Hugo
Hugo es diferente a cualquier otra película que Martin Scorsese haya hecho nunca, y sin embargo es, posiblemente, la más cercana a su corazón: tienen un gran presupuesto –es una épica en 3-D impecablemente filmada y para toda la familia- y es, en cierto modo, un espejo de su propia vida. Es la obra de un gran artista al que se han dado las herramientas y los recursos que necesitaba para hace una película sobre… eh, las películas. Que también es una fabula fascinante para (algunos, no todos) los niños que verán mejor que ningún otro espectador la profundidad sentimental de la obra.
En términos generales, la historia de su héroe Hugo Cabret es la historia de Scorsese. Todo ocurre en París, en los años 30 del siglo pasado, donde la escolarización sirve como el parámetro para el funcionamiento de los mecanismos artísticos que se ejecutan en la familia. El tío de Hugo está a cargo de los relojes en una cavernosa estación de tren en París. Y el sueño de su padre es completar un autómata, un hombre automatizado que encontró en un museo. Él muere sin haberlo perfeccionado.
En lugar de ser tratado como huérfano, el niño se esconde en el laberinto de escaleras, vestíbulos, pasillos y engranajes de su propio mecanismo de relojería en el que se ha convertido su mundo, manteniéndolo en movimiento, en el momento justo. Se alimenta de croissants robados de las tiendas de la estación y comienza a escabullirse a las películas.
Su vida en la estación se complica gracias al dueño de una tienda de juguetes llamado Georges Mélies. Sí, ese viejo gruñón (interpretado por Ben Kingsley) no es otro que el Inmortal pionero del cine francés. Y también es el inventor original del autómata. Hugo no tiene ni idea de esto. El Mélies real era un mago que hizo sus primeras películas para jugar malas pasadas a sus audiencias.
Martin Scorsese ha hecho su primera película en 3-D y se trata nada más y nada menos sobre el hombre que inventó los efectos especiales. No podría ser de otra manera. Y es que hay un paralelo entre la historia de su película y la del pequeño Martin asmático, observando su barrio de Little Italy desde la ventana de su apartamento, tomando la esencia del cine de la tele y los teatros locales, tomando a los grandes directores como sus mentores.
La forma en la que Hugo se ocupa de Mélies es encantadora por si misma, pero la primera mitad de la película está dedicada a las aventuras de su joven héroe. La cinta utiliza CGI y otras técnicas para crear la estación de tren y la ciudad; todo visualmente es impresionante. El primer shot abre con el paisaje urbano de París en su vasta longitud y termina con Hugo (Asa Butterfield) mirando por un agujero en una esfera de reloj muy por encima del suelo de la estación. Seguimos pues sus aventuras, muy a la Dickens, viendo cómo siempre se mantiene delante del colérico inspector de la estación (Sacha Baron Cohen) en las secuencias de persecución a través de multitudes de viajeros. Hugo siempre se las arregla para escapar de vuelta a su refugio detrás de los muros y por encima de los techos de la estación.
Su padre (Jude Law), visto en flashbacks, le ha dejado sus apuntes, incluyendo entre ellos sus planes para terminar el autómata. Hugo parece una clase de genio de los engranes, tornillos, resortes y palancas, y el hombre mecánico mismo es una obra maestra del impresionismo, de brillante y acero y de latón.
Un día Hugo es capaz de compartir su secreto con una chica llamada Isabelle (Chloe Grace Moretz), que también vive en la estación y fue criada por el viejo Mélies y su esposa. Ella se introduce en el mundo secreto de Hugo y él en el suyo: los libros de las cavernosas bibliotecas que gusta de explorar. Estos dos niños brillantes están a kilómetros de distancia del estereotipo tierno y pequeño de los niños en la mayoría de las películas familiares.
Para un amante del cine las mejores escenas vienen en la segunda mitad del film: una colección de flashbacks que trazan la historia y la trayectoria profesional de George Melies. Ustedes pueden haber visto alguna vez su cortometraje más famoso, “Un viaje a la Luna” (1902), en la que viajeros espaciales entran en un barco que recibe un disparo de cañón hacia la Luna. Scorsese ha hecho documentales sobre grandes películas y directores y aquí aplica esas habilidades para contar historias. Vemos a Mélies (que fue el primero en construir un estudio de filmación) utilizando conjuntos de trajes fantásticos y extraños para hacer películas con efectos mágicos –todas ellas entintadas a mano, cuadro por cuadro. Y a medida que la trama hace conexiones poco probables, el anciano es capaz de descubrir que no es olvidado, y que merece estar por siempre y para siempre en el Olimpo de los artistas.
La mayoría de las películas actuales en 3-D usa esa tecnología de un modo más bien ingenuo. Pero Scorsese utiliza el 3-D aquí de la forma en la que siempre debería utilizarse: no como un truco publicitario, sino como una forma de intensificar el efecto total. Observen en particular su recreación del famoso cortometraje de los hermanos Lumiere “Llegada de un Tren a La Ciotal” (1897). Ustedes probablemente hayan escuchado la leyenda que envuelve esa película: como un tren corre hacia la cámara y la audiencia entra en pánico tratando de salir de su camino. Esa es la muestra de un buen uso del 3-D, que los Lumiere podrían haber utilizado de haber estado disponible en sus días.
Hugo celebra el nacimiento del cine y dramatiza la cruzada personal de Scorsese: la preservación de películas antiguas. En una escena desgarradora, nos enteramos de que Mélies, convencido de que su tiempo había pasado y su obra había sido olvidada, fundió incontables películas suyas para que su celuloide se usara en la fabricación de tacones de zapatos de mujer. Pero no todas fueron fundidas y al final de Hugo vemos que, gracias a ese chico, nunca lo serán. Ahora, un final feliz hecho especialmente para ustedes.
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