herir a Eva. Franklin vive en una estado demencial de decencia, engañándose a sí mismo con la ilusión de que su familia está viviendo feliz, o al menos viviendo vidas aceptables. Es positivo, alegre, completamente desconectado; siempre se comporta tan bien como le sea posible y, al hacerlo, sugiere su profunda desorientación. Solo la hija, Celia (Ashley Gerasimovich) parce más o menos normal.

Una de las primeras escenas muestra a Eva en pleno, durante una guerra de tomates masiva, realizada en alguna parte de Europa (¿eso hacen en España, no?), pero la imagen no transmite más que inquietud. Eva, al parecer, siempre ha pensado que su vida anterior a la noche en la que el pelma la dejó embarazada estaba en el camino correcto y le grita a su hijo que ella francamente estaría bien de vuelta en Francia, en vez de cambiándole pañales. Porque mami antes era feliz. No creo que a esa edad, Kevin haya entendido sus palabras, pero, ¿no creen que entendía su descontento? Al parecer, incluso antes de comenzar a hablar, Kevin hizo un voto para castigar a Eva por sus sentimientos. A Kevin no le quedan dudas sobre lo que su madre siente por él; de hecho, lo manifiesta de manera clara en uno de los tantos diálogos perturbadores de la cinta.

En una película normal, tendríamos varias escenas en salones de clase, reuniones con maestros y consejeros y terapeutas infantiles hablando de corazón a corazón con los padres respecto a su pequeño monstruo. O siquiera hablaría sobre él entre ellos. Pero no aquí. Nunca hablan de Kevin. Tengo la sensación de que esta cinta, al pasar dentro de la caótica mente de Eva, solo nos muestra lo que ha sido su derrumbe durante 16 años. Lynne Ramsay (directora) regularmente corta una secuencia en la que Eva conduce su coche en medio de luces parpadeantes de la policía hacia el escenario de una tragedia. Tal vez todo lo que se pretende sea mostrar un flashback  y la línea de tiempo comienza cuando ella se entera de lo que Kevin hizo en su escuela. Después se va a casa. Si es que podemos creer que ella ha tenido una casa los últimos años.

Eva luce como si estuviera en un estado de shock permanente. Su cuerpo no puede absorber más castigo. Ella es la persona equivocada, en la vida equivocada, con el hijo equivocado. Como el relato de una mente en deterioro, We Need to Talk About Kevin es una película magistral. Y sí, no es muy recomendable para ver un Día de las Madres, ya que por momentos puede hacer ver a la maternidad tan peligrosa como el mar que nos fue retratado en Jaws. Así las cosas.

By the way, ¡felicidades a nuestras lectoras mamás! ¡Y a las que no nos leen, también!  

Lo que me enseñó Maurice Sendak

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Maurice Sendak, el autor estadounidense que hoy murió prematuramente a la edad de 83 años (casi 84, los iba a cumplir el próximo junio 10), me enseñó, entre muchas otras cosas, que el juego es cosa seria.

Claro, yo conocí su obra gracias a Where the Wild Things Are, la película de Spike Jonze basada en su libro homónimo. Dicha cinta, claro está, me voló la tapa de los sesos, al grado de verla tres veces en el cine y otras tantas en formato casero, hacerme de la playera, el soundtrack, algunos juguetes. Después leí el libro (lo compré en una edición especial con portada hecha de peluche que no les voy a prestar) y lamenté no haberlo leído de niño, aunque igual lo amé profundamente. Claro, sus libros no son fáciles, pero ese es un lugar común. Y después de leer más de su obra, me quedó claro por qué ese otro genio llamado Andrey Tarkovskiy solía mencionar que los niños podían entender sus películas mejor que los adultos. El que tenga oídos, que oiga.

(Sé que vi el libro de Donde viven los Monstruos en algún momento de la primaria)

La primera vez que lo leí, la terrible seriedad del juego infantil, con sus miedos, libertades, leyes severas y maravillas, extrajeron cual pinza para escargots algunos recuerdos que se encontraban perdidos. O que había escondido. ¿Quién no construyó su propia cueva de 1.50 x 0.50 metros… sin fondo?

El barco de papel se perdió en alta mar a 2 cm de la almohada, una noche de sábanas infinitas.

Descanse en paz, maestro.

Shame

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Hay un close-up de Brandon (Michael Fassbender), el protagonista de Shame, que define por completo a la película. En este primer plano, el rostro del protagonista expresa dolor, pena e ira. Y sucede mientras tiene un orgasmo. Para Steve McQueen, el director y co-guionista de la película, no importa el movimiento de la parte inferior del cuerpo de su personaje. No importa el entorno, ni su acompañante. EL close-up limita nuestro punto de vista en su sufrimiento. Él está soportando una función sexual que hace mucho dejo de darle algún tipo de placer y ahora solo se trata de un acto de auto abuso en el más profundo sentido.

Brandon es un guapo y saludable treintañero que vive solo en su estéril departamento de Manhattan. Su trabajo de día lo confina a un cubículo equipado con una computadora. No importa lo que su empresa hace o deja de hacer. Eso no marca ninguna diferencia para él ni para nosotros. Algunas veces, después del trabajo, Brandon y su jefe David (James Badge Dale) salen a beber algo a algún bar de solteros de la ciudad. David esta desesperado por conseguir acción, pero a simple vista salta que es un idiota. Brandon, por otro lado, solo se sienta por allí, casi completamente ajeno al ambiente, con su rostro impasible y su sonrisa apenas insinuada y seductora. Y tiene suerte, claro. Aunque él no se ve como alguien con suerte, no piensa en sí mismo como un suertudo por este hecho. El sexo es su propia y particular cruz.

Es raro, pero cuando la noción de que existe algo como la adicción sexual se hace presente, la primera reacción de la mayoría de la gente es tomarlo como una broma. Y se hace referencia de eso en los monólogos de los clubs de comedia, con micrófono al frente y una pared de ladrillos atrás. The America Psychiatric Association definió la adicción sexual en 1987 como un trastorno mental que implica: "distress about a pattern of repeated sexual conquests … involving a succession of people who exist only as things to be used."

Sin embargo, la APA ya no esta tan segura de que sea un trastorno. Sea lo que sea, Brandon lo padece. En Shame, sin embargo, él mismo es la única cosa que utiliza. Una o dos de sus parejas sexuales pueden sentirse atraídas hacia él, en el mismo sentido en el que algunos hombres pueden sentirse atraídos hacia las ninfómanas. Y hay una gran tristeza involucrada en eso.

Shame convierte en mentira el concepto universal de las películas que reza que todos los orgasmos proporcionan un placer que se persigue. La toma inicial de la película muestra a un Brandon en su cama, mirando, inmóvil, en medio de un espacio vacío. Él podría ser un hombre pronto a suicidarse.  Entonces se levanta de la cama, va hacia la ducha y se masturba. Ese será el primero de los muchos orgasmos que experimentará aquél día, algunos solitario y algunos con compañía. Y nunca revela emoción alguna. Brandon vive como un hombre obligado a seguir un curso inevitable.

Brandon es frio con la gente. Con las prostitutas, con sus compañeros de trabajo, con los extraños. En el metro, él mantiene contacto con una mujer que quizá le está coqueteando. ¿Ella esta coqueteando? Mantener el contacto visual con intensidad puede ser tomado como un acto de filtreo, pero también como un reto agresivo. Pero él no sonríe. La suya es una vida terrible.

Un día llega a su casa y alguien está ahí. Es Sissy (Carey Mulligan), su hermana, aunque nos enteramos de eso más adelante. Es entonces cuando vemos un arranque de rabia de él contra ella, gritándole que se largue de su casa. Pero ella no tiene a donde ir. Pero a él no le importa.

La vergüenza de Brandon se oculta en la intimidad. Él no quiere testigos de sus prostitutas, su pornografía, su masturbación.  ¿Él se siente incapaz de mantener contacto con la gente común? Con el tiempo se sospecha que Brandon y Sissy comparten experiencias de la infancia que los han dañado. McQueen, sabiamente, no es específico acerca de los incidentes.

Brandon vive en un solitario y desolado Manhattan. No importa cuán rodeado esté de gente, él siempre está solo. Las aceras de su vecindario parecen siempre inusualmente vacías. Él sabe a dónde ir para tener relaciones sexuales. Hay una secuencia, en la que acude a un bar gay (no tan loco como el Rectum, pero algo así). En mi opinión, el tipo no es gay, pero creo que tampoco lo podemos calificar como heterosexual. Brandon no ama a nadie, no se siente atraído por nadie, sino que simplemente va en pos de ocasiones para tener un orgasmo -solo o acompañado-. La forma no tiene ninguna importancia, solo el hecho de venirse.

La introducción de Sissy en la película parece dotar a la atmósfera de cierta espontaneidad y vida. Ella es tan apasionada y desinhibida como Brandon es completamente lo contrario. Ella lo necesita desesperadamente, pero él teme esa necesidad y eso desencadena una furia entre ambos para con el otro. Ella trabaja a veces como una cabaret singer y en una escena desgarradora y hermosa como pocas, ella interpreta New York, New York en primer plano. En este close-up, ella también muestra dolor y pena, pero no ira.

No muchos actores, sospecho, tendrían el valor de realizar el trabajo que Fassbender desempeñó en esta película. Mostró unos yarbles tan grandes como los que mostró en el anterio trabajo de McQueen, Hunger (su primer film, también muy recomendable), en el que le da vida al miembro del IRA en huelga de hambre Bobby Sands. Actor y director parecen haber encontrado una voluntad común en ambas cintas para mostrar las cosas tan crudas como son, sin limitarse con técnicas que solo traten de complacer a la audiencia. Aquí ni siquiera podemos decir que Brandon sufre visiblemente. Él está obligado a repetir el mismo comportamiento una y otra vez y todo lo que saca de eso es un odio profundo a sí mismo. Shame es un título que queda perfecto.

Shame contiene la verdad sin pestañear. No tengo duda de que representa un comportamiento que puede con precisión “la adicción al sexo”. La película sugiere que no hay ayuda para Brandon, aunque hacia al final ocurre algo que quizá lo empuja hacia tratar (esta vez de verdad) de ayudar y cuidar a otro ser humano. Para él, eso implica ser capaz de cuidar de sí mismo, a pesar de la verdad de sentirse indigno de ser siquiera conocido.

Shame es un gran acto de cinematografía y de actuación, pero no es para los débiles de corazón. Sin embargo, compensa el verla. Oh, sí.

Escribir a 80.6 grados Fahrenheit

Me caga esta época de calores. Pero, hasta eso, tiene algo bueno, porque me dan muchas ganas de escribir. El calor me activa algo en los dedos, no sé. Es decir, todo el año me dan ganas de escribir, pero más en esta época. Cuando iba en la universidad recuerdo varias tardes calurosas con un ventilador dándome en la cara mientras machacaba las teclas de mi compu. La que terminó tronando una calurosa tarde de julio, by the way.

Cuando escribía en casa de mi madre lo hacía en el comedor porque en la planta alta estaba demasiado caliente para siquiera pensar. Siempre me dijeron que fue uno de los 7,000 errores del arquitecto que construyó la casa, como si el dude fuera responsable del calentamiento global o algo. Mucho antes de tener mi compu (sí, la que tronó una calurosa tarde de julio) tuve una auténtica máquina de escribir Remington. Mi hermano pensaba que yo estaba loco porque toda la maldita tarde hacía ruido con la maldita máquina infernal. En el comedor también hacía calor, pero era más fresco. El perro se echaba debajo de la mesa. El perro se llamaba Argos.

Algunas veces escribí en casa de mi novia de esa época, en su cuarto. El calor era en verdad endemoniado. Ella tenía una Mac Pro, goei. Ella se echaba en la cama. O llenaba el comedor de su casa con papeles y la tarea de la carrera de diseño gráfico. Calor, ventilador, ganas frenéticas de escribir. Ganas frenéticas de coger. Además del calor, supongo que hay mucha energía contenida en el acto de escribir. Las cosas no se ven de inmediato, tiene que pasar un tiempo. Y en mi caso, tengo un par de supersticiones. No me gusta que vean nada de lo que escribo antes de que el libro quede listo, ni mis notas y mucho menos los textos principales. Todo es interno, el acto de escribir es un curioso caso de estreñimiento.

Siempre sentí atracción por las mujeres con habilidades plásticas, si me entienden. No tienen que ser artistas llenas de virtuosismo. Las diseñadoras gráficas son perfectas. Hacen cosas con las manos y expresan hacia afuera. No como yo, que expreso hacia adentro.

Aunque empecé a escribir en los noventa, me formé como escritor en los dosmil. En esos años escribía mucho y diario. Una vez escribí un cuento largo de 70 cuartillas en un solo día. Empecé a las diez de la mañana y acabé a las cinco o seis de la tarde. Era una cosa intoxicante. En ese relato los personajes se quedaban encerrados en un lugar bajo tierra donde hacía mucho calor. Lo imprimí en la impresora de matriz de punto de un amigo y lo envié a un concurso. Nunca supe qué pasó, aunque supongo que no gané nada.

Cuando escribía me ponía un ridículo sombrero bucket hat de los Olímpicos de Sydney y sudaba durante todas las horas de la sesión en turno. Soy un gran sudador, así es que pueden imaginar la hidroliciosa escena. Parece que el calor ayuda a aliviar el estreñimiento del escritor. Coger también ayuda. Desnudo del pecho, mirando el techo, cancro en la mano, jeva al lado. Es una escena post-coital estereotipada a la que recurría mucho en esa época. Era un momento de liberación. Toda la presión interna, afuera al fin.

Para escribir necesito música, agua (o refresco o chela), buena ventilación, un buen asiento y más o menos buena iluminación. Puedo escribir todo el año porque en realidad soy un escritor todoterreno pero tampoco me encanta la idea de pasar varias horas solo en un cuarto helado con los dedos engarrotados. Preferiría estar empiernado con alguien viendo una película en la tele. Eso es mucho más motivante que retomar tu novela, pfff. El calor propaga las ideas. El frío las refresca. Pero siempre hay que buscar, ya saben, el equilibrio.

Amo las manos de las mujeres con habilidades plásticas. Mãos da menina bonita.

Cara de niño

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Pobre cabrón, le tocó la mala suerte de ser satanizado nomás por ser feo. Ayer se metió a mi casa un cara de niño, a.k.a. Stenopelmatus. Cundió el pánico y el pobre bastardo fue asesinado sin remordimientos (yo no estaba, a mí me contaron todo). En la noche dije: basta de pendejadas, y metí a la red a leer sobre el bicho. Resulta que no es venenoso. Sí muerde, pero porque tiene mandíbulas, y lo hace en defensa propia, (como cualquiera, mi lic). A pesar de su bizarra semejanza con el grillo, no salta y no se pega a las paredes (o sea que no te caerá del techo mientras duermes). El pobre cara de niño es un jardinerito que ama la tierra húmeda, carroñero y muy simpático si se permiten conocerlo. No vuelvo a matar a uno de estos pobres diablos que, insisto, sólo tuvieron la mala suerte de nacer feos.

Otra cosa sería ver a uno de 50 metros de largo trepado aquí.