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Los muertos

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Ver a mi sobrina ayudar a poner la ofrenda es cada vez más interesante. La chamaca ha aumentado la cantidad de preguntas formuladas sobre los muertos, esos fulanos que, ya saben, se retiran, se hacen a un lado, se ocultan un momento, se están quietos y están “en todas partes en secreto”. Al mismo tiempo, parece existir en ella una certeza de que al morir te vas a otro lado, que es un hecho indiscutible que ya no estarás aquí, donde están –en su caso– tus lápices de colores, tu almohada, tu uniforme, tu muñeca de My Melody. Por supuesto, la domina la idea general de que ese “otro lado” es un misterio. Su papá no puede decirle con exactitud qué hay allá. Su mamá tampoco. Yo menos. Pero Miyazaki san con sus hermosas películas sí le dice varias cosas al respecto. Así es que ella se imagina cosas. A veces luminosas y a veces oscuras, supongo. Parece intuir que morir es doloroso, pero más bien sabe que la idea de la muerte es dolorosa. Un día se nos estaba atragantando con espagueti, y fue algo casi de shock: pensó que se moría. Fue como haber probado un pedacito de la muerte. Desde entonces es un poco más temerosa. Se la piensa más antes de hacer una locura. No mucho, claro. Apenas acaba de cumplir cinco años. La idea de la muerte es muy lejana. Es muy ligera. Así lo dice Paul Bowles, que como no sabemos cuándo llegará la muerte, “llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable”. Por mí es genial que mi sobrina se conciba así. No debe ser muy divertido ser una niñita de seis años con problemas existenciales a la Sartre. En su mundo hay colores y juego y muchas risas y Yakults que se beben por la parte inferior del envase. Su vida se irá complicando como deba de complicarse, pero por ahora es suficiente.

Igual es imposible substraerse de estas fiestas como el día de muertos. La muerte está en todos lados. Y mezclado con el Halloween, que ocho capas en el subsuelo –debajo de los bacanales de treintañeros poniéndose pedos disfrazados y el consumismo de los centros comerciales– también nos recuerda que aquí estamos los vivos y los muertos, quizá, están allá en un mundo invisible. Lo tétrico, lo espantoso, lo grotesco y lo monstruoso equilibra nuestras vidas de un modo maravilloso. Nada mejor que la muerte para recordarnos que no todo en la vida es entregar ese bello reporte burocrático, no todo es verificar el auto, no todo es llegar a tiempo a esa cita, no todo es complacer al cliente, no todo es sacar la máxima calificación en ese examen, no todo es dejar pulcro y perfecto ese Excel. La muerte misma es el mejor recordatorio, como decía Rulfo, de que “la vida no es tan seria en sus cosas”. Todos nos vamos a ir a chingar a nuestras madres en algún momento. Qué bonito pensamiento. O como leí recientemente: “Death is always on the way“. Guau. Lo cual puede ser reconfortante. Hay que aprovechar esta vida y darle su justa dimensión. Porque quizá solo sea un paso a lo que sigue. Quizá, digo. No me interesa convencer a mis lectores ateos.

Dos grandes cuentos infantiles nos dan pistas sobre el paso por el umbral. Uno es Alice in Wonderland  y el otro es Sen to Chihiro no kamikakushi, traducido al inglés con el afortunado título “Spirited Away” y en español como “El viaje de Chihiro”. El nerd respetable sabrá que Miyazaki es un gran admirador de Lewis Carroll. Bueh, Lewis Carroll es como el nerd original, el Adán de todos los nerds. Así es que no sorprenden las analogías entre dos opus magna de Mizayaki-san, como Tonari no Totoro –donde destacan las semejanzas entre el gato de Chesire y Totoro y el Nekobasu– y Chihiro –donde el personaje principal hace eco a la Alicia carrolliana.

En todas las historias donde alguno de los personajes cruza un umbral para pasar de un mundo a otro hay algo de tétrico. Chihiro se queda atrapada en un mundo “de fluidos fantasmagóricos”, diría Joseph Campbell. Lo mismo le sucede a Alicia: al perseguir al conejo acaba cayendo en un agujero que la lleva a otro plano, a otra realidad. ¿Y no es esa la muerte misma? Como espectadores, quizá lo que estemos viendo en Chihiro y Alicia sea su paso al otro lado, su camino lento y tortuoso al inframundo. Quizá están muertas y no lo saben aún, pero deben terminar con una serie de tareas pendientes antes de poder avanzar a lo siguiente. Ayer por la noche vi por enésima vez Sen to Chihiro y me preguntaba justo eso: ¿no estará Chihiro muerta?

Lo cual es una pregunta bastante ociosa, porque las historias fantásticas no necesitan mostrarnos los hechos, los frutos de la imaginación no necesitan explicaciones necias, parafraseando a Bioy Casares. Lo que es un hecho es que a lo largo de nuestra propia y privada jornada del héroe debemos cruzar por varios umbrales. La muerte es uno más. No me da miedo tener que pasar por ella, pero sí hacerlo sin la gente a la que amo. Seguramente ustedes sienten lo mismo. Las ausencias pueden ser más culeras que la muerte.

“Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos, poco a poco te acabas”, dice SabinesEs la verdad. La vida florece, lo veo en esa chamaca que está aprendiendo a andar en bicicleta. Y en otro lado, los muertos siguen muertos.

Y aquí, hoy y ahora, lo que ustedes deben de hacer es comer pan de muerto. Esas 400 calorías que se van a meter no van a importar una chingada cuando estén en el panteón. Se los juro.

Las brujas

Macbeth

 

Encantadoras las claves para distinguir a una bruja según el estoico Roald Dahl en su libro The Witches: de entrada, estas mujeres infernales viven ocultas en nuestra sociedad. Son calvas pero usan pelucas, lo que les causa horribles comezones. Sus manos son coronadas por garras puntiagudas, por lo que usan guantes para esconderlas. Sus pies son cuadrados y no poseen dedos –por eso una bruja no usa “zapatos bonitos”. Su saliva es azul, y las pupilas en sus ojos cambian de color caprichosamente. Por supuesto, emplean la magia, pero con un fin perverso: para deshacerse de los niños. La razón de su odio contra los infantes, quizá, es que no toleran el olor que éstos despiden. Las brujas del libro de Dahl no son amables: quieren matar a todos los niños del mundo. El método podrá parecer estúpido (convertirlos en ratones para que así alguien más se los despache), pero no hay que olvidar que la intención de Dahl era hacer un libro para niños. Un libro para niños en donde el tema es brujas que matan niños. Dahl era un cabrón redondito.

(La versión cinematográfica de The Witches fue powereada por el taller de Jim Henson y Anjelica Huston como la bruja mayor de Inglaterra. Es una buena versión, en verdad. Véanla.)

Muy chamaco, en los noventa, me obsesionaba la lectura de un artículo de la revista Geografía Universal dedicado a las brujas. Recuerdo que iniciaba con un diálogo ficticio entre una supuesta bruja y su duro juez en la onda Salem, Estados Unidos, siglo XVII. Básicamente, el texto hablaba de cómo algunas mujeres de avanzada de la época, mujeres poco comprendidas por los hombres, acababan como chivos expiatorios en la hoguera por desafiar el statu quo. El detalle grotesco era el siguiente: si alguna tenía un lunar, éste era determinado por los jueces como un diaboli stigmata o marca del diablo. ¡La bruja había copulado con el demonio en un aquelarre! Después de muchas horas o días de tortura, por supuesto, cualquier mujer terminaba confesando su afiliación con el diablo. Los juicios de Salem en realidad duraron sólo un año y no sólo brujas fueron condenadas a muerte; también había hombres entre los consignados. La paranoia de una sociedad puritana que entró en pánico: así podemos resumir las estupideces acontecidas hace más de 300 años en Salem. National Geographic tiene un viejo interactivo dedicado al respecto, y cientos de libros se han escrito tratando de explicar lo que sucedió ahí. Ahora, nuestra mentalidad contemporánea intenta trazar un dibujo más políticamente correcto de la brujería como un “modo alternativo de vida”. De hecho, una exposición en el Salem Witch Museum se dedica sólo a darle una dosis de “realidad” a nuestra burda idea de la bruja como esa cosa narigona, perversa, con sombrero picudo y escoba para volar.

Un momento. Yo no quiero esa versión ultrapasteurizada de las brujas. Yo no quiero que me digan que las brujas son mujeres que aman a la naturaleza y procuran el bienestar holístico, como si se tratara de una mamona disciplina new age o una variación de la acupuntura. Seguro: existe la noción de la bruja bondadosa (Wanda Maximoff en sus humildes orígenes con los Avengers) y la bruja perversa (Emma Frost en sus humildes orígenes con el Hellfire Club), del mismo modo que existe la bruja como la madre universal o como la madre mala. Aquellos lectorcitos que hayan pasado por el camino del héroe trazado en la inolvidable obra de Joseph Campbell,(The Hero with a Thousand Faces) adivinarán que el poder de las brujas radica en la paradoja de la creación: la mujer, dadora de vida, poseedora del vientre bendito, la world creatix, es dueña también la fuerza destructora y “maligna” que da y quita. La bruja es una fuerza que contiene por igual eros thanatos. Cualquiera que haya estado enamorado de una mujer lo sabe; la belleza puede ser algo terrible. La belleza de una mujer eleva pero también enloquece. La canción “Exit” de U2 lo resume así: “The hands that build/Can also pull down/Even the hands of love”.

Sin ánimo misógino, la verdad es que las brujas rockean mucho más que los brujos (un brujo connota a un médico tribal; una bruja, a una fuerza cósmica que evoca a la magia). Y ya establecido que “bruja” no es sinónimo exclusivo de “hijadeputa”, hay que decir (o contradecir) que no es ninguna sorpresa que los retratos malignos de las brujas sean mucho más poderosos que los bondadosos. Todos recordamos a las brujas feas, culeras, viles y sanguinarias. Están aquellas grayas que viven en una cueva terrible y se turnan un ojo para ver, y que le revelan a Perseo la única forma en la que puede deshacerse del Kraken en la Furia de titanes de 1981. Y están las tres brujas shakespereanas que le dicen a Macbeth que él será el rey de Escocia en un pasaje favorito del Bardo Inmortal:

Double, double toil and trouble;

Fire burn and cauldron bubble.

By the pricking of my thumbs,

Something wicked this way comes.

Las maquinaciones de una bruja. De una mujer que sabe más que un hombre. A eso sabe la vida. A hombres inexpertos enfrentándose a mujeres más aptas e inteligentes que ellos. Macbeth es una cosa hermosa por eso.

Más recientemente, mi bruja favorita ha sido la mamá falsa de Coraline. He visto una docena de veces el filme con mi sobrina y he armado muchas interpretaciones sobre lo que sucede en pantalla (una de las más nuevas es de origen “inceptionesco”). Ninguna otra película obsesiona tanto a mi sobrina como Coraline, y creo que es por sus efectos freudianos sobre ella. 

En Coraline, la madre falsa tiene ojos de botón, y en su forma horrible de bruja-araña representa a la propia madre enojada y regañona. Piensen esto: nuestro camino en este mundo implica separarnos de nuestras madres y añorar el seno materno que alguna vez nos dio protección y alimento (me vale pito que hayan tomado leche de fórmula, la metáfora funciona). Para la psique de un niño –que es una personilla aún cerca de su progenitora–, el enojo de la madre equivale a perder esa proximidad, y quizá más que eso: es una pequeña tragedia griega que se repite a diario en las casas de niños preescolares haciendo berrinche. Así pues, la madre falsa de Coraline Jones es una bruja potente que representa el peligro de perder para siempre a nuestra propia madre.

La madre buena, sin embargo, es rutinaria y aburrida y, a su modo, gruñona y malencarada. Una de las cosas que amo de Coraline es que nos dice que “los sueños pueden ser peligrosos”, pero también nos susurra al oído que vale la pena correr ese peligro con tal de saborear la aventura. Amén.

Un beso cariñoso para todas las hermosas brujas que esta noche bailarán ebrias a la luz de la Luna y fornicarán con Satanás. Se lo merecen, chicas. Han trabajado muy duro todo el año.

“Something wicked this way comes“.

El Escobazo y El Final

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Gracias a Dios la gran mayoría de las Series Mundiales no terminan en barrida. Y es que cuando un Clásico de Otoño se termina en 4 juegos, no podemos evitar sentirnos un poquito estafados y un mucho insatisfechos. Ayer los Gigantes de San Francisco le aplicaron el proverbial escobazo a los Tigres de Detroit. En Detroit. En extra-innings y en un gran juego y todo, pero aún así sentenciaron una Serie Mundial de solo 4 juegos en los cuales lucieron muy, muy superiores.

Las hostilidades comenzaron el pasado miércoles, como dijimos aquí. El primer juego en la bahía fue una auténtica paliza por parte de los Gigantes. 8 a 3 lucio el score final, destacándose claramente la figura del venezolano Pablo Sandoval, a.k.a. el Kung-Fu Panda (soy fan del mote), quién nada más conectó 3 cuadrangulares, uno de ellos de dos carreras y dos de ellos frente a Justin Verlander, considerado por muchos como el mejor pitcher en la actualidad. Como sea, los Gigantes se presentaron al Juego 2 con la moral alta y terminaron blanqueando a los Tigres en un juego de 2-0, cerrado, emocionante, pero donde quedó de manifiesto que los de Detroit tenían la pólvora completamente mojada.

Y eso quedó más que establecido en el Juego 3, en la Ciudad Motor. Los Tigres nada más no podían dar el batazo a la hora buena. Con hombres en primera y en segunda y un out rolaban para doble play. Y eso lo hicieron dos veces, así como dejar la casa llena y fallar de manera casi ridícula cosas tan elementales como el fildeo o el toque de pelota. Los de la bahía, por otro lado, jugaban con la suerte de su lado, sin errores, contundentes y con un pitcheo más que dominador. Al final el marcador fue el mismo que en el juego anterior (2-0) y San Francisco se colocó a 27 outs de proclamarse Campeón Mundial por segunda vez en 3 años.

El Juego 4 fue, por mucho, el mejor de la serie. Un excelente duelo de pitcheo, pero también de volteretas. Los Gigantes comenzaron ganando 0-1, carrera producida por un doble seguido de un triple. Pero el Tigre ganador de la Triple Corona de bateo este año (esto es: mejor porcentaje de bateo, más cuadrangulares y más carreras producidas en la temporada), Miguel Cabrera, apagado la mayor parte de la Serie, dio una película de largo metraje que trajo la voltereta, 2-1. Fue hasta la sexta entrada, con un homerun de dos carreras conectado por Buster Posey (quién me cae muy bien, por cierto), que San Francisco recuperó la ventaja. Pero en la parte baja del mismo inning, un cuadrangular solitario conectado por un tipo de cuyo nombre no me acuerdo, le dio a Detroit la igualada. Y así nos mantuvimos y pitchers iban y venían y solamente se colgaban argollas. Hasta que en la décima entrada una carrera de San Francisco trabajada con el librito y como dictan los cánones (hombre en primera, sin out, avanza a segunda con un sacrificio y anota con un sencillo), coronada por una actuación grandiosa del cerrador suplente de los Gigantes, Sergio Romo (reemplazo de Brian Wilson, quién también me cae muy bien), les trajo el séptimo título en su historia.

Y así se dio cerrojazo final a una temporada más dentro del mejor beisbol del mundo. Una que fue bastante buena, hay que decir. Y es que aunque normalmente no sigo mucho beisbol durante la temporada regular, esta vez fue la excepción, ya que sí vi muchos juegos, entre otros el Juego Perfecto de Matt Cain. De hecho, hubo 3 Juegos Perfectos este año y los dos que no vi completos, sí vi los últimos 3 outs en vivo gracias al interné, mi lic. También alguien por ahí completo El Ciclo y días más tarde lo hizo otro compadre (El Ciclo es batear, en un mismo juego, sencillo, doble, triple y cuadrangular). Este año me toco emocionarme con los juegos de los Athletics, de los Padres y de Seattle, cuyo pitcher estelar tiró un Juego Perfecto un sábado memorable, para mí. Me toco  ver la lucha de los Medias Blancas, los Dodgers y del Boston por el ansiado boleto que al final no consiguieron. Me toco ver cómo se desinflaron los Piratas de Pittsburg, el fracaso de los Rangers y la sorpresa de los Nacionales, quienes ganaron más partidos que nadie en el año. Y, claro, me toco ser testigo de las penurias de mi equipo del alma, los Yankees de Nueva York, quienes sufrieron más lesiones que la Resistencia Polaca, pero aún así seguían dando batallas que rayaban en lo épico y por ahí de agosto dieron un juegazo de casi 6 horas de duración, que se vieron en una carrera parejera con Baltimore y ganaron su División y llegaron hasta la Serie de Campeonato, en donde fueron barridos por Detroit, pero al menos en cada juego dieron batalla.

Y sí, así se acabo el mejor beisbol del mundo por este año. El equipo del destino, que se levantó de un 3-1 en contra en la Serie de Campeonato de la Nacional, se corona merecidamente y no nos queda más que reconocerlo. Y aunque sí desearíamos más juegos, al final las quejas suenan débiles y patéticas. Igual todavía nos queda, claro, la mejor parte de la Temporada de la NFL y la Liguilla del futbol mexicano (inserte aquí risas grabadas). El aire ya huele a copal, hay muchas flores amarillas por doquier (y bien caras, mi lic) y los lepes ya tienen o buscan su disfraz. Octubre esta punto de terminar. Y yo no tengo quejas contra él.

Gente que no sabe que está muerta

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Supongo que ya no califican como “gente”, pero igual es una de las ideas más notables de la ficción fantasmagórica. En muchas obras, el fantasma es un tipo que sabe perfectamente el estado de las cosas y se dedica a joder a los vivos o, simplemente, tiene una perspectiva mayor porque ya pasó hacia el otro lado. Algunos tienen una predicción que darle a los vivos, otros regresan para dar un mandato. Muchos sólo quieren que lo dejen en paz, aunque es común que no sepan cómo estarlo o qué demonios está pasando. La mente no le ha dicho al cuerpo que ha muerto. Una especie de estado de confusión permanente. Más interesante es cuando el fantasma está completamente seguro de que está vivo. Este es el caso de El Sexto Sentido, cuyo final, sino a todos, sí a muchos (me incluyo) los agarró desprevenidos. Igual le auguro más longevidad a Los Otros, de Alejandro Amenábar, una encantadora historia de fantasmas donde éstos ignoran su naturaleza y son literalmente espantados por los vivos. Si el alma no muere y la mente tampoco, y seguimos siendo nosotros mismos del otro lado, pero nunca nos enteramos de qué pasó, debe ser relativamente simple (quiero pensar) permanecer con la idea de que seguimos vivos. Estamos tan apegados a nuestros objetos, nuestros lugares familiares y nuestras rutinas que lo más cómodo debe ser seguir adelante. Por eso el fantasma es tan aterrador. Imaginen a un ser querido, a alguien que aman, pero muerto, intentando seguir su rutina diaria. Agreguen esos objetos que lo acompañaban a diario: quizá un par de tenis, o un DVD en especial, un sitio donde pedía estrictamente cierto tipo de comida o bebida… nos cuesta trabajo desprendernos de la idea de que ya no esa persona ya no está con nosotros, pero es terrorífico pensar que esa persona querida insiste en continuar con su vida, cuando, como diría Kundera, su vida ya está en otro lado. Del otro lado, creemos los que creemos en la vida sobrenatural, debe haber algo más. Algo diferente, y no tendría caso seguir aferrados a lo que tuvimos aquí, supongo. Y así, especulando, nos han llegado historias notables como Los Otros. La vi ayer y confirmo que, independientemente del “giro de tuerca” que capturó o no a la gente en el año 2001, cuando estuvo en cines, es una buena película, realizada con cariño y oficio.

Igual la mejor película de fantasmas que he visto es, por mucho, The Shining. El diálogo entre Jack y Delbert Grady en el baño es una belleza atroz. Tori Amos tiene una canción titulada Happy Phantom. Llegado el momento, eso me gustaría ser: un fantasma feliz.

 

Un pequeño post sobre El Diablo

Daemonio

 

Me obsesioné por el Príncipe de las Tinieblas por culpa de unas revistas Geografía Universal, el copycat de National Geographic que llegaba mensualmente a mi casa (para no perder el pedigrí editorial: también llegaba National Geographic  a casa, no se preocupen). Recuerdo este artículo sobre las brujas, ilustrado con pinturas de Francisco de Goya. El texto (alucinante, al menos en mi infancia) comenzaba con la supuesta transcripción del juicio a una bruja en el Salem oscurantista de la Nueva Inglaterra. El meollo era hallarle a la bruja un nexo con el diablo, una marca, una evidencia de que había participado en un aquelarre. Y ahí comenzó mi larga y aún inconclusa búsqueda por entender la figura del diablo. Me obsesioné con la religión católica, luego la abandoné y estudié (siempre de forma autodidacta) y las religiones del mundo y lo que llaman la “religión comparada”. Entendí que “el mal” no es el mismo en todas las latitudes, pero es más divertido en el ámbito judeocristiano. Cuando en el budismo los demonios distraen al hombre del fin ulterior que es el nirvana, en el cristianismo lo pervierten a su perdición total. Llegué a Baudelaire y a su frase legendaria (que jamás dijo en serio), a los rituales católicos del exorcismo, a la ética liviana de Shiva y su danza de la destrucción y a La divina comedia. La obra maestra de Dante es uno de los amores de mi vida. Estos son los versos de la puerta del infierno:

Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’etterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mio alto fattore:
fecemi la divina podestate,
la somma sapienza e ‘l primo amore.
Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate
 

Una novia que hablaba italiano me traducía pasajes. Leí que Borges leyó la Commedia en inglés, italiano y español, así es que la tomé y la leí entera en italiano y español, aunque del italiano sólo entendí lo que fonéticamente me sonaba similar. “E caddi come corpo morto cade“, decía Borges del pasaje de Paolo y Francesca en lengua italiana, “escuchas el cuerpo caer”. Y cae como cae un cuerpo muerto. La belleza del inframundo. Satanás me estaba dando belleza. Mi obsesión con el diablo había cobrado otra dimensión.

El diablo es terrorífico. Por si se lo preguntan (y por si no): durante muchos años creí firmemente en la existencia de Satanás, Lucifer, el mal llamado “Príncipe de este mundo”. El mal encarnado, como una entidad externa e independiente a nosotros. Sí creía en eso. Luego ya no creí en él.

Pero un segundo. Sí creo en el mal. El mal como en El corazón de las tinieblas. Joseph Conrad escribió ese libro pensando en el río Támesis, y luego lo trasladó al corazón de al menos un hombre en el río Congo. Coppola lo tradujo como Apocalypse Now en la guerra de Vietnam:

“Because there’s a conflict in every human heart, between the rational and the irrational, between  good and  evil. And good does not always triumph.  Sometimes the dark side overcomes what Lincoln called ‘the better angels of our nature’. Every man has got a breaking point. You and I have one. Walter Kurtz has reached his.  And very obviously, he has gone insane.”

Y en eso se convirtió para mí el diablo. Esa cosa que surge cuando los mejores ángeles de nuestra naturaleza son rebasados por el lado oscuro.

Frankenweenie

Fran

 

Cuenta la leyenda que en 1984 corrieron a Tim Burton de Disney porque su corto en live-action llamado Frankenweenie (donde salen la mamá del The Shining y una muchachita conocida en ese entonces como Domino, quién resultaba ser Sofia Coppola) era demasiado sombrío para los parámetros de la empresa. Bueh, en realidad a Burton lo corrieron de Disney por otras razones, incluso más oscuras, pero de eso no hablaremos en este post. Este post se trata de la cinta en stop-motion de este 2012 llamada Frankenweenie.

La cual, por cierto, dirigió Burton bajo el amparo de Disney.

Y bueno, yo vi el corto original solo una vez, hace ya un buen rato (me robaron el DVD donde venia), y aunque me gustó, no se me hizo nada especial. Y creo que eso mismo me pasó con la película en cuestión, la cual trata principalmente de la relación entre un niño y su perro. Y bueno, a esta altura sabrá lo importantes que son los perros dentro de la filmografía de Burton, pero creo que Sparky, el canino de esta cinta, no es de los más memorables, ni mucho menos de los más complejos. No es tan inteligente ni se da a querer tanto como, no sé, el perro de The Artist o la perra de I am Legend, sino que es un canino que se esfuerza demasiado por ser adorable. Aún así lo es y es la única compañía para su amo, un morrillo de elementary school llamado Victor. Los primeros minutos de la cinta son una perfecta introducción a la relación entre ambos, hasta que llega el momento trágico en que Sparky encuentra la muerte por atropellamiento. Victor, devastado, descubre gracias a un profesor de ciencias que se parece a Vincent Price, que puede que haya una forma de hacer que su amigo regrese. Y a eso se pone.

Frankenweenie dura hora y media, y en este tiempo no tiene ningún punto muerto, pero creo que se siente apresurada por momentos. El mundo de la cinta es extrañamente familiar, lleno de personajes de ojos saltones, caras alargadas y facciones exageradas; el mundo visto por los ojos de una persona que se fija demasiado en los detalles. Victor es retraído, pero no es ni por mucho el personaje más excéntrico de su salón de clases. Aquí creo que la cinta hubiera podido explotar esto mucho más, así como darnos más material con la gente del pueblo y así. Como sea, la historia es lineal: Victor utiliza la ciencia para devolver la vida a su amigo, quién aunque luce cicatrices que envidiaría cualquier personaje de Broadwalk Empire y a veces pierde su cola o una oreja por la efusividad, es el mismo que era en vida. Sin embargo y como es de esperarse, el acto del niño trae consecuencias. Su secreto no se mantiene a salvo por mucho tiempo y pronto varios de sus compañeros de escuela se encuentran dando vida a unas criaturas que rinden homenaje a muchos movimientos del cine de terror a través de la historia.

La película es divertida, aunque creo que le faltaría otra media hora para llegar a ser genial. Los personajes son simpáticos, pero les falta profundidad; creo que tanto el maestro de ciencia, como los padres tenían mucho más que dar, pero ninguno termina siendo memorable (salvo los protagonistas y un poco la chica emo obligada a hacer el ridículo enfrente del pueblo). Siento que el blanco y negro le da el mud perfecto, pero también es la causa de que mucho morrillos de 9 o 10 años la descarten desde el primer shot. Y es que en muchos sentidos, la cinta tiene problemas para definir a qué público quiere dirigirse: ¿niños o adultos? Al final creo que se queda en un medio que no complace por completo a ninguno de los dos: demasiado densa para los escuincles y un poco ñoña para los padres.

Pero bueno, más allá de eso, Frankenweenie es una cinta que bien vale el boleto. Esta llena de referencias al cine que ama Burton y que nosotros conocemos de toda la vida. Y en una de esas y se convierte en una película de culto, de esas que son estudiadas con obsesión, cuadro por cuadro. Dios sabe que tiene el material que lo justifica. No sé que tanto les guste a los niños. No creo que los perturbe (cual era el temor de Disney por el corto de 1984), pero si creo que simplemente los aburrirá y los obligará a hacer un escándalo que terminará por sacarlos de la sala, junto con sus padres. Pero así son las cosas en esto días.

El Paraíso es una juguetería

Hulk

Este es el lugar, 250 metros cuadrados de estantes con todos los juguetes que has tenido a lo largo de tu vida. Todos en su empaque original listos para ser abiertos como la primera vez. Ahí está la caja del Halcón Milenario: La Guerra de las Galaxias: El Retorno del Jedi, con tus personajes favoritos en la tapa. Revives la tragedia: ‘Las figuras de acción se venden por separado”. Recorres los pasillos, hay juguetes que ya no recordabas. Aspiras… mmm… plástico, el encantador olor a plástico nuevo. Exhalas… Ahí está, inmaculado, ese Trans Am negro de Matchbox® que quedó descarapelado luego de innumerables ‘carreteritas’. Sigues caminando. Miras de un lado a otro, no dejas de aspirar y exhalar. Ahí están la estación espacial de Playmobil®, un castillo para armar de Tente®, el safari de Fisher Price® con tigre y gorila incluidos. Crees que ya no puedes sorprenderte más, hasta que reconoces esa lonchera metálica irrompible de The Incredible Hulk® con termo para el agua de limón… Sí, estás en el paraíso. Ya sabes a qué huele.

La visita al médico

Luke

Este fin de semana acompañe a mi sobrina a su chequeo médico y a que le aplicaran vacunas. Corte a: los consultorios de los pediatras son cosas surreales, como sacadas de esos cuartos de niños creepy de películas manga, como el chamaco cabezón de El viaje de Chihiro o la reserva de pálidos niños telépatas en Akira, retacados de muñecos de peluche, libros infantiles, cuadros “divertidos” en la pared. Recordé que un pediatra que atendió a mi sobrina de muy pequeña daba consulta con un Pluto de peluche (percudido) amarrado al cuello. Muy extraño. El consultorio de un médico, quiero suponer, debe ser una cosa abierta, espaciosa, luminosa y cálida. Que dé confianza. Porque quizá muchos de nosotros no tengamos miedo de morir, pero sí miedo del dolor previo a la muerte. O el dolor de vivir, pues –aunque suene corintelladesco. Entonces, el tiempo que vayas a pasar en un consultorio de esos, bueh, pues que al menos sea en un sitio semiagradable. Yo hace relativamente poco tiempo crucé exitosamente por una serie de exámenes médicos, y ahora que lo pienso, la visita al médico fue completamente olvidable. No porque mi afección estaba gacha, sino porque el doctor no se empeñó en hacer de mi visita a su consultorio algo amable. No estoy pidiendo ser recibido con “mimosas” por una enfermera de estas, la beta del nuevo Gears of War  en la sala de espera o que el Dr. Muerte fuera un comediante hilarante (como el cajero de un Superama que me atendió el otro día). Pero no es eso: simplemente su atención fue parca, fría y exquisitamente profesional. Tan profesional que me sentí como debe sentirse un auto cuando lo llevan a servicio a la agencia. Después de la madriza al cuerpo y el desembolso monetario y el “quédese tranquilo, todo bien”, mi decisión fue la siguiente: “Si vuelvo a pasar por una de estas y necesito a un especialista de este tipo, buscaré a alguien más. No me gustó su atención. No me gustó cómo hace las cosas”.

Vuelvo a la visita con la pediatra: es una mujer cálida, amable, de las que te explican absolutamente todo y dentro de su ñoñería es un encanto. Una profesional de la salud con la que sí repites consulta. Sin embargo, debo decir que algo sucede con las inyecciones: mi sobrina estaba muy nerviosa antes de las vacunas, y al momento de sufrirlas, bueh, vaya que las sufrió. Y no creo que haya sido un aspecto técnico, al parecer la doctora inyectaba “con buena mano” que le llaman, rápida y certera. Entonces, si a) consultorio creepy pero cute, b) doctora amable, cálida y profesional y c) buena técnica, ¿por qué estoy casi seguro de que mi sobrina crecerá odiando las inyecciones? Caraxo, no conozco un solo adulto que no ODIE la idea que le picoteen el culo con una aguja. Incluso sé de casos cuasifóbicos de tipos rudos y profesionalmente exitosos que prefieren pasar dos semanas del carajo que recibir un par de inyecciones y salir rápido del lío viral que se cargan. ¿Qué han hecho mal los médicos? ¿Qué tienen esos consultorios que el macabro momento del doctor golpeteando con su dedo medio la jeringa es para muchos de nosotros como la antesala al infierno? Quizá tenga que ver la sensación de no ver dónde estarán poniendo la aguja, el punto ciego del culo, de no ver cómo perfora la piel. Mucha gente se siente más tranquila al ver cómo le sacan sangre del brazo que imaginando cómo le meten una sustancia por las nalgas. Y antes de que me albureen, debo decir que en contra de este argumento juega el hecho de que a cada segundo en el mundo millones de mujeres y hombres reciben un miembro viril por las nalgas sin ver con exactitud cómo se los insertan, y esto no disminuye el placer o se convierte en un tema de fobia. No no no no no. Debe ser otra cosa. Quizá tenga que ver que la ciencia no ha avanzado gran cosa en el campo de las jeringas. Evidentemente, si uno ve una jeringa victoriana y ve una jeringa de las que venden en cualquier Farmacia del Ahorro, sí dirá: “No mames, sí hemos avanzado”. Lo sé. Pero por otro lado, la promesa del futuro de Los Supersónicos nunca llegó. Díganme optimista, pero después de pasar por uno de esos tratamientos de veinte inyecciones –a razón de una diaria– a mis ocho o nueve años de edad (por ahi de 1998), yo sí me consolé pensando “pero en el año 2010 las inyecciones te las darán con unos aparatos bien acá con los que no se sentirá nada”. Por supuesto, en el mercado hay tecnología elevada como esta, pero la verdad es que la realidad del 99% de los pacientes es esta. Qué mala suerte. En el año 2012 podemos fabricar hielo en nuestras casas, ver lo que sucede del otro lado del mundo en vivo por la tele o el internet, manipular nuestras tabletas futuristas con los dedos y reparar articulaciones del cuerpo con prótesis de titanio. Pero para meter veloz y eficientemente un antibiótico al cuerpo, necesitamos agujas. Agujas que hacen sufrir a la gente con el simple hecho de ser mencionadas. El némesis de cientos de miles de adultos que crecieron odiando la visita al pediatra.

Como yo. Y muchos de ustedes. Seguro.

Le samedi matin ...

Mis padres estaban obsesionado con la onda ye-yé francesa. Y muy en especial con la pequeña y hermosa France Gall. Los sábados en la mañana, cuando Madre se adueñaba del playlist, escuchabamos incesantemente los discos de Gall y de Hardy. Y más tarde, cuando el sol melancólico encendía los techos de las casas, era La Meme quién saltaba al escenario.

El poco francés que sé lo aprendí en esas sesiones.  

Mi infancia, entre otras cosas tuvo un montón de música malísima, pero también, como en todo, había varias joyas. Hoy escuché esta y recordé las mañanas de sábado, de limpieza, aunque no estuviéramos en primavera. Padre lavando el viejo Datsu que, aunque adquirió otros coches más decentes, conservó hasta que se lo robaron del estacionamiento de Plaza Universidad (con un Halcón Milenario de mi hermano adentro, el cual seguro costaba más que el coche), Madre limpiando, cantando en voz baja, sonriendo. Mi hermano preparándose para su juego de futbol vespertino y el perro ladrando. El mismo perro que, más tarde, sería atropellado por una combi sin pasajeros.

Dios, por extraño que me parezca, extraño eso. El perro se llamaba Argos, por cierto  

Foto de la Polémica en la Semana 3 de la NFL

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Es raro hablar de los oficiales en la NFL. Pero bueh, los oficiales que han aparecido en todos los juegos que llevamos de temporada no son LOS oficiales, sino más bien esquiroles venidos de las Ligas de Junior High (el equivalente gringo a la secundaria, para que entiendan), así que se vale hablar de ellos. Y eso que no lo habían hecho tan mal hasta ahora, pero en los dos juegos nocturnos de esta semana, la vinieron a calabacear y bien feo.

Mientras los verdaderos oficiales se encuentran metidos en una negociación por más dinero contra la Liga, los esquiroles les están echando la mano con actuaciones de regulares a pésimas. Casi nunca marcan los holdings, son localistas en las marcaciones apretadas, cuando se acaba el reloj de la jugada no dicen nada, marcan castigos de 10 yardas cuando en realidad son de 5 y sacan pañuelos inventados… errores que, dicho sea de paso, no son muy graves, porque raramente van al marcador. Hasta los juegos mencionados. En el gran juego de domingo por la noche se fueron por el lado localista de manera casi descarada (sobre todo en el último cuarto), a tal grado de que marcaron por bueno el gol de campo con que los Ravens le ganaron a los Pats. Y discúlpenme, pero ese NO era gol de campo.

Y no, no soy el único que lo piensa.

Pero la polémica se desató en la parte final del gran juego de lunes por la noche de, ejem, anoche. Packers y Seahawks se partieron la madre como los hombrecitos, pero al final fueron las cebras las que quedaron como los grandes protagonistas de la noche (para mal, dicho sea de paso). En el último cuarto se dedicaron a sacar pañuelos en cada jugada, la mayoría de ellos absurdos, veían infracciones en jugadas limpias pero no marcaron un par de interferencias del tamaño del estadio. Y al final, en la última jugada del partido, con Seattle perdiendo por 5, cuando su QB novato lanzó un Ave María desesperado hacia la zona de anotación, un par de cebras marcaron touchdown y pase incompleto al mismo tiempo. Pero el daño estaba hecho. El estado de los Halcones Marinos era la locura: haberle ganado a un grande con una jugada milagrosa los había embriagado más que las cervezas que habían consumido durante el juego (que también hicieron su parte en el ambiente, por cierto). Y aunque se dizque revisó la jugada, nadie, ni siquiera el mejor oficial de la Liga, iba a cambiar el resultado.

The call on the field stands! Touchdown!  

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Y no, no era touchdown. Verán, era más claro que el agua que Jennings (actuando de defensivo en la jugada) toma el balón mucho antes que Golden Tate. Y el mérito de este último fue solo colocar las manos sobre el balón y no soltarlas de ahí. Cuando llegaron los oficiales, vieron lo que parecía ser una recepción simultánea, en cuyo caso hicieron lo que debían y se la dieron al ofensivo. Pero nunca hubo una recepción simultánea, sino solamente una intercepción con interferencia ofensiva más que evidente. Y ni siquiera era una jugada apretada. El oficial que marco anotación se dejó llevar, si vio sumamente mal y sumió a la Liga en una polémica en la que hasta Barack Obama (Chicago Bears fan from hell, por cierto) se ha sumado. Una lástima.

Y es una lástima porque fue un fin de semana de juegos grandiosos. Cómo no mencionar a Detroit, perdiendo por 14 faltando menos de dos minutos para el final del juego, pero aún así empatando con un agónico Hail Mary!... solo para perder en Over Time. O los Jefes viniendo de atrás para ganarles a los Santos en tiempo extra y otra vez en casa. O lo de los Titanes pegándole a los Broncos (sí, también en tiempo extra) y los Raiders pegándole a los Steelers (ese sí termino en tiempo regular, pero igual fue un juegazo). Como no mencionar que los Cardenales estan invictos, que los 49ers. Vinieron a dar pena ajena cuando ya todo el mundo pedía que, de una vez, fueran grabando su nombre en el Lombardi. Como no mencionar el hecho de que los Pats tienen marca por debajo de 500 desde el 2003 (año en el que ganaron el Super Bowl, por cierto) y que los santos nada más no han ganado. Y eso sin olvidar los juegos nocturnos de la semana que, dejando de lado a los oficiales, fueron grandiosos.   

Pero el problema es que no se puede dejar de lado a los oficiales, porque esta vez sí influyeron en el marcador. Y por eso hablamos de ellos, lo que es raro en la NFL que, desde hace un buen rato, ha impugnado por tener el jueceo más perfecto en todos los deportes profesionales. Y hasta hace poco no les podíamos cuestionar el éxito de dicha empresa. Pero esta semana… bueh, con decir que a las cebras ya les dicen árbitros y no oficiales, lo cual indica la gravedad de la cuestión.

Mr. Robert Goodell, si ya de plano no le cuadran los números, organice un Teletón para completar el sueldo de los verdaderos oficiales. Le aseguro que recaudará (y hasta de más) solo en el H. estado de Wisconsin. Y ya mejor no hablemos de Massachusetts.