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Marley & Bolt

Marley

Usain Bolt nunca tendrá las 25 medallas olímpicas de Phelps, pero ayer inscribió su nombre con letras doradas en la Historia del Olimpismo: es el primer ser humano en el atletismo moderno en ganar el oro en los 100 y 200 metros planos en dos Juegos Olímpicos consecutivos. Nada más.

 

Arriba de las leyendas y de los nombres que evocan con respeto los pueblos, viene este enorme atleta jamaiquino (o jamaicano) de grandes zancadas, de electrizantes piernas y de personalidad arrebatadora, que congela al mundo cuando corre. Que nos hace sentir más cerca del sueño, más cerca de ganar la batalla contra Cronos. Porque de eso se trata todo esto.

 

Bob Marley (que fue de mi gusto durante aproximadamente 17 minutos, durante el primer año de secundaria) estaría orgullos de su paisano y del hecho de ver un podio completo de jamaicanos (o jamaiquinos) en una prueba élite de velocidad en donde demostraron, simplemente, de qué lado masca la iguana en la actualidad.

Un futbolero como Marley lo entendería.  

 

Post de domingo por la tarde

Bolt

Domingo por la tarde. Dizque lluviosa, aunque pronto se calmó. Todavía con la resaca del futbol olímpico y una noche (tarde en México) de sábado dorada para el atletismo británico. Primero ganado en el heptatlón femenil con Jessica Ennis, uno de los estandartes publicitarios de los Juegos cuya imagen se podía encontrar en todos lados. Una medalla esperada y que no decepcionó. Después vino otro atleta británico a ganarse el metal áureo en salto, una presea sí del todo inesperada, pero alegre. Pero nada comparado con el casi épico triunfo en los 10,000 m. del británico Mohamed Farah, nació en la Somalia Británica y que hizo estallar a un repleto Estadio Olímpico que estaba viviendo una jornada mágica. Una como aquellas que soñaban tener cuando se les designaron como anfitriones de estos Juegos pero que, por lo mismo, creían que nunca pasarían. Pero estaban pasando.

Por cierto, un jamaiquina (o jamaicana) chaparrita y guapilla ganó los 100 m. planos. Primer round para Jamaica en pruebas de velocidad.

En el Centro Acuático, momentos antes, Michael Phelps se subía por última vez a un podio olímpico, esta vez en el relevo 4X100 m. Estilos. Phelps se encargó de tomar la delantera con el estilo mariposa, que hizo suyo a lo largo de su carrera. Al final el saldo fue de 22 medallas olímpicas, 18 de oro. Creo que queda claro qué clase de atleta fue y lo afortunados que fuimos por verlo en acción, en vivo. Los argumentos que muchos periodistas latinoamericanos dicen en su contra, más que irritantes, son patéticamente jocosos. El tipo es gringo, sí, pero es el mejor.

México, por cierto, sufrió en un partido de futbol matutino (vespertino en Londres), pero al final pudo despachar a una enjundiosa Senegal, que representó como nadie las cualidades y defectos del futbol africano. Como sea, el Tri (que pendejada) pasó a semifinales del torneo olímpico (aquél que los ardidos españoles se encargaron de vilipendiar, después de su ridículo), donde se verá las caras con Japón. En la otra llave, la eterna Brasil esperaba a la Gran Bretaña. Pero como una jornada no podía ser completamente dorada para ellos, después de lo del Estadio Olímpico, jugando en la capital de Gales, Gran Bretaña fue despachada por Corea del Sur. Otra vez en cuartos de final. Otra vez en los putos penales. Lo cual ya no sorprende a nadie. Los británicos (y sobre todo los ingleses) tienen el drama en las venas. Para ellos su selección de futbol y sus equipos siempre son favoritos. En todo (Mundiales, Eurocopas, Juegos Olímpicos, Champions League). Pero cuando pierden (y ellos saben que siempre van a perder… muy en el fondo, pero lo saben), son los primeros en criticarlos y en decir: “claro que tenían que perder, somos un fracaso”. Y bla, bla, bla. Esta propensión casi genética para el drama es la que los ha hecho grandiosos en muchas cosas y la que hace que vivan con las emociones a flor de piel. Pero las controlan. La fachada inglesa que históricamente les hemos dado, gracias a Dickens y eso, no es por una ausencia de emociones, sino por un esfuerzo sobrehumano por controlarlas en cada momento.

Así son ellos. Lo cual me parece grandioso.

Domingo. Maratón femenil (pueden ver quién ganó en la red) y Federer por una cita con la historia. La última oportunidad para ganar el único torneo que no ha ganado, la presea que le falta. Enfrentaba a un casi famélico Murray, quién se ve como uno de esos ingleses que siempre imaginamos, aunque el tipo es escocés. La victoria de Federer no era cantada, pero se esperaba. Y nada. Murray lo barrió en tres sets, en los que lució más que dominante, para terminar el match en menos de 2 horas. Federer, humillado, se despidió del último tren que le quedaba para ganar una medalla de oro en Juegos Olímpicos. Sigue siendo, en mi particular punto de vista, el mejor tenista que alguna vez se haya parado en cancha alguna, pero su falta de carisma y su ausencia de la presea dorada lo ponen detrás de otras leyendas que quizá, siempre estén encima de él.

Lo cual es muy triste, la verdad.

Como sea, México ganó una medalla más en clavados (esta vez de bronce), una china ganó el oro en levantamiento de pesas (categoría de peso completo) y un irlandés le partió su madre a un enjundioso mexicano en boxeo. La pista aguardaba, mientras se llevaba a cabo la final del Lanzamiento de Martillo, de los 3000 m. Steeplechase y de los 400 m. planos para mujeres. Pero todo era un preámbulo. Durante la tarde moribunda londinense (mediodía en México) habíamos visto las semifinales de los 100 m. planos para hombres. Nada de sorpresas. En la final estaban los que debían estar. Siete de los ocho competidores habían pasado a la final bajándole a los 10 segundos. Histórico. Pero el repleto Estadio Olímpico solo tenía ojos para el jamaicano (o jamaiquino) que correría en el carril 7.

Su nombre es Usain Bolt.

Este no es el espacio para poner su biografía, que seguramente ya deben haber leído en wikipedia con tal de impactar a esa compañera de trabajo que no sabe nada de deportes, pero que está bien chula, la condenada. El punto es simplemente reconocer la grandeza del morenazo que en Beijing hizo historia y que hoy volvió a repetir. Nueva medalla de oro y nuevo récord olímpico. Algo que hasta ahora solo había hecho Carl Lewis. Y Bolt es incluso más simpático que el hijo del viento. Recordamos su sonrisa casi tanto como sus zancadas, sus bailes previos como los del festejo posterior. Bolt es humano, lo hemos visto frustrarse, enojarse, fracasar estrepitosamente. Pero siempre regresa. Hoy tenía una cita para pasar una prueba que lo elevaría de inmediato al recinto de los Inmortales. Y cumplió como los grandes. Jamaica ganó el segundo round en pruebas de velocidad.

Bolt podrá ser todo lo humano que quieran, pero es el cabrón más rápido de la historia.

Usain todavía tiene cuerda en estos Juegos. Hemos dejado la alberca, pero continúa la acción en la pista. Pronto vendrán  más pruebas en gimnasia, en taekwondo, en atletismo, claro. Inicia la segunda semana de los Juegos de la XXX Olimpiada. Más rápido de lo que cualquiera desearía, y es que es muy fácil acostumbrarse al deporte de este nivel, a tantas pruebas, a tantas disciplinas misteriosas y apasionantes. Pero tiene que terminar, aunque no es momento para pensar en eso. Todavía queda tiempo, todavía vendrán más historias, más momentos, más medallas. Hay que disfrutar mientras se pueda.

Los dejo con esto:


Yo voy a ver Brave. Ya les cuento.

Prepotencia justificada

Phepls

Los gringos, con la prepotencia que los caracteriza, pueden decir que tienen entre sus filas al mejor deportista olímpico de la historia. Y nadie se los puede cuestionar.

Cierto que Michael Phelps no ha estado tan fino últimamente. El día de hoy iba por dos medallas de oro, una de ellas en su competencia por excelencia, los 200 m. Estilo Mariposa, en la que había ganado cada competencia oficial realizada desde el 2001 (lo cual se dice muy fácil, pero nadie más ha logrado; ni en la natación, ni en ningún otro deporte). Phelps dominaba la prueba desde el principio, lo cual no es común en él. Se le notaba ansioso. Y pagó por ello. En el último instante, la desesperación le ganó: quiso tocar bajo el agua y un sudafricano avivado de 20 años le robó el toque y la medalla. Por primera vez en más de 10 años no se subía a lo más alto del podio en su prueba.

Las pruebas de nado en estos Juegos no nos han dado a una gran figura en lo poco que llevamos de competencia, pero eso es lo normal. Lo normal es que la gloria se reparta entre varios. Lo raro, lo extraordinario, es que algún atleta arrase. Phelps ganó ocho medallas de oro en la alberca olímpica de Beijing hace cuatro años. Y quién sabe cuánto pasará para que podamos ver algo siquiera semejante. Pero supongo que la gente esperaba ver algo parecido esta vez, sino con Michael, sí con la supuesta nueva promesa gringa llamada Ryan Lochte. Pero han pasado sorpresas en la alberca: los franceses, los australianos, los chinos y hasta los sudafricanos se han encargado de que el himno gabacho no suene como se esperaba en el Centro Acuático de Londres. Pero hoy todo cambió. Bueh, desde ayer, pero esa noticia quedó eclipsada por un escándalo de supuesto dopaje que más sonó a reclamo de ardidos, pero así son esas cosas.

Michael Phelps recogió su medalla de plata con un gesto desencajado que se esforzaba por hacer pasar por una sonrisa. Era evidente que estaba sufriendo y que quizá, ni siquiera, se había dado cuenta de que había empatado la marca de más medallas ganadas por un solo deportista en la historia (una tal Larisa Latynina había ganado 18 medallas en su carrera, cuando todavía existía la Unión Soviética y eso). Él solo se preguntaba por qué había cometido un error en el último momento. El único que había cometido en más de 10 años de dominio absoluto en su prueba, lo que se dice fácil pero que, insisto, es totalmente inaudito en cualquier disciplina deportiva. Sin embargo, posaba para las cámaras, mostraba su metal plateado, le lazó su ramo a su familia y seguía tratando de sonreír, a la vez que abrazaba al lepe sudafricano mundialmente desconocido hace apenas una hora, pero que le había robado la Gloria, cual San Dimas. ¡Con cuantas ganas le hubiera partido su madre a ese pinche chamaco! Pero, ya saben, el espíritu olímpico, los ideales y eso. Hay que ser un buen perdedor y Phepls aparentó como los grandes.

Escasos 15 minutos después, llegó la siguiente cita con la Historia (así, con mayúsculas). Esta vez por equipos, en un revelo 4X200 m. Estilo Libre. Lochte, aquél que había perdido el oro en el último segundo contra los franceses (en el relevo 4X100 m. Estilo Libre) y que se había convertido de esperanza a fracaso en solo unas décimas de segundo, abría la competencia. Lo hizo bien, entregando una ventaja que los otros dos competidores gabachos (de cuyos nombres no puedo acordarme) agrandaron. En el último revelo, el de Phelps, la ventaja era evidente: casi un cuerpo y medio, más de dos segundos de tiempo. Una barbaridad. Michael Phelps se sacudió todo: las estadísticas, la Historia (así, con mayúsculas), los TT en twitter, los reportajes, la reciente derrota. Absolutamente todo. Él solo nadó su relevo y entregó, por fin, su primer oro en estos Juegos Olímpicos. Y, pequeño detalle, su medalla Olímpica número 19, lo cual se dice muy fácil, pero es algo que ningún otro ser humano en la historia del deporte moderno puede decir.

Los gringos, con es prepotencia que los caracteriza, pueden decir con una mano en la cintura que cuentan con el mejor atleta olímpico de todos los tiempos. Y nadie se los puede cuestionar.

Y es que aunque en los Olímpicos no hay claros favoritos, sino que los héroes y los villanos van saliendo en el camino, es un lugar común ir contra los estadounidenses. Sin embargo, quizá eso se deba al ardor que nos provoca ver lo buenos que son, los hijos de la chingada. Tanta grandeza en tantas disciplinas distintas… la verdad no parece justo, pero así es. Y tampoco es gratuito o simple cosa del azar. Y aunque han estado perdiendo oros que antes se consideraban seguros y aunque es casi un hecho que China se llevará estos Juegos como líder del medallero, los gringos nos pueden presumir, con una sonrisa presuntuosa en los labios, a un cabroncito de 27 años, oriundo de Baltimore, que nada más ha ganado 19 medallas olímpicas, 15 de ellas de oro. Y las que le faltan, dirán

Es suficiente para casi no aguantarlos, pero así las cosas. Grande, Phelps.    

Pink Floyd, Danny Boyle. Overtura

Floyd

Perdónenme, pero discúlpenme: una ceremonia en cuyo clímax escuchamos Eclipse, by Pink Floyd, está más allá del bien y del mal.

Danny Boyle no nos contó la historia de los romanos invadiendo Britania, no mencionó a Sir Percival, a Camelot o al ilustre ladrón de los bosques de Sherwood. Incluso el hermoso Bardo se quedó casi afuera. Pero es que el punto era, precisamente, no mostrarlos. Pusieron en el escenario a The Artic Monkeys en lugar de The Smiths o Led Zeppeling. El punto de la ceremonia está bastante claro: tenemos un pasado, sí, pero es compartido. Y es que, al final, ¿en qué parte del mundo no vimos surgir las chimeneas industriales? ¿En qué parte del mundo no se conoce a James Bond, a Peter Pan, a J.K. Rowling? ¿En qué parte del mundo no se creció con The Beatles, no se bailó con New Order, no se vio Cuatro Bodas y un Funeral? ¿En qué parte del mundo no se twittea?

Tenemos un pasado común, una memoria colectiva en la que resuenan creaciones británicas. Esta prepotencia británica de buen gusto que nos recordó que ellos forjaron a Europa, que son el país natal de Chaplin, de Queen, del internet. Y que incluso, aunque no hayan creado las redes sociales, son ellos quienes las aprovechan mejor (Artic Monkeys es la primera gran banda surgida de MySpace). Quizá faltó rock, pero es que era imposible meterlo todo. Quizá faltó brith-pop, pero me gustaría pensar que están guardando algo para la clausura en este aspecto. Aun así, la obertura de London 2012 es mi favorita ever. Y ya no vale la pena seguir discutiendo.

El mensaje es muy claro. El que tenga oídos, que oiga.  

Un pequeño post sobre Los Juegos Olímpicos

Olympics-london-2012

Al buen Barón de Coubertin le debemos aquello de que lo importante no es ganar, sino competir. Y también le debemos el concepto de los Juegos Olímpicos actuales, competiciones atléticas inspiradas en aquellas que se realizaban en la ciudad griega de Olimpia durante la antigüedad y que eran dedicados a Zeus y que, dice la leyenda, fueron creados por el buen Heracles. Dichas competencias, igual que las actuales, tenían como objetivo principal averiguar quién era el más rápido, el más hábil y el más fuerte atleta, todo en un espíritu de camaradería y compañerismo. O algo así.

Heracles fue a su vez el que dictamino el espíritu amateur de los juegos, ya que de él fue la idea de no dar a los atletas ganadores premios monetarios o joyas o siquiera alguna exuberante griega para pasar un buen rato, sino simplemente premiar con una humilde corona de olivo a los ganadores. Esto gracias a que él no tuvo ninguna recompensa por los doce trabajos que tuvo que realizar para un mortal cuyo nombre se me ha olvidado y los cuales probaron su valía (más tarde, Heracles se convirtió en el portero del Olimpo, un honor nunca antes concedido a un semi-dios). Coubertin, por tanto, concibió sus juegos como una hermandad de atletas que se reunían cada cuatro años para probar quién era el mejor entre ellos, solamente por amor a la libre competencia y eso. Nada de incentivos económicos que pudieran contaminar el concepto y, por supuesto, nada de atletas profesionales que contradijeran la esencia amateur. No fuera a pasar lo de las Series Mundiales en los años 20 del siglo pasado. O algo.

Claro, Heracles vivió en un tiempo que no se puede medir en siglos, sino en historias contadas al calor de una fogata. Y aunque los ideales son hermosos, vivimos en un mundo cínico, parafraseando a Jerry Maguire. El Barón de Coubertain quizá nunca imaginó una apertura de los Juegos tan fastuosa como la de Beijing 2008, pero estoy seguro de que hasta a él le habría gustado, así como hubiera disfrutado como cualquier otro mortal viendo jugar al Dream Team en Barcelona 92, quizá los profesionales más ilustres que se hayan parado en un podio olímpico. Pero ahora me pregunto qué habría pensando viendo a su querida creación usada como un vil instrumento político más durante la Guerra Fría, viendo los asesinatos de Múnich 72, viendo a los ilustres tramposos del esgrima, viendo los casos de dopaje cada vez más comunes. Y es que aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, parece no aplicar a nuestro mundo cínico. Ya hay mucho dinero de por medio en las competencias olímpicas. Ya no se trata solo de competir, muchas veces ni siquiera se trata de ganar. El sueño se terminó hace mucho tiempo, tanto que no se puedo medir en décadas, sino en tratos cerrados en oscuras oficinas con fuerte olor a puros cubanos y sillones de cuero.

Pero supongo que aún hay algo ahí. Un atleta cuyo nombre no recuerdo en este momento dijo que los Juegos Olímpicos son un mundo feliz, donde todos se conocen, donde no hay hipocresía y donde son todos iguales. Me gustaría pensar en las historias de amor que han florecido en las villas olímpicas. Me gustaría pensar en un humilde morro de algún remoto país africano ganado, años después, una prueba de fondo enfundado en un jersey de Puma y con la bandera de su país portada como la capa de un superhéroe. Yo no estoy en contra de que se les pague a los atletas olímpicos; me parece lo más justo del mundo. Ser un atleta de alto rendimiento es un trabajo y requiere tanto o más dedicación y preparación que ser abogado o doctor. ¿Por qué no pagarles por su esfuerzo? Sin embargo, el que sean amateurs en teoría los hace, quizá, más empáticos, más humanos, que las superestrellas. Solo recordemos que tipos como Roger Federer o la selección de futbol olímpica de Brasil no se quedarán en la villa olímpica. Es solo un pequeño detalle que crece si le prestamos atención.

Los Juegos Olímpicos, quizá por su historia mitológica, quizá por los elevados ideales con los que fueron refundados, quizá por aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, juegan en una liga propia. No compiten con el Mundial, con el Super Bowl, con la Serie Mundial de Beisbol o con la Champions League. Los juegos Olímpicos están más allá de eso. Sus ceremonias de apertura desde siempre han sido más fastuosas que las de cualquier otro evento. Históricamente, han servido a otros propósitos más allá del simple deporte, algunos de estos nobles y otros no tanto. Son instrumento político, son armas de propaganda, son hervidero de rumores, sor armas de doble filo para la economía de los países que los organizan y también son un mundo feliz. Los Juegos Olímpicos han tenido momentos de gloria, de vergüenza. Han visto pelear al mejor peso completo de la historia, aquél humilde muchacho de Alabama quién, a su regreso después de ganar el oro, no fue admitido en un restaurante debido a su color de piel, por lo cual tiró la medalla conseguida a un rio. Son las canchas de futbol olímpicas las que nunca han visto ganar a los brasileños, los amos y señores del futbol profesional. Fue aquél podio en México 68 el que vio una manifestación del Black Power mientras se entonaba el himno de los Unites. Los Juegos acogieron la rutina de 10 de Nadia Comaneci y el surgimiento del “Tema de Nadia”, canción favorita de las quinceañeras en los ochenta y que ni siquiera se llamaba así. Fue al final de unos Juegos Olímpicos  cuando se vio llorar a Misha.

Tantas historias, tantas leyendas urbanas, tantos momentos memorables.

Los Juegos Olímpicos han cambiado, claro. Los récords actuales no son obra de la casualidad. La tecnología ha entrado de lleno, como en cualquier otra competencia profesional. Pero la inmensa mayoría de los atletas olímpicos, incluso los medallistas, siguen con un perfil bajo durante los cuatro años que pasan entre competencia y competencia. Y es que, seamos sinceros, ¿quién ve un Mundial de Atletismo, o de Natación, o de Gimnasia? ¿O es que alguno de ustedes me puede decir, sin consultar internet, quién es el gran favorito para ganar el próximo maratón? Y eso está bien, en mi opinión. Un atleta olímpico sabe que solo tiene 2 o máximo tres Juegos Olímpicos para inscribir su nombre en la historia, para dejar huella. Muchas veces solo tienen una oportunidad, muchas veces tienen más, pero eso nadie lo sabe. Por eso se brindan al máximo, por eso lo dejan todo. Porque no son Messi, que igual puede hacer el ridículo en la Copa América, pero que meses después ganará la Champions y todos felices. Los Juegos Olímpicos suelen ser injustos, el camino que conduce a ellos es traicionero, porque aunque no sigamos sus competencias, estas existen y son exigentes y en cualquiera se puede presentar una lesión que acabe con el sueño de manera cruel. Los atletas de alto rendimiento comienzan desde niños, uno que otro más tarde, pero todos saben de levantarse en la madrugada, de entrenamientos extenuantes, de recuperaciones, de fracasos, de victorias. Es por eso que no hay hipocresía en una villa olímpica, porque ¿qué puedes contar que sea nuevo para tus compañeros? Es por eso que los Juegos Olímpicos siguen siendo un mundo feliz, porque no importa cómo te llames tienes que hacer grandes sacrificios para ganar. Y siendo como son, todos miembros de una ilustre estirpe, saben reconocer mejor la grandeza de sus compañeros. Porque en los últimos tiempos se ha demostrado que lo importante no es ganar, sino ser patrocinado.

Claro que, en la inmensa mayoría de los casos, solo a los ganadores se les patrocina, pero se han dado casos, ya saben.

Mañana inician oficialmente otros Juegos Olímpicos. Por tercera vez en Londres. Se ha especulado tanto sobre la ceremonia de apertura, pero lo único claro es que no será como la de Beijing (aunque también es seguro que no decepcionará). Y es que aquella sirvió para algo más que dar la bienvenida a los atletas, pero ustedes ya saben eso. Estos serán los Juegos de  la austeridad, del sentido común. Pero no por ello serán humildes, claro que no. Hasta donde sé, Danny Boyle, el otrora enfant terrible del cine británico y ganador del Oscar, es la mente detrás de la ceremonia de apertura, en la que se presume estará Sir Paul McCartney. Hay grandes atletas que vienen con todo. Se esperan grandes duelos en atletismo, en natación, en gimnasia, en vóley bol, en tenis. Y también se esperan sorpresas, aquellas que siempre se roban la cámara y acaparan nuestra memoria. México, no nos engañemos, tendrá suerte si repite la actuación de hace cuatro años, pero esa es otra historia. En los Juegos Olímpicos no importa tanto el orgullo nacionalista, sino simplemente celebrar la grandeza, no importa de donde venga.

Se nos vienen dos semanas más un fin de semana en la que ellos, los atletas de alto rendimiento, casi anónimos durante los últimos cuatro años, volverán a las portadas de los diarios, volverán a estar en todas las conversaciones. Serán nuevamente las estrellas. Solo por eso vale la pena celebrar. Porque se lo merecen.

To Rome with Love

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Supongo que podemos hacer caso a las declaraciones de The New Yorker con respecto a To Rome with Love, la más reciente película de nuestro apreciado Woody Allen: “who claims to be uneasy after a night away from home here sets his fourth recent film in a European capital, treating Rome like a besotted tourist.” Bueh, con todo hay que ser justos y decir que esta película no genera sorpresa o entusiasmo en el gran público; vamos, ya no decir el morbo por un beso entre Penelope Cruz y Scarlett Johansson. Sin embargo, creo que es una gran verdad aquello de que hasta lo más mediano de Allen es mejor que el 90% de las cintas con las que comparten la marquesina.

En esta ocasión, nos presenta cuatro historias que se intercalan, pero no se entrelazan. En hilo conductor de todas es, claro, Roma, La Ciudad Eterna, cerca del lugar donde los romanos crucificaron a San pedro de cabeza (o eso dicen). Tres de las historias son sumamente graciosas, particularmente en la que el buen Woody interpreta a Jerry, un dubitativo y retirado director de ópera que siempre fue más adelantado a su tiempo (o eso dice), que viaja a Roma con su esposa para conocer al prometido de su hija (ella, la típica gringa que conoce y se enamora del guapo italiano). El italiano es un abogado de los pobres, izquierdista hasta la médula, con el que el padre de la chica no se lleva nada bien. La relación empeora (o mejora), cuando Jerry conoce al padre de su futuro yerno, quién dirige una casa funeraria, pero que canta como los ángeles  cuando esta en la ducha. Jerry se queda prendado e incluso le consigue una audición con empresarios de la industria musical, pero todo sale mal. Parece que el buen empresario de pompas fúnebres solo canta bien estando en la ducha. Y he aquí donde surge la idea para una obra progresista, surreal y muy adelantada a su tiempo, como las que distinguen a Jerry.

En otra historia conocemos a Jack (Jesse Eisenberg), un aspirante a arquitecto que vive en Roma con su novia Sally (Greta Gerwin). Un buen día, Jack conoce a un arquitecto famoso, a quién admira y con el que sorpresivamente tiene varias cosas en común (Alec Baldwin). También nos enteramos que una amiga de Sally llamada Monica (Ellen Page) viene a Roma a pasar el trago amargo de una separación. Sally le ofrece quedarse con ellos, lo que Baldwin (en un papel de mentor omnipresente, muy presente en el cine de Allen, quizá definido como su “realismo mágico”) interpreta como peligroso. Y es que, aunque a primera vista la tal Monica no sea nada del otro mundo, se nos revela paulatinamente como una seductora.

Quizá mi historia favorita sea la de Antonio y Milly, una pareja de recién casados, originarios de un pueblito anónimo de Italia, que van a Roma de luna de miel. Además, Antonio va a entrevistarse con sus tíos residentes de la capital y, si todo sale bien, puede conseguir un trabajo con ellos y quedarse a vivir en la Ciudad Eterna y, con el tiempo, tener una villa en el campo, como los ricos. Ergo, la pareja esta nerviosa (él más que ella), por lo que Milly sugiere ir al salón de belleza a perder el look a maestra de pueblo que tiene, pero resulta que ella es la que termina del todo perdida, tragada por la inmensa ciudad y su esposo, sin saber muy bien por qué, termina presentando como su esposa a una exuberante prostituta que llega por error a su cuarto de hotel. Milly, sin celular y sin una puta idea de dónde está ni de cómo regresar al hotel (que ya ni se acuerda cómo se llamaba), termina en una locación, conociendo a su actor favorito, quién la invita a almorzar y le coquetea todo el tiempo. ¡A ella! ¡A una humilde maestra de astronomía!       

La última historia trata de la fama y de cómo ciertas personas son famosas solo porque sí. Roberto Benigni interpreta a un italiano cualquiera, con esposa, dos hijos y un trabajo aburrido en el que lo pueden remplazar en una hora. Sin embargo, cierta mañana, se topa con la novedad de que es famoso, una celebridad tan grande que incluso lo más simple de su día (como su desayuno o el hecho de si usa boxers o calzoncillos) causan expectación y son motivo de análisis exhaustivos e idiotas. Su caminar es interrumpido por una nube de reporteros, fotógrafos y fans que lo siguen a todos lados. Cualquier mujer esta dispuesta a abrirle las piernas y no tiene que hacer fila ni reservación en ningún lado: siempre hay lugar para él. El lugar de honor, de hecho.  

Como les digo, To Rome with Love es divertida, pero nada del otro mundo. Lo cual esta bien. Woody Allen esta más allá del bien y del mal desde hace mucho. A él no le importan lo que digan de sus películas o de él mismo. Simplemente cuenta historias de la mejor manera que sabe hacerlo: con una cámara. Su trabajo ya es garantía desde antes de que nosotros siquiera fuéramos engendrados. Será por algo.

Deben verla.

  

Las cosas

Buscando una tontería en mi casa, me encontré casualmente con libro que contiene un poema de Jorge Luis Borges que hace mucho no leía. Se llama Las cosas.

“El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.”

Sobre la lluvia

Scarlett

Las tardes de los últimos días han estado llenas de esa clase de lluvia que, dice Forrest Gump, es pesada y gorda. El sistema de drenaje siendo puesto a prueba por los nubarrones provenientes de… ejem, no sé donde. Es agua que viene del mar, nos dijeron en la escuela al explicarlos el ciclo del agua. Es extraño pensar de dónde viene la lluvia. Y también un poco inútil, lo cual hace inexplicable que sea tan apasionante. Bueno, no tan inexplicable.

Hay algo en la lluvia que nos recuerda el pasado, aunque no queramos. Quizá es un pasado inconsciente, creado a partir de imágenes del cinematógrafo. Viejas estaciones de trenes. Despedidas. O aquella escena en Four Weddings and A Funeral, donde la chica y el chico deciden no casarse. Ya saben quienes son los protagonistas, ¿no? Otra escena sustancial es aquella en la que Spidy salva a la chica en aquél callejón lleno de rufiancillos. La escena de la blusa mojada de Kirsten y del beso de nuestro amable vecino arácnido colgado de cabeza. Una escena que nos marcó en el 2002 y que ocasionó un dizque escándalo, ya saben por qué. O que me dicen de la escena de cantando bajo la lluvia en… Cantando Bajo la Lluvia. Una que todos conocemos, incluso los que no han visto la película. Una vez vi a una chica bailar bajo la lluvia… una escena que terminó con su cara estrellándose contra el pavimento. Si, no todos tenemos la gracia de Genne Kelly.

Supongo que hay más escenas, pero ocuparía mucho espacio enumerarlas todas. La lluvia tiene cierto encanto en el cine. Es como el auto lavado moral que muchos personajes esperan para redimirse, al final. Es como las lágrimas extralimitadas en la no tan dichosa escena del rompimiento o la despedida. Supongo que ustedes saben cómo es. La lluvia nos recuerda nuestro pasado, aunque no queramos. Muchos recuerdos están recubiertos con una cortina de agua, con lluvia, aunque cuando pasaron no estuviera lloviendo. La conversación sombría en la habitación de los padres, mientras nosotros escuchamos detrás de la puerta. En la tele se ve a Raúl Velasco. Afuera esta lloviendo.

La casa de padre y Madre tenía un techo de lámina de fibra de vidrio sobre el patio. La lluvia pesada y gorda de los últimos días sonaba como la caída de los sapos en Magnolia. Sonaba como los pianos en A Day in the Life. Un sonido que podría definir el fin del mundo. Es la lluvia que arruina las tardes nubladas y frescas y perfectas. Es la lluvia que trae el caos a la ciudad. El drenaje es puesto a prueba y casi siempre falla. El tráfico desquiciante, el Metro tardándose una hora en avanzar 12 estaciones, las fallas de energía eléctrica, las inundaciones en Ecatepec o algo. Siempre me he preguntado  cómo vive esa gente, sintiendo la angustia cuando las nubes se acumulan en el horizonte, como Sarah Connor al final de Terminator. ¿Por qué no se van? ¿Por qué siguen viviendo en un lugar en donde saben que sus cosas están destinadas a la destrucción, sus calles inevitablemente se convertirán en pantanos insalubres la tarde menos pensada? ¿Por qué quedarse? Bueh, supongo que hay un montón de razones, pero yo no las conozco. Espero que ellos sí.

La lluvia que se disfruta más es la que Forrest Gump define como la pequeña y molesta. La lluvia delgada, chiquita, que nuestras madres decían que mojaba más. La lluvia persistente, que en un techo de lámina de fibra de vidrio suena casi como un canto, un susurro de cosas buenas que han pasado o que están pasando. Es la clase de lluvia que ahuyenta a los compradores en los tianguis, a los paseantes en los parques. Lluvia espantapendejos, le llaman los comerciantes, ya que es casi una ley universal que se quitará pronto y que no será seguida por la otra, la torrencial y pesada. La lluvia pequeña y delgada es la lluvia que limpia los autos, las casas. La lluvia que hace relucir el pavimento, que invita a deslizarse por las resbalosas baldosas de la banqueta. La lluvia que invita dejarse empapar mientras caminamos a ninguna parte, con un libro en la mochila y los audífonos del iPod bien insertados en los oidos. Oyendo algo de The Zombies. O de algún soundtrack.

Esa lluvia es grandiosa, pero es arruinada por la visión de hombres con paraguas. Un hombre que se respete no debe usar paraguas. La visión de las jevas bajo el amparo de la umbrela es otra cosa. Es Scarlett Johansson en Lost in Translation. Es Catherine Deneuve en Los Paraguas de Cherburgo, la película más adorable sobre paraguas y lluvia y chicas francesas enamoradas de un ausente. Es una cinta cuyos diálogos son completamente cantados, que se volvió de culto, que ganó la Palma de Oro en Cannes y que es xodidamente melancólica. Ahí vemos las desventuras acaecidas a la dependiente de una tienda de paraguas y a su hermosa hija, durante la Francia de los 50, en un suburbio parisino. Después de ver dicha cinta, pensé que nunca había comprado un paraguas en mi vida. Es gracioso que podemos encontrar paraguas a la venta en los más diversos establecimientos. En una miscelánea perdida entre calles anónimas para los no residentes. En la dichosa tienda del mol que vende de todo. En un puesto ambulante afuera del metro, en el que también encontramos cancros sueltos, chicles y Doritos Nachos. Una tienda enteramente dedicada a vender paraguas… es una idea grandiosa lo pensamos bien. Aunque supongo que impráctica, pero es se compensa con el factor vintage de la mercancía en cuestión. Las tardes de la lluvia pequeña y delgada invitan a planear poner un local enteramente dedicado a vender paraguas, probablemente dentro de un aeropuerto. En donde trabaje una dependiente cumshotera y güerita y adorable y donde todo el día suenen, sin parar, el score de Los Paraguas de Cherburgo. Y seguramente la dependiente terminaría atendiendo a los clientes usando solamente versos en francés.

Ya saben, la lluvia nos hace pensar así.

Así las tardes últimamente en la ciudad. Me gusta pensar que, en algún lugar, alguna carita cumshotera observa la lluvia por la ventana, con una taza de café en las manos y la idea de un gran libro en la mente. Las tardes de lluvia torrencial tienen el don de inspirar. Inspirar un cuento corto, una postal, una llamada de disculpa. Las tardes de lluvia torrencial nos hacen sentir agradecidos de tener un techo sobre nosotros, un lugar al cual podemos llamar hogar, al cual podemos llegar a calentar nuestros huesos junto al fuego, junto a ella. Esas cosas en la que casi nunca pensamos, pero que están ahí. Las que nos hacen creer genuinamente que somos afortunados por estar acompañados.

Creo que aquí le paramos. Ya es tarde y se está nublando. Y seguro va a llover igual de fuerte que en los últimos días. Y en una de esas y se va la luz. Lo cual no esta nada bien. Lo peor que le puede pasar a alguien es que se le vaya la luz en su casa. En el trabajo es otra cosa. La lluvia vista desde el 12° piso de un edifico es algo que vale la pena ver. Aunque sea unos momentos, mientras nos preparamos un café.   

The Amazing Spider-Man

Amazing-spider-man

Viene un desplaye largo. Y hay spoilers. Advertidos están.

Ayer por la tarde vi The Amazing Spider-Man, en un miércoles de cine como Dios manda: en IMAX 3D, con palomitas y nachos y refresco y sin compañía. No puedo decir que la odie, porque no lo hice. No puedo decir que no es una buena película, porque lo es; al menos cumple con su objetivo y tiene bien claro lo que quiere lograr y lo hace. Y se ve increíble, pero eso ya lo diremos más adelante.

The Amazing Spider-Man es la película menos publicitada de araña, ever. Creo que debemos comenzar por eso. Y es que aunque hay comerciales en tele abierta y cable, aunque muchas marcas se casaron con la imagen (como Burger King) y aunque llevan buen box-office mundial, la verdad es que el fenómeno alrededor de esta película no es nada comparado al de la cinta del 2002. Y ya no digamos las subsecuentes secuelas. Esta película, de hecho, contaba con un arma de doble filo antes de arribar a taquilla: nadie esperaba nada de ella. Por muchas razones, quizá siendo la más poderosa que el recuerdo de las dos primeras y grandiosas cintas de Raimi todavía se sienten frescas en el imaginario o porque nadie creía en el nuevo director ni en los nuevos protagonistas. Como sea, nadie esperaba nada de la cinta. Yo no esperaba nada. De hecho, esperaba odiarlas. Y no lo hice, porque hace lo suficiente para no ser odiada, así como hace los méritos suficientes para que salgas del cine diciendo: “bueh… he visto cosas peores”. Lo cual es cierto. Creo que es muy fácil complacer a un público que, de hecho, no esperaba nada en un principio. Pero no me malentiendan. The Amazing Spider-Man puede ser muchas cosas, pero no es una película mediocre en su conjunto, aunque si tiene muchos errores. Aunque también muchas fortalezas.

Como sea, creo que por las cuestiones de hype y publicidad, es bastante injusto comparan a esta cinta con la del 2002. Solo recordemos que en aquél verano mundialista, la película de Sam Raimi era la joya del verano, la cinta más esperada del año, quizá. En aquél entonces los tipos de Columbia decidieron no estrenar la película en diciembre del 2001 (tal cual era el plan) para no competir contra dos mastodontes: Harry Potter y The Lord of the Rings. Entonces, dedicaron los siguientes meses a crear una anticipación y expectativa tales que les trajeron filas en los cines semanas antes de que la película llegara. Y no decepcionó. Y es que quizá si la vemos ahora, el Spidy del 2002 luce muy plasticoso y lo que quieran, pero de todas formas la historia sigue estando chingona y resulta ser una película sumamente entretenida. Además de que ahí ya tenemos metida la idealización. Y contra eso es difícil competir. Ahora bien, esta vez no había tanta expectativa, como repetimos, además de que la cinta está metida entre el shock post The Avengers y el hype por The Dark Knight Rises. Es difícil abrirse paso entre esos dos, pero la cinta lo está logrando: en 6 días recaudó la friolera de 340 millones de dólares. Kudos.

Y es que es ya el año 2012 y es que The Amazing Spider-Man tiene muy en claro el público al que quiere llegar. Las cintas de Raimi eran accesibles y amadas por todos los públicos: desde niños hasta fans hardcore. La nueva película cuenta con Marc Webb en la dirección, el tipo detrás de (500) Days of Summer, un tipo que sabe contar buenas historias románticas juveniles, que tiene un muy buen manejo de la estética y el lenguaje de esta clase de contenidos. En el 2012 ya no tenemos a una pelirroja tetona y aspirante a actriz y adorable como Mary Jane Watson en el papel de la heroína, sino que tenemos a una güerita cumshotera que es asistente de laboratorio y que prepara antídotos con la misma facilidad con la que ustedes y yo nos preparamos un Nescafé llamada Gwen Stacy. Las cosas han cambiado, claro. Aunque, claro, Peter sigue siendo un nerd, aunque ahora se le añade una nueva característica: el tipo es un llorón. ¿Es qué eso les gusta a las chicas ahora, los tipos que lloran? ¿En serio? Como sea, la génesis del héroe ya todos nos la sabemos de memoria, así que Webb no se detiene nada en eso. De hecho, parece que tiene prisa por llegar a los madrazos. Claro, la tía May es la tía May, el tío Ben sigue dando buenos consejos, una araña pica a nuestro amigo y lo hace ágil y fuerte y alguien por ahí mata al tío Ben. La película presenta todo esto tan rápido como lo estoy contado, pero no creo que eso sea nada malo. Webb sabe lo presente que sigue en el público la cinta pasada y presenta el proceso de adaptación y control de los poderes arácnidos de manera sumamente acelerada, pero agradable y divertida. Y aquí sí hay disparadores de telaraña, lo cual está bien, creo. Además, el plus en esta primera parte de la historia es la génesis y el desarrollo de la relación entre Parker y la güerita. Creo que esta es la mejor parte del guión. La química entre Andrew Garfield y Emma Stone funciona tan bien que a ratos la película se siente como una chick-flick en toda regla, con música indie de fondo y sonrisas y coqueteo y besos súper románticos. Recuerda más a un episodio de Gossip Girl que a uno de, ejem, la serie de Spider animada noventera. Pero no está mal. Este es el demográfico al que está destinada la cinta. Los protagonistas son la pareja juvenil del momento, tanto dentro como fuera del set (y esto es nuevo en la franquicia, al menos que yo sepa). Creo que habría que aprovechar el escenario y las portadas en teen Vogue y todo. Aunado a esto, las actuaciones de reparto son bastante buenas en general. Martin Sheen demuestra que nació para ser el tío Ben y Denis Leary lo hace estupendo como el capitán Stacy, padre de Gwen.

Otra cosa en la que la cinta destaca es, claro, en el departamento visual. Y es que ya es el 2012 y ahora sí, el araña se ve como siempre lo hemos imaginado. Las secuencias de acción está muy bien logradas, el movimiento de la cámara, el CGI es usado con sentido común y la fotografía es muy buena. Grandes texturas, hermosos colores. La cinta es un banquete para los ojos. Ese es otro win.  

Pero bueno, el gran pecado de la cinta es sin duda su villano. El Lagarto, a.k.a., la parte mutante del doctor Curt Connors, nunca llega a funcionar a la altura de su símil en el cómic y mucho menos a los grandes villanos de las películas de superhéroes (y es que hasta en los perros hay razas, mi lic). Un científico con acento europeo, que trabaja para el Carlos Slim de Nueva York, sin carisma, de pronto se transforma en un wey supermamado y escamoso y con cola. Un freak. Creo que hizo mucha falta el hocico para evocar al Lagarto. Y creo que hizo falta que los guionistas le pusieran  más ganitas a la maquinación del doc. Y es que ya estamos en el 2012 y la amenaza de convertir a todo NY en lagartija suena bien pendeja. Igual y funcionaria en una caricatura de domingo por la mañana que vemos mientras sufrimos lo peor de la cruda, pero está claro que no funciona aquí. Y eso hace que el araña que más o menos va despegando, se quede corto si lo medimos a un pésimo antagonista. Fail.

El araña, por otro lado, comienza su camino de superhéroe tratando de cazar al asesino de su tío, pero de pronto para. ¿Por qué? El araña es llamado un forajido, un vigilante y de pronto todos los policías de NY andan tras él y todos los individuos con un celular lo filman columpiándose. Pero nadie se da cuenta de que va, sin máscara, directamente al balcón de la hija del capitán de policía. Y sí, ya sé que es una película de superhéroes, pero no mamen. Y luego, la historia de los padres de Parker. Creo que no fue buena idea meterla, aunque por lo que vemos es la piedra angular de la nueva franquicia, pero que desde siempre ha sido un dolor de yarbles para la continuidad de cómic. Y que aquí nos deja en la misma, con más dudas que respuestas, pero no in the good way. Además, el score es horrible de verdad.

Pero más allá de eso, The Amazing Spider-Man logra ser una cinta entretenida, muy divertida y muy bien filmada, lo cual es meritorio y lo cual cumple con el objetivo. La taquilla es buena y las expectativas por la inevitable secuela (programada para 2014) son altas. Pero aún así, personalmente me quedo con el Spider-Man del 2002. No sé, quizá sea la idealización. Y es que aunque hayan pasado 10 años, el recuerdo es fresco y aquella película me emocionó de una manera totalmente diferente a esta, que simplemente no odié. Y ya no digamos lo que es esta cinta comparada con Spider-Man 2 del 2004, la mejor película de cómics jamás filmada, según mi humilde opinión. La cinta de Webb es mejor que la tercera parte, pero eso no es meritorio. Spider-Man 3 es una mierda, como todos ya sabemos.

Como sea, he visto cosas peores. Y creo que a sus novias les gustará. Y eso siempre es bueno.

30 años de Blade Runner

Bladerunner

En el año 2019, una corporación de nombre Tyrell, comercializa robots idénticos a los seres humanos. Su eslogan es "more human than human". Estos seres artificiales reciben el nombre de replicantes, y han sido perfeccionados al grado que es necesario aplicarles un test, llamado "Voight-Kampff", para identificarlos. En la Tierra, los replicantes son prohibidos y perseguidos por la ley. Los sicarios especializados en eliminarlos son conocidos como "blade runners". 

El fundador, dueño y CEO de la corporación Tyrell, cuestiona así a un blade runner, uno que ha ido a su oficina a aplicar el test Voight-Kampff a una de sus empleadas:

"Is this to be an empathy test? Capillary dilation of the so-called blush response? Fluctuation of the pupil. Involuntary dilation of the iris…"

Deckard, el blade runner, responde:

"We call it Voight-Kampff for sure".

Los replicantes carecen de empatía, y eso los delata (una máquina detecta su rubor). Y al parecer, el pensamiento abstracto y la imaginación también les han sido vetados. No tienen recuerdos propios, aunque les implantan los de seres humanos para "añadir realismo" a su conducta. Lo cual es patético. Imagina que los recuerdos que han marcado tu infancia (un pastel de cumpleaños, la memoria de la primera inyección, las primeras vacaciones en la playa, el rostro de tus padres cuando eran muy jóvenes), ciertos momentos sin los que, parafraseando a Paul Bowles, tu propia vida sería inconcebible, no fueran tuyos sino de alguien más, meros préstamos. Rachael, la empleada de Tyrell, Corp., posee los recuerdos de la nieta del dueño. Implantes. Cuando Rachael descubre la verdad, casi se desmorona. La vida de un replicante no es fácil.

Ridley Scott filmó Blade Runner como una versión propia de la novela de Philip K. Dick cuyo nombre es más bello que el propio libro: Do androids dream with electric sheeps? En el libro, Deckard es un hombre casado asoleado por los compromisos sociales y una esposa mandona; en la película de Ridley, Deckard es el galanazo Harrison Ford (de 39 años al momento del rodaje), un policía solterón con un oscuro pasado, una suerte de Humphrey Bogart futurista. 

Ridley llegó su cinta por otros lugares que no explora el libro. El tono es sombrío, noir. Los Angeles en 2019 es un cochinero multicultural, un futuro muy alejado de aquellas visiones relucientes del diseño Ray-Gun Gothic de la época Mad Men. Para Ridley Scott y su diseñador de producción, el legendario Syd Mead, el futuro era una cosa incierta, oscura, llena de humedad, ruido y locura. Una especie de torre de Babel mezclado con un putero y retacado de tecnología alucinante, como aquella máquina que "se mete" en una fotografía para revelar a las personas que estuvieron adentro de una habitación el día que se tomó. Autos voladores conducidos por policías latinos + húngaros con cascos de cuero y una debilidad por el origami. Robots strippers que corren en pelotas por la calle –bueno, cubiertas apenas por un impermeable de plástico transparente. Blade Runner definió un estilo visual. Formó las aficiones nerds de un par de generaciones. Y con el perdón de 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, estableció el estándar de oro para una película de ciencia ficción.

La semana antepasada festejamos que Blade Runner cumplió 30 años obsesionándonos (se estrenó un 26 de junio de 1982). Véanla hoy (y toda el mes, si pueden) con un vodka en la mano –porque parece "tsing tao"– tarareen One More Kiss, Dear o lloren con el tristísimo piano de Memories of Green.

"It's too bad she won't live! But then again, who does?"