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The Kids Are All Right

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The Kids Are All Right es una película sencilla y honesta sobre un matrimonio  de más de 20 años, que de buenas a primeras atraviesa por su peor crisis. En esta familia en la que una de las madres es doctora, otra esta en busca de su profesión, uno de los chicos esta en una amistad improductiva con un idiota y la chica esta por irse a la universidad; todo nos parece conocido y familiar. Los diálogos son naturales, las situaciones son comunes y las emociones nos son tan familiares como las fotos que conforman el álbum que tenemos guardado en la parte más oscura de nuestro cuarto. Esta película me recordó por momentos al cine de Eric Rohmer, con diálogos tan naturales que terminan por conforma una sencilla obra maestra mucho más que disfrutable. La cosa en esta película es retratar la vida misma, con sus altas y sus bajas, sus pequeñas rutinas y el calor que nos viene de lo inesperado. Esto podría sonar sencillo, pero no lo es. Muy pocos directores lo logran, de hecho.

El matrimonio de la película está formado por dos mujeres, Nic (Annette Bening), la doctora, y Jules (Julianne Moore), la paiki envuelta en una crisis de la mediana edad que a últimas está pensando en dedicarse al paisajismo. Cada una de ellas tuvo un hijo usando al mismo donado de esperma anónimo; Nic dio a luz a Joni (Mia Wasikowska) y Jules a Laser (Josh Hutcherson). La película empieza contándonos la normalidad de la vida de los cuatro integrantes de la familia; que no tienen nada de especial solo por ser un matrimonio lésbico criando a una pareja de escolapios. En realidad esta película no tiene nada que podríamos denominar como característico del "cine gay". Desde el principio es así, por lo que no nos sorprende. Las pequeñas cosas que disfrutan Jules y Nic, sus problemas y los roles que asumen dentro del núcleo familiar son los típicos de la más típica familia heterosexual y temerosa de Dios. Quizá lo que más característico de ellas es que de verdad tratan de mantener una mente abierta a todo lo que respecta con la exploración de sus hijos, claro que siempre con disciplina, pero intentando no espantarse por nada. Y esa es la misma actitud que tratan de tomar cuando sus hijos les informan que se han puesto en contacto con su padre biológico y que les gustaría seguir en contacto con él. Claro que aceptar esto con una mente abierta es muy fácil en teoría, pero no tanto en la práctica.

El papá es Paul (Mark Ruffalo), un valemadrista que alguna vez fue hippie, quién donó su esperma solo para tener dinero que usó en sus pedas universitarias. Ahora el tipo maneja un restaurante de comida orgánica que surte de su propia huerta y en cierto sentido parece tener estabilidad, la cual no posee en su vida personal, y eso se nota por la actitud que asume con sus recién descubiertos "hijos". Para ellos el tipo "no está mal", aunque poco a poco se van dando cuenta de que en verdad es cool. Para él es cool eso de cumplir con sus obligaciones como padre, o algo así. Lo nuevo siempre nos da esa impresión. La relación con Nic y Jules tiene sus génesis en una comida hogareña a la que lo invitan y en donde sale contratando a Jules para que arregle el jardín trasero de su casa. Esto traerá consecuencias graves para ambos y acarreará la mentada gran crisis en el matrimonio de las protagonistas.

Realmente no hay mucho que decir sobre esta película, pero eso no es por la falta de contenido, sino simplemente porque no se pueden resumir sentimientos tan profundos como los que se tocan en la película con una simple reseña. Creo que es de esas cintas que les pueden pegar muy duro en ciertos momentos de la vida. La directora se avienta el reto de captar una pequeña parte del gran espectro que es el matrimonio, una institución omnipresente en nuestra cultura que acarrea problemas universalmente conocidos. Y no falla. La soledad, el control, la infidelidad, las discusiones, el daño colateral... Hay tantas cosas, tantos diálogos que me hicieron un nudo en la garganta, tantos momentos que me hicieron reír y algunos que casi me hicieron llorar.

Definitivamente es una película extraordinaria, muy bien centrada. Con esa atmosfera indie que se nota en su soundtrack y su manejo de la cámara. Y, claro, con dos actuaciones portentosas. Bening y Moore nos entregas trabajos soberbios, que quizá no sean "oscareables", pero que al igual que muchas actuaciones legendarias, nos dejan preguntándonos: ¿estarán actuando o en verdad ellas son así en su vida diaria? Y esto bien podría ser. Los diálogos de esta película están tan presentes en la vida diaria de los seres humanos que es bastante probable que los actores los hayan empleado alguna vez en su vida. Estoy seguro de que muchos de ustedes, al igual que yo, han escuchado y dicho muchos de ellos.

Vale mucho la pena. Es un must.

I Spit on Your Grave

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I Spit on Your Grave (2010)  es un remake de una película “de culto” (lo entrecomillé porque el que sea de culto es muy cuestionable… como la cuestión del culto cinematográfico en sí) de 1978 llamada del mismo modo, pero que a su director le gustaba llamar Day of the Woman. Okey, creo que eso nos aclaro las cosas. En esta ocasión solo hablaremos de la película de 2010 que en este momento esta haciendo pininos en la taquilla nacional, lo cual habla del gusto por los riesgos de la distribuidora, aunque también de su absurda confianza en el morbo del pueblo mexicano. Veremos cómo le va porque esta claro que no es una cinta fácil.

 

La trama es simple: una escritora citadina llamada Jennifer (Sarah Butler, sufrida y mortal carita cumshotera) decide darse una temporada de soledad en una cabaña apartada de la civilización que representa un pueblo perdido en el culo del mundo. Días después de ser acosada por una serie de ruidos, cuatro rednecks pendejos irrumpen en su hogar, humillándola y violándola de manera por demás ojete. Al final de esto, cuando todo se ha dicho y hecho, se disponen a terminar el trabajo con un escopetazo sobre un puente, lo que al final resulta ser una opción bastante idiota, pero que no podemos negar que es práctica, como obligar al tipo que vamos a ejecutar a cavar su propia tumba, arriesgándonos a que nos dé un palazo y ponga pies en polvorosa. Aquí ocurre eso. Jennifer salta al puente y parece que ha desaparecido. Claro que poco tiempo después regresa con una actitud sádica y deseos de venganza equiparables a los de un personaje principal de alguna cinta de Chan-wook Park. Se carga a sus violadores utilizando torturas ingeniosas y hasta cierto punto fantásticas, tergiversando los insultos que de ellos recibió y devolviéndoselos al ritmo del dolor y la sangre. Me recordó por un momento las torturas que a veces describen Cormac McCarthy o Larry McMurthy, escritores que, sospecho, sirvieron de inspiración para el guionista. Creo que en esta realidad cotidiana de violencia, muchas veces el verla tan llena de… podríamos llamarla ingenio, la saca un poco del contexto. Claro, no son secuencias disfrutables, pero no podemos negar la satisfacción que la parte oscura de nuestro cerebro siente cuando vemos a los victimarios terminar como victimas. Es la satisfacción de la venganza que todos tenemos en nuestra naturaleza, seamos italianos, mexicanos, irlandeses o wathever. Sin embargo, me estoy adelantando. Creo que esta parte de la película, la de la venganza, es muy común en el cine de terror estadounidense de los últimos años. Nada nuevo. Lo perturbador vienen en la primera parte, lo que los rednecks le hacen a Jennifer. He ahí donde la cinta se despega un poco del grueso y se coloca el calificativo muy bien ganado de “incómoda”.

 

La violación es un crimen de violencia, no de sexo. Es un acto en el que lo que se disfruta es la sensación de poder sobre la victima, por lo que la humillación pre o post coito tiende a ser más importante para el agresor que el acto en sí y generalmente es la que acarrea las lesiones físicas y psicológicas más graves. La película se muestra obscena en estos detalles, cuando la banda humilla de manera sádica a la pobre chica valiéndose de insultos, armas, preguntas absurdas y jugando con sus respuestas. Disfrutando de su terror. Todo eso, claro, obedeciendo a la pisque clara del violador, que saborea más este miedo que el placer sexual. Durante estos angustiosos minutos es fácil adivinar una sala de cine que se va vaciando poco a poco. En este punto la cinta es ofensiva, sobretodo para los hombres, ya que nos muestra todo desde el punto de vista de la victima. Es por eso que se necesita llegar a la segunda parte y sus torturas que incluso pueden llegar a ser imposibles y su violencia que se percibe más como un entretenimiento.

 

No es una película fácil. No es la típica cinta para llevar a la novia (y si la llevan, es muy posible que ella los mande a volar en la conversación after movie si dan una respuesta equivocada a la predecible pregunta ¿te gustó?). Creo que, en cuestión de violencia psicológica, es muy superior a la mayoría del cine de terror estadounidense que se produce actualmente. Técnicamente esta muy bien hecha, por lo que no puede ser clasificada como una cinta clase b. Supongo que los razonamientos de qué es lo que pretendían el director o la actriz con esta cinta son validos, pero supongo que no son tan profundo como quisiéramos imaginar. Verla es una cuestión puramente personal y lo que les quede después es lo mismo. Yo no me divertí, pero supongo que ese era el punto.        

127 Hours

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La sangre no se ve igual en el cine que en la vida real. Esto podría sonar a una idea ya muy clara y muy bien establecida, pero a veces escapa a nuestro entendimiento de manera inconsciente. Y es que estamos tan acostumbrados a ver sangre y violencia en el cine que olvidamos que en la vida real las cosas son muy diferentes. Olvidamos que en la vida real, cuando sale sangre, generalmente hay dolor que la acompaña. Y esto, claro, es deliberado de los cineastas, ya que la mayoría de ellos no quiere enfermar a su público, solo entretenerlo. Para nosotros, el dolor de los héroes de la pantalla es inmune, impersonal. Pero no aquí. 127 Hours elimina los filtros y nos muestra crudeza en su real expresión. 

 La historia de Aron Ralston llegó a ser muy conocida en Estados Unidos por allá de 2003. El tipo, un practicante asiduo del montañismo, un mal día quedó atrapado en una grieta del desierto de Utah durante cinco laaaaargos días en los que apenas comió y bebió. Al final tuvo que amputarse su brazo derecho con un cuchillo sin filo para sobrevivir. Y después de esa para nada pequeña hazaña, todavía tuvo que bajar a rapel unos 20 m. y caminar sin rumbo por el cañón hasta que una familia de turistas lo encontró delirante y más muerto que vivo. Después de eso se convirtió en una especie de celebridad (que manera más ojete de ganar fama, ¿no creen?), salió en los programas más importantes del país, escribió un libro (Between a Rock and a Hard Place) y dio algunas conferencias (una de ellas en el Foro Económico del 2007, en Suiza). Pero trata de llevar una vida más o menos normal, en la que se ha casado, tiene un hijo y sigue practicando montañismo alrededor del mundo. En esta película, Danny Boyle se avienta el paquete de filmar el accidente que le cambió la vida en más de un aspecto, basado en el mentado libro autobiográfico. El resultado es una cinta solamente de un hombre y un lugar. Claro, hay un pequeño prólogo en el que Aron (James Franco) conoce a dos excursionistas y las guía a una laguna subterránea. Y muchas de las personas que rodean su vida se le aparecen en alucinaciones durante su desventura, pero lo esencial son, como dijimos, un hombre y un lugar. Un tipo que al estar practicando senderismo en Blue John Canyon, cerca de Moab, Utah, tuvo un accidente en el que su antebrazo derecho quedó atrapado entre la pared y una roca inmensa y pesada. De ahí suceden 127 laaaaargas horas de pura angustia.

 

Y se sienten como tal, ya que la cinta pertenece esa clase de películas en las que no sentimos que el tiempo vaya pasando rápido o lento, sino normal. Angustiosamente normal. Se mueve a un ritmo compulsivo que nos hace ver todo como si ocurriera en ese mismo momento. Gracias a la fotografía de Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak, nos damos cuenta de la inmensidad del desierto y de los sucesos más pequeños que ocurren en el pequeño espacio en el que Aron esta atrapado. De pronto su mundo se ha hecho muy pequeño, solo poseyendo una pequeña franja de cielo que a veces es atravesada por un cuervo; solo poseyendo unas cuantas horas de calor al día; solo poseyendo hormigas y alguno que otro residente misterioso. Las cosas que carga en su mochila son pocas, le cuesta nada hacer un inventario. Somos testigos de sus intentos vanos para salir de su encierro, de su lucha en contra del frio nocturno (oh si, en el desierto hace mucho frio por la noche), de su sed, del avance de su desesperación, de su momento Oops! (en el que se da cuenta de que no le avisó a nadie a dónde iba a ir, por lo que nadie lo va a estar buscado por esos rumbos… Oops!), de las horas que pasan, del arrepentimiento y de la lenta pero mortal consumación de la poco agua que lo mantiene apenas con vida. La cinta logra convertir a esa grieta en un personaje más de la cinta. Un personaje que no tiene piedad.

 

James Franco cumple notoriamente con un papel notoriamente difícil, entregándonos una actuación muy buena. Sí, él llega a cargar con todo el peso de la película y no decepciona. Antes del accidente nos deja ver el aspecto que lo lleva a su problema: el tipo es un engreído que tiene el ego metido en el culo. Confía de más en sus capacidades, debido a que siente que puede hacerlo todo el solo. Sin embargo, también nos deja claro que es un profesional. Sabe que si se desespera, la muerte vendrá más rápido, por lo que lucha por pensar de manera clara durante todo el tiempo que pueda. Y esto, además, lo impulsa a cercenarse el brazo, dándose cuenta de que es la única manera de sobrevivir. Llegar hasta el final. Es fácil imaginarnos una nota periodística en la que el cuerpo de Ralston fue encontrado en la grieta con un brazo a medio cortar. Hay que tener sangre fría, muy fría, para llegar hasta el final.

 

¿Qué harían ustedes? Bueh, ¿qué haría yo? En una situación peliaguda es difícil hacer especulaciones. Durante la proyección sudamos frio, nos angustiamos, lentamente sentimos como el director juega con nuestro miedo profundo a estar atrapados. Solo podemos agradecer que el tipo tenga un punto de apoyo. Imaginarlo colgado, suspendido totalmente, solo agarrado del brazo atrapado, nos es fácil y sumamente terrorífico. El momento de la amputación nos es mostrado con dolorosa frialdad. No es explicito, pero no hace falta. La cara de Franco en la secuencia nos perturba más que toda la sangre de la chafísima serie de películas Saw. Para la audiencia, el peor momento no es una imagen, sino un sonido. Un sonido que la mayoría de nosotros nunca hemos oído, pero que sabemos exactamente lo que es.

 

Al final de 127 Hours nos queda la imagen de un Ralston rescatado y atendido y entrevistado por los medios de comunicación y recibido por su familia y amigos. Pero la cinta, deliberadamente, no lo convierte en un héroe per se. Es un atleta que quedó atrapado en una combinación de mala suerte y exceso de confianza. Se cortó el brazo porque tenía que hacerlo. Quizá eso es lo que nos lo hace cercano. No lo vemos como un superhombre, aunque es innegable que el tipo tiene unos yarbloklos más grandes que la roca que lo aprisionaba. Pero es una persona normal en lo que cabe. La epifanía que tuvo es la que muchos de nosotros hemos tenido alguna vez en la vida, aunque no por estar atrapados, sino por un abrazo, por una película o por un muffin con café en el desayuno, lo cual, en todo caso, no le resta validez: la vida es demasiado corta e impredecible para desperdiciarla con actitudes pendejas que nos impiden hacer o decir lo que realmente queremos hacer o decir. No sabemos lo que nos estará esperando en la siguiente esquina.

 

Aron Ralston no es un héroe, solo alguien que hizo lo que tenía que hacer. Supongo entonces que, llegado el momento, yo podría hacerlo también. ¿Y ustedes?

83rd Academy Awards

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Veo los Oscar cada año desde 1998, en aquella noche en la que Titanic se llevó algo así como 267 premios, incluido en de Mejor Actuación para un Pedazo de Hielo en un Film (que el año anterior se lo había llevado Juliette Binoche por El Paciente Ingles). Si me preguntan porqué los veo, no creo poder dar una razón más que la muy cuestionable de: porque me divierten. En serio. Ya se que generalmente son ceremonias largas, algunas se pasan de formales, pesadas; pero a mi me divierten. Yo hago mis quinielas y más o menos antes de la ceremonia ya he visto el noventa por ciento de las películas en competición (incluyendo alguna que otra de Mejor Película Extranjera), por lo que el transcurso de la premiación tiene para mi un poco de la carga emocional que, supongo, tiene cada fin de semana futbolero para mi compa el Nel, adicto sin remedio a las apuestas deportivas. En noches como la de anoche he sido testigo del improbable triunfo de American Beauty, del arrase de Gladiator y The Lord of the Rings: The Return of the King, de la redención de la Academia para con Scorsese, del triunfo de algunos de mis favoritos personales cómo lo son los hermanos Coen y Danny Boyle, de los fraudes que representaron los triunfos de Chicago a mejor película y Julia Roberts a mejor actrizzz. Y, claro, de la autoproclamación de James Cameron como rey del mundo.
 
Este año, a diferencia de los 3 pasados, se esperaba que fuera una ceremonia repartida. Y, en cierto sentido lo fue. Las grandes ganadoras de la noche (The King´s Speech e Inception) se llevaron solamente cuatro estatuillas cada una. También se esperaba que los Coen se fueran con las manos vacías y así pasó. Yo sigo sosteniendo que su película era la mejor de las 10 nominadas. En un mundo perfecto, True Grit se hubiera llevado, mínimo, siete Oscar´s, pero en la realidad no se llevo nada, lo que era predecible y resulta triste. Como sea, The King´s Speech cumplió más o menos con el pronóstico, llevándose, como decía, 4 premios, entre ellos tres de los considerados "grandes" (Mejor Película, Mejor Director -Tom Hooper-, y Mejor Actor -Colin Firth). Su otra estatuilla provino de ser el Mejor Guión Original, cortesía de David Seidler, un simpático hombre de 73 años (la persona de mayor edad en la historia en ganar el premio al Mejor Guión) que, de paso, nos regaló el mejor discurso de aceptación que yo haya visto. Un modelo para todos.
 
Inception, la otra gran triunfadora de la noche, se llevó solamente premios técnicos (Mejor Fotografía -Wally Pfister-, Mejor Edición de Sonido -Richard King-, Mejor Mezcla de Sonido -Lora Hischberg, Gary Rizzo y Ed Novick-, y Mejores Efectos Visuales -Chris Corbould, Andrew Lockley, Pete Bebb y Paul J. Franklin), que, supongo, sirvieron para compensar que no iba ganar nada que fuera importante. Y además del hecho de que Christopher Nolan ni siquiera fue nominado como director. Y no es que el cabroncito fuera EL director ignorado en dicha categoría (creo que tal honor corresponde a Scorsese), pero digo, si David O. Russell fue nominado, no entiendo porqué Nolan no lo fue. Como sea, los cuatro Oscar de inception sirvieron tanto como reconocimiento para los directores soñadores, así como para alentar a las películas palomeras y originales, al menos en su planteamiento. Le entendieron? Yo tampoco. 
 
La película con más nominaciones después de The King´s Speech y True Grit, The Social Network, se llevó premios menores. Tres para ser precisos: Mejor Edición (Angus Wall y Kirk Baxter), Mejor Score Original (Trent Reznor y Atticus Ross) y Mejor Guión Adaptado (Aaron Sorkin, basado en el libro The Accidental Billionaires de Ben Mezrich). Creo que la gran sorpresa fue el que David Fincher haya perdido el Oscar al mejor director, ya que toda la ceremonia estaba siendo preparada para que él se llevara dicho premio y El Discurso del Rey ganara en mejor película, pero no. Este es el segundo tropiezo de Fincher en los Oscar (ya antes se le había negado como director de la sobrevalorada The Curious Case of Benjamin Button) y, presiento, no será el último. Las otras categorías de actuación las ganó The Fighter, con Christian Bale como Mejor Actor de Reparto y Melissa Leo como Mejor Actriz de Reparto; ambos demostrando que fueron sus actuaciones (junto con la de la hermosa Amy Adams y un poco la de Marky Mark) las que sacan del promedio a esa película. El Oscar para Bale fue muy merecido (su actuación me recordó por momentos al DeNiro de los setenta), pero creo que, al igual que el Oscar para Sandra Bullock del año pasado, se trata más que nada de un reconocimiento para un tipo que últimamente se ha encargado de meter mucha gente a las salas de cine. Y Melissa Leo? Bueh, es indudable que también lo merecía, aunque no era mi favorita (ya saben a quién se lo hubiera dado yo), sin embargo, resulta un tanto evidente que la Academia quería saldar su deuda del año pasado, cuando le quitó la estatuilla que se había ganado a pulso con su perfecta interpretación en Frozen River. Este año sí le tocó subir al escenario y dar un discurso que por intentar ser cagado, terminó siendo ridículo y patético y en el cual (para acabarla de amolar, diría mi H. abuela) soltó la palabra "F", lo cual equivale (aunque en menor escala, claro) al seno descubierto de Janet Jackson en pleno Super Bowl.
 
En realidad esta fue la única sorpresa de la noche, cuya única función fue despertar a mucha gente, tanto en el teatro Kodak como en casa. La entrega de este año fue sumamente aburrida y parca, lenta y somnífera. Y eso que durante toda la semana pasada los organizadores nos intentaron vender aquello de que sería una ceremonia fresca y con "espíritu joven", sea lo que eso signifique en la mente de un montón de estarrios que se dedican a ver y calificar películas durante todo el año (que envidia). Al final la gran ganadora fue una cinta sumamente tradicional, de época, de superación personal y con un protagonista discapacitado. Y donde quedó entonces la innovación de la que tanto hablaba la Academia y por la cual nos enjaretaron desde un principio a la pareja de host formada por James Franco y Anne Hathaway, una de las peores que jamás se hayan visto? Y no lo digo por ella. Hathaway y su carita cumshotera y su carisma natural salvaron la conducción (creo que es cuestión de tiempo para que la veamos en un musical, lo cual me provoca escalofríos) y estoy seguro que acompañada de alguien como Alec Baldwin o Hugh Jackman hubiera conformado un dúo de host inolvidable, pero no con Franco. Y eso que ese cabrón me cae muy bien, pero toda la noche presentó menos carisma que un Nexus 6 y sus mejores chistes vinieron cuando se dedicó a leer sus twits (?). Creo que el hecho de estar nominado le afectó.
 
Los que salvaron el humor durante la velada fueron Kirk Douglas, Billy Crystal y Bob Hope (!!!), todos de la vieja escuela, lo que terminó por sepultar la dizque vibra de frescura que supuestamente tendrían estos premios. Ni siquiera se cumplió con la promesa de limitarse a 3 horas o menos de duración, ya que se pasó de las tres horas en tiempo reglamentario, pero se sintieron como de noventa minutos cada una. Esta ceremonia también representó el último clavo en el ataúd para la onda indie que había predominado en estos premios, sobretodo en las categorías de guión. Ni de The Kids Are All Right, ni Winter´s Bone se llevaron nada. Parece que la Academia piensa que con nominarlas es suficiente. Creo que lo único más o menos de la atmosfera independiente que se llevó algo fue la actuación de Natalie Portman por Black Swan, un Oscar por demás merecido pero que por momentos parecía que no iba a llegar, debido a las anteriores historias de horror que los protagonistas de las cintas de Aronofsky tuvieran en noche de Oscar. Pero este no fue el caso. Portman ganó y subió al escenario con un embarazo más que evidente y dio un discurso emotivo y cien por ciento olvidable, pero me gustó ese momento. Fue, en cierto grado, la venganza de Ellen Burstyn y Mickey Rourke, quienes habían sido victimas de sendos y descarados robos en plena ceremonia. Creo que ya tocaba.
 
Al final de todo, solo queda la reflexión: para qué sirven los Oscar? Creo que no existe una respuesta concreta. The King´s Speech es una película muy bien hecha y muy bien actuada, como ya dije en mi reseña, pero en realidad no es una mejor cinta que True Grit o The Social Network, al menos para mí y, supongo, para muchos críticos serios. Entonces de qué sirve nombrarla como la mejor cinta de 2010, cuando no solo no es la mejor de las nominadas, sino que hubo otras que no fueron incluidas y que son mejores? Cómo puede llegarse a creer que Tom Hopper es el mejor director del año, cuando los trabajos cuasiprefectos de Polanski y Scorsese fueron ignorados de tajo? En verdad alguien sigue pensando que Chicago es la mejor cinta de 2002 (nunca voy a superar eso)? A la vista de tantas y tan descaradas fallas y omisiones, la pregunta de para qué ver los Oscar es por demás válida, pero también lo es el razonamiento de que estos premios, como cualquier otros (incluyendo, aunque en menor escala, los que reparte el Festival de Cannes) no son para tomarse tan en serio. En gustos no hay nada escrito, como dicen por ahí. Los criterios de la Academia gringa son muy diferentes de los de un ciudadano de a pie, como yo o ustedes. No quiere decir que sean mejores, solamente diferentes. No hay que buscar cosas ocultas en Crash, cuando es obvio que es una especie de Magnolia, pero que no le llega a los talones en calidad a esta. Sin embargo, los tiempos de cada una influyeron para que Crash se llevara el Oscar y Magnolia no. Y, al final, quién se acuerda de Crash, de Shakespeare in Love o de The Hurt Locker? Ganar un Oscar no te garantiza inmortalidad. O el nunca ganarlo no te garantiza perderte en el Limbo. Si alguien lo duda, que consiga una Ouija y contacte a Hitchcock y Kubrick y les pregunte que opinan de los premios de la Academia.
 
Como sea, yo los veo y es muy seguro que los vea el próximo año. Por qué? Bueh, pues porque me divierten. Y, a veces, me hacen ganar apuestas. Y, a veces, ofrecen momentos de pena ajena como el del mentado discurso de Melissa Leo, o de sincera admiración como el del maese Seidler. Simplemente me gustan esta clase de cosas y ya. Ah, y también voy a ver Wrestlemania, pero esa es otra historia.
   

The King's Speech

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Hay una escena devastadora en The King's Speech que me hizo un nudo en la garganta. Es aquella en la que el buen Albert (Colin Firth), quien desde temprana edad sufre de un tartamudeo doloroso, se ve obligado por su par de hijas a contarles un cuento. Entonces vemos el esfuerzo que hace para contar una pequeña historia sobre un pingüino y su peregrinaje hasta el palacio de Buckingham. Es una escena muy simple, muy bella, pero terrible emocionalmente. Es cuando percibimos que, más que el impedimento que su mal acarrea a la hora de hablar en público, su tartamudez le ha destruido esos pequeños placeres de la vida en los que nunca reparamos. Debe ser terrible vivir con un problema así.
 
La película de Tom Hooper nos cuenta la lucha del duque de York, Albert Frederick Arthur George, en contra del tartamudeo que, a los ojos del pueblo, lo hacían lucir tímido y estúpido a la hora de dirigirles la palabra en un evento cualquiera, como en la eposición de 1925, que es donde abre la cinta. En realidad el tipo tenía mucho carácter y era más inteligente que su hermano, el duque de Windsor, Edward Albert Christian George Andrew Patrick David (Guy Pearce), primer heredero al trono; pero hasta en el ambiente familiar su defecto pesaba demasiado, lo cual siempre lo acomplejó. Era su esposa Elizabeth (Helena Bonham Carter) quien más trataba de ayudarlo con su problema y quién, en su búsqueda de especialistas, llegó de una manera no tan clara a los dominios de Lionel Logue (Geoffrey Rush), un actor australiano fracasado pero que se consideraba un experto para tratar impedimentos del habla. Aquí es donde inicia la historia.
 
A través de locaciones cerradas y estrechas, mostrando una predilección por filmar en interiores, el director nos muestra el arduo y bastante raro tratamiento del duque Albert a manos de Logue, quién lo llama Bertie, nombre que solo usaba la familia real para dirigirse a él. Logue combina tratamientos correctivos físicos con una terapia de psicoanálisis en busca de tratar las causas mentales que causaron el problema desde un principio; sabe muy bien que antes de ser el terapeuta del rey, debe ser considerado su amigo. Y es cuando encuentra el miedo que carcome a Bertie desde el principio, quizá provocado por su padre el rey George V (Michael Gambon), de personalidad férrea. Él siempre ha considerado a Albert como alguien superior a su hermano mayor, pero también entiende que la monarquía a llegado a un punto en el que ya no solo importa la forma en la que el rey se ve a caballo, sino que con la radio, un rey con el problema de su hijo menor sería un desastre. Y es que una sobra crece en el Oriente. La Alemania nazi se fortalece y todo mundo sabe que una guerra contra ellos es inevitable. Es en esos momentos cuando el pueblo va a necesitar un rey que les transmita seguridad con sus discursos. Albert es incapaz de esto.
 
La película es la historia de un tipo que nunca quiso ser rey. A Bertie le importaba más el hecho de que Logue lo ayudara a ser capaz de contarle un cuento a sus hijas sin sonar patético, que el hecho de que el tratamiento lo ayudara a dar un discurso que inspirara a una nación, pero la historia siempre nos juega malas pasadas. Al morir George V, es el duque de Windsor quién sube al trono bajo el nombre de Edward VIII. Pero éste esta encaprichado con Wallis Simpson (Eve Best) una mujer gringa divorciado varias veces a quién a huevo quiere hacer su esposa y por la que descuida varias de sus obligaciones como monarca en esos tiempos tan peligrosos. Así que el tipo, un poco por voluntad, un poco obligado a ello, abdica al trono (es la única ocasión en la historia en la que ha ocurrido esto) y Bertie se convierte en George VI y es lanzado al ruedo para competir en motivación contra Adolf Hitler, nada más uno de los más grandes oradores del siglo pasado.
 
Esta cinta es un drama histórico que se mueve en un crescendo bastante claro y perceptible. Poco a poco nos va metiendo en cuestiones tales como preguntarnos cuál es la verdadera función de la realeza británica en los tiempos modernos. También nos metemos de lleno al estudio de la sociedad inglesa, que cree y venera a su monarquía, pero que tampoco se toca el corazón al exigirle que haga lo que juró hacer, y esto es, vivir por y para el pueblo. Es algo idílico, pero se lo creemos a George VI. La actuación de Firth es poderosa, logrando crear un personaje que aunque sintamos distante (al fin y al cabo es miembro de la realeza) igual nos es empático por las broncas en las que esta metido en su nuevo puesto. Solo hay que prestar atención a la forma en la que su labio superior tiembla al acercarse a un micrófono para notar su fragilidad. Si, esta es la clase de actuación por la que dan el Oscar. El otro gran personaje es Logue y uno de los temas de la cinta es su actitud hacia la realeza, que sospecho no es atípica del pueblo australiano hacia esa institución. Rush actúa de manera larga y expansiva, por momentos él es la única válvula humorística que nos saca de la atmosfera ceremoniosa y asfixiante en la que están metidos todos los demás personajes. Helena Bonham Carter, como la reina Elizabeth (a quién la mayoría de nosotros conocimos solamente como la reina Madre que murió a los 101 años), representa junto con sus hijas el otro oasis, aquí totalmente lleno por el cariño y la admiración sincera hacia su esposo y padre. Carter nos regala una actuación ciento por ciento adorable y simpática, un tanto diferente a sus anteriores papeles, pero que le queda sumamente natural. Los demás miembros del cast cumplen con su papel satisfactoriamente, pero creo que la verdadera estrella es el director. Toda la cinta, como el título lo indica, es una preparación para el discurso del rey. En discurso terrible en el que anunciará a sus ciudadanos que se avecinan tiempos difíciles ocasionados por una nueva guerra. Toda la construcción de esta escena es extraordinaria, desde la forma en la que el rey camina por aquellos estrechos pasillos (que bien pueden representar su estrecha garganta por la que a duras penas logran salir las palabras), viendo personas que lo miran con esperanza, y también viendo los ojos de su familia que lo mira como supongo se mira al condenado que camina al micrófono como si éste fuera una guillotina. La preparación de la atmósfera, cortesía de Logue, quién solamente le dice que le diga su discurso a él, como amigo. Y entonces las diferentes radios que transmiten el trascendental discurso a todas las partes del Imperio (en esos tiempos George VI gobernaba a un poco más de un cuarto de la población mundial). Y es cuando frecuencias históricas inundan el aire de todo el mundo. Una secuencia impecable y sumamente poderosa.
 
La película es en verdad muy disfrutable, muy bien realizada, con tres actuaciones impresionantes y con una dirección precisa que por momentos se torna magistral. Es de esas cintas que te ponen de buenas y te levantan el ánimo a la Forret Gump. Y por tanto, a menos de que la Academia decida volver a robarse a si misma (como ocurrió hace un año con lo de Avatar), The King's Speech será la gran ganadora la noche del próximo domingo. Si lo merece o no ya dependerá de sus juicios personales. Igual, la cinta no pierde nada con eso.
     

True Grit

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La original True Grit (Henry Hathaway, 1969) es uno de mis westerns favoritos de todos los tiempos. Una cinta que, siento, juega en la misma liga que Inmortales del género como The Man Who Shot Liberty Valance (1962)  y Rio Bravo (1959). Sin embargo, la cinta de los Coen no es un remake de la película del 69, sino que es una nueva adaptación cinematográfica de la novela homónima escrita por Charles Portis. Por lo tanto no ahondaré en las diferencias entre ambas versiones, así como tampoco haré comparaciones entre los cast de las dos cintas. Creo que eso merece un post propio, que quizá escriba más adelante. 

 True Grit (2010) es lenta y mortal. Una obra maestra hecha de tal manera que en cada cuadro de fotografía (cortesía de Roger Deakins) nos demuestra la gama de belleza y gloria que existía en el western y que aún se encuentra aún ahí, ansiosa, esperando a alguien que la encuentre para extasiarlo con su brillo. Ethan y Joel Coel encontraron tal belleza y nos la muestran en una cinta impecable.

 Pero eso no significa que la película sea solamente la sucesión de imágenes inolvidables. No, hay una gran historia como sustento de las mismas. Y esta es contada por Mattie Ross (Hailee Steinfeld), una niña de 14 años que después de ser testigo del asesinato a sangre fría de su padre a manos de un tal Tom Chaney (Josh Brolin), decide consagrar sus esfuerzos a cumplir el viejo y estarrio "ojo por ojo" que en el Viejo Oeste parece ser la única ley existente. Para tal propósito se embarca en la búsqueda de Chaney dentro del territorio salvaje acompañada de Reuben J. "Rooster" Cogburn (Jeff Bridges), un viejo, gordo y alcohólico Marshall cuyos métodos no son lo que llamaríamos ortodoxos en un servidor público (pero que serían celebrados por alguien como Jack Bauer). En su camino, además, se cruzaran más de una vez con el misterioso LaBoeuf (Matt Damon), un Ranger de Texas que persigue a Chaney desde esos lares para hacerlo pagar por el asesinato de un senador texano y su perro. 

 La veta de la película y la novela esta en los personajes, sobretodo en el principal. Eso lo respetan los Coen al hacer que True Grit sea la película de Mattie, ya que ella la narra y la concluye, así como vemos todo lo que pasa a través de sus ojos. Ella no es la típica niña encantadora de catorce años que, junto a su madre y hermanos, despide al héroe con un pañuelo mientras éste cabalga hacia la puesta del sol. Ella no es dulce porque el mundo donde vive tampoco lo es. Desde pronto sabe que solo puede hacerse escuchar si muestra un carácter y una determinación que incluso muchos hombres no tenían. No inspira ternura, sino respeto. Rooster, por el contrario, parece no conocer el concepto del honor. No le importa matar a sangre fría o incluso por la espalda, mientras tenga claro que lo hizo "para defenderse" y al parecer lo único que le interesa respecto al negocio de la repartición de justicia es confiscar para si tanto alcohol como sea posible. Esto es normal si consideramos que los agentes de la ley en el Viejo Oeste estaban a menudo tan podridos como los villanos a los que cazaban, ya que muchas veces se trataba de bandidos contratados por el Estado, que mataban a los tipos malos solamente para quedarse con un botín más grande. En Rooster encontramos dicha ambigüedad, aunada a una opinión excesivamente buena sobre sí mismo y una tendencia a alardear y contar las penas sazonadas con whiskey. LaBoeuf, por otro lado, parece pertenecer a la imagen del justiciero que tenemos programado en nuestro inconsciente colectivo. Igual tiene todos los prejuicios que se imaginan en un hombre criado en ese tiempo ( y que, por lo mismo, no duda en nalguear a una morrilla de catorce años al verla hacer lo que las morras de catorce años no deben hacer), pero también esta bien dispuesto a reconocer el valor en donde lo vea. La convivencia entre éste y Rooster no es fácil, ya que aquí nos enfrentamos a dos formas de ver el mundo que chocan entre sí. Rooster sabe que el mundo es un lugar ojete y que para sobrevivir en él se debe ser un ojete también. LaBeoeuf cree que el mundo es un buen lugar y que vale la pena luchar por el. La relación entre el joven y el viejo dentro del western es un tema que bien puede dar para la publicación de un par de libros, pero que aquí se ve muy bien resumida, sobretodo cuando nos enteramos del arreglo de estos dos para "trabajar juntos" o cuando pretenden impresionarse uno al otro al dispararle a los pedazos de pan (una secuencia que me recordó a Clint Eastwood y Lee Van Cleef disparándose mutuamente al sombrero en Por unos Dólares Más).

 Esta es una cinta sobre el honor y personas que lo tienen o no lo tienen, en una época en la que el honor lo era todo. Mattie quiere ejercer la voluntad de Dios al cazar al asesino de su padre, a quién las autoridades "oficiales" parecían ignoran por comodidad, quizá. O también porque consideraban el asesinato del padre de la niña como "uno de tantos" que quedaban impunes. Mattie tiene que esforzarse por conseguir justicia porque su padre no tenía el renombre del senador texano y su perro. Sabe que ella tiene el deber de ver que el crimen no quede impune. Rooster y LaBoeuf se embarcan en la odisea por el dengo, pero aún siendo tan poco nobles en este aspecto, se entiende que son "los buenos", quizá porque tienen estrellas o quizá porque son los que si se atreven a justificar sus acciones frente a un tribunal. Quizá ellos han trabajado así tanto tiempo que por eso les es tan difícil entender la terquedad de Mattie. Para ellos la muerte solo es un negocio, pero también tienen en su interior el recuerdo de lo chingón que es hacer justicia simplemente porque es algo que se debe hacer. Porque es lo correcto. Mattie, como dijimos, asocia esto a la voluntad de Dios. Se embarca en un viaje dentro de una región salvaje y peligrosa, citando la Biblia y confiando en aquello de que todo mundo debe pagar por lo que ha hecho. Chaney, el malo, es claramente un hijodeputa sin honor ni oficio ni beneficio, pero más malo que la carne de puerco. Ni siquiera es un gran bandolero, pero es un gran concepto.  

 True Grit es una película maravillosa. Con muertes crudas, filmado con toda la maestría a la que nos tienen acostumbrados los Coen, este es un western moderno que no le pide nada a las mejores películas del género. El score nos remonta a aquella época de weyes muy hábiles con el revólver o el rifle, a aquellos días en los que la vida no valía nada pero donde a veces la muerte tenía un precio. Los Coen no se meten en desmitificaciones y solo se dedican a contar la sucesión de eventos que se derivaron de una muerte a traición. Como muchas de ese entonces. Es por eso que esta historia no trata sobre los grandes héroes o las grandes hazañas, sino sobre gente que trata de hacer lo que tienen que hacer, sea por una razón o la otra. Y que tiene que cargar con las consecuencias de sus actos.
 
Técnicamente es, quizá, la mejor película de todas las nominadas a los Oscar de este año (aunque todavía me faltan de ver algunas, pero lo jusgo por el trailer). Y las actuaciones rifan. Jeff Bidges está pocamadre, ignoro si le darán el Oscar por segundo año consecutivo, pero sin duda ha dado una actuación digna de ser premiada por la Academia de nueva cuenta. También la chica Steinfeld lo hace increíble, pero igual tendrá una competencia peliaguda por el Oscar a Mejor Actriz de Reparto, que igual merece. Creo que por esto y por muchas otras razones (entre ellas la antipatía que la Academia parece tenerles a los Coen, a pesar de haberles dado el Oscar hace algunos años), esta película será la gran perdedora de los Oscar este año. Pero eso no le resta ningún mérito. Al contrario.
 
Como un fan incondicional de los hermanos Coen, que ha visto todas sus películas unas 3 veces cada una (por lo menos), puedo decir que esta película me sorprendió. Y es que en realidad no se trata de "una película de los Coen" en el sentido ya muy claro al cual nos referimos cuando usamos esta frase. No es una cinta excéntrica, extravagante, irónica y escamosa. Es solamente una belleza del Oeste en todo sentido. Muy armoniosa, muy centrada, por momentos tan cálida como una cena junto a la fogata o tan fría como una noche de invierno en el desierto. Es lo más cercano a una cátedra de dirección, guionismo y edición dictada por estos dos bastardos talentososo, sin duda los mejores directores estadounidenses libra por libra. Y gracias a esto demuestran que tienen ese talento de sobra, no solo para sorprendernos, sino para sacar lo máximo de un género que a primera vista podría lucir sobreexplotado. True Grit, por tanto, no es inesperada. Solo es, junto con Unforgiven (1992), el mejor western que se ha filmado en los últimos 30 años. Nada más. 

Los Nazis lo hicieron primero

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Resulta que los Nazis, si bien no innovaron en el uso de esvásticas o en sus ideas de pureza racial, si fueron pioneros en los que a películas  en 3D se refiere. El cineasta australiano Philippe Mora dice haber descubierto 2 filmes nazis de propaganda filmados en blanco y negro y que cuentan con tecnología 3D, de treinta minutos de duración cada uno. El material data de 1936, casi 16 años antes de que dicha tecnología gozara de cierta popularidad en Estados Unidos.
 
Una de las películas es un musical llamado So Real You Can Touch It (kudos), en el que se muestran imágenes estereoscópicas de las salchichas disfrutadas en una barbacoa. El segundo film, llamado Six Girls Roll Into Weekend, muestra las peripecias (me encanta esta palabra) de una pareja de actores que se piensa fueron parte del star-sistem del estudio emblemático y misterioso del cine nazi: Universum Film.
 
Mora cuenta en una entrevista con Variety.com: "The quality of the films is fantastic. The Nazis were obsessed with recording everything and every single image was controlled — it was all part of how they gained control of the country and its people," Así mismo, el tipo explica que las cintas que descubrió fueron filmadas en 35 mm y que aparentemente contaban con un prisma colocado entre los 2 lentes a la hora de la proyección. Una tecnología muy básica, pero sin duda semilla de la que ahora observamos en cualquier película gringa que se respete.
 
El también famoso documentalista (hijo de un padre alemán y madre australiana), que en su filme Swastika, había mostrado imágenes a color de las películas caseras de Hittler y Eva Braun, cree que aún hay más filmes en 3D que no se han descubierto. La razón, explica, es que fueron realizadas por un estudio independiente del Ministerio de Propaganda de Goebbels y que los mismos Nazis se referían a tal tecnología como "raum Film" -o "space film"-, por lo que hasta ahora nadie se había dado cuenta de que, de hecho, se trataba de tecnología 3D. Las películas descubiertas por Mora fueron halladas en los Archivos Federales de Berlín y la información se presentó en los marcos del Festival de Cine de dicha ciudad.
 
La nota de thestar.com aquí. El wiki del maese Mora aquí.  Si quieren saber qué caraxos son los Nazis, pueden empezar leyendo esto.   
  
 
  

El Amor es un juguete rabioso

Tedy

Hoy es el Día V. Día de San Valentín, uno de los tres Santos mártires romanos del siglo III, según la señorita Wikipedia. Pero supongo que eso vale madres actualmente (de acuerdo también a lo establecido por la señorita Wikipedia, la festividad del buen Valentín ya ni siquiera es este día). Hoy es el Día V, simplemente. El día de regalar estúpidos osos de peluche estúpidamente caros, tarjetas de felicitación (virtuales o físicas) estúpidamente caras o simplemente flores. Si, flores estúpidamente caras.
 
Bueh, no quiero que me malinterpreten. Este no es el típico post del amargado que no tiene ni un perro que le aviente una meada. Yo, como muchos de ustedes (de verdad espero que muchos), tengo la suerte de no estar solo este día. Pero eso no me impide sentir asco por la cursilería aflorando por doquier. Siempre la he odiado, que quieren? Sobretodo la he odiado porque niega la naturaleza bipolar del amor. Y es que el amor es un juguete rabioso, amiguitos. OK, no niego que me gusta cuando las cosas van bien en una relación (y a quién no!). Soy fan de ese sentimiento que te hace sentir completo, por más falso que sea. Pero no hay que negar esa otra parte del amor, la que siempre esta ahí, la que también es poderosa. Y es que la misma Fuerza que te lleva a tu mano a escribir una novela o un poema dedicado a tu amada, es la misma Fuerza que te hace empuñar el arma para cometer el crimen pasional. Es lo mismo levantarse a las cuatro de la mañana a ver la foto de tu novia/novio, que no  dormir pensando en la culera/ o el culero que te cortó con un post en Facebook. No se siente igual, pero es lo mismo. La Mano que crea es la Mano que destruye, La Mano del Amor. Eso lo leí en una novela hace un rato y aunque suene mamón, es muy cierto. Ese sufrimiento es parte del proceso de amar genuinamente a alguien. Esos alfileres que sentimos enterrados en los pulmones cuando tu jeva o tu vescho ve a alguien más, también son parte del amor. Es la parte ojete, pero a la vez es la parte más inspiradora. y es que el arte siempre se ha prestado más a retratar el dolor que la felicidad. Por más que se quiera, las cosas en una relación no pueden ser como un Día V eterno. Por suerte. Recuerden: sin drama no hay conflicto. 
 
Y en este día, por más sorprendente que parezca, también el Amor muestra su parte fea. Solo pensemos en la cantidad de blogs que contienen post calibre: "El día de San Valentín es una pinche mierda, y este va a ser peor porque estoy sola de nuevo! Estoy enamorada de alguien que ni siquiera sabe que existo". O en los miles y miles de twets melancólicos y deprimentes. Hace un año yo subí a esta página una gráfica sobre lo que los solteros y solteras gringos de entre 15 y 30 años hacen este día. Y dicho gráfico puede parecer exagerado pero creo que esta muy cerca de la verdad. Desde mediados de los noventa se le viene dando una importancia xodidamente exagerada al hecho de no estar solos. Y bueh, aunque yo no defiendo la soledad per se (ya saben: estar solo es una mierda, simple y llanamente. En especial en un domingo en el que quisieras estar con alguien y no hay nadie a la mano), también he aprendido que hay momentos y situaciones en las que es bueno -e incluso es sano- estar solo. Pero bueno, para la mayoría de los chavos goooe (jaja) estar solo se ve como el ultimate social fail. Es por eso que muchas personas tratan de refugiarse en un grupito de idiotas que no solo los ven como la caca que se avientan por las mañanas, sino que además se pasan todo el día cargándoles carrilla. Pero no están solos, verdad? Ahora imagínense ser alguien así y ver en este día a los pendexos osos y a las pendexas flores por doquier. Los corazones en todos lados y las parejitas fajando en cualquier metro cuadrado. Ver esto para una persona que creció con novelas del canal de las estrellas y que está más solo que un recluso en una celda de castigo, debe ser una mierda. Creo que es entonces cuando en realidad entendemos porqué un tipo como Gerald Klein puede llegar a tener tanta influencia en ciertas personas. En 2005 el tipo, que vivía en la localidad de Klamath Falls, Oregon, había convencido a 32 mujeres, vía chat, de que cometieran suicidio colectivo por Internet. Al parecer, la intención de Klein era sincronizar webcams y darse cuello simultáneamente con todas esas fulanas. Entre sus recién adquiridas pupilas estaba una mujer, madre de dos hijos, que planeaba matar a los chamacos y luego suicidarse. Por supuesto, me parece más plausible que Krein habría observado a las 32 locas (de nacionalidades estadounidense y canadiense) matarse, y luego apagaría la computadora, sacaría unas palomitas de maíz de microondas y se pondría a ver The Price is Right o alguna gringada del estilo. En realidad, el tipo nunca concretó sus planes, pues la policía lo atrapó el 11 de febrero. Le aplicaron una fianza de 100 mil dólares, que iba a tardar como seis vidas en pagar completita. Y sí, el día fijado para que se llevara a cabo el suicidio colectivo era el 14 de febrero. El Día V.
 
El amor es aquello que tiene la propiedad de subirnos a los cielos y también enterrarnos en el averno. Pero nadie, esto es casi universal, nadie se resiste a probarlo. Aunque sepa a la miel más dulce. O a mierda. Esta contradicción es lo que lo convierte en la fuerza creativa por excelencia. Y también económica. Las empresas gastan millones de dólares en publicidad y promociones especiales para el Día V. Por ejemplo, 61% de los gringos celebran la fecha, y en 2010 gastaron, en promedio, 100 dólares en ese día. Quizá no suene espectacular, pero 300 millones de estadounidenses sacando espontáneamente 100 dólares de su cartera, créanme, es una bestialidad. En verdad la gente enloquece en el mentado día del amor y la amistad. 73% de los hombres mexicanos con pareja, según una encuesta de Consulta Mitofsky en 2010, regalan algo en ese día. Y sí, sobretodo son osos, tarjetas y flores; pero resulta interesante que el regalo más a la alza últimamente es el teléfono celular: resulta que el año pasado las ventas de aparatos en México subieron un 20%. El celular es el gadget del amor y el desamor. Solo piensen en la cantidad monstruosa de mensajes cursis que se mandan este día. Xoder. En el siglo XXI el amor se demuestra por móvil. Un SMS dice más que mil imágenes. Alguien se ha preguntado por qué los videoteléfonos de 2001: Odisea del espacio nunca han pegado? Porque quién quiere que le vean las ojeras, los pelos mal peinados y la papada antisexy cuando un SMS te convierte en alguien misterioso, romántico, preciso y espontáneo. En el mundo del SMS amoroso no importa la gramática, la sintaxis y la ortografía. Lo que sucede es que el teléfono celular es el aparato más íntimo de nuestra época. El simple hecho de tener el número de alguien significa, en muchos casos, que ha habido un entendimiento. Y aunque esto no quiere decir que todos los números que traemos en el teléfono sean de posibles acostones (quizá solo algunos o en el caso de los enamorados, de uno), resulta interesante cuando se analizan las jerarquías a la hora de colocar los datos de nuestros contactos. Supongo que muchas personas su máxima aspiración es llegar a ser "ese número" dentro del teléfono de su pareja. Ya saben cual: el que pones en marcado rápido. Al que le colocas el nombrecito especial, el que tú y esa persona emplean cuando usan el 'baby talk' (no se hagan, todos los enamorados hemos hablado alguna vez como niños idiotas). Cuántos "te amo" se enviarán al día por SMS? Las frecuencias celulares están llenas de esos pedacitos de intimidad. U2 tenía algo de razón al escribir aquello de "faraway, so close". El amor es maravilloso, no?
 
Lo es, claro, al menos hasta que asoma su parte oscura. Y es que hay que recordar que el amor es un juguete rabioso. En los últimos años me he enterado de casos de rupturas por culpa del celular. Una mujer celosa espiando en el móvil de su novio. Y todo cambia. Recientemente se sabe o se lee que en uno de cada tres juicios de divorcio se presentan SMS como evidencia de infidelidad. Solo en Italia, los cuernos se balconean por SMS en 87% de los casos. Por otro lado, yo conozco a muchos a quienes los tronaron por celular, con un frío y maldito SMS. Sin derecho a réplica ni nada. Solo: bang, bang, esta muerto, gracias por participar. Que cagada. Y aún así siguen pensando que regalar un celular el 14 de febrero es una buena idea?
 
Bueh, supongo que esto tampoco es tan malo como puede llegar a parecer. Regalar algo, supongo, debe ser sólo el recordatorio de que, por suerte, no estamos solos. Y digo "por suerte" no en un tono patético o conformista, sino porque en verdad lo creo. Así como la maquinaria consumista se pone de gala en San Valentín, hay demasiada gente sola en el mundo. Hay demasiados solitarios amargados que acrecientan su amargura este día y que tratan de arruinarlo para los demás. Hay demasiados tipos que son potenciales mass murders y que se la pasan planeando masacres durante este día. Hay demasiadas alumnas de Gerald Klein en el mundo. Y es que es cagado leer blogs amargos sobre cómo el Día V es una mierda y bla, bla. Pero eso al final cansa. Y perder el tiempo leyendo eso no se compara a pasar la misma cantidad de tiempo abrazado de cucharita con tu pareja mientras ven Match Point  en la cama. Hay jerarquías, supongo.
 
Estar acompañado es un asunto de buena suerte. Trabajen para seguir así.

             

The Fighter

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La película de David O. Russell nos cuenta las aventuras tormentosas de una familia de Lowell, Massachussets, y su lucha diaria contra el ambiente y el fracaso siempre omnipresente. Esta familia puramente disfuncional no destacaría más de lo necesario sino fuera porque en su seno se cobijan 2 boxeadores "famosos", en los que todos los demás integrantes han puesto sus esperanzas, siendo defraudados por el primero y dispuestos a hacer lo que sea para no fallar con el otro.

 
Dicky Eklund (Christian Bale)  es el hermano mayor, un boxeador retirado, que siempre fue de poca monta, pero que era conocido como "The Pride of Lowell" y cuyo máximo logro profesional fue el haber derribado a Sugar Ray Leonard (o eso dicen). Ahora es un fracasado esquelético, adicto al crack y con problemas recurrentes con la ley, seguido a todos lados por un equipo de filmación de HBO que esta haciendo un documental sobre él (Dicky piensa que es sobre sus logros y su inminente retorno, pero en realidad es sobre su adicción y decadencia). Su medio hermano menor es Micky Ward (Mark Wahlberg) , un boxeador con cualidades y corazón, a quién Dicky "le enseñó todo lo que sabe" y que debería estar en la cima de su carrera, pero que sigue estancado en su trabajo pavimentando calles y se considera universalmente como un "peleador escalón" (alguien a quién enfrentan con rivales indudablemente superiores y más pesados, solo para que estos aumente su valía; como todos contra los que ha peleado el Canelo). La madre de éste es Alice Ward (Melissa Leo), mujer que no se anda con pendejadas a la hora de defender sus intereses y los de su familia (en ese orden). El cuadro familiar lo complementan un padre mandilón y siete hermanas gûeras con pinta de matronas de la Merced.
 
The Fighter (2010) se centra en la figura de Micky y su lucha por encontrar independencia e identidad dentro de esta familia llena de gritos y ruido y peleas y sueños rotos. Y aunque él es el protagonista, la verdad es que es el boxeador con menos personalidad que recuerdo haber visto en una película. Y no es culpa de Walberg (quién lo hace razonablemente bien, aunque no le alcanzó para una nominación al Oscar), sino de la naturaleza misma del tipo, ya que recordemos que esta cinta esta "basada en una historia real". Si lo pensamos un momento resulta fácil adivinar que dentro de esta familia desprovista de autoridad paterna, con un hermano mayor que captó toda la atención desde siempre, que es considerado una leyenda en el barrio y es la adoración de su madre y con unas hermanas harpías y gritonas y tontas, el pequeño Micky siempre estaba en el rincón, sin recibir nada y nunca con el carácter para reclamarlo. O eso antes de que empezara a destacar en el boxeo. Y es que al grito de "la familia es primero", su madre tomó las riendas de su carrera mientras su hermano se encargaba de entrenarlo en los días en los que no estaba hasta el culo de droga. Micky entonces se convirtió en un producto que no importaba tanto como el dinero que la familia recibiera por su canje, aún si era a costa de una madriza fenomenal propinada por un cabrón 20 libras más pesado. Así era la vida de este vecho de Nueva Inglaterra hasta que Charlene (Amy Adams), la bar tender del pueblo, entra en su vida. Ella conoce ese barrio, el ambiente destructivo y la influencia nociva de la familia de su wey y decide (si, ella decide) sacar a Micky de ahí y llevarlo por el que ella considera es el mejor camino. Es entonces cuando sobreviene el éxito, pero también las consecuencias que este trae a la vida personal y familiar.
 
La cinta es buena hablando de manera técnica, con una atmósfera de película-hecha-para-televisión, una edición muy cuidada y con secuencias de combate muy pasteurizadas y que recuerdan en demasía las transmisiones de Sábados de Corona. Sin embargo, la historia falla en el gancho emocional, ya que la audiencia jamás se identifica con el menso protagonista. Siempre cabizbajo, sin sal, jamás nos llega a parecer apasionante nada sobre él, excepto la jeva que se esta tirando. Claro que los otros personajes son poderosos, empezando por la figura decaída de Dicky, patética en grado superlativo; Bale lo hace estupendo en su papel, logrando transmitirnos su fragilidad y tristeza. También están las figuras dominantes de la madre y de la novia, siempre en conflicto y manejando a Micky a su antojo. La historia, quizá por eso, se sale del ambiente del boxeo para mostrarnos la vida en los lugares que rodean el gimnasio, donde conviven personajes pintorescos con vida dura, que tienen que ser igualmente duros para sobrevivir ahí. Y claro, teniendo muy claro el concepto de que la familia es primero. Y es que, quién te va cuidar mejor que los tuyos? Dónde estarás mejor que en compañía de los de tu misma sangre? The Fighter intenta retratar los conflictos de alguien que siempre creció con estos conceptos muy claros y que aunque el transcurso de la vida le han mostrado lo equivocados que son, de todas formas sigue aferrándose a ellos para no cometer lo que a sus ojos sería la peor de las traiciones: dejar a su familia en pos de sus sueños.  
 
Sin embargo, aún aquí la cinta falla, ya que jamás llega a enfrentar a las dos fuerzas antagónicas de manera directa. Micky jamás tiene que decidir entre su familia y su novia/carrera. Y este es el principal tropiezo del scrip, ya que entonces el sacrificio no nos parece tan grande y la escena que debería ser de triunfo épico solo se percibe como una conclusión acertada y previsible. Creo que a eso se debe que no sea una gran película sobre boxeo. Aquí no encontrarán las escenas crudas de Raging Bull o la odisea heroica de Rocky, pero eso no le priva de ser entretenida, con un humo muy negro y llena de situaciones disfuncionales en donde afloran emociones tan negativas como los celos y la envidia dentro de un entorno en el que se supone tendría que existir seguridad y cariño incondicional. Pero creo que en la vida real ocurre lo que aquí muchas veces, quizá más de las que nos gustaría pensar. The Fighter es disfrutable, si, pero no es nada del otro mundo.

    

Black Swan

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Dentro de la filmografía de Darren Aronofsky, más allá de encontrar las omnipresentes tomas de cámara en mano y la edición sumamente cuidada, siempre encontraremos lecciones morales. Quizá la más grande hasta ahora es aquella de "Las Drogas Destruyen" que nos queda después de ver su trabajo más conocido y celebrado (Requiem For a Dream, 2000). Ahora, con esta oscuro trabajo sobre un montaje de El Lago de los Cisnes y las personas encargadas de llevarlo a cabo en el Lincoln Center de NY, no deja de resonarnos en la mente otra lección moral del mismo impacto que la anterior, pero menos obvia y que se presta a más interpretaciones: "La Belleza Destruye".

 Black Swan (2010) es un filme sumamente intenso que nos cuenta la historia tormentosa de Nina Sayers (Natalie Portman), una fulana hija de una bailarina de ballet frustrada y que le ha dedicado toda su vida a la danza, sin jamás haber sobresalido. A través de sus ojos nos damos cuenta del mundo tan demandante y culero del ballet profesional. Y es que la mayoría de la gente solo se deja envolver por la belleza de las coreografías y el vestuario y la música una vez que la representación se exhibe, pero detrás de ese momento se encuentran huesos rotos, humillaciones, envidias destructivas y largas de horas de ejercicios físicos extenuantes. Como dentro de toda disciplina de élite, en el mundillo del ballet llega un momento en el que toda la presión y toda la mierda de la que estas rodeado puede desmadrarte física y sobretodo mentalmente. Y sí, la cinta es una crítica abierta a esto.

 La obsesión de Nina por la belleza y la perfección se da por el mundo donde ha vivido. Ella prácticamente creció entre escenarios y puestas en escena. Siempre ha tenido esa fascinación insana con la atmósfera romántica y europea de la danza y en su mente esa idealización desencadena en tormentosas compulsiones, como la de rascarse hasta sangrar. En realidad la vida de la chica esta simplificada de manera horrorosa, toda ella dedicada al ballet. No tiene amigos ni una relación con otras personas que no diste de ser puramente profesional. Por eso vuelca todas sus ganas en perfeccionarse en una área en donde ya es virtuosa por naturaleza, pero eso es algo que ella obviamente no entiende. Ella es sumamente hermosa, pero se siente fea y se mata con dietas innecesarias. Ella tiene una técnica natural exquisita, pero no se suelta y gusta más de sobrenetrenarse a niveles peligrosos. La cinta no puede entenderse de manera correcta si no aceptamos el hecho de que estamos viendo los desplayes de una chica que genuinamente esta enferma. Y gracias a esto bien puede llegar a ser patente que es blanco fácil de las oscuras intenciones de los otros personajes que conviven en su vida. De ser solamente en conducto mediante el que su madre puede cumplir sus sueños rotos, el ser solamente el objeto de deseo de su maestro francés ojete (Vincent Cassel) , el de ser blanco de las envidias de sus compañeras, en especial de la recién llegada Lily (Mila Kunis). La vida de Nina parece pronta a ser engullida por estos demonios engendrados de la belleza, salidos de esa perfección que no se da por satisfecha ni aún con el insospechado éxito. Ella siempre quiere más. Y la tensión siempre esta ahí, con el maestro que a ratos parece que solo se la quiere coger, con la madre que a ratos parece que esta más loca que la propia Nina, con Lily que a ratos parece que quiere matarla para quedarse con su papel. La tensión se torna insoportable para Nina y también para el público, el cual ha sido atrapado por el director e incluido en su propio y particular juego macabro. La experiencia de ver esta cinta es similar a la de ser controlado por un titiritero. 

 Aronofsky nos regala en esta cinta un trabajo de dirección extraordinario. Usando un estilo similar al de The Wrestler (2008) en tomas y dirección de cámara y una crudeza cojonuda, no deja de jugar con nuestras mentes desde el principio, agregando a la formula la edición frenética y a la excelente música (adaptaciones de Clint Mansell a los temas de Tchaikovsky). Es verdad que sabemos exactamente lo que esta pasando y que muchos acontecimientos son consecuencia natural de la narrativa que ya anticipábamos, pero eso no deja de dejarnos dudando por momentos, siendo nosotros mismos introducidos al mundo de la locura de la protagonista. Crhsitopher Nolan nunca ha logrado eso, por ejemplo. La cinta, además, se complemente con unas actuaciones de primer nivel, destacando claramente la de Portman, a quien vemos en su salida del caparazón hollywoodense y fresa en el que había estado siempre (excepto, claro, en Léon). Nina es sumamente bella, pero la vemos ojerosa y exhausta todo el tiempo, hasta su representación del cisne negro erótico y oscuro de la última parte de la película. Portman en verdad me sorprendió.

 Black Swan es una película paranoica y aterradora y muy bella, excelente en todos los aspectos. Por muchos momentos me recordó a esa otra gran película sobre ballet y muerte llamada The Red Shoes (1948), sobretodo en aquellas escenas de baile extraordinariamente filmadas y en aquella parte obscura de la belleza presenta siempre en los ojos de la protagonista. Definitivamente debe ser vista en cine para apreciarla en su totalidad. Y pues sí, es una cinta que refleja perfectamente la presión a la que son sometidas las personas con un talento especial. Aquellos virtuosos para los deportes o las artes que desde muy temprana edad ven el propósito de sus vidas solamente simplificado en complacer. Complacer a los padres, a un maestro, a un compañero, a un crítico, a un público. Y ese sentimiento, ese vacío, simplemente llega a hacer que el sujeto nunca se sienta satisfecho. Alguien puede ser todo lo exitoso que sea posible en el área en la que se desarrolla, pero nunca ser feliz. Mierda. Un don es una bendición pero también una jodida carga