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The Zoocial Network

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Aunque no llevo mucho tiempo, les manejo que estoy en el negocio de la comunicación y me siento orgulloso de ello. Me obsesioné en su momento con la new media, los predicamentos de McLuhan, Toffler, Negroponte y de Kerckhove; vi el auge del reality, la anunciada y nunca concretada muerte de la estrella del radio y la burbuja noventera del internet inflarse y estallar; he podido ver cómo funcionan de cerca las tripas del medio escrito, la web, la radio y la televisión, y he participado en ellas desde la universidad. Lo cual me encanta, claro, pues ese es mi day job; mi night job es escribir ficción. LOL.

Y… nada tan raro como las redes sociales. Las redes zoociales. Recuerdo que entre 2006 y 2007 nos fileteábamos el cerebro pensando cómo agregar esos nuevos animales a nuestra programación diaria de hacer revistas, nosotros, los (futuros) pobres editores de medios impresos en medio de la migración de lectores a los medios online. Todo era un caos. No sabíamos hasta qué grado podría llegar la participación del público. En 2005 acudí a una conferencia en la Sociedad National Geographic sobre el “long tail“, aquella visión que separaba la relevancia del broadcaster establecido (los grandes medios de comunicación) contra millones de mini-broadcasters en blogs (los pequeños usuarios de internet, pero que son un chingo). Hoy a esto se le conoce como “consumer-driven content” (contenido impulsado por el consumidor) y, no sé si sea bueno o malo, pero es esencialmente el gérmen de los memes y demás pendejadas que nos damos a diario en la red.

Algo tuvo que ver ese animal horrible llamado “periodismo ciudadano”. Alguna vez lo dije a manera de símil: la medicina ciudadana no existe, bueh, solo en casos de extrema urgencia, y no es propiamente un asunto médico que un desconocido te atienda una herida porque no hay de otra, es solo LA VERDAD DEL MOMENTO. No suelo escribir en altas porque es feo, maleducado, oloroso y poco respetuoso a las reglas de la lengua, pero sentí que venía al caso. LA VERDAD DEL MOMENTO te puede rebasar si tienes las tripas derramadas en el periférico luego de un accidente automovilístico. No importa si eres rico o pobre, estúpido o inteligente. Te vas a aferrar a lo primero que veas, ¿no? Bien puedes decir “venga de ahi mi médico ciudadano, quiero sujetarle de la mano”. LA VERDAD DEL MOMENTO no es que ese buen hombre sea un médico, es lo único que hay, quizá la última persona con la que hables en esta Tierra. Lo cual es… patético. LOL.

Pero vuelvo al tema. ¿Qué pasa con los periodistas ciudadanos? Cuando sucedió el infame ataque de Atocha en Madrid, el 11 de marzo de 2004, fue sorprendente la cantidad de fotografías de usuarios de teléfonos móviles en los sitios del atentado. Antes que cualquier televisora o periódico, antes que la BBC, el UK Telegraph, Le Monde, El País, The New York Times, CNN y Antena 3, la gente tomó fotos, se las mandó a otras personas o corrió a subirlas a la red. En 2004 la web móvil no estaba tan avanzada como ahora —ni la resolución de los teléfonos—, pero aquello fue un hito. ¡Periodismo ciudadano!, gritaron muchos en su momento, y otros tantos se escandalizaron pensando quizá que el oficio se iba a banalizar y que muchos perderían su trabajo. Lo único que sucedió fue que mucha gente en ese momento iba pasando con un móvil con cámara fotográfica en las manos. Esa fue LA VERDAD DEL MOMENTO. No que fueran periodistas. Quizá sí eran ciudadanos, pero la mayoría no eran periodistas. Igual su aportación a los hechos noticiosos consternó en buena medida a la industria de la comunicación. Sobre todo a los que predecían que nos ibamos a quedar sin chamba porque gracias al internet una masa anónima de usuarios iba a hacer nuestro trabajo.

Creo que muchos comunicadores no se quedaron sin empleo. Y también creo que llegó mucha gente sin oficio a hacerse pasar por comunicadores. LOL.
Entran las redes sociales. El sorprendente mundo de “quiero conocer gente” de aquel horroroso Hi5 dio paso al aún mas sorprendente mundo de “quiero conocer gente + quiero que todos sepan lo que estoy haciendo” de Facebook. En el camino, Facebook agregó granjas digitales, pésimas costumbres gregarias —como “pega esto en tu muro…”— e historias horrendas de depredadores sexuales, gente que pierde su empleo por postear pendejadas y mujeres embarazadas que abren el Facebook de su feto varios meses antes de que nazca —y se edpresan como idiotad podke todod sabemod que loz fetod tienen pobemas de habla. ROTFLOL.

Pero este no es un post sobre la fauna facebookera. Tampoco sobre la fauna tuitera, de eso —del ego, la obsesión por el sobrevaluado número de followers, los “tweetstars”, las prácticas malsanas en torno al hashtagueo ridículo o el erreteo mongólico— me quejo casi todas las semanas. Ja. No voy a profundizar en ello, pero sí tiene que ver con el simple y bello hecho de que no todos los seres humanos fueron llamados a ser comunicadores. Es decir, cualquiera lo puede hacer, y vaya que pasamos buena parte de nuestra vida comunicándonos con otros seres humanos. Twitter y Facebook, entre otras tres docenas de redes sociales, son el espejo de nuestra forma de hablar por teléfono, redactar un mail, mover las manos y las nalgas, coquetear y hacer sentir nuestra presencia en una habitación. Al mismo tiempo, y por muy contradictorio que suene, ese espejo es una torcida visión de nosotros mismos. Cuánta gente no exhibe una personalidad extrañamente extravertida y explosiva en la red social, gente que conocemos en persona o con la que convivimos y sabemos que no todo el tiempo es así. Y al revés también sucede: tipos exitosos y socialmente afables en el ambiente oficinil pueden ser inexistentes en sus redes sociales. Lo cual, me parece, es perfectamente normal. Un hombre puede ser un gran amante a la hora de comunicarse proxémicamente con su mujer en el colchón, y un perfecto estúpido a la hora de escribir un correo. Y viceversa. El mundo de los geeks está lleno del ejemplo en “viceversa”, BTW :D

Sin embargo, la mayoría del mundo no tiene el don de la comunicación. Y además, depende de qué tipo de comunicación estemos hablando, claro. Están los que hablan bien. Los que escriben bien. Los que se ven bien —oh sí, eso también tiene que ver con el ámbito de la comunicación— a cuadro o solo “fotografían bien”. Pffff. Y no me parece mal que las redes sociales “empoderen” al individuo y le den voz y voto. Independientemente de lo que yo piense al respecto, eso está sucediendo. Los usuarios dan su opinión todo el tiempo, se envalentonan, formulan hashtags, reclaman, pelean. Pero ese no es el tema del post. No insistan.

En las principales redes sociales de hoy no se admite el rich text —Google+ medio toma algunos recursos de Gmail para este fin— así es que la gente debe valerse de sus propios métodos en texto plano para decir las cosas. Como gritonear ESCRIBIENDO EN ALTAS QUE ESTUVO DE SUPUTAMADRE EL CONCIERTO. O abusar de los signos de exclamación!!!!!!! O agregar un emoticón —Ò_ó— bien chispa cada vez que se dice algo. O abusar de: LOL.
Las tipografías en bold e itálicas enfatizan una frase o palabra, pero su uso depende del contexto y, duh, la frase o palabra. El uso diario nos da pistas de cuándo sí y cuándo no emplearlas. La tipografía en mayúsculas, por regla, antecede a un nombre propio —cosa que el beato Steve Jobs destruyó cuando lanzó el iPod. Redactar en mayúsculas distrae y molesta, a menos que se trate de una frase corta o unas siglas. De otro modo está F.U.B.A.R. Los puntos suspensivos son tres, y en ese sentido no deberían de insistir en usar más de tres: en realidad se trata de un signo con tres puntos (comando + punto en una Mac), no de tres puntos tecleados consecutivamente. Su nombre clásico es elipsis y denota una pausa. Por eso, poner diez puntos suspensivos es tonto e innecesario. No quiere decir nada.

La diagonal esencialmente sirve para separar. Con una que usen, de nuevo, es suficiente. Esto es innecesario: //. Menos aún cuando no están separando nada, genios.

No soy un sibarita de la lengua, para nada. De hecho, soy bastante pocho, les manejo el spanglish y el uso —y abuso— burdo y coloquial de las palabras. Sin embargo, tengo mis límites. O los observo con cuidado. No me molesta que la gente escriba como se le pegue la gana, o como Dios les dé a entender, sobre todo en espacios públicos como las redes sociales, pero no puedo dejar de elevar las cejar cada vez que leo una burrada. Y no me refiero al lolspeak o al padonki, que son auténticos lingos procreados espontáneamente en internet.

Creo que mis cejas elevadas tienen que ver con que para mí escribir es algo bello, es algo inherente a mi oficio. No tengo los speaking skills —soy tartamudillo—, pero sí los writing skills. Igual no soy tan reclamón por el hecho de que no todo mundo sepa usar medianamente bien el lenguaje escrito. Primero porque no es algo que me quite el sueño. Y segundo porque la esencia de por qué el “periodismo ciudadano” es una jalada, es porque el mundo aún necesita verdaderos periodistas que reporten la nota y produzcan la información. Esa es LA VERDAD DEL MOMENTO. El mundo necesita gente que sepa fabricar mesas. Reparar y cambiar neumáticos. Fabricar buenas playeras. Ensamblar juguetes. Cosechar jitomates cherry. Enseñar yoga. Cuidar enfermos. Dibujar letreros de salidas de emergencia. Tocar el piano. Cortarle el pelo a los perritos. Meter goles. Limpiar ventanas desde un piso 35. Volar aviones. Darle de beber a la gente que viaja en esos aviones. Sacar cuentas. Escribir poemas. Escribir guiones de películas. Escribir cuentos para niños. El mundo es tan hermoso porque es tan diverso. ¿No lo creen? ^_^

Porque hay lugar para todos. Para los que escriben respetando las reglas. Y para los que se cagan encima de la lengua de Cervantes en cada tuit. LOL.

Telequinesis

Tetsuo

La primera vez que vi un trabajo de ficción sobre telequinesis y dije “guau” no fue en Carrie –aunque me la pasé muy bien cuando la vi por primera vez–, sino con Domu de Otomo: la niña recién llegada y el viejito loco partiéndose el queso en una unidad habitacional de Tokyo me rompió la madre. Después de ver al maricón de Sylar en Heroes haciendo ademanes Jedi para aventar al aún más maricón doctorcito hindú por la habitación, recordé los verdaderos placeres de dos seres telequinésicos arrancando cimientos de edificios o aventando “esferas psíquicas invisibles” a sus enemigos, y dejando detrás de sí la hondonada en la pared… seguro, la telequinesis debe servir para hacer trabajos que implican coordinación motriz fina (y no me refiero a ese otro joto, Hayden Christensen, pasándole a su novia un durazno nabooeño del otro lado de la mesa), pero lo que pone duros los pezones de los fans es ver las madrizas a gran escala. Con sus limitantes, claro. Neo despegando y dejando el pavimento hecho chicharrón: cool. Neo y el Agente Smith hechos de hule y peleando entre las nubes: no cool. No puedo estructurar las muchas variantes de la telequinesis: ¿gracias a ella se puede volar? ¿Explotarle el cerebro por dentro a un enemigo? ¿Apuntar con precisión objetos punzocortantes? ¿Quitarle la ropa a una chica? ¿Incluso leer mentes y comunicarse mentalmente, como lo haría un, ejem, “telépata”? ¿No es una mamada que la telequinesis de repente tenga tantas variables, cuando esencialmente es el poder para apachurrar y mover objetos con la mente, con suerte con fuerza bruta?
 
Como sea, la telequinesis es mi poder favorito de la ficción nerd. Amo que Katsuhiro Otomo haya puesto a los niños como el objeto del poder desatado de la mente; en Carrie, Stephen King intuyó que una adolescente –llena de hormonas y energía– sería el caldo de cultivo ideal para el poder telequinésico. Y Tetsuo de Akira es justamente eso, un postpuberto que acaba de descubrir que puede hacer pinole un tanque. No obstante, la onda de Otomo está en los niños. ¿Por qué los niños?
Un héroe o villano con poder telequinésico es adorable porque, por lo general, carece de fuerza física o de dominio de algún tipo de armas. Su poder radica en su habilidad para aventar las cosas que le rodean del mundo –o simplemente en alejarlas de él.

Happiness (y no, no es un post sobre la película de Todd Solondz)

George S. Scott en Taps tiene una gran línea al describir el honor: “Es a prueba de ladrones, a prueba de tontos, a prueba de cualquier clima”. La letra chiquita del contrato de la felicidad debería contener palabras similares o al menos la promesa de un elíxir que, por muy xodidos, apachurrados o mojados que nos sintamos, es a prueba de todo. DE TODO. Evidentemente, es más simple medir nuestra felicidad cuando la ponemos contra los momentos xodidos de la existencia. En este sentido, la felicidad debería ser una especie de gadget de bolsillo que nos ayudara a paliar esos momentos tenebrosos en los que nos sentimos como Frodo recién picoteado por Ella-Laraña (hey Peter Jackson, las arañas muerden, no tienen aguijón). El dólar sube. El dólar baja. Mi esposa/novia me dejó. Me pisaron (y me agarraron las nalgas) en el metro. El estúpido de mi jefe me dedicó una laaaaaarga perorata sobre lo imbécil que soy y lo inteligente –y guapo– que es él. Venga de ahí la felicidad, ese pedacito celestial que ayuda a sentirse mejor.

Bah, pero no es así, claro, las cosas nunca son así. No puedo dejar de decir que alguna vez pensé, en mi febril juventud (que se va para no volver), que era feliz. Alguna vez me dije “epa, soy feliz” o quizá fue “epa, me siento feliz”, ya no lo recuerdo. Estaba yo con una mujer, y pensé que era feliz. Que ella me hacía feliz. Luego nos peleamos. Y luego nos separamos. Y ya nunca nos vemos. Y sí, en aquel momento, si mal no recuerdo (aunque haya olvidado las palabras exactas), me sentía feliz. El tipín casi veintiañero que se sentía feliz en aquel momento, sin embargo, ya no está aquí. Le sucedió a un Gerardo (hey, that’s me!) con unos kilos menos y un montón de experiencias agrias y amargas menos. Acordarse de quiénes fuimos alguna vez es un acto de despedida: ese que fuimos ya no volverá. Oh sí, es melancólico y es raro y es cursi, pero así es. Las cosas que te hacían feliz antes ya no te hacen, quizá, feliz ahora. Puedes haber mantenido esos placeres de antaño, como ponerle limón a los Doritos Nachos (qué sé yo, caramba), pero la edad te ha hecho, y si aún no tienes dicha edad créeme, los años te harán pensar lo siguiente: hay una gran diferencia entre un placer y un momento de felicidad. El cigarro del break del cigarro de las 12 del día, ea, quizá eso sea un placer personal y privado (sobre todo en estos días donde los fumadores son satanizados y cuasiperseguidos por la ley). Pero no es un momento de felicidad. Poder salir a fumar un maldito cigarro luego de soportar a tus tres hijos menores de edad brincarte a la cara todo el (también) maldito domingo, ea… lo siento, no es un momento de felicidad. Es otro placer personal y privado, quizá uno provisto de ansiedad, pero hasta ahí llega. “Qué felicidad, al fin vi que a ese pendejo lo corrieran.” “Qué felicidad, ganó el ManU (¿sí ganó, verdad?)” “Qué felicidad, mi mujer no ha usado la tarjeta de crédito en todo el mes.” Oh, con qué facilidad empleamos la palabra ‘felicidad’, con qué modos tan tersos e ingenuos la trivializamos y la convertimos en algo frívolo. ¿Será?

Quizá todo el asunto de la felicidad tiene que ver con los momentos de gravidez, de seriedad, de adultez, de estatura intelectual. Recuerdo aquel cuento de Robert Bloch en el que a un tipo le es dado un reloj por el mismísimo Lucifer Príncipe de las Tinieblas©. El reto del diablo es el siguiente: sácale el perno al reloj en el momento en el que sientas la verdadera felicidad. Cuando esto sucedió, que fue curiosamente junto a las vías de un tren, el tipo del cuento era un jovencillo. Luego, durante un par de páginas, el autor nos receta a manera de elipsis las cosas bondadosas que le sucedieron en la vida al fulano aquel: estudió, se casó, tuvo hijos. Buenos tiempos, malos momentos, un poco de sal y pimienta, ya saben, una vida perfectamente normal y aburrida con ratos en los que, metido entre las sábanas y con las cosas relativamente en control, el tipo se sintió tentado a sacar el perno y (detalle que olvidé aclararles) detener para siempre, como en un freeze-frame, ese perfecto momento de felicidad. Aquello nunca sucedió, y como en los buenos cuentos del diablo, el Rey del Averno volvió a encontrarse con nuestro héroe, quien ya era un anciano y que, curiosamente, caminaba junto a las mismas vías del tren donde se cruzaron por primera vez décadas atrás. Nunca se atrevió a sacar el perno así es que (esto también es predecible) el diablo se cobró la deuda… su alma, pues. Lo llevó al tren que va al infierno, y ahí el tipo del cuento se vio en medio de la más encantadora compañía: los que pierden el tiempo jugando a las cartas y a los dados, las prostitutas, los borrachos, los que desafinan en el karaoke… en ese instante –y por alguna razón que desconozco el diablo se había olvidado de quitarle el mentado reloj–, el tipo sacó el perno. Así es que el demonio se triplecagó por la ocurrencia: a causa de eso, estarían condenados a vagabundear en aquel tren por toda la eternidad. El tipo replicó: “En este momento me siento feliz. En compañía de estas personas”. Así es que de esta manera tan liviana echo por el traste todas mis teorías sobre la pesadez de sentirse feliz, el instante definitivo en el que una persona, con toda la gravidez y seriedad que amerita la ocasión, puede decir: “Xoder, soy feliz”. Quizá es un poco de ambos casos: una mezcla de las cosas triviales con las cosas importantes. Nadie lo ha expresado mejor que Kevin Spacey en American Beauty: “Siempre escuché que tu vida pasa frente a ti el segundo antes de que mueras… para mí, fue estar acostado de espaldas en el campamento de los boy scouts, viendo las estrellas fugaces… y las hojas amarillas de los árboles de maple… o las manos de mi abuela, y la manera en que su piel parecía hecha de papel… y la primera vez que vi el nuevo Firebird de mi primo Tony… y Janie… y Janie… y… Carolyn”. Kevin tenía razón: la felicidad se mide y sólo se puede medir contra qué tan cerca hemos estado o estamos de la muerte. Y el ingrediente secreto, claro, cómo olvidarlo, es el siguiente: ¡Xoder, no se tomen las cosas tan en serio!


Feliz inicio de semana, vaclayos y devoschkas.


Yesterday… (y no, no es un post sobre la canción de The Beatles)

Lenin

Los ecos del examen profesional de quién esto escribe, acaecido la tarde de ayer…


Ø  “Casi no llegamos a tiempo. Es que es bien difícil encontrar la entradita a la universidad, escondida como está detrás de tres cantinas, una tienda de licores, una gasolinera, una tapicería, un azulejero y dos hoteles de paso…”

Ø  “¿Te sobran boletos para el examen, güero?”

Ø  “¡Mira papá, en esta universidad ofrecen titularte en tres meses o tu pizza es gratis!”

Ø  “Lo que sí creo que es excesivo e insultante es dividir el área del público en zonas Gold, Preferente, Porra Rebel, Plateas, Familiares y Xodidaje…”

Ø  “¡No puede ser! ¿OTRO retén de seguridad?”

Ø  “Jamás había visto una tesis ‘para colorear’…”

Ø  “No, en serio, ¿quién le dedica una tesis a ‘el hombre más influyente de mi vida, mi modelo a seguir y un mexicano ejemplar: el diputado Julio César Godoy’?”

Ø  “Mmmmta… ya lo jodieron. Uno de los miembros del jurado es Diego Schoening.”

Ø  “Tesis no se escribe con ‘z’, ¿o estoy mal?”

Ø  “Y sí, la tesis es de 240 páginas… pero hay que tomar en cuenta que una es la de la portada, otra es la dedicatoria, otra más es el índice, tres son de contenido y el resto son fotos de lesbianas besándose…”

Ø  “Pensé que nos íbamos a tener que chutar una de esas horribles presentaciones en Power Point. Qué bueno que Gerardo eligió hacer la suya en teatro guiñol.”

Ø  “Con esta ya van cuatro preguntas de los sinodales que se ha negado a contestar diciendo que no habla sin su abogado presente…”

Ø  “Esto va para largo. Ahora que vuelva a pasar el señor de las Maruchan pídele que te venda dos, por favor…”

Ø  “En mi papel de presidente del jurado, tengo el deber de informar al sustentante que decir ‘está escrito en la tesis y así’ no es considerado una respuesta válida…”

Ø  “¿45 pesos por una cerveza? Ya qué, déme dos…”

Ø  “Hagas lo que hagas, NO vayas a entrar a los baños. Acabo de ver a la Chica Dorada inhalando rayas de coca sobre la taza del excusado, metiéndole balas a un revolver…”

Ø  “No, el sustentante no puede llamar a un ‘testigo sorpresa’, pues no estamos en un juicio. Y no importa que el testigo sorpresa sea César Bono. Lo siento mucho, señor Bono, le suplico abandonar el presidium…”

Ø  “Pues yo creo que tendría muchas más posibilidades de aprobar si usara las manos para gesticular con ademanes de orador, y no para rascarse la entrepierna cada once segundos…”

Ø  “No, señor Bono, no tengo cambio para el estacionamiento. Abandone el presidium, por favor…”

Ø  “Se le informa al sustentante que una foto suya donde aparece sacando a un minero chileno de la cápsula Fénix no le acredita ninguna clase de puntos a favor. De hecho deberíamos restárselos, pues se ve claramente que es un inepto para hacer montajes en Photoshop…”

Ø  “Hubiéramos acabado hace horas si no interrumpieran al Gerardo cada dos minutos para entregarle demandas de paternidad.”

Ø  “Por enésima vez, el sustentante no puede negarse a responder amparado por un fuero constitucional que de por sí no tiene…”

Ø  “¡Aistálasudaderalagorralaplayeraaaaa!”

Ø  “Señor secretario, le agradeceré me asista para remover al señor César Bono del presidium. Aquí tiene unas monedas, por favor cómprele un Boing de durazno y unos Chocorroles de la máquina del pasillo y pídale que no regrese…”

Ø  “Había visto que le echasen porras a alguien para apoyarlo en su examen profesional, pero nunca había escuchado tantos abucheos. Y menos aún de la familia del sustentante…”

Ø  “¿Cómo? ¿Se puede alegar demencia temporal en estos casos?”

Ø  “No sé qué es peor: el examen que está presentando este idiota o que los derechos de transmisión de la NFL hayan sido vendidos a TV Azteca, y que Enrique Garay esté narrando…”

Ø  “Pues el jurado ya lleva una hora y media deliberando. No se ve bien la cosa. Uno de los sinodales se asomó para preguntar si alguien tiene una soga a la mano…”

Ø  “¿Gerardo ya es licenciado? Díganle a Marcelo Ebrard que contacte a los de los récords Guinness para decirles que en el D.F. se acaba de lograr el fraude más grande del mundo.”

Ø  “Por última vez, señor César Bono, me consta que usted NO me cuidó el coche…”

Los zombies no corren

Zombiland

Diosito, en su infinita sabiduría, no le dio alas a los alacranes (¡ningún arácnido vuela!) ni permitió que los zombies corrieran. Por lo segundo, la explicación es bastante simple: si bien persiste la masa muscular, la coordinación motriz del zombie es tan reducida que es incapaz de llevar a cabo tareas como a) subir las escaleras, b) saltar, c) nadar, d) correr de una manera sostenida y enfocada en un objetivo. Max Brooks en su legendario libro The Zombie Survival Guide: Complete Protection From the Living Dead dice que al parecer “los zombies son incapaces de correr. Los más rápidos que se han observado se mueven a un rango de 1 paso por 1.5 segundos”. Sin embargo, Brooks hace la aclaración pertinente, y vaya que es cosa que debemos tomar en cuenta si queremos sobrevivir al inevitable holocausto zombie: “La ventaja de los muertos sobre los vivos es que son infatigables”.

Los “zombies” en 28 Days Later en realidad son tipos infectados. Están vivos, lo único que tienen es que están enfermos. Ejem, MUY enfermos. Los zombies en Zombieland (que recien adquirí en glorioso rayo azul este fin de semana) rompen por completo con el cánon. Tienen coordinación motriz fina (abren puertas, por ejemplo), saltan encima de sus presas, corren como maniáticos… el resultado es encabronadamente divertido, como el gordito de la foto siendo perseguido por una stripper zombie que en vida se caía de buena. El recurso comédico funciona, pero yo soy una persona de principios y a mí mis zombis me gustan lentos y sin ir a las carreras.

El zombie clásico de Resident Evil es suficiente para erizarme los pelos, y creo que a ustedes también: piensen en un sujeto semipodrido con las ropas roídas gimiendo en un callejón oscuro y les garantizo que se harán de la popis en menos de lo que puedan decir “staaaaaaaaaaaars”. Ya  ya, las baratijas pedorras como el Némesis con su lanzacohetes, los lickers y esos imbéciles zombies cararroja del remake del primer RE para el GameCube son, de nuevo, buenos recursos para entretenerse, pero NO son el maldito cánon. Que los zombies corran me parece mamón e innecesario. Sin embargo, hay que admitir que una película como Zombieland funciona mejor con zombies correlones y, bueh, quién soy yo para decir que no se rompan las reglas de vez en cuando. Y sin hacer sesudas críticas sociales, joder. No comparto mucho eso porque me interesan los zombies que se comen a la gente, no los que simbolizan a la gente alienada  y por eso se comen a la gente. Bah.

Dicho lo anterior, además de considerarme un hombre de principios, soy un hombre que gusta de los contrastes (y las caritas cumshoteras). Lo que voy a decir es uno de esos contrastes disfrutables en la vida: ir en un vuelo junto a una dama cumshotera, de esas que usan anteojos Cartier y bolsas Burberry, y responder a la inevitable pregunta de “¿qué lees?” y voltear y responder “una guía de supervivencia en caso de holocausto zombie” es un gran momento, un momento iluminado. Lo más probable es que la jeva te vea compasivamente y a sus ojos te hayas convertido en un adolescente obeso con acné y que perderá la virginidad a los 43. Si tiene sentido del humor, te hará más preguntas. Una de ellas, claro, ser á “pero los zombies corren, ¿no?”

— “No no, diosito, en su infinita sabiduría, no le dio alas a los alacranes ni permitió que los zombies corrieran”.

 — “Pero hay una película en la que sale el tipín este wapo…”

— “¿Cillian Murphy?”

 — “¡Sí, sí, ese!”

— “Ah, esa es 28 Days Later de Danny Boyle, y no son zombies, en realidad son tipos  infectados…”

Y así uno empieza hablando de zombies y termina hablando de caritas cumshoteras.

Mis mejores deseos para que la próxima vez que viajen en avión, autobús, trolebús, metrobús, metro, tren ligero, taxi pirata compartido, panga o ferry con paisaje canadiense de fondo, y se encuentren con una carita cumshotera, la conversación fluya. Me gustan las caritas cumshoteras. Me importa un pito si usan o no Cartier o Burberry, si son fresas o papayas (o simple mermelada), azules o rojas, Covenant o Spartans. A mí me basta con que sean un poco nerdáceas. Sí.

Stallone le hace al Homero

Y no precisamente Simpsom, a pesar de lo que se juzgue por la imagen.


Instalé Netflix en mi PS3 porque traía un icono GIGANTE y una promoción de un mes gratis. En términos generales, la selección de películas me pareció apestosa, la interfaz es horrible, la calidad es muy cuestionable, pero, una noche, de hace un par de semanas me permitió ver Rocky, una de esas películas que me encantan, pero que nunca he tenido en formato casero. Hace un par de semanas, cuando me encontré a mi mismo deprimido, un sábado en la madrugada, con un bote de helado en las manos y un montón de pensamientos en la cabeza, cual chica Gilmore. Entonces, por alguna extraña razón, empecé a ver Rocky de otra forma, y de ahí salió la idea general de este post.

Primero hablemos de Homero (“o de esos griegos que llamamos Homero”, como solía decir Borges) y de su opus magna llamada La Ilíada. Alguna vez leí que la escena perfecta de risas y lágrimas entremezcladas es aquella de La Ilíada, en la que Héctor, el héroe trágico por excelencia, se despide de su esposa Andrómaca y de su pequeño hijo Escamandro (acaparando nombre ridículos de infantes desde el año 300 a.c.), en las bases de las murallas de Troya, antes de que Héctor salga de nuevo al combate. Él sabe que va a morir, siempre lo ha sabido. Ella, de hecho, lo llora por muerto, mientras le recrimina su inconsciencia. ÉL no puede escapar a su deber, pero ella no lo entiende. Ella, incluso, tiene momentos de pitonisa (no es lo que están pensando) y le cuenta lo que le depara el futuro a su familia y lo que será de su pueblo y su estirpe. La escena podría ser triste en extremo, sino fuera por el lepe, de escasos tres años (a quién más tarde los aqueos arrojarían desde la parte alta de la ciudad, en el paroxismo de la quema de la eterna Ilión), quién siente miedo por los arreos militares con los que está adornado su padre y se esconde tras las faldas del otro personaje silencioso que ronda la escena: la nodriza. La llorosa Andrómaca ríe por esto y nosotros también. Héctor, entonces, se quita el casco, besa a su hijo y a su mujer, y parte a la batalla. Una escena sencilla y en muchos sentidos perfecta.

Y entonces Rocky. Siempre me ha gustado esta película. Me recuerda mi infancia, viendo películas del Cinco (Cine Permanencia Voluntaria) en mi tele de catorce pulgadas que estaba a siglos de aquello llamado control remoto. Me recuerda la época en la que entré a un club de boxeo, debido a mi obsesión después de haber visto Fight Club (soy impresionable, lo sé). La vida del boxeador tienen el encanto de lo duro, del que se gana la vida literalmente a madrazos. Rocky, el boxeador trágico por excelencia, famoso por su habilidad sobrehumana para bloquear los jabs con la cara, es una tipo duro, tonto, pero de buen corazón. Hace de cobrador para un gangster de poca monta porque tiene que hacer algo, ¿no? Pero parece castigarse a sí mismo en el viejo club de boxeo en el que soporta madrizas extremas por cuarenta dólares (sí gana). De repente conoce a una chica que es como su soulmate. Y de repente recibe una oportunidad. Lo poco que tiene, su chica y su oportunidad, lo defiende con todo.

La cinta es un canto heroico dirigido a una sociedad americana que en ese momento estaba sumida en el desempleo y en la desilusión por lo acontecido en Vietnam. Para todos ellos se muestra una grieta del sueño americano. La cosa no puede estar tan mal cuando vives en América. Rocky sabe que no puede ganar la pelea, no espera un milagro. Sabe que el milagro en sí es pelear. Solamente quiere aguantar, hacer lo que nadie ha hecho, llegar hasta el final del quintoagecimo round frente al campeón mundial de los pesos pesados. Rocky es el típico americano que tiene que matarse por su sueño. América te da las herramientas, te da la oportunidad, pero el trabajo de fabricarte un futuro recae exclusivamente en ti. En ese sentido, la película es perfecta.

Los meritos de la cinta se han venido discutiendo desde que se estrenó. En los Oscar de ese año le tocó competir contra tres pesos pesados de la historia del cine: Taxi Driver, Network y All The President´s Men. Nada más. Rocky, el peleador sin esperanza que solo pelea porque no sabe bailar o cantar (o porque sus tortugas no saben bailar o cantar), se llevó la estatuilla a la mejor película. Pero eso no solo fue por sus méritos extra cinematográficos. Rocky es una historia sumamente sencilla, que en ningún momento quiere tomarle el pelo al espectador. Esta dirigida con toda la mano de un hombre que gustaba de hacer este tipo de películas (John G. Advilsen, el Miguel Ángel Cornejo del cine) y contiene algunas secuencias que, aún en ese momento, se sabría que se quedarían en el inconsciente colectivo de ahí hasta que las cucarachas dominaran la tierra. La imagen de Balboa, agitando los brazos en señal de triunfo, en la cima de las escaleras que conducen a la biblioteca Pública de Filadelfia, es un desafío a la pobreza, a la desesperanza, a las crisis, a la miseria y también a los miembros de la industria hollywoodense que habían rechazado el guion escrito por un actor semidesconocido que un buen día se dio cuenta de que si nadie iba a escribir una historia para él, él mismo tendría que hacerlo. La cinta fue un knock-out en el país. La gente en las salas de cine aclamaba al Semental Italiano como si ellos mismos se encontraran en el Spectrum de Filadelfia, viendo en vivo la más grande demostración de estámina y valor en la historia del pugilismo en la noche del Bicentenario de la Independencia de los Unites. Y la película no ha perdido nada de esa fuerza con el paso del tiempo.

Entonces, lo paralelo. En la odisea heroica que supone la pelea final por el título, llega a su punto máximo en el round 14, cuando Apollo Creed (el campeón), más cansado de lo que jamás ha estado en su vida, golpea y golpea a un Rocky que no se cae. Hasta que finalmente lo derriba. La música de Bill Conti acompaña al Italian Stallion luchando por levantarse, cuando hasta su entrenador le dice que se quede abajo, que ya fue suficiente. Pero no, él tiene que llegar hasta el final. Se pone de pie y aún reta al campeón, quién, para citar al comentarista, "no puede creerlo". Al final termina madreando a Creed de una forma brutal, pero pierde la pelea por decisión dividida y polémica que originó toda una saga de cintas que poco a poco fueron perdiendo calidad cinematográfica y ganado litros y litros de sangre falsa. El momento en el que se da el anunció casi no es perceptible, pero se entiende. Se sabía de antemano casi, casi. La escena muestra un pandemónium de reporteros y aficionados invadiendo el ring, cuestionando a un Rocky, quién no se distinguía precisamente por su habilidad frente a un micrófono, sobre si habrá o no revancha. Él grita desesperado, llamando a su chica. La chica corre desesperada hacia el ring. Luchando contra la corriente. Los reporteros preguntan. Él acaba de perder la pelea más importante de su vida, pero ganó algo más grande: auto respeto. Y el respeto de todo el país de paso. La escena, hasta ese momento es triste. Mucho. Sin embargo la chica esquiva a todo mundo y a empujones se abre pasó hasta llegar junto a su novio. Ella lo mira completamente desfigurado. Él la mira completamente angustiada. Y aunque esta más golpeado que un pobre diablo originario de Nueva York que no sabe pagar sus deudas, él solamente atina a preguntarle dónde está su sombrero. El sombrero rojo que perdió en su camino hacia el ring. El sombrero rojo que la hacía verse hermosa en los vestuarios, donde se había visto por última vez. Ella no responde, con eso acaba de reconocer al hombre que ama, al hombre que la hace reír, aún ahora. Ella ríe y llora (y nosotros también) y abraza a Rocky y le dice que lo ama, a lo que él responde de la misma manera. Una escena sencilla y en muchos sentidos perfecta.


Bueh, hay que recordar que esa noche estaba deprimido. Y desvelado. Pero me la pase muy bien viendo Rocky. Siempre puedes pasártela bien viendo Rocky. Como sea, voy a cancelar el Netflix después del mes gratis. Creo que no estamos lo suficientemente preparados para tanto poder, mi lic. 

Un post sobre aquello que Hallmark define como "Amor"

Pep

La anécdota va así: dos abogados muy cuarentones y muy trajeados salen de una comida, se detienen en un Yogurtland, pero solo uno de ellos pide su helado. El encargado del mostrador, muy amable, les pregunta si quieren una cuchara extra… para compartir. Uno de los abogados le reclama por la obvia insinuación de jotería; el otro también. Salen del lugar bastante encabronados.

Uno de esos abogados es casado. Todo el paquete: esposa, hijos, amante. El otro es soltero y sin hijos. Ambos son heterosexuales. Y acá viene lo interesante: el casado le reclama al soltero por el episodio del Yogurtland.

–Por tu culpa pensaron que somos putos.

–¿Por qué por mi culpa?

–Porque eres soltero.

“Guau” exclamé cuando me contaron la historia. Qué tal: en este mundo tan profano (parafraseando al maestro Carrillo), tan moderno, tan modelo 2012, ser cuarentón y soltero puede ser sinónimo de homosexualidad. Y de la del peor tipo: la closetera, la que se esconde por los rincones como la muñeca fea. Porque los gays, y esto se lo debemos a Andy Warhol, Boy George, Ricky Martin, Queer Eye for the Straight Guy, Sex and the City y Brokeback Mountain, son gente sensible y creativa. Es decir, NO SON ABOGADOS (estoy siendo sarcástico, idiotas). Somos proclives al cliché, ¿verdad?

No tengo que decirles que la revolución sexual de los sesenta fracasó con rotundo éxito: la mataron el sida y las ideas prefabricadas (esas que venden en convenientes paquetes en autoservicios, ajá). Ya saben, el modelo de la familia nuclear que se puso de moda después de la victoria Aliada en la Segunda Guerra Mundial, el american dream de la mamá el papá y los sonrosados y blondos críos –niño y niña por favor, nada como tener “la parejita”– en un picnic que incluye hasta hormigas caucásicas. Todo es perfecto. Siempre hay cerveza en la nevera. No se nos mueve ni un pelo. De preferencia somos católicos. Ricos. Conducimos autos extranjeros. Y estaremos. Juntos. Hasta. Que. La. Muerte. Nos. Separe.

Las ideas prefabricadas le hacen daño a la gente por la sencilla razón de que la realidad es superflexible, es supercambiante y está constantemente supermoviéndose, lo cual algunas personas encuentran superculero pues es difícil entender, por ejemplo, que en el día a día Novio Perfecto Que Te Llevó Al Altar quizá haya resultado borracho, jugador compulsivo, holgazán extremo, infiel u homosexual (ay Jesú). La falta de habilidad de la gente para simplemente observar la realidad de las cosas cómo son, sin juzgarlas, es fuente inagotable de sufrimiento, peleas y malentendidos. Algunas de mis ideas prefabricadas favoritas:

“Si vive solo y es cuarentón debe ser gay”.

“Si vive sola debe ser lesbiana. O no puede tener hijos. O es demasiado gorda para que alguien la pele. ¡Por eso tiene tantos perros!”.

“Seguro su ex le quita toda la quincena”.

 [Con solo 5 minutos de haber conocido a pareja equis] “Ella se lo trae de su pendejo”.

“Si la pareja que vive en el depto de arriba se dedica todo el día a su labrador es obvio que NO pudieron tener hijos. Son los pollos con hormonas. Las mujeres se hacen estériles, goei”.

“No te conviene alguien que ya tuvo hijos, mijita”.

“No te conviene alguien que ya estuvo casado, mijita”.

“¿35, no se ha casado y vive con su mamá? Es gay. Ooooobvio”.

Cómo somos chismosos. Amamos el chisme. No sorprende por eso que ese infame pedazo de caca llamado Facebook tenga tanto éxito, ¿no? Porque no se trata de “compartir” la vida como de “espiar” lo que hace el vecino. Mirar al ex y decretar sobre su vida, de preferencia lo que a nuestros ojos son “desgracias”: está gorda está fea está vieja está sola está amargada. Está tan arraigada esta idea que nadie se atreve a ver a un ex sin sacar los mejores trapos y sumir la panza para que nos vean lo menos jodidos que se pueda. Por eso admiro a muchos treintañeros. Ellos ya pasaron por algunas encrucijadas en su vida, y difícilmente están apenas casándose o viendo si ponen un departamento con alguien. Lo más probable es que ya se hayan casado, ya se hayan divorciado, ya hayan bautizado al chamaco, ya se hayan madreado con la suegra en la cena de Navidad. Heridas de guerra, mi lic. Así es que las cosas ya no son tan fáciles para una persona que ofrece sus experimentados servicios en el terreno del amor. Los veteranos del amor (suena a canción de Mijares) no suelen ser tan bien vistos, sobre todo por los más jóvenes. Es comprensible: la gente de veintitantos (cof, cof) queremos atravesar por todo el penoso proceso que abarca de Melrose Place a El Club de las Divorciadas. Lo que no podemos ver muchos veintiañeros, por supuesto, es que esas ideas prefabricadas sobre la forma de relacionarse con la gente son como paredes falsas, como utilería de un set de Hollywood, como esos horribles televisores de cartón de Dico (es Diconomía). Ya lo dijo El Príncipe: el amor acaba. La gran casa en la que inviertes tus desvelos y ahorros quizá después sea motivo de llanto y pleitos legales. Las fotos de la boda acaban arrumbadas en un clóset, o peor. Yo conozco a alguien que se casó apenas en el 2008 y no encuentra las fotos de su boda, por ejemplo… temo que hayan acabado tijereteadas en medio de un ritual como de la banda de El bebé de Rosemary.

Yo no digo que la gente no se case. Que no experimente la vida. Que no pruebe lo dulce y lo amargo. Ya habrá tiempo de meditar sobre las consecuencias de nuestros actos (en nuestra próxima vida: cuando seamos gatos). Solo doy un NO rotundo a las ideas prefabricadas. Ideas irreales sobre el amor eterno y las configuraciones familiares. El Inegi, basado en documentación de la ONU, estipuló hace varios años que hay cinco tipos de hogares en México: 1) el unipersonal, 2) el nuclear –que puede estar compuesto con una madre soltera con hijos, 3) el extenso –en el que participan otros núcleos, como tíos, abuelos y amigos, 4) el compuesto –básicamente, una comuna y 5) la categoría “inclasificable”. De estos cinco tipos de hogares se desprenden múltiples formas de relacionarse, tan caprichosas como “abuela cría a nieto huérfano mientras la tía trabaja” o “mujer gay sin pareja cría a hijo con tío, tía y abuelo”. La realidad a veces no es tan glamorosa: se mueve entre mujeres solteras que trabajan jornadas dobles y triples y que deben salir corriendo de la oficina para recoger al chamaco de la guardería, y hombres solteros heterosexuales que no tienen la menor intención de tener hijos y prefieren su clase de yoga, su sexualidad promiscua, sus catas de vino y sus viajes al extranjero a pagar pañales e idas al dentista. Hombres que increíblemente son censurados porque otros hombres, los que han seguido el cliché de esposa-hijos-amante, no se sienten a gusto con la libertad que estos gozan. Un hombre casado con hijos tiene todos los pretextos para faltar al trabajo; un hombre soltero sin hijos, por default, se considera idóneo para trabajar en fines de semana y días festivos.

“Es que tú no sabes lo que es que te moleste la brujer, mi lic”.

La realidad del mundo de las relaciones es tan cambiante que, quizá, todos practicamos modos alternativos de juntarnos con otras personas. En mi modo de ver, la familia tradicional se ha desmoronado estrepitosamente, y lo único que queda es una idea de “cómo se deben de hacer las cosas”. Pero en la vida real, la gente las hace como puede, no como quiere. American Beauty nos enseñó que los suburbios son sitios carrollianos de gente disfuncional con ideas disparatadas –como mantener la apariencia de las estructuras familiares cuando todo alrededor en realidad está valiendo madres. Quienes tienen la cabeza más fría prefieren adaptar la estructura familiar a la realidad –quien lo intenta al revés, es decir, adaptar la realidad a la estructura familiar, solo tendrá enfrente un largo, largo trip de frustraciones y dolor.

Celebremos, pues, las múltiples y diversas maneras que tiene la gente de relacionarse y formar sus núcleos familiares. Celebremos a aquellos que han optado por vivir con sus viejos. A aquellos que viven con sus amigos. A aquellos que viven solos o “solo con su pareja”. A aquellos que viven enmueganados y orquestan sus actividades como panales. Y a aquellos dementes que prefirieron perpetuar la especie y ahora tienen niños ruidosos y olorosos, caros de sostener, que no te dejan dormir los fines de semana y que siempre andan con las rodillas raspadas, las caras y las manos tiznadas y pegajosas, y que a pesar de ello los proveen de una felicidad luminosa, que los demás (los veinteañeros solteros en busca de exploración o los veteranos sin lazos emocionales) ni siquiera imaginamos pueda existir. La mejor parte de su día. La mejor parte de su semana. La mejor parte de su año.


Hey, felíz 14 de febrero. :)

El ronin

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Un samurái sin amo. La idea es increíble, considerando que todas las habilidades del samurái siguen intactas –sobre todo aquellas que más nos llaman la atención, como decapitar y/o mutilar enemigos con su espada–, por lo que el ronin se convierte en un personaje mucho más dinámico y con más posibilidades que un samurái-entregado-al-honor. Por ejemplo, un ronin resucitado (¿o es reencarnado?) en un distópico futuro cyborg presentado por Frank Miller. O los siete samuráis caídos en desgracia que ayudan a la desvalida aldea en la película de Kurosawa. O los matones y hombres internacionales de misterio del filme de John Frankenheimer. Detrás de la cara de piedra, el ronin guarda una tristeza muy particular y también un secreto. El secreto, me gusta pensar, es que se trata de un hijo de puta que te puede rebanar el cuerpo en dos segundos. Sus habilidades lo hacen un crío particularmente atractivo para los “trabajos sucios”, pero no todos alcanzan a leer del todo las verdaderas intenciones del ronin. Un ejemplo supremo es El Hombre Sin Nombre de Clint Eastwood en A Fistful of Dollars. El cabrón es un bastardo hijo de puta con el revólver, pero su andar lento, el cancro en la rota y el ponchou ocultan su verdadera naturaleza. Tan es así que este ronin, este yojimbo, que termina chambeando para bandos opuestos y ninguno de los idiotas se da cuenta de golpe. En Los siete samurái, los ronin prestan sus habilidades guerreras para ayudar a los pobres campesinos que son atacados por un grupo de bandidos (sí, como en A Bug’s Life). Uno de ellos, interpretado por Seiji Miyaguchi, es un espadachín impresionante. En cierta escena el tipo abandona su puesto de combate para ir a putearse a los bandidos. En realidad no vemos cómo lo hace, sólo esperamos durante varios segundos (¿o minutos?) a que regrese. El ronin vuelve, en una pieza. Y así es la maestría de Kurosawa: nos hace sentir lástima por los pobres diablos que fueron muertos por ese ronin virtuoso que (de paso) es un hijo de puta. El ronin de Toshiro Mifune en el filme en realidad no es tal: es más un payaso con muchos yarboclos. Pero está pocamadre. Así de posibilidades tiene el personaje del ronin.

Si aceptamos que el amo o el castillo del amo representan el honor –y las raíces– del samurái, quizá se entienda la melancolía inherente al ronin. Al final de Los siete samurái, a pesar de haberse madreado a los bandidos, el jefe de los ronin no siente que hayan ganado. Es un guerrero que se jacta de nunca haber ganado una guerra. El ronin como metáfora, por eso, es algo peligroso: alguien podría argumentar que Nicolas Cage en Leaving Las Vegas es un ronin es un estado tan, pero tan melancólico por aquello que ha perdido, que se dedica a chupar hasta que el hígado le quede como uva pasa. Para el caso, prefiero quedarme con los ronins modernos de Frankenheimer: special-ops que pelean hasta la muerte por ir detrás de un MacGuffin que nunca es revelado.

Post de domingo por la noche

Letrerosestupido

En el primer fin de semana post-NFL me puse a ordenar alguna que otra cosa pendiente del trabajo, vimos el partido de los Pumas (hay problemas ahí, mi lic) y me cagué de la risa con los comerciales ardillas que se aventaron los compadres de Canal Plus Francia, con relación a la escandalosa sanción por dopaje que le cayó al poco o nada cándido Alberto Contador. Lady Fer me arrastró a misa, lo cual fue raro en muchos sentidos: hacía mucho que ni iba, pero las cosas no han cambiado por ahí, lo cual es bueno en algunos sentidos. Pero es raro que esas palabras del ritual que me sé de memoria, en latín y en español, ya no le dicen nada a mi corazón. Y eso que en su día significaron mucho para mí (aunque, como se ve en la imagen, se ve que se mantienen al dia). Pero bueno, nuestro día estuvo, claro, bajo un intenso soundtrack de Whitney The Voice Houston, que ayer por la tarde se nos adelantó en el camino, caray (me encanta esa frase). Ah, y sí, vimos en el cine The Iron Lady. Y he aquí que la verdad no me gustó.

Me parece que es una película que nunca está a la altura de Meryl Streep. La directora y la guionista nunca supieron qué era lo que querían hacer o decir con su Margaret Thatcher, ya que para empezar nunca entendieron a la verdadera Primer Ministro Británica (que ocupó el cargo por un tiempo sin precedentes de tres periodos completos), lo que ocasiono que una Streep emperifollada y, eso sí, impecable, estuviera deambulando extrañamente a lo largo de la cinta.

Thatcher es retratada con los lugares comunes, como el origen humilde y la lucha política desde lo más bajo, siempre hacia adelante. A ella le tocó enfrentar un conflicto difícil que dividió a la opinión británica sobre Las Islas Malvinas (tan de moda otra vez, fíjense), en la que ambos bandos (Argentina e Inglaterra) derramaron sangre que el mundo y, sobretodo, los familiares de las víctimas, vieron como una perdida inútil. Ese, en mi opinión, es el momento que define por excelencia a la Thatcher: una mujer férrea, con una voluntad a prueba de balas y terca como los indios.  Claro que Argentina comenzó la guerra con la invasión de las Islas, así que ella ¿qué podía hacer? Sin embargo, la película no hace hincapié en el momento dramático e histórico que fue su postura en el conflicto.

Los creadores de la cinta se acercan a la figura de Thatcher con una neutralidad que raya en la indiferencia. Estoy de acuerdo que una cinta debe serlo, pero creo que el personaje principal tenía más tela de donde cortar. ¿Era un monstruo? ¿Una heroína? La película no tienen ninguna opinión y, lo que es peor, no nos invita a formarnos una propia. El uso de los flashbacks y de imágenes de época es pobre y débil. Otra vez, Meryl Streep esta impecable en su papel, pero esta película, al igual que un fan que de casualidad se la encentra en la calle, no sabe cómo acercarse a ella.

 

Total, fue un domingo yo diría que aburrido, en el que tambien parece que el Madrid ha empezado a cantar el campeonato de la LPF. Dios, extraño el futbol. Lo bueno que el clima fue otra vez benigno. Genial para escribir sobre ronins, caritas cumshoteras y música de Compay Segundo.


:)       

La cuchara no existe

Era 1999 y yo fiesteaba como si fuera 1999 (bueh, más o menos), y en aquel año supe por primera vez del dharma. Me parece (“me parece” porque ya no me acuerdo) que fue un accidente predecible porque en esa época a) leía un libro de religión comparada, b) padecía de un entusiasmo severo por el hinduismo, cuyo siguiente “paso natural” es el budismo y c) también leía el famoso 7 noches de Borges, de donde se desprende la conferencia titulada “El budismo” (una transcripción con erratas, aquí).
 

En 7 noches, Borges explica algunos conceptos clave como el Buda, la sangha, el dharma y el karma. “¿Qué significa llegar al nirvana? Simplemente, que nuestros actos ya no arrojan sombras”, dice Borges. “Mientras estamos en este mundo estamos sujetos al karma. Cada uno de nuestros actos entreteje esa estructura mental que se llama karma. Cuando hemos llegado al nirvana nuestros actos ya no proyectan sombras, estamos libres (…) Parece imposible que la palabra nirvana no encierre algo precioso. ¿Qué es el nirvana, literalmente? Es extinción, apagamiento. Se ha conjeturado que cuando alguien alcanza el nirvana, se apaga. Pero cuando muere, hay gran nirvana, y entonces, la extinción. Contrariamente, un orientalista austriaco hace notar que el Buda usaba la física de su época, y la idea de la extinción no era entonces la misma que ahora: porque se pensaba que una llama, al apagarse, no desaparecía”. Me encantaba leer a Borges hablar sobre budismo. Me devoré ese texto una y otra vez. Me puse a buscar más y más sobre el tema y, bueh, supongo que era inevitable caer en una clase de meditación. La tomé pero no me gustó nada. A pesar de lo que había leído sobre budismo, todos los estereotipos funcionaron en mí: meditar es relajarse, meditar es poner la mente en blanco, meditar es convertirse en un guey ahuevado e impasible… así es que me dije “yo no necesito esta mierda” y me alejé. Además, decidí que todo el asunto del dharma no era para mí, y continué por mi camino ganeshil que era más “seguro”, más “confiable” y definitivamente más idólatra.
 

No es sorpresa que, por mucho que leyera sobre budismo, continuara siendo presa de mis prejuicios. Cualquier tipo de espiritualidad se nutre de nerds de biblioteca que documentan todo, sin duda, pero sobre todo es praxis. Sin la práctica, la espiritualidad no se mueve a ningún lado. Una frase inmortal de Full Metal Jacket, como me recordaba el otro día, resume esta idea: “You can talk the talk, but can you walk the walk?”
 

A veces, la vida se mueve bipolarmente, baja y sube entre superlativos y comparativos: yo tengo más, tú tienes menos. Mi información es mejor que la tuya. Star Wars es mejor que Star TrekStar Trek es mejor que Star WarsBattlestar Galactica es mejor que cualquier cosa. Burroughs era un fresa moralino para Bukowski. Escribo mejor que cualquiera. He leído más cómics que nadie. Mi revista vende más que la tuya. Mi novia es más cumshotera que la tuya. Y más loca. Sufro más que tú. Mientras tú vas yo ya vengo. El disco duro en mi Mac es más amplio que en la tuya. Y mi auto tiene más caballos de fuerza. El día que hagas el 5% de lo que yo hago… hablamos. Soy lo máximo. Lo más duro. Soy hardcore.
 

Si eso es ser competitivo, debo decir que esta vida moderna tan competitiva tiende a ser aburrida. Sé que lo que aburre no es competir, sino competir por pendejadas sin valor, como “mis jeans de diseñador cuestan más que toda la ropa que usas en una semana”. Pero el materialismo (esa palabra arde: ma-te-ria-lis-mo) no es exclusivo de esto, de hecho el Sindicato Geek está retacado de gente que no compite por dinero, sino por, ejem, “conocimiento nerd”. Como en “yo sé 50 factoides oscuros más de Batman que tú, eres un maldito n00b”.
 

También sé que hay gente a la que no le aburre este tipo de competividad, sobre todo cuando lo mezcla con cotilleo. Pero a mí sí me aburrió. Además: sufres.
 

Ser un pendejo en este mundo podrá ser un negocio a la alza, pero al final no es un buen negocio porque tiene ingredientes de ansiedad, angustia y depresión. La ansiedad por el status es una bomba. Gente enferma de prestigio. Sea por tener más lujos y amistades de renombre, o por ser 25% más early adopter que su vecino early adopter.
 

Ahora, vuelvo a mi caso: sé que me precede una fama de vinagre punk, pero debo decir en mi defensa que he tratado de dejar de ser así: de hecho, tengo ya algunos años peleando constantemente contra mí mismo en casa, en la oficina, en el tráfico y hasta en Twitter. La pelea consiste en observarme tal cual soy, en mi forma más cruda, sin elaborar grandes juicios sobre mí mismo. De ese modo no permito que mi lado oscuro avasalle a “los buenos ángeles de mi naturaleza”. Me explico: Darth Gerardo es un personaje bien estúpido, pero cuando lo observo tal cual es le quito su poder o parte de su poder, al menos. Menos amargura, menos conflictos, menos gritos y sombrerazos. La verdad es que ya no me interesa. Pelear conmigo mismo ha probado ser bastante más interesante y cansado que andar por la vida peleándome con el resto del mundo. De por si tengo mal genio. En el trabajo (o anteriormente en la universidad) hablo con una voz que parece estar permanentemente encabronada. Y así es esto de ser jetón: aunque trates de ser buena onda, inevitablemente habrá quien te vea como un ogro hijuepú.
 

El año pasado, mientras progresaba lentamente, una jeva que cayó accidentalmente en mi vida, sin proponérselo me mostró de nuevo el camino del dharma, y una y muchas formas de mejorar en mi madriza diaria conmigo mismo. Esta persona, que en un sentido funcionó en mí como un kodama, me enseñó otro acercamiento al budismo, el de Chögyam Trungpa Rinpoche, el autor de la visión de Shambhala. La secuencia fue la siguiente: mi kodama me prestó un libro, yo leí el libro, entendí un chingo de cosas. Mi kodama me explicó el libro y entendí aún más cosas. Entre las ideas que kodama me clarificó se incluía una realmente esencial: que no iba a moverme a ningún lado si no iniciaba una práctica constante de meditación. Mi kodama me invitó, pues, a una clase de meditación.
 

Y así, gracias al sensei de la clase y gracias a mi kodama, comencé a meditar. Poco a poco y sin entender mucho, pero me esforcé por seguir haciéndolo. Pasaron los meses y empecé a darme cuenta que mi único problema no era Darth Gerardo, El Culero, sino los otros personajes que me permiten hacerme pendejo en esta vida, como Gerardo Chantajista, Gerardo Huevón, Gerardo Con Baja Autoestima, Gerardo Presa Fácil De La Ansiedad, et cetera, et cetera, et cetera.
 

A medio año de haber iniciado en la práctica de la meditación, veo que no me ha dado superpoderes: no puedo mover objetos con la mente, no puedo manipular a la gente con el viejo y estarrio truco Jedi (“you don’t need to see my identification”), no consigo a la chica que quiero con solo tronar los dedos, no puedo lograr que Gorillaz venga a México (aunque Mark Lanegan sí va a venir, pero no creo que tenga mucho que ver en eso), ni que mi perro Pifas II aprenda a jugar Halo Reach en dificultad Legendaria. Ni siquiera creo ser “mejor persona”, mucho menos sentirme más cerca del “despertar” o de la pedorra “iluminación”, whatever than means… de hecho sigo jetón, mandón y con problemas emocionales. ¿Qué ha cambiado entonces? Es difícil decirlo. No voy a convertirme en un militante del budismo en alguna de sus múltiples denominaciones. No voy a participar pronto en un Dathün, un retiro de un mes entero para dedicarlo casi exclusivamente a la meditación. Estoy muy lejos. Lejos, lejos. Quizá, para mí, de momento se trate solo de aquello que Sócrates llamaba gnothi seauton. Y, cada día, tratar de recordar que la puta cuchara no existe. Es suficiente por ahora.
 

¿Y el dharma? Ahí está, con su vibrante presencia, de nuevo en mi vida. Esa jeva, ese kodama duendecil me hizo un gran regalo que espero pagar en el futuro. Sé que lo haré.