Cuando uno se la pasa leyendo notas deportivas, tiende a perder la capacidad de asombro. Y es que cuando se trata de la prensa mexicana hablando sobre la Selección o sobre ciertos equipos en ciertas semanas (porque, claro, los periodistas son más volubles que una puberta con problemas alimenticios), siempre leemos pomposos adjetivos, tales como "épico", "heroico", "salvaje", "cardíaco" y demás. Y cuando uno se la pasa leyendo eso, lo toma con calma y, si no vio la actuación en cuestión, es difícil imaginarla. Porque ya se perdió la capacidad de asombro. Porque, y eso también tiene algo de verdad, los deportes han dejado de asombrarnos en su ejecución, por lo que los periodistas tratan de despertar la pasión en sus crónicas. O al menos así es en muchos casos. Me alegra decir que no en todos. Y me alegra que no en todos los casos los adjetivos pomposos estén fuera de lugar. Ayer por la noche tuve la oportunidad de ver un partido de beisbol que definitivamente fue épico, heroico, salvaje, cardíaco y demás. Y me considero sumamente afortunado por eso.
La Serie Mundial de este año enfrenta en el diamante a los Rangers de Texas en contra de los Cardenales de San Luis. Pero, más que nada, enfrenta en el despiadado mundo de las transmisiones a series exitosas, a reality shows idiotas, a los Panamericanos y a tantas y tantas cosas que han hecho que la máxima justa beisbolera del mundo poco a poco vaya perdiendo el público que otrora tuvo pegados a las pantallas. Y quizá sea porque en este mundo cínico ya no existen los Mantle, los Ruth, los Young e incluso los DiMaggio que en su día hicieron al beis el pasatiempo americano. Poco a poco se fue cargando al juego de pelota con los estigmas de aburrido, soso, tedioso, largo y sin tantas emociones. El diamante, claro, no podía competir con el emparrillado y casi tampoco con las canchas pamboleras de Europa. La Serie Mundial pasada, en la que los Gigantes de San Francisco dejaron tendidos a los Rangers, fue una de las más bajas en rating de la historia. Y esta pintaba para irse por la misma ruta. Por qué? pues porque no había un jugador ahí que levantara pasiones, por que había muchos estigmas, porque muchos juegos se iban a topar de frente con juegos de NFL, por que hay Panamericanos en México y hay que ver si los de Telerisa se cortan la barba o no. Porque los Yankees otra vez no habían llegado. Porque igual lo que pasara lo íbamos a leer en las notas del otro día, con adjetivos pomposos que nos hubieran dado a entender que las nueve entradas fueron dignas de una película ochentera protagonizada por Burt Reynols. Pero esta Serie tenía un as bajo la manga. Esa pequeña cosa que los románticos de closet gustamos de llamar "mística". Los primeros dos juegos fueron duelos de picheo despiadados, hermosamente jugados y que se decidieron por una sola carrera, empatando la serie a un juego por bando. Fueron juegos para los conocedores, para los de toda la vida. Juegos de inteligencia contra inteligencia, en los que Motte (el cerrador estrella de San Luis) pasó de héroe a villano en menos tiempo de lo que tarada en correrse un adolescente en su primera vez. Y en los que Ron Washington, el timonel texano, se sacó un poquito el estigma del mal manejo de los juegos que cargaba desde la serie pasada. Y entonces, después de un día de descanso, llegamos a Texas, solamente para ser bombardeados por un juego en el que los Rangers anotaron 7 carreras, pero los Cardenales 16 (las máximas de su historia en un juego de Serie Mundial). Fue la noche de Albert Pujols y sus 3 home runs y su leyenda escrita a batazos. Pero, caprichosos como son los dioses del diamante, al siguiente día decidieron secar a los pájaros rojos. Porque al día siguiente saltó a la lomita de las responsabilidades un lepe de 25 años llamado Derek Holland, quién blanqueó a San Luis, permitiéndoles solo 2 hits en todo el juego. Una joya de picheo digna de los años color sepia, si me permiten decirlo. Todo parecía puesto para que los Rangers sacaran ventaja en su último juego en casa y así fue. En un quinto partido, en el que brilló intensamente Mike Napoli (cátcher texano) y el mal manejo de Tony LaRussa (coach de San Luis), Texas se despidió de su estadio con un triunfo. Sufrido, sí, pero triunfo al fin. Al final de eso, y después de posponer un día el sexto duelo por la lluvia (el enemigo numero 1 del beisbol), el nivel de calidad de esta Serie ya había llamado la atención del respetable. El juego 5 tuvo casi el doble de televidentes que el primero, lo cual ya era mucho. Pero nada, repito nada, nos había preparado para la noche de anoche. Los Cardenales saltaron al diamante arropados por su afición y con la esperanza puesta en el mexicano Jaime García, quién había lanzado un juego extraordinario (el 2) que se había perdido precisamente en la última entrada. Pero esta vez no fue su día. El mexicano dejó el partido empatado a 2 carreras por bando cuando salió al inicio del 4° inning. Y el pitcher abridor de los Texanos, un tipo de apellido Lewis, iba navegando más o menos tranquilo en un juego loco, que combinó 5 errores por los dos bandos y que tuvo jugadas raras, producto más que nada del nerviosismo y la tensión casi palpable. Los de Texas parecían jugar con la fortuna de su lado y los Cardenales, por otro lado, dejaban hombres en posición de anotar al entregar outs de manera casi ridícula. Durante 8 entradas, la tónica del juego parecía sugerir que los Rangers se coronarían en patio ajeno, pero en la novena baja, cuando el cerrador estelar de Texas (Neftalí Feliz) salto a la loma, todo se torno de repente... heroico. El beisbol es un deporte hermoso porque en él no se tiene contemplado el tiempo. El juego acaba hasta que cae el out 27, sin importar cuanto tarde esto en pasar. Y a veces ni siquiera termina cuando cae el out 27. Feliz no tuvo pedo en sacar los outs 25 y 26, con sendos ponches. Y llegó al 27 enfrentado a Pujols, quien se había ido de 0-4 en el juego. Aquí hay algo que debo mencionar. El beisbol es, a veces, un juego sumamente meticuloso. Y un juego de rachas. Hay veces en las que no es tu noche y simplemente no vas a hacer nada. Es por eso que aunque esta es la Serie Mundial número 107, han sido poquísimas las que han tenido cambio de marcador en la última entrada. Pero esta lo tuvo. Pujols se envasó con su primer indiscutible de la noche. Y después otro tipo cuyo nombre se me olvidó se envasó con base por bolas. Y venía a batear David Freese, el cardenal encargado de la tercera base, quién hasta ese momento había sido uno de los que habían tenido un juego pasable. Feliz parecía dominarlo y se puso a un strike de la victoria. Un strike del título mundial. Un strike! Un strike que pudo haber sido una recta de 95 millas por hora que Freese ni siquiera hubiera visto. O pudo ser una curva picada que el tipo iba a abanicar, porque no hay peor cosa que te ponchen sin tirarle en un juego definitivo de Serie Mundial. Pudieron haber pasado muchas cosas con ese lanzamiento de Feliz, pero lo que nadie esperaba (nadie, ni siquiera el más grande fan de los Crads) fue lo que ocurrió. Freese bateó un triple por jardín derecho que trajo en empate. Era el batazo oportuno que se les había negado todo el juego. Cuando ya habían caído dos outs. Cuando ya solo faltaba un strike para el título mundial. Cuando ya se preparaban para celebrar, los Rangers se dieron cuenta de que tenían que jugar extra innings.
Quizá mi crónica no les transmita la emoción del momento, pero créanme que se sentía. Te contagiabas, incluso si estabas en el peor bar del mundo, porque se había ido la luz en tu casa y que tu equipo ni siquiera fueran los Cardenales. Y sobretodo al saber lo improbable que había sido tal batazo. Y es que Feliz hizo lo que debía hacer. Él sabía que Freese le iba a tirar a lo que fuera, por lo que no podía lanzar una recta que en una de esas se transformara en HR. Ni tampoco podía lanzar una curva, que en una de esas bajaba demasiado lento. El tipo, entonces, lanzó una pelota un poco esquinada, un poco arriba de la zona de strike. Sabía que Freese le pegaría, pero por la forma en la que lo había lanzado, sabía que la pelota saldría elevada y sin potencia al jardín de la derecha. Estaba dominado. Pero el batazo de Freese tenía tanto, tantas esperanzas, tanto corazón, que simplemente se fue más fuerte de lo que cualquiera hubiera predicho. Me gusta creer que esa pelota llevaba algo más que la fuerza del bateador, al igual que la flecha que Paris disparo desde las murallas de Troya llevaba algo más cuando fue a dar precisamente en el talón de Aquiles. Al igual que aquél, este también fue el tiro perfecto. Porque no se voló la barda, lo que permitió que Feliz sacara el último out y nos fuéramos a la entrada número 10, en la cual iba a haber más. Oh si.
En la parte alta, los Rangers, quienes habían estado tan cerca de la victoria, parecían casi muertos. Solo por un momento. Entonces fue cuando su estandarte, Josh Hamilton (un tipo que hace no muchos años había estado a punto de retirarse e incluso morir a causa del alcoholismo), quién había jugado lesionado toda la serie, conecto un Home run de dos carreras, para colocar la pizarra 9-7. Otra vez a tres outs del título, con dos carreras de ventaja. En la parte baja de la entrada, el estadio estaba casi silenciado. Y es que nadie creía que lo lograrían otra vez. Por que los milagros no pasan dos veces. Pero lo que había pasado en la novena no había sido un milagro. Había sido la mano de los dioses actuando. Los dioses habían decidido que los Cardenales no iban a perder ese juego. Y por eso lo volvieron a hacer, cuando estaban, otra vez, a un strike de la derrota. Volvieron a empatar. Y el juego se fue hasta 11° inning, en cuya parte alta el pícher de los Cards logró colgar uno de los pocos ceros del juego. Y para la parte baja, venia a abrir el ataque nada menos que Freese, cuya estatua ya estaba haciendo en el estacionamiento para ese momento. Y Freese ayudó más al crecimiento de la leyenda con un HR solitario que trajo el triunfo (el juego no podía terminar de otra forma). El tan ansiado triunfo que por momentos parecía genuinamente imposible. Y el estadio y la banca de los Cardenales estallaron. Y parecía que habían ganado la serie, cuando solo la habían empatado. Pero es que lo sintieron. Sintieron la mística en su espalda. Sintieron que no podían perder.
Como ustedes saben, yo no soy el aficionado más fiel del rey de los deportes. Y sí, más de una vez he estado de acuerdo en tachar al beisbol de aburrido y lento. Pero no a la Serie Mundial. La Serie Mundial es la cremé de la cremé en el deporte de la pelota. Es un duelo entre campeones, más que una simple final. Y gracias a juegos como estos, nos demuestra que es en octubre donde nacen las leyendas. Saben por qué en la historia de las Series Mundiales ha habido tan pocas sorpresas? Porque todos los jugadores llegan a ella agotados, después de jugar más de 160 partidos, casi uno diario, desde la primavera. Es por eso que la Postemporada (y en especial la SM) separa a los niños de los hombres. Porque solo los que se esfuerzan al máximo pueden llegar a brillar en aquellas instancias en las que los seres humanos comunes y corrientes estarían fundidos. Ayer, Rangers y Cards llegaron al nivel más alto. Y los primeros perdieron solamente porque los segundos no iban a perder. Simple y sencillamente.
Hoy en la noche tendremos la última instancia. El sueño de los aficionados: un séptimo partido de Serie Mundial. Quizá no sea para nada como el de ayer, quizá sea una paliza o quizá sea un drama como el del séptimo juego de la Serie del 2001 (la mejor de la historia, según mi propia y particular opinión), pero eso no demeritará en nada lo acontecido en el sexto juego, sin duda el más intenso drama deportivo ocurrido desde hace un buen rato. Un juego al que no le quedan grandes ninguno de los pomposos adjetivos que quieran agregarle. Un juego que muchos no olvidaremos en un buen tiempo. Ni tampoco dónde lo vimos, no con quién lo vimos. Este es el perfecto ejemplo que cualquier aficionado daría para justificar su pasión. La razón por la cual, aquellos que no les gustan los deportes, son dignos de la más grande de las lástimas. Pobres.
Hoy se cantará el playball! por última vez en el año. Hay que disfrutarlo como se debe.