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Intouchables

Intouchables

Intouchables es la película francesa que, actualmente, la está rompiendo en eso de meter muchos dólares en taquilla y hacer llorar a las viejitas que van a las funciones matutinas de entre semana. También, seguro, será de esos DVD que la gente ama regalar en la época navideña, la clase de película que la gente se siente bien de ver, no solo por la trama, sino porque es “de arte”.

En otras palabras, una hueva total sumamente sobrevaluada.

“Amigos” (el predecible título en español…) cuenta la historia de Philippe, un acaudalado francés que está paralizado del cuello hacia abajo debido a un accidente de paragliding. Entonces, amargado, inaguantable y completamente dependiente, inmerso en la tarea de encontrar un cuidador, conoce a Driss, un inmigrante africano, recién desempacado de prisión, que solo busca llenar su cuota de entrevistas de empleo fracasadas para que pueda calificar para la ayuda del estado. Philippe le da el empleo, junto con la confianza que nadie le da en el mundo (por aquello de los estereotipos, verán). Driss lo llena de nueva vitalidad, alegría venia de música funky y de nuestra vieja amiga: la cannabis.

Creo que ustedes pueden imaginar el resto.

La cinta está llena de situaciones comunes y errores predecibles en esta clase de cine. Su éxito (porque vaya que lo ha tenido) radica en la vieja fórmula de hacernos sentir afecto por los personajes: entonces, cuando ellos son felices, nosotros lo somos. Esto se logra gracias a las magníficas actuaciones de los dos protagonistas. Francois Cluzet, que comunica sus sentimientos usando solamente su rostro y su voz; y Omar Sy, quien es desparpajado a su manera, sumamente alegre para un personaje con un duro pasado.    

Y es que, a pesar de sus errores, la cinta cumple con lo que se espera. Cuenta la historia de dos hombres y la creciente confianza que surge entre ellos de una manera relajada, nada pretenciosa y natural. Además, maneja de buena manera la esencia del trabajo del cuidador, quién no solo es la persona que ayuda y da medicamentos, sino que llega a una relación a la que llegan pocos médicos.: la cercanía con una persona que lo ha perdido todo (incluyendo su capacidad de pararse e ir a mera cuando tiene ganas). Philippe, a pesar de su estatus de millonario poeta y conocedor del arte, está completamente solo: su esposa ha muerto, su hija es una mocosa inverbe y su personal tiene una vida propia. Driss viene de otra realidad y aún conserva algo de alegría y alma y lo trata diferente.

El truco está hecho cuando caemos en la cuenta de que nos sentimos bien. Atrapados en la empatía por los personajes, pasamos por alto muchos supuestos sin respuesta. Los directores y escritores Oliver Nakache y Eric Toledano se muestran alegremente dispuestos a ir por los grandes gags y su estilo es insinuante. Pero, al final, si miramos de cerca, no tenemos nada más que una reducción simplista de los estereotipos raciales. Una fantasía simplista.

Pero bueno, a tu madre seguro le encantara recibirla en Navidad.   

Seeking a Friend for the End of the World

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Alguien famoso dijo que, de saber que el mundo se acabaría al día siguiente, plantaría un árbol. No recuerdo quién fue (búsquenlo en google), pero es un pensamiento fantástico. La verdad yo no tengo ni puta idea de qué haría si en un proverbial breaking news dijeran que el mundo se va a acabar mañana. Lo único que tengo claro es que no me gustaría estar solo.

Seeking a Friend for the End of the World se trata de un hombre que nunca fue bueno para hacer amigos y que cometio muchos errores porque temía estar solo y que de golpe y porrazo se queda abandonado en el peor momento de la humanidad. Dodge (Steve Carrell) es un proveedor de seguros de vida cuya vida es la comodidad de la rutina: su trabajo no es muy demandante ni divertido, pero le provee de un escritorio con su nombre, su relación con su esposa no es apasionada pero al menos es sólida, sus amigos son idiotas pero al menos son idiotas que pueden hacer interesantes las tardes de domingo. Quizá su vida pudo haber sido diferente, en una de esas y hasta mejor, pero tampoco está del todo mal. Al menos no hasta que se entera que un asteroide se dirige hacia la Tierra y acabará con todo rastro de vida en unas pocas semanas. No hay esperanza, el Apocalipsis está aquí.

Y entonces todo pasa: su esposa lo abandona inmediatamente (literal). Que mierda pasar sus últimas semanas de vida deprimido. Y, para agregar más leña al fuego, su rutina desaparece. Dodge está perdido entre los suicidios masivos, los bautizos masivos, las orgias masivas. Entre la licenciosa libertad en la que viven sus idiotas amigos y la música del fin del mundo que programan en el radio (que no está nada mal, vaya).

¿Qué hacer cuando se acerca el fin del mundo?   

Dodge no tiene ganas de nada, ni de probar drogas nuevas, coger con sus amigas o con desconocidas, robarse un plasma del tamaño de un closet, matar a alguien en los disturbios de las calles, anotar un touchdown en el Candlestic Park… Dodge quiere se rutina de regreso. Pero la ausencia de tal le hace ver lo falsa que era, lo poco feliz que ha vivido en su etapa adulta. El fin del mundo le trae una revelación: en una realidad alterna, pudo ser más feliz. La chica con la que debió casarse le escribió una carta diciendo que nunca lo había olvidado. Lo malo es que la carta llegó hace meses, una vecina la recibió por error y no se la dio hasta ahora, a unos cuantos días del final. Pero igual se da cuenta de que puede que no pase el fin del mundo solo. En una serie de eventos que serían raros en un contexto que no incluyera el próximo Día del Juicio, Dodge se ve de pronto en la carretera, con un perro llamado Sorry y con la vecina (quién es inglesa y se llama Penny), camino a su felicidad. Al menos, la vida ya es un poco más interesante.

Esta es la primera película de Lorene Scafaria (de quién postee una canción, hace tiempo), por lo cual la técnica usada es bastante básica, valiéndose de nuestra imaginación para poner las imágenes de desastre (tal cual un programa de radio) y concentrándose en mostrar la nostalgia de las cosas cuando están muriendo. Penny (Keira Knightley) , quién perdió el vuelo que la llevaría de regreso con su familia, acompaña a Dodge porque “la culpa es un sentimiento que no le gusta” y porque él le ha dicho que conoce a alguien con un avión. Ambos, comienzan a conocerse mientras conocen gente en el camino, como un camionero desahuciado que contrato a un hitman para poner fin a su vida, el último policía de tráfico que se toma en serio su trabajo y los empleados de un restaurante que le dan un nuevo significado a aquello del trato amistoso a los clientes. Penny y Dodge, poco a poco, se hace amigos, se ríen juntos, se divierten, se cuentan cosas personales, se pelean y todo. Se enamoran.

Seeking a Friend for the End of the World es una road-movie de hermosos y solitarios parajes, de una tristeza omnipresente y de una belleza hipnótica. Es un poco cursi, claro, pero no es nada empalagosa. Le encantará a tu chica tanto como seguro te gustará a ti. Y es que es la historia de todos, aunque pasa cierto tiempo para que nos demos cuenta de eso. Nunca hay suficiente tiempo para estar con quienes amamos, así como tampoco hay un límite de cosas con las que arruinamos nuestras vidas. Y sí, estar solo es una mierda. No solamente en el fin del mundo, sino en una tarde en la que quisiéramos estar con alguien, pero resulta que no hay nadie a la mano. En esos momentos nos damos cuenta de lo miserables o afortunados que somos.

Es un must. Deben verla.

Memoria

Infinito

La memoria es una lesbiana muy caliente. Dígase nostalgia, alegría, accidente de crucero, primer orgasmo, la memoria es una nena insaciable, ninfómana con vestido de coctel y bolso de mil dólares. Es una loca que ataca al grado que algunos recuerdan “las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882”. Memoria inasible, putísima madera bajo una lupa de 3 metros de diámetro, sabes de invasiones en el miedo de las madrugadas, del que no sólo recuerda “cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Memoria inocente, animal silvestre que tiembla enamorado en los abrevaderos, calma nuestra sed con tus ramas de pólvora para volar en mil pedazos con la caricia de aquel recuerdo.

Nota: los entrecomillados son de ‘Funes el Memorioso’, de Jorge Luis Borges, si bien recuerdo.

Luna...

Hasselblad

“Sister moon, will be my guide / On your blue, blue shadows / I will hide”, dice una canción de esas que la gente le canta a la Luna. A la Luna también se le ladra, se le culpa de las mareas, los crímenes y los súbitos cambios de humor de los amantes. Todos hemos volteado a verla por las simples razones de que está arriba de nosotros, y porque suele brillar de noche. En un mundo que solo tiene un satélite, nuestra relación con él se vuelve especial, estrecha, inolvidable (quizá así sucede con los hijos únicos). Solo hay una Luna y quizá por eso escribimos su nombre en mayúsculas. Y le hacemos canciones. Y discos sobre su rostro oculto. Y nos imaginamos historias. Y mucha gente soñó y sueña con estar ahí, con caminar en la Luna. Yo nací cuando alguien ya había caminando en la Luna, así es que cuando era niño justificadamente (y alimentado por atlas y libros de National Geographic) me imaginaba que yo también podría llegar ahí. Primer niño en la Luna. Primer perro en la Luna. Primer hotel en la Luna. Primer político corrupto en la Luna. La Luna era la nueva frontera, pero el fin de siglo, los intereses verdaderos de los adultos y las crudas realidades de la economía nos alejaron de la Luna. A mis 24, no he ido a la Luna y no creo ir nunca. Tenemos megaembotellamientos, notificaciones push, búsquedas instantáneas y los aerosoles ya no dañan la capa de ozono, pero no podemos ir a la Luna como quien toma a su familia y da el acapulcazo. No me quejo tampoco. La vida es dulce a pesar de todo.

Hoy habrá luna llena y me acordé de aquellos sueños espaciales, de cómo alucinaba con probarme un traje de astronauta, con salir a caminar afuera del shuttle Columbia, dar brincos locos de baja gravedad en la Luna…

El mejor regalo de Collins, Aldrin y Armstrong fue ayudarnos a imaginar, sí.

También hoy es el Grito de Independencia, por cierto. La noche promete…

Esas mochilitas japonesas (ランドセル)

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Por allá del 2009 y gracias a Danny Choo, corresponsal de BoingBoing en Japón, supe de las randoseru (ランドセル), las backpacks de los morritos escolapios japoneses. La palabra original es holandesa (ransel), así es que es más propio escribirlo en katakana. Me encanta su diseño. Y qué cosa más bonita es ver a un niño corriendo para ir a clases con esas cajitas colgándoles de la espalda. Son una puta belleza, como tantas cosas a las que los japoneses le meten empeño y, aunque no sea su diseño original, terminan apropiándoselo. Los randoseru provienen del periodo Meiji, famosillo por haber marcado la transición del Japón feudal al moderno. En ese momento los comenzaron a emplear los oficiales del Ejército Imperial, y poco después pasó a ser la backpack oficial en las escuelas públicas.

Y todo esto: hoy regalé una randoseru igualita a la de la foto a una flamante alumna de pre-primaria. Y sí, creo que le gustó.

Papel

Tengo la opinión y el gusto old fashioned de que las letras se leen mejor en papel que en pantalla. A pesar de pasar 12 horas diarias o más conectado a la red, y promover en mi lugar de trabajo la extraña idea de que las pequeñas cosas de la oficina se comunican mejor de forma electrónica (y no desperdiciando papel de impresora), para los momentos en que quiero alimentar mi mente o mi espíritu o como ustedes le llamen a ese placer que proporciona la lectura (de ficción, por lo general), prefiero la hoja impresa. Esta antigua tecnología sigue destacándose por varias razones: suele ser portátil, el rango de lectura con poca luz es muy alto, es el medio más amable con los ojos, proporciona una textura particular que es imbatible y que forma parte de la mística del medio. Por todo eso, la letra impresa es una belleza. La película del cine, por ejemplo, es otra de esas cosas que prefiero no perderme. A veces no se puede, y tengo que ver una película en lo que tengo a la mano, DVD o Blu-ray, y ya muy jodido, con una pitera transmisión televisiva. Ver cine en casa es otro tipo de ritual: yo platico en voz alta, pongo las patas en un sillón, pongo pausa para ir a orinar… las cosas que no se hacen en el cine, claro. Pero el carácter granuloso de la película de 35 mm a 24 cuadros por segundo, de nuevo, forma parte de la mística del medio. Lo demás es simplemente “video”. Si puedo ver una película en el cine, la veo. Si puedo leer una novela en papel, la leo. Pero quiero hacer una distinción: nunca leería un cómic en un formato digital a menos que fuera un webcomic pensado exclusivamente para la red. Lo mismo aplica para una novela o un libro de cuentos o un libro de superación personal, whateva. Puedo leer blogs, noticias en RSS, comentarios, notas, aclaraciones, entradas de Wikipedia, et cetera. Pero no algo que no sea nativo para la red. Los motivos por los cuales la gente lo hace, bueh, cada quien sabe. Por falta de dinero, porque traemos lo pirata en los genes, porque nos creemos más inteligentes de lo que en realidad somos. Probablemente tener acceso a un libro inaccesible por la red sea una justificación válida, o tenerlo ahí simplemente como consulta. No es mi caso. He descargado libros que sus autores ponen gratuitamente a disposición del público en PDF, y nunca los leo. Terminan juntando polvo de bits. Supongo que cada quien tendrá sus razones para leer en digital o no. Yo prefiero el papel. Nada como el papel para leer. Igual que nada como el cine para ver cine.

Ajá, gracias por el libro, bro.

Por qué amo el futbol

Adam

Amo el futbol porque puede jugarse en cualquier tipo de clima: en la nieve, bajo la lluvia, en un lodazal, con el sol de las doce del día cayendo a plomo, con neblina, de noche, de día, a pesar de lo que digan los políticos y los terroristas, a pesar de la Bolsa y la película Black Sunday, a pesar de que la televisión privilegie el América vs Guadalajara, a pesar de los desastres naturales. Katrina inundó el Superdome de Louisiana pero los Santos no dejaron de jugar un solo partido en 2005. Los ataques del 9/11 recorrieron una semana el calendario, pero todos los equipos llevaron a cabo sus 16 partidos.

Amo el futbol por su simpleza castrense: por lo general gana el equipo que tiene mayor tiempo de posesión del ovoide. Poseer el ovoide es sinónimo de posesión del territorio. Por eso, suele suceder que gana aquel que domina el terreno, como en una guerra. Y digo suele suceder porque hay excepciones. A veces no gana “el equipo que comete menos errores”, ni las defensivas ganan todos los campeonatos. El pigskin, el balón (que no “la pelota”), es la posesión más preciada adentro del campo (que no “la cancha”), pero también hay que saber llevarla a las diagonales. Dicho en otros términos: no solo hay que gustarle a la morra, hay que ligársela y cogérsela bien, amigos. Y cuidarla y quererla, nadie quiere un fumble en su propia yarda 5. Amo el futbol por el touchdown.  Amo al futbol por la vergüenza de propinar un safety: el safety vale poco (2 puntos), pero su costo se mide en moral. Y, oh sí, amo al futbol por el sack: madrear al quarterback atrás de la línea de golpeo es casi el único momento glamoroso de los defensivos, de esos tipejos feos y peleoneros que no suelen salir en los encabezados de los noticiosos deportivos pero que, mierda, cómo se divierten. Los quarterbacks podrán ser el alma de un partido, y de su escuadra, pero hay que aclarar algo: un quarterback sin un equipo detrás es un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho, y un quarterback que solo está ahí para sonreír en la foto es… un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho.

Amo el futbol. Y amo que haya regresado la NFL. Los domingos otra vez se llenan con partidos en estadios llenos. Los lunes, por la mañana, en revisar las secciones deportivas, y por las noches, en ver el MNF encervezado. Me encanta ser un bruto predecible. Amo a las porristas, los encabronamientos de los head coaches, los primero y gol en la yarda 1, las tackleadas con lesión, las recepciones a una sola mano, encabronarme por un castigo injusto, brincar cuando mi equipo hace algo bueno o la caga monumentalmente. Amo los partidos de mi equipo del alma desde 1996 –año en el que oficialmente empecé a ver transmisiones por la televisión, a la tierna edad de 8 años–, los Patriotas de Nueva Inglaterra. El futbol viene pegado con el otoño, con las últimas lluvias y el frío, con las fiestas de esta época del año, con el día de acción de gracias en el que tantas veces me fui de pinta de la escuela (y el año pasado, de la redacción), con los recuerdos de mi infancia. Luego de ver con tristeza la cobertura desmedida que le da la prensa nacional al panbol –como si fuera el único deporte que la gente le interese ver… y no me vengan con el argumento de “es lo que la mayoría prefiere”, no porque no sea cierto, sino porque prácticamente invalida a las demás opciones–, al fin ha vuelto la NFL, mi amor otoñal, la que nunca me ha dejado plantado, la que nunca me ha quedado mal…

Amo el futbol por el gol de campo de Adam Vinatieri con el que los Patriotas ganaron su primer Super Bowl contra los favoritos y virtualmente invencibles Rams, en aquel ya lejano 2002 de Winter Olympics. Amo que Vinatieri y los Pats hayan aplicado la misma dos temporadas después, ahora contra las panteras de Jack Delhomme. Amo el futbol por Tom Brady, Randy Moss, Lawrence Taylor, Walter Payton cruzando el campo como un ninja, Jack Lambert, Randy White, Matt Millen, John Riggins, Mike Singletary, Ray Lewis, ¡La bomba!, el Hail Mary y la Inmaculada Recepción,  Daryl Johnston, Ed “Too Tall” Jones, Drew Bress tirándose 300 yardas por aire en un mal día, Marcus Allen haciendo una escapada mágica en el Super Bowl XVIII, Tebow pegándole a los Steelers, el Music City Miracle, Dwight Clark atrapando ese pase imposible encima de Everson Wall en 1981, Alvin Harper atrapando ese pase encima de Eric Davis en 1992, Eli Manning y sus Gigantes arruinando la temporada perfecta de los Pats en un juegazo, los Gigantes derrotando a los Bills, los Gigantes volviéndole a ganar a los Pats, Tom Brady levantando el Lombardi por tercera vez, John Elway levantando el Lombardi, Brett Favre levantando el Lombardi.

Amo el futbol porque el Super Bowl es un partido entre campeones, no una “final”.

El gran George Carlin alguna vez comparó el beisbol con el futbol. Esto es algo de lo que dijo:

Baseball is a nineteenth-century pastoral game. 

Football is a twentieth-century technological struggle. 

Baseball is played on a diamond, in a park. The baseball park!

Football is played on a gridiron, in a stadium, sometimes called Soldier Field or War Memorial Stadium.

Baseball begins in the spring, the season of new life.

Football begins in the fall, when everything’s dying.

Baseball is concerned with ups – who’s up?

Football is concerned with downs – what down is it?

Baseball has the sacrifice.

Football has hitting, clipping, spearing, piling on, personal fouls, late hitting and unnecessary roughness.

Y lo último resume la mística del futbol. Héroes y villanos. Dioses y payasos. El tercer down, caraxo. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido en medio de un tercer down crucial en nuestras vidas laborales, o en la escuela, o en una relación amorosa? O en una “cuarta y una”. Sabes que si avanzas esa yarda vas a meter el touchdown. Y si no la avanzas, vas a regresar a casa sin NADA. Esa es la mística por la cual Jack Youngblood de los Rams jugó con una pierna rota. Por qué Rocky Bleier de los Steelers regresó de Vietnam sin poder caminar y acabó ganando cuatro Super Bowls. Por qué Joe Namath un día le ganó el campeonato a un equipo de 13-1, y en cadena nacional. Todas esas historias son reales y se han pasteurizado en tarjetas de Hallmark y en los gritos ridículos de los comentaristas de la televisión. Pero son reales. Uno metaboliza como quiere esas historias. Amo el futbol porque me remite a tantos recuerdos personales. El costal donde guardaba mi utilería. El olor de los guantes Mizuno sudados. Y las muñequeras Saranac. Las tardes obsesionadas de Madden NFL en una casa de Ciudad Nezahualcóyotl. La emoción de mi primer PlayStation y el dineral que me costó este juego en la fayuca. El coraje que hizo mi padre cuando Leon Lett hizo su gran tontería en el juego de Acción de Gracias de 1993. La rolita ridícula de los Houston Oilers. Un calendario de los San Diego Chargers  que tenía pegado en mi habitación hace muchos años –el equipo de mi hermano y la habitación que compartimos. Las fiestas descomunales que hacíamos en casa de algún dude para ver el Super Bowl con un par de docenas de borrachos. Los rants en Twitter, navegando entre comentarios villamelones y expertos.

Tengo algún tiempo en desacuerdo con cómo se han dado las cosas en la NFL. La agencia libre. Los excesos del sponsorship. El bajo nivel competitivo. Pero amo al futbol. Así es que esta bella época del año, el otoño, “cuando todo se está muriendo”, en realidad pienso que trae nueva vida. Es una renovación, la verdadera primavera. Y tiene un nombre.

Kickoff, le llaman.

La tristeza de Cristiano Ronaldo y las cosas realmente importantes

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¿Por qué esta triste Cristiano Ronaldo?

Desde el pasado fin de semana, la prensa deportiva ibérica y mundial ha tenido esta interrogante en sus primeras planas (o, al menos, en sus artículos principales). Y sí, es exagerado. Mucho. Dedicarle tanta tinta y tanto espacio a la tristeza de un solo ser humano, cuando hay tantos otros que sufren más que él y cuyas quejas son mucho más genuinas y de las que no nos enteramos. Pero bueno, dirán algunos, ellos no son famosos. Enciendan un fuego en el patio de sus casas y nadie les hará caso, salvo alguno que otro vecino metiche. Ahora que si encienden el mismo fuego dentro de la Capilla Sixtina… bueh, eso ya es otra cosa.

Aun así, la tristeza del 7 del Real Madrid da para mucho material. No dudo que haya personas genuinamente preocupadas por la infelicidad del jugador, que para ellos es casi un familiar. O al menos el responsable directo de muchas de sus alegrías dentro de un estadio o frente a un televisor. Y claro que hay más, mucha más gente que se burla indiscriminadamente de la depresión de la Barbie, como le llaman. Muchas veces aquella canción de La Banda Machos (ajá, la de La Niña Fresa) ha adornado las notas televisivas que hablan sobre el tema. Aquellas en las que vemos las imágenes de un Cristianos que no festeja sus goles, que camina hacia el centro del campo con una expresión de molestia, de desagrado, como si alguien cercano a él se acabara de tirara un gas particularmente apestoso. Y es que la noticia corrió como pólvora: Cristiano no es feliz. Cristiano se puede marchar. No dudo que más de un aficionado madridista haya perdido el sueño pensando en que CR7 los puede dejar. Otra vez, piensan, regresará la hegemonía del Barcelona. Otra vez la puta Era Blaugrana.

A mi, tengo que ser sincero, la idea me preocupa un poco.

Pero quizá la nota ha generado tanto escándalo y ha tenido tanta difusión por otra razón, quizá más más compleja y rocambolesca que nada, pero no por ello puede estar totalmente equivocada. ¿Por qué Cristiano Ronaldo es infeliz cuando lo tiene todo? O al menos, pensamos, tiene todo lo que la sociedad nos dice que nos hará felices. Nuestra cultura nos manda en post de ciertas cosas que, nos promete, nos darán felicidad. Y de esas Cristiano tiene en demasía: un cuerpo perfecto, popularidad, un trabajo fantástico, una novia joven y hermosa y rubia, fama y dinero suficiente para vivir con lujo unas 5 vidas. Y aun así no es feliz. ¿Es qué la sociedad nos ha mentido? Y sí es así, entonces, ¿cuál es el verdadero camino de la felicidad? No dudo que esta idea sea, hasta cierto punto, aterradora para mucha gente que pone su fe en el sistema. Y es que hay que ponerla en algo. La religión católica nos decía que el mundo es un valle de lágrimas, pero que si salimos de él con algo de dignidad, podemos llegar a un estado de felicidad perfecta… cuando estemos muertos. Es por eso que mucha gente dejó de lado a Jesucristo y adapto las reglas de la sociedad, las cuales nos hablan de una vida feliz mientras respiramos. Pero, no siempre. La cara de Cristiano es la de un hombre que lo tiene todo… y nada, como dicen en Iron Man.

Si Cristiano Ronaldo no es feliz, ¿quién puede serlo?

O igual, no sé, ¿por qué Cristiano no aparenta que es feliz, como, ejem, Tony Stark en Iron Man? Digo, el tipo no es el primer deportista profesional que no esta contento. Vaya, no es el único en circulación ahora, seguro. Después de que se destapó la bomba, los dirigentes del Barcelona se apresuraron a decirle a todo el mundo que los jugadores blaugranas sí son felices. Lo cual no es más que un eufemismo para aclarar que son lo bastante machines para guardarse las cosas que los molestan.  Y es que ese es el punto para que la infelicidad de CR7 sea un toppic mundial: todo es un argot publicitario. Y es que, al parecer, la respuesta es más banal de lo que imaginamos, pero también es la primera que se nos viene a la mente cuando es cuchamos la pregunta: ¿por qué Cristiano esta triste? Porque quiere más.  

He ahí el camino de la felicidad, señores.

Y es que Cristiano ya habló y aclaró que su tristeza no tiene nada que ver con el dinero, sino más bien es una cuestión de falta de cariño, reconocimiento y apoyo, cosas en las que creíamos también era millonario. Al parecer Cristiano esperaba recibir el premio que Andrés Iniesta recibió con toda justicia en esta semana (el de Mejor Jugador de Europa, por parte de la UEFA) y, al no tenerlo, se destapó todo: que si el club no le hace la debida promoción, que si sus compañeros no le son incondicionales… Y bla, bla, bla. La verdad es que no podemos decir si a Cristiano Ronaldo le falla la cabeza o le falta madurez, pero esta claro como el agua que sus asesores no sirven ni para ser destazados por narcos mexicanos. Quienes debían ser sus consejeros, actúan solamente como paleros, según parece solo en post de una comisión generosa en lugar de preocuparse por el bienestar de su cliente.  La comparación con Lionel Messi no es periodística, es personal (y yo diría que hasta obsesiva). Cristiano y su entorno persiguen a Messi tan encarnizadamente, que han terminado por creer que la diferencia entre ambos, es una simple cuestión de marketing. Yo una vez leí que a Salieri, eminente compositor de la corte de Viena, le ocurría exactamente lo mismo cuando hablaban de Mozart.

No, esperen, creo que eso lo vi en una película.

Supongo que aquí cabría muy bien la pregunta: ¿usted es feliz, amable lector? Pero por suerte no soy tan predecible (a veces). En realidad, la felicidad es tan personal y conseguirla depende tanto de uno, que la pregunta es muchas veces tan idiota como aquella sobre cuál es nuestra película favorita. Cristiano, con sus caprichos y berrinches, parece habernos mostrado el camino de la felicidad: las cosas que no podemos comprar. Estar rodeados, no de hipócritas, sino de gente que nos quiere y que nos apoya incondicionalmente. Yo lo tengo. Y sí, quizá no me veo como Cristiano, no juego como él y no podría juntar el dinero que él tiene ni siquiera rencarnado 10 veces, pero creo que soy feliz, o intento serlo. O al menos, por el momento, no estoy deprimido. Lo cual no lo puede decir él, supongo. Recuerdo particularmente que aquel gol de campo del gane, obra de Vinatieri, en los últimos segundos del Super Bowl del 2002 contra los Rams me hizo muy feliz. Igual que aquella tarde, con aquella chica. Aquél abrazo, aquél beso, aquél simplemente estar juntos por el placer de estarlo. Ese cumpleaños que no se arruinó. Aquella navidad que no apestó tanto. Esos son los momentos que valen la pena, los que recordamos en nuestro lecho de muerte. Los que nos hace felices. Supongo que todos hemos aprendido a las malas lo que nos decían nuestros padres: aquello de que el dinero no trae la felicidad (aunque ayuda un chíngo, no podemos negarlo). Cristiano, al parecer, ya es parte del club.

Sí, es humano.           

Pero también es futbolista profesional. Los futbolistas de hoy ocupan el lugar que antes tenían las estrellas de cine o los dioses del rock. La llegada de un equipo de elite a una ciudad no se diferencia mucho de lo que en su día fueron los arribos de The Beatles antes de un concierto: admiración, desmayos y un cordón de policías para protegerse del mundo real.

Lo demás viene de corrido.

Hay tanta gente que se cree más de lo que es sin que nadie se lo diga, que debe ser casi imposible no perder el norte cuando cada domingo te aclaman mil o cien mil personas. No es tan extraño por tanto, que Cristiano diga que esta triste. El chico es una flor de invernadero, y es fácil que confunda el viento con la infelicidad. Lo raro, lo verdaderamente extraordinario, es lo de Andrés Iniesta. Su posición, entre los mejores jugadores del mundo, le expone a los mismos peligros que otros compañeros de profesión. No es solo ser rico (que ya debe ser difícil), sino que lo tienes todo pagado. En esas condiciones, contener la vanidad debe ser más difícil que ganar el Balón de Oro. No hagamos, pues, leña con los caprichos de Cristiano, ya que quizá a nosotros nos bastara con una novia rusa para ir por la vida reventando espejos. Quedémonos con los tipos felices, con Iniesta, humilde hasta desarmar; o Cazorla, triunfador en la Premier y entusiasta vocacional. Alguien dijo por ahí que si amas la vida, ella te corresponderá, y para comprobar que la fórmula funciona solo tenemos que ver los Juegos Paralímpicos, repletos de gente que ama la vida.

Al margen de la competición, de la exigencia y el cansancio, son felices. O intenta serlo. Y de eso se trata.

Hoy inicia la Temporada de la NFL, por cierto. Eso me ha hecho muy feliz esta tarde.   

¡A este Santo sí le rezamos!

Santo

El cine de Santo, el Enmascarado de Plata, es uno de los caprichos más extraños de la cultura pop. ¿Qué diablos le vieron las generaciones pasadas? ¿Qué diablos le vemos las actuales? Es difícil de responder. De las diecinueve películas que he visto del personaje (su extensa filmografía, si el IMdB no se equivoca, contempla 54 largometrajes), no puedo decir que una sola sea remotamente buena. Claro que la ‘calidad’ no es el fuerte del cine de René Cardona, Alfonso Corona Blake, Miguel Delgado y demás cineastas de clase B que filmaron al Santo. De hecho, elevarlo al pedestal de lo kitsch se ha vuelto una especie de lugar común y orgullo nacional. En los noventa (o quizá fue antes), comenzó a propagarse la noticia oscura de que “en Francia hay un culto alrededor del Santo”. El comentario lleva tirabuzón: por un lado, implica que los mexicanos no tenemos el suficiente criterio para apreciar las delicias kitsch del Santo, y por otro, que en el fondo así somos los mexicanos: como las langostas del sobadísimo chiste sobre nuestra idiosincracia.

Pero insisto: las películas no son buenas. Y además, son aburridísimas. Con su carcajada ocasional, pero son aburridas. Se necesita un estómago de acero para soportar 80 o 90 minutos de peleas repetitivas, tramas idiotas y actuaciones ridículas. Por suerte, existe el fast forward; nos evita la pena de ver que todos los chalanes de villanos pelean como luchadores (¿uh?) y que el Santo podrá darse de cates sin su elegantísimo pulóver de cuello de tortuga, pero que jamás se quitará los pantalones de vestir impecablemente planchados (y combinados con mocasín). ¿Cuál es el encanto? Ver murciélagos con cables y monstruos que caminan como Frankenstein con artritis es algo que Ed Wood Jr. ya había explorado una década antes que el cine del Santo. Ni siquiera la música a go-go produce gracia. En verdad, es algo que me elude. Así es que le pregunté a un amigo que sabe de cine:

YO: Oye, ¿qué opinas del Santo?

MI AMIGO: ¿Cómo? ¿De Santo, Santo? ¿O de Santo el que está ahorita?

YO: Santo, el Enmascarado de Plata. El Santo clásico.

MI AMIGO: Ah. Pues no sé. No soy fan.

YO: ¿No te parece que ya no hay figuras icónicas en México como él?

MI AMIGO: Sí, pero ahora ya no está cool.

YO: ¿Por?

MI AMIGO: La explotación de su imagen está culera.

YO: Es que se volvió Mexican Condechi. ¿Tú crees que es el superhéroe mexicano?

MI AMIGO: Sí. De hecho, era como el James Bond mexicano. Tenía su onda de galán trajeado.

YO: Jaja. Galán trajeado con cuello de tortuga y blazer.

MI AMIGO: Ajá. Pero el plus es que él era reaaaaal.

YO: Sí, hacía sus ondas en el cuadrilátero.

MI AMIGO: Exacto. Eso le daba realismo a su desmadre.

YO: Pero también es el rey del pulp-cheese-B movie mexicano.

MI AMIGO: Jaja, sí.

YO: Yo me cagaba de la risa con sus películas

MI AMIGO: Pero lo cagado es justo eso: su realidad como luchador. Me gusta Santo contra Las Mujeres Vampiro. Porque están bien badass.

YO: Odio que nadie haya actualizado ese estilo. ¿Te parecería estúpido que hoy hicieran una película del Santo con la estética Mauricio Garcés?

MI AMIGO: Pues depende. Podría ser como onda Grindhouse.

YO: Es que no entiendo por qué los gringos de inmediato pueden tomar un icono cultural o cierta estética, revolverla, replantearla y hacerla actual.

MI AMIGO: Creo que es porque tanto el público como los que están a cargo de eso entienden bien lo que quieren. Aquí hay que explicárselo a la gente. Y entonces caen en mil tropiezos idiotas. Además, son pocos los directores mexicanos que realmente han aprendido del cine mundial. Como Del Toro.

Para este post, y con el afán de refrescarme en el tema, me compré el DVD de Santo contra la hija de Frankenstein (1972). Durante mis épocas de primearia era fan de cacharlas en el canal 9 y sentarme a verlas completitas con una bolsa de Doritos nachos y un gran vaso de helada agua de limón. Tiene todos los ingredientes clásicos, pero ya maltrechos: las heroínas están pasaditas de peso y edad, las escenas gratuitas de lucha libre son soporíferas y la villana, la mentada hija de Frankenstein (¡!), está más acartonada que de costumbre. Se nota que ya habían pasado las épocas de gloria del encapuchado, como en la esencial Santo en el museo de cera (1963). Apagué el DVD y, en silencio, llegó la hora de las conclusiones: Sí, creo que la mamila estética de diseñador condesero no ha hecho más que revolcar motifs predecibles sesenteros, y no ha propuesto nada nuevo. Sí, creo que ha habido una sobreexplotación del personaje, pero no para bien. Sí, creo que la miniserie de Cartoon Network (2004) pasó sin pena ni gloria. Sí, creo que debería resucitar el cómic (que dejó de publicarse en 1987), pero con referentes actuales. Sí, creo que falta una colección seria en DVD con verdaderos documentales de fondo y extras valiosos. Sí, creo que hay algo de mágico en la máscara de luchador, y que a pesar de todo lo que he dicho en este post, el Santo logró romper esa fina barrera de lo olvidable y convertirse en un fenómeno pop, que puede ser reinterpretado ad infinitum y mezclar lo agrio con lo dulce, lo clásico con lo moderno. Sí: creo que el personaje de Rodolfo Guzmán Huerta, es un patrimonio nacional. Y que fue nuestro último héroe. Y que quisiera verlo de nuevo, en la ficción, pateando traseros. Revisado, revitalizado, reelaborado. Nos urge, nos urge tener un héroe.

Después de todo, ya estamos en septiembre, señores.

 

 

El lado vulnerable de la cama

Ladovulnerabledelacama

Hace algunos meses, en una peda glamorosa, un viejo pana me empezó a hablar de algo que él llamaba "el lado vulnerable de la cama". Cuando un hombre y una mujer, digamos, del tipo de hombre y mujer que están emparentados por el sexo o en su defecto por el amor, y pasan la noche (o varias noches) juntos, escoger el lado de la cama en el que se va a dormir, según él, no es cosa que deba dejarse a segundo término. El hombre (el macho), según él, debía acostarse en "el lado vulnerable de la cama", a saber, el que está junto a la puerta, y la mujer (la hembra), en el de la esquina cerca de una pared o ventana o whatever. Por si fuera poco, mi pana insistía en que era un tema que muchos de nosotros ni siquiera razonábamos y simplemente llevábamos a cabo. Creepy,

Al escucharlo defender vehementemente su creencia, me parecía más un asunto de obsesividad-ansiedad de su parte (como si al tipo lo aterrorizara que alguien fuera a entrar a llevarse a la jeva o algo). Sin embargo, no se detuvo en motivos personales sino en (beodos) argumentos de cortejo y apareamiento de las especies. Es decir, a pesar de que un hombre ha "llevado" a una mujer a la cama –con todo y lo esquemático y conservador que puede sonar ello–, desde su perspectiva el cortejo no ha terminado. El hombre debe demostrar que es capaz de darle soporte a la mujer: estabilidad financiera, capacidad de procrear y seguridad física (esencialmente lo que hace este dude con sus ocelos policromados). Así pues, acostarse del lado vulnerable de la cama es una manera de demostrar la cualidad defensora del macho. En aquel momento, me resultó interesante hacer un sondeo con amigos y comprobar que varios, sin tener la mínima puta idea de esto, sí ocupaban el lado vulnerable de la cama y le otorgaban a su pareja el lado "protegido" de la misma. Sé que suena riesgoso hablar de estas cosas en nuestra modernísima sociedad donde las mujeres, ejem, exigen igualdad de condiciones. Pero así fue nuestra conversación. Y que sirva de disclaimer: estábamos bien pedos.